MARIANO EDUARDO DE RIVERO Y USTÁRIZ

mariano-eduardo-de-riveroCientífico mineralogista, viajero e historiador. Hijo de Antonio de Rivero y Aranibar y Brígida Ustáriz y Zúñiga. Nació en Arequipa el 12 de octubre de 1798. Inició estudios en el seminario de San Jerónimo de la Ciudad Blanca, y los doce años, fue enviado por su familia a Europa para completar su instrucción. Ingresó a la escuela católica de Dowling, en Highgate, Londres, donde despertó su curiosidad por las ciencias. Allí  aprendió diversas lenguas europeas. Su interés por el pensamiento científico de su época lo llevó a seguir cursos de matemáticas, física, química, electrónica, química agrícola, electricidad, etc. y a conocer a algunos grandes sabios como H. Davy, Faraday, Andrés Bello, Fausto de Elhuyar y Louis Proust. Después de haber estudiado en los principales centros de Inglaterra viajó a París para estudiar mineralogía con Hauy y Borgniart, química con Gay Lussac y Thenard y matemáticas y ciencias físicas con Arago, Biot y Dulong. En París trabó una gran amistad con Humboldt, quien lo  instó al estudio de la mineralogía. Entre 1818 y 1820 estudió en la escuela Real de Minas de Francia y en su primer trabajo científico expuso el descubrimiento de una nueva especie mineralógica que bautizó con el nombre de Humboltina. Sus investigaciones despertaron pronto un interés en el mundo científico, especialmente tras su descripción de un oxalato de hierro que cuestionó la concepción clásica de la existencia de una diferencia irreducible entre el mundo orgánico y el inorgánico. Su detallado estudio sobre el salitre en Tarapacá, publicado en 1821 en los “Anales des Mines”, mostró las posibilidades de industrializar ese mineral, impulsando con ello a gran escala la explotación y comercio de esa riqueza natural en del Perú. Por aquella época también se interesó en el conocimiento de los polémicos métodos de beneficio de metales por amalgamación, que estaban destinados a ser de principal importancia para la minería americana. En 1822, dueño ya de un sólido prestigio, fue solicitado por el gobierno colombiano para hacerse cargo de una expedición que difundiera en ese país los conocimientos científicos y la tecnología más avanzada de la época y desarrollara la explotación minera de la zona. Rivero aceptó organizar y dirigir la expedición que difundiera en ese país los conocimientos científicos y la tecnología más avanzada de la época y desarrollara la explotación minera de la zona. Rivero aceptó organizar y dirigir la expedición en la que participaron también Boussingault, Roulin, Bourdon y Gaudot. Partieron de Amberes y llegaron a Colombia el 23 de noviembre de 1822. La expedición cumplió el detallado plan de trabajo elaborado por Humboldt y que consistía en le estudio de diversos fenómenos meteorológicos, astronómicos y geográficos, astronómicos y geográficos, en elaborar un sistematizado inventario de todos los recursos naturales del país y en la fundación de un museo de historia natural y de una escuela minera. Especial interés revistieron los estudios que Rivero realizó sobre las aguas termales de Mariara y Onoto y la secreción del árbol de la vaca. Dos años más tarde, en 1824, Rivero fue encargado de dirigir una nueva expedición al río Meta y los llanos de San Martín con el objeto de precisar la posición de la influencia de ese río con el Orinoco. El viaje duró cerca de tres meses y sus frutos científicos de todo tipo fueron inmensos. Al término de la expedición publicó diversos trabajos sobre la leche del árbol de vaca, el urano o carbonato de sodio natural y las masa de hierro de las cordilleras de los Andes, y se dedicó a una activa labor en pro del desarrollo de la minería y la industrialización del país, obteniendo un gran afecto y estima del libertador Simón Bolívar. En 1825, Rivero decidió regresar al Perú, tanto para encontrarse con su familia como para colaborar con la dura tarea de construir la naciente república. Llegó con una afectuosa carta de recomendación de Bolívar, y, al poco tiempo fue designado director general de minería, agricultura, instrucción pública y museo. La revolución por la independencia había dejado exhausto económicamente al país y el trabajo desarrollado por Rivero tuvo que realizarse en las más arduas condiciones. En estrecha colaboración con Nicolás Fernández de Piérola, Rivero emprendió una vasta campaña de difusión de las más modernas técnicas de minería; sin embargo, encontró una fuerte resistencia de  entre la población minera, acostumbrada a los usos y métodos tradicionales. Para combatir la ignorancia y el empirismo minero que llevaban a despreciar la explotación de muchos minerales, por hallarse mineralizados con otras sustancias, Rivero y Piérola elaboraron un plan para la creación de una moderna escuela minera. La anémica economía de la naciente república impidió que sus planes fuesen exactamente realizados, pero de la actividad de Rivero han quedado valiosos ejemplos, entre los que tal vez debe destacarse el célebre Memorial de ciencias naturales y de industria nacional y extranjera que, en números mensuales, difundió trabajos de gran interés técnico y científico, logrando crear una nueva visión de la minería del país, y sentando las bases de una minería esencialmente de impronta nacional. También son dignas de mencionarse, como obras de esos años, los proyectos de estatutos y reglamento de la primera escuela de minas y del Banco Minero, durante largos años, Rivero fue incansable viajero a través del país y sus observaciones de todo tipo resultaron determinantes para es desarrollo económico de numerosas actividades. En 1829, tras el golpe al general La Fuente, quedó suprimida la dirección general de minería y Mariano de Rivero y Nicolás Fernández de Piérola se trasladaron a Chile, donde llevaron a cabo estudios sobre meteorología y minerales. Después de muchos años, regresó al país para continuar su obre durante los gobiernos de Salaverry, Gamarra y Vivanco, ocupando destacados cargos públicos y dedicado a las actividades agrícolas en la heredad paterna en Arequipa. Entre sus trabajos científicos de esta época, cabe destacar su elaboración de un cuadro completo de los recursos carboníferos  de toda la sierra central y sur del Perú, permitiendo así la introducción del uso del carbón de piedra como fuente de energía en Cerro de Pasco, en lugar del estiércol animal y el carbón vegetal que se utilizaba hasta entonces. Aquella brumosa tarde del 7 de febrero de 1846, se inauguraba solemnemente la Sociedad de Beneficencia Pública del Cerro de Pasco, a sólo doce años del Establecimiento de la Sociedad de Beneficencia de Lima, refrendado por el Decreto Supremo de 12 de junio de 1834 por el General Orbegozo. De esta manera se daba vigencia al Decreto Supremo firmado por el General Don Ramón Castilla respaldando el  proyecto del notable humanista don Mariano Eduardo de Rivero y Ustáriz ­. Es­te ilustre sabio arequipeño -primer Prefecto de Junín desde el 13 de setiembre de 1825- había nucleado en torno a su ideal, a destacadas personali­dades de nuestro medio que incondicional­mente apoyaron la iniciativa. Ellas fueron,  Apolinario Franco, José Malpartida, Gerardo Negrete y Efraín Andrés Lloveras, Cónsul del Reino de España, quienes, por unanimidad lo nombran su primer Director.

