LA HUELGA

Peruvian miners protest in the streets in Lima

La decisión había llegado a ser unánime. Como la compañía se negara a dar solución al “Pliego” de aumento salarial, el Sindicato Minero, cumplido el plazo de ley, se declaraba en huelga general indefinida.

El Secretario General después de fustigar la política financiera del Gobierno y su olvido para con la clase trabajadora, terminó afirmando que la única solución al conflicto se conseguiría con el “Paro” indefinido. Una explosión de voces broncas aprobó la moción. Hermes Buendía, Secretario de Defensa, habló largo sobre los derechos del trabajador. Sus ojos se encendieron de un extraño brillo de odio contenido cuando se refirió a los “gringos”.

  • ¡Hay que enseñarles a esos explotadores “yankis” lo que vale un peruano! ¡Que sepan hoy más que nunca que estamos unidos como un solo hombre…!!!
  • ¡Siiiii…!!!!- imparable ola de voces aprobó lo dicho.
  • ¡¡¡Debemos mantenernos unidos, compañeros…!!!!
  • ¡¡¡¡¡¡¡ Siiiiiiiiiiiiiiiiiiii….!!!
  • ¡Aquí no hay lugar para los traidores, vende patria….!!!!!
  • ¡¡¡Nooooooooooo….!
  • ¡¡¡¡No hay que permitir que ninguno nos dé las espaldas!…¡¡¡ Esta lucha es de todos y para todos!!!!
  • ¡¡¡¡Siiiiiiiiiiiii……!!!!
  • ¡Acabemos con los traidores…..!
  • ¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…………..!
  • ¡Los compañeros de la Confederación del Centro, están listos para apoyarnos! Sólo están esperando nuestra última palabra. Nuestra palabra definitiva – Alejandro López Espíritu, se había subido sobre una banca para hacerse oír por la muchedumbre enardecida. Alzaba los brazos y gesticulaba con energía….-¡¡¡Ahora es cuando, compañeros….!!!!
  • ¡¡¡¡¡¡Síiiiiiiii..!!!!. ¡Ahora es cuando!!!!!

Hubo muchos oradores más que, encendidos, reclamaban unidad para la lucha. Más tarde nombraron los “piquetes de huelga”.

Todos los pormenores de la sesión llegaban nítidos a la mente de Leoncio Rivas. Aquel mar de sudorosos rostros cetrinos, curtidos, fieros y esperanzados, se le había clavado en el cerebro. Le parecía todavía sentir aquel calor sofocante y meloso que se pegaba al cuerpo, a la cara, a las manos, con acre olor a metal y a sudor.

Largo rato estuvo sumido en sus recuerdos hasta que una tos seca le hizo incorporarse. Se acercó y la cama y miró fijamente el rostro demacrado de su mujer. Sus ojos vidriosos tuvieron una respuesta de impotencia. Rivas quedó contemplando a su hijo que estaba al lado de su madre. Tres meses en un cuerpecito que luchaba frenéticamente por seguir viviendo. Oía la acezante respiración que ahora se hacía difícil, muy difícil. El médico le había dicho que era imperiosos sacarlo del Cerro, a Huariaca u otro lugar de menos altitud; pero… ¿quién lo haría?, si su pobre mujer se iba desangrando en una dolorosa continuidad que daba miedo. ¡¿Cómo podía ir ella, si ni moverse podía?! ¿Y, él?….. De hacerlo, correría el riesgo de perder su trabajo ahora que se había declarado la “Reducción de Personal” en la compañía. Hubiera querido darle algo de su vida cansada y amarga para que siguiera viviendo, pero una oleada de impotencia le arañó el alma.

Hubo un prolongado silencio.

  • ¿Pancha, sigue doliéndote? –concentró toda su esperanza en la pregunta
  • Sí, papá, sí – las lágrimas rodaron por su pálidas mejillas – No “para” la hemorragia, no “para”, sigue saliéndome sangre…y, no tenemos plata…
  • No importa, ya conseguiremos; pasado mañana va haber “abono”. Después de cobrar te llevaré a Huariaca con nuestro hijo para que te mejores…
  • Ya, Lionso…
  • Ahora duérmete, hijita, duérmete. Descansa. Ya saldremos de apuros…
  • Si, Lionso. Nuestro Señor no nos va abandonar –su voz sonaba lejana, extrañamente lejana; débil, como a punto de apagarse.

