De los riesgos mortales de vivir “cerca de Dios”

riesgos mortales de vivir en el Cerro de Pasco

El Cerro de Pasco ocupa una franja de frío severo de puna alta donde los termómetros generalmente se estremecen a 10 grados bajo cero y las tempestades, cruelmente continuas desatan sus furias sobre la ciudad. Si no es la nieve –albura y frío- con ligera nevisca o apabullante nevazo, se  manifiesta con la  ventolera de nieve  recogida del suelo por el viento helado o, por el aguanieve que combina lluvia con nieve en fusión cayendo desde las nubes; en otros casos, con  lágrimas del rocío que se forman en rocas y hojas de “quinuales” y “quishuares” o con los pequeños cristales de escarcha que se solidifican debido a las extremas temperaturas bajas. En peores momentos, tras flamígeros ramalazos de rayos y truenos, estallan estrepitosas granizadas con bólidos helados que reventando sobre el encalaminado de las casas, quiebran vidrios y castigan a desprevenidos viandantes con su ametrallamiento parecido al  redoble de centenares de atabales; los perros aúllan tundidos por la pedrisca y prestos corren a refugiarse a un alero disponible. Pasado el fenómeno, blancas piedras de hielo terminan regadas a lo largo de las calles formando una alfombra vidriosa.

Hombres, mujeres y niños que habitan este paraje, están condenados a vivir en riesgosas condiciones de hipoxia crónica;  en un ambiente de escaso oxígeno con notable disminución de presión atmosférica. La insuficiencia de oxígeno origina la llamada eritrocitosis, aumento notable de los glóbulos rojos como primer paso a la desadaptación; más tarde surge el Mal de Montaña Crónico con sus síntomas de cefaleas, mareos, somnolencia, insomnio, fatiga, tendencia a la depresión y quemazón de las extremidades. Su síntoma más saltante es la cianosis, coloración azul-morada del rostro, manos y labios, congestionados por la policitemia y la  marcada dilatación de las venas. Como compensación, los cerreños poseen una serie de connotaciones biológicas especiales. Corazón y pulmones enormes para soportar el rigor extremo de la altura y el frío. El agrandamiento cardíaco es una verdad física que no tiene ningún desmentido: “El hombre cerreño tiene el corazón más grande del planeta”. Lo malo es que pasado ciertos niveles, se convierte en un factor de descompensación.

La fuerza del corazón y la solvencia de sus enormes pulmones le permiten un incremento de la capacidad respiratoria para obtener el oxígeno indispensable. Si lo normal en la costa es aspirar 10 litros de aire, el cerreño por su aspiración profunda y lenta, alcanza 100. Esta es la razón por la que inhala mayor cantidad de sílice libre que le hace daño convirtiéndose en neumoconiosis: asesina de los mineros. Neumoconiosis significa retención de polvo en los pulmones, cruel enfermedad común entre los  topos humanos. Gran cantidad de éstos muere asfixiada. Los dañados pulmones cubiertos de polvo metálico acumulado a lo largo del trabajo, los hace inútiles.  Cuando el aire puro ingresa en las labores mineras, durante su circulación sufre un descenso en su contenido de oxígeno e incremento de anhídrido carbónico debido a la respiración de los trabajadores, a la descomposición del enmaderado, a la oxidación del carbón y minerales sulfurados, y en cierta medida a los disparos efectuados. El polvillo que se presenta en las operaciones son partículas sólidas, finamente divididas, que se generan por acción mecánica en la perforación y otras propias de la industria minera. La enfermedad una vez adquirida por su carácter progresivo conduce al enfermo a la incapacidad parcial o total para todo trabajo que demanda esfuerzo físico. A muchos, al cabo de tres o cinco años, en plena juventud, deja en condiciones de inválidos si antes no los ha matado.

En otros casos, el arsénico causa bronquitis, cáncer al esófago, laringe, pulmones y vejiga; hepatoxicidad y enfermedades vasculares; el berilo, irrita la piel y las membranas mucosas, produciendo cáncer a los pulmones; el cadmio origina bronquitis, enfisema, nefrotoxicidad, infertilidad, cáncer de próstata, alteraciones neurológicas, hipertensión y enfermedades en los vasos sanguíneos; el cromo es causante de nefrotoxicidad, hepatoxicidad y cáncer de pulmones; el plomo, es responsable de la disminución de coeficiente intelectual infantil, nefrotoxicidad, anemia y cáncer al riñón. A los que trabajaban en los ingenios coloniales, en la extracción de la plata con el empleo del mercurio, se les caía el cabello y los dientes, provocándoles temblores indomables. A estos hombres se les decía: azogados. El mercurio puede penetrar en la piel, producir picazón en los ojos, malestar intestinal y náuseas. Éstas son sus manifestaciones más sencillas junto con el nerviosismo, irritabilidad, molestias de orden neurológico y estados de gran excitación. Aparte de afectar el sistema nervioso y el respiratorio, así como los riñones, produce desde lesiones  leves hasta insuficiencia cerebral. Hay tratamiento médico para las intoxicaciones agudas, pero los efectos sobre algunos tejidos ya no se pueden curar. Puede causar la pérdida de la vista, del sentido del equilibrio, del sentido auditivo, la memoria y otros órganos como el hígado. Puede paralizar nervios centrales y producir anestesia.

A través de los años, Monje, Hurtado, Salinas, Marticorena, y otros estudiosos, han demostrado que la  vida en altura es riesgosamente diferente a la de las orillas del mar. Las oportunidades de enfermar y de morir son mayores en el Cerro de Pasco que a nivel del mar. Sin embargo, el cerreño realiza intensos trabajos que superan al hombre de la costa por tres o cuatro veces.

Las estadísticas aseguran también que la tasa de niños que nacen muertos se duplica en comparación con las de la costa. Que  ciertas patologías están activamente vigentes por lo que todos viven en  perenne riesgo.  Por ejemplo, es notoria –para hombres y mujeres- la hinchazón que sufre el sigmoide y el colon por efecto de la presión barométrica. Los médicos la comparan con las llantas de los carros. En la altura se hinchan más por el cambio de presión. Si éstos  rotan pueden producir una fisquemia por torsión  con necrosis, pudiendo ser mortal. A este fenómeno los mineros nativos llaman Lipidia.

Por otra parte, en la historia de la minería cerreña, los accidentes son incontables. No hay día en que el tétrico ulular de la sirena no alarme al pueblo con su gemido sostenido y particular anunciando gravísimos acontecimientos. Este es un negro capítulo aparte que enluta al pueblo heroico.

Las mujeres sangran más días durante su “regla” y poseen alta tasa de fecundidad a pesar de una tardía primera menstruación; la menopausia se les presenta a una edad más temprana que en otros lugares. En este corto lapso, su vida reproductiva es mucho más alta. Las frías estadísticas lo dicen. El intervalo ínter genésico entre un hijo y otro es muy corto, pese a que la lactancia materna exclusiva es más alta aquí que en otras partes del país. Está probado en el mundo entero que la lactancia materna protege a la mujer de la preñez. Esto no acontece en la ciudad cerreña. Aquí, la mujer, está dando de lactar a su hijo  y se está embarazando de nuevo. Es que la Prolactina -hormona que regula la fertilidad con la lactancia- casi no existe aquí; no es efectiva como método anticonceptivo natural. De ahí que el promedio de hijos por pareja sea de ocho a diez.

 

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