 

Rivero completó además un detallado estudio sobre la actividad agrícola en el país, presentando un cuadro casi exhaustivo de las costumbres y usos agrícolas peruanos y de los principales productos alimenticios autóctonos. En 1855, inquieto por la dedicada situación económica del Perú, asentada exclusivamente en la producción de guano y salitre, previno sobre los riesgos de esa situación y advirtió de las ventajas que podrían derivarse del desarrollo de una economía agropecuaria. Su “Memoria sobre las lanas del Perú”, fue una contribución esencial en la que señaló la necesidad de incentivar la producción de lanas de auquénidos peruanos y de ganado ovino como alternativa a tan débil economía. De manera general, Rivero no se contentó con revelar la importancia de productos como el salitre, el guano, el mercurio, el carbón o las lanas, sino que insistió siempre en proporcionar una visión global y dinámica de las relaciones económicas que sustentase un desarrollo óptimo global a largo plazo. Del mismo modo que le interesó el futuro del país, le interesó su más remoto pasado. Su obra más famosa sobre este tema fue “Antigüedades Peruanas”, editada por primera vez en Lima en 1941, y en la que Rivero expone su creencia de que los primeros antiguos pueblos peruanos poseyeron unos conocimientos científicos y un sistema cultural muy superiores a los que los historiadores de la época les atribuían.

 

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