Aquella noche Leoncio Rivas no durmió. Las horas pasaron por sobre su dolor y desesperanza con la misma silenciosa continuidad con que la nieve caía afuera, cubriéndolo todo. Su monólogo interior, dramático e intenso, tenía un fondo martirizante en el continuo ronquido del niño y en esa tosesita pertinaz que le retumbaba en el alma. Afuera, se oía a veces el paso crepitante de algún hombre al romper la nívea igualdad de la nieve o el sacudirse el barro de los zapatos. A ratos, el roncar de los camiones pasando rumbo a Lima o a la montaña. Un frío penetrante como cuchillo se colaba por las hendijas de la puerta, de la ventana, del techo, calándole hasta los huesos.

Se revolvió en la cama.

Lentamente acudieron a su memoria algunos pasajes de su vida. Recordó a don Cupertino Huaylas Rocco. Aquel viejecito de edad indefinible que, muriendo cada día en las negras oquedades de la mina, ya tenía cubierta la cabeza por la blanca pena de los años. Cuántas veces se habían sentado a “chacchapar” en algún perdido recodo de las inmensas galerías subterráneas. Ya lo había dicho él con su rústica filosofía minera: “El Cerro de Pasco no es para cualquiera, hijaco. Esta es tierra de hombres, pero de hombres machos. Aquí la altura es cojonuda, y el frío nos ahoga poco a poco, apretándonos el pecho y, morados no más morimos, si no es  la tos de la mina la que nos remata…”.

Había visto desfilar la vida y la muerte a través de los relatos de don Cupertino Haylas Rocco. Por él aprendió mucho de la dura realidad de la vida. Ahora, en el negro encierro de su vigilia, recordaba estos relatos como si los hubiera vivido. Todos estos recuerdos y penas presentes se conjugaban haciéndole un bloque pesado que le apretaba la garganta. Toda la noche estuvo así, y con las primeras claridades, se calzó las “pacas” y se dispuso a volver a su labor. Su mujer despertó.

  • ¡Lionso….¿Te preparo tu desayuno….?
  • No, Pancha, no; si no, no te vas a mejorar. Así no más me voy. Del almuerzo tampoco te preocupes. Ya encontraré algo. Para ti te estoy dejando esta latita de atún y panes para que comas a las doce…
  • Ya, Lionso……
  • Frótale con enjundia de gallina a nuestra “guagua”. Ahora voy a hablarle a don Cupicho para que nos lo bautice….
  • Si, Lionso; tal vez por falta de bautizo también será…
  • Me voy, Panchita…
  • Ya, papá…

La intensa claridad de la nieve le hirió los ojos. Le sorprendió el silencio total de aquel camino. Diariamente a esa hora veía gran cantidad de obreros dirigiéndose al trabajo. La huelga había inmovilizado a todo el mundo. Él también debía “parar” como sus compañeros, pero no podía. ¡¡Cómo hacerlo si necesitaba dinero para operar a su mujer y salvar a su hijo!!!. Sintió miedo. ¿Qué dirían sus compañeros del nivel 400?. Seguramente que toda la galería estaría desierta.

A la puerta de Lourdes divisó un grupo de hombres con brazaletes rojos que lo miraban con una actitud de odio e interrogación. Él siguió caminando. El camino le parecía muy largo; el más largo que había recorrido en su vida.

Llegó al portalón de la mina.

  • ¡¡¡¿Qué pasa, compañero Rivas?!!!. No creo que usted sea un “amarillo”..¡¡El paro es general………..!!!
  • ¡¡¡¿Se ha vuelto usted loco?!!! –pregunta otro-

No contestó. ¿Para qué?. No entenderían.

  • ¡¡¡No lo dejaremos entrar, compañero; la huelga es general!!!.
  • ¡¡¡Claro, además, usted no es nadie para romper esta huelga…!!!

Los hombres gritaban con un odio tremendo en sus ojos

  • ¡¡¡Él está en su perfecto derecho de entrar si quiere trabajar. Nadie se lo puede impedir!!! – La voz sonó autoritaria a sus espaldas. Era el policía armado que formaba el grupo que cuidaba los interesas de la compañía.

Los hombres abrieron paso.

  • ¡Oye, Rivas. No hagas cojudeces, carajo. Fíjate-….
  • -¡¡¡Rivas…no seas traidor, carajo….!!!!
  • ¡¡Rivas….no sea huevón, carajo!!!!
  • Déjenlo al amarillo ese, compañeros. Por traidores como estos es que estamos: jodidos, carajo…¡¡¡Ya las pagarás, carajo. Recuérdalo!!!

Rivas siguió caminando. Sus botas le pesaban una enormidad. Cuando estuvo a punto de volverse atrás, el recuerdo de su hijo le hizo avanzar. A sus espaldas oía gritos….

  • ¡¡¡¡¡Maldito!!….¡¡¡Vende patria!!!
  • ¡¡¡Muerto de hambre…..!!!
  • ¡¡¡¡Traidor…….!!!

Continúa…

Anuncios