PATRONES Y MATRONAS DEL PUEBLO CERREÑO (Segunda parte)

patrones y matronas

El otro caso es el siguiente:

Transcurridos doscientos años y llegado el siglo XVIII –opulencia de nuestros socavones- otros torvos aventureros atraídos por la abundancia de sus filones se afincaron en la ciudad de la plata. Sea por la urgencia de tomar posesión de terrenos plagados de gordas vetas argentíferas o por la dramática urgencia de registrar los correspondientes “denuncios”, el ámbito minero de pobló significativamente. Los recién llegados, fieros aventureros de armas tomar: truhanes, proxenetas, tahúres, golfos, patibularios, malvivientes en general -hombres de horca y cuchillo- se mezclaron con alucinados gambusinos deseosos de enriquecerse con los ocultos tesoros de la tierra. Se superó fácilmente los cincuenta mil habitantes. La producción era de tal envergadura que los más ricos compraron títulos nobiliarios y legitimaron sus bastardías. Hubo cinco marqueses, dos condes y muchos caballeros. Los nobles cuidaban a sus mujeres como al más preciado tesoro. El juego, el trago y las mujeres, pasaron a dominar el paisaje humano. Fue tanto el relajamiento que el mismo diablo llegó a la ciudad y salió derrotado como nos relata don Ricardo Palma en sus Tradiciones: “El Conde de la Topada”, “Ijurra, no hay que apurar la burra”, “La barbas de Capistrano” y “Desdichas de Pirindín”. Después del trago y el juego, a los aventureros los emparejaba una común y urgente necesidad: las mujeres. Las pocas  de la ciudad, esposas, ancianas y hasta niñas, eran deseadas con voraz apetito lascivo, originando sangrantes atropellos cuyo común denominador era la violación. Para atenuar esta plaga imparable, las autoridades abrieron la ciudad de par en par. En poco tiempo ésta se pobló de busconas, meretrices y chuchumecas que establecieron sus lupanares en estratégicos puntos de la ciudad. Naturalmente, éstas y éstos, ocupadas en sus celebraciones carnales, para nada se preocuparon de las evocaciones pías y religiosas.

Amarillentos papeles de la época cargados de referencias escatológicas nos relatan casos de los abusos que los españoles cometían con los aborígenes. El más común: el robo de esposas e hijas para convertirlas en sus barraganas. Muchos de los que reclamaron fueron muertos instantánea, alevosa e impunemente.  Los dramas luctuosos de abuso y lascivia se propagaron de tal manera que no había día sin que hubiera muertos y heridos. Así las cosas, ocurrió un caso que mucho llamó la atención de los pobladores.

Un anciano cacique lugareño, padre de dos atractivas doncellas codiciadas por su belleza y honestidad, recibió la visita de dos hermanos españoles que, jactanciosos y abusivos por sus dineros le solicitaron que las chicas fueran a servir a la casa que ambos compartían en parte visible de la ciudad. El cacique –fiel creyente de los preceptos religiosos que le habían inculcado- sospechando que las convertirían en sus concubinas, con el mayor de los comedimientos les contestó que no podía aceptar ese pedido y que más bien les procuraría un par de señoras mayores para que los atendieran. Todo fue escuchar la respuesta y, enceguecidos de ira, atacaron salvajemente al anciano. Estaban a punto de matarlo cuando el grito desgarrado de las chicas invocando la ayuda de Dios, fue emitido de tal manera que en forma misteriosa aconteció un milagro. Los abusivos, como movidos por una fuerza extraña, rodaron por los suelos víctimas de convulsiones espectaculares, arrojando espuma sanguinolenta por la boca abierta en sardónica mueca. Parientes y amigos que llegaron al lugar convocados por la estentórea grita, vieron con estupor que el ataque que los estaba martirizando se complicaba con una hipertrófica hinchazón que empezaba en los pies y subiendo por piernas y muslos llegaba al vientre que terminaba inflándose como un globo. Convertidos en odres monstruosos, los ojos abiertos terroríficamente, se produjo la explosión del vientre abotagado en medio de una hedionda fetidez. Los presentes nada pudieron hacer por evitar el desagradable espectáculo. Las piltrafas de los cuerpos desgarrados, estuvieron todavía un buen rato revolcándose sobre su miseria excrementicia para  quedar inmóviles reducidos a  carroña repugnante.

Difundido por aterrorizados testigos el caso fue conocido inmediatamente. En poco tiempo cayeron en  cuenta que los casos de los dos abusivos no eran los únicos; muchos otros se descubrieron después. A la mañana siguiente el hacendado, Pedro Ludeña y Ramírez, mientras vigilaba el trabajo de sus hombres en el ingenio de su propiedad sintió que sus piernas se asfixiaban en el estrecho encierro de sus botas de cuero; quitadas éstas, la tumescencia siguió subiendo en medio de  arrebatada fiebre; cuando en pocas horas llegó al vientre, tras exhalar lastimeros gemidos quedó rígido con una mueca macabra en la boca y los ojos abiertos de terror. Antes que la noticia se terminara de conocer en la nivosa extensión, otros chapetones habían sido fulminados por la peste que volaba con alas invisibles por los confines mineros. En pocas horas se fueron también campanudos propietarios como el azoguero, Pedro Bernedo y Patiño; el propietario de la mina, ” Vizcaya”, Nicolás Pedro Ponce Mondragón; el dueño de la mina “Encantada”, Bartolomé de Dueñas y Mesía; el jefe de arrieros, Juan José Bernaola y Elcolobarrutia; los comerciantes Diosdado Melgar y Gómez, y Domingo Millán de Acha y, así, muchos empingorotados más. Lo más dramático del caso es que el extraño padecimiento sólo atacaba a los españoles; los indios, sus familiares y los negros, permanecieron ilesos.

Muy pronto la extraña  dolencia se convirtió en una peste incontrolable. Las víctimas -todas españolas- hinchadas con  agudos dolores y  fiebre torturante se convirtieron en guiñapos. El mal  era tan cruel y rápido que lo más que duraban las víctimas era de dos a siete horas.  Los médicos no daban con el mal. A todas horas se escuchaba el dramático claveteo de negros ataúdes. El hedor a muerte había invadido el ambiente minero. A la vuelta de cada esquina aparecía un entierro; en la iglesia de Santa Rosa, no se cantaba sino misas de difuntos. Las extremaunciones llegaban tarde en auxilio de los agónicos. El único cura de la ciudad minera tuvo que abreviar los latines para poder cumplir con todos los enlutados feligreses. Las víctimas del raro mal fueron más de cien españoles.

La ciudad minera estaba completamente alarmada. A esta dramática situación se sumaban perturbadores casos de brujería con aquelarres que se multiplicaban en adoración al maligno. Las violaciones eran pan del día, los asaltos y robos impunes se multiplicaron; no había día en que no se diera cuenta de un muerto encontrado en las calles. El imaginario popular creo entonces la historia de que había aparecido una cabeza voladora y un cura sin cabeza que daba cuenta de los noctívagos y viajeros.

Los siete pecados capitales habían invadido a la ciudad minera alarmando a las almas pías y cristianas. Así las cosas, el 28 de octubre de 1746, la tierra se sacudió como un potro desbocado en terremoto dantesco. Casas, rancherías, chozas e ingenios cayeron por los suelos; inclusive, todas las paredes de la primera iglesia cerreña de Santa Rosa se vinieron  abajo, salvándose solamente la imagen del Cristo flagelado con su túnica roja, el cuerpo sangrante, con una corona de espinas y una caña entre las manos cruzadas: “Taita Caña”, Cristo milagroso que, desde entonces, prodiga sus bendiciones a sus fieles creyentes en el hogar de la familia Patiño. Los más terrorífico de aquel día, fue el hundimiento total de la mina del rey, en las intersecciones de “Matadería” y “Algo huanusha” con  trescientos hombres dentro. Jamás fueron rescatados.

La secuela de terror fue tal que los habitantes decidieron erigir una nueva iglesia en lugar de la destrozada de Santa Rosa. Por disposición del fraile milagroso que había detenido la nieve de once días optaron por el centro de la ciudad y se pusieron a trabajar después que les dijera: “Esta es sin duda, obra de San Miguel Arcángel, que ha bajado a la tierra para hacer cumplir con los designios de Dios Todopoderoso, Padre y Señor nuestro; que como lo hacen San Gabriel y San Rafael, arcángeles, ha venido a hacer justicia y volvernos al recto camino del amor a Dios y al prójimo. Por lo que sé, los siete pecados capitales se han apoderado de esta ciudad y, sus practicantes, convertidos en esclavos serviciales del demonio, han prostituido a la gente nativa recién convertida, originando la cólera de Dios, Creador del mundo. Él ha enviado a su más notable servidor, guerrero de alas brillantes, con labrada armadura y  lanza prodigiosa, que como venció al dragón del mal, ha vuelto a vencer al diablo del maleficio y la perversidad. Por tanto, el mal que les aquejaba ha quedado proscrito con la advertencia de que no deben reincidir. Caso contrario, el castigo será mucho más cruel. En consecuencia, es imperativo edificar un nuevo templo en el que se venerará a nuestro Arcángel servidor: San Miguel”. Así se hizo.

Reconfortados los fieles, en respetuoso consenso, cobijaron a nuestra ciudad bajo el cuidado del Arcángel San Miguel y, por unánime acuerdo, levantaron su templo en la plaza mayor de la ciudad minera y, cada 29 de setiembre le rendían pleitesía y acatamiento. Estábamos a la mitad del siglo XVIII. Para entonces, nuestros gobernantes convencidos de que éramos dueños de inmensidades ociosas, sin producir, deciden traer mano de obra calificada de Europa para hacer producir nuestro territorio. Se hace despliegue de una agresiva publicidad en los países que atravesaban momentos dramáticos. Informaban que a los voluntarios de dieciocho a cincuenta años de edad se les entregaría gratuitamente grandes extensiones de territorio con el fin de que la hagan producir. Para el caso se les pagaría todo el gasto de transporte desde el lugar de partida hasta su destino final. Es más, se les abonaría un salario diario en todo ese lapso, hasta tres meses después de llegados a destino. Se les tendía caminos hacia el lugar final de residencia. Finalmente se les entregaría herramientas y semillas gratis para el inicio de los trabajos agrícolas.

Cuando en 1850, se abren de par en par las puertas de nuestro país, una cantidad extraordinaria de europeos se aposentan en nuestra tierra. Llegan a trabajar en minas y comercio  boyantes, y trayendo consigo a los santos de su devoción. Los españoles a la Virgen de las Nieves, a la Virgen del Carmen y a la Virgen del Rosario; los franceses a la Virgen de Lourdes; los húngaros a la Virgen del Perpetuo Socorro; los checos al Niño Jesús de Praga; los austriacos a la “Virgen del Tránsito”. Cada una de estas agrupaciones humanas, reunidas en sus consulados, irradió la fe de sus patrones y matronas que el pueblo acogió con cariño. Así, conjuntamente, unos con otros, celebraron sus fiestas patronales correspondientes, de acuerdo a las siguientes fechas.

Continuará….