LA HUELGA (Segunda parte)

la-huelga-2En el transcurso de aquel día la noticia se expandió: Leoncio Rivas, centro delantero de la Selección mina, era un vil traidor y vendido. Todo el mundo lo condenó.

¡¡¡¡Hay que desafiliarlo….!!!

¡¡¡Hay que declararlo persona no grata al Sindicato…..!!!!

¡¡¡ Qué persona no grata, carajo. Cojudeces. Hay que botarlo a patadas al muerto de hambre ése……!!!

Cuando Rivas salió a las cuatro de la tarde, se había hablado tan mal de él que a su paso algún hombre escupió y, todos los demás, lo miraron con odio tremendo. Pero Rivas no veía nada. Se le había clavado un presentimiento muy negro en el corazón y, ahora, apuraba el paso.

No se había equivocado.

Cuando abrió la puerta de su casa encontró a su mujer con los ojos hinchados de tanto llorar. En sus brazos sostenía al niño. Se acercó con miedo, cogió al niño y lo miró. Estaba yerto. Tocó sus manitas, su cuerpo intensamente amoratado. Estaba helado. Acababa de morir. Abrazó a su mujer y lloraron juntos…

Afuera nevaba. Todo el resto de la noche estuvo nevando. Colocaron el cuerpecito sobre una mesa rústica y encendieron dos velas para flanquearlo. Frente a frente se sentaron Rivas y su mujer, inmóviles, mudos, solos, desesperadamente solos, envueltos en la terrible soledad de su dolor.

  • No dejes la puerta abierta, Panchita. Está haciendo mucho frío…
  • No, Lionso. Tiene que estar abierta, sino ¿Cómo van a venir los vecinos……? – Hubo un largo silencio. Rivas quiso informarle a su mujer, pero calló. No lo habría entendido.
  • Cierra la puerta, Panchita. No vendrá nadie….

La mujer contempló largamente a su marido. Estaba acabado. Le parecía que en el transcurso del día se hubiera envejecido, ahora lo notaba. Ahora que tenía los ojos prendidos en el suelo o en el rostro amoratado de su hijo. No alcanzaba a comprender por qué no venía nadie a acompañarles en el velorio. Sintió pena, mucha pena y se puso a sollozar en silencio…¿Será lo apartado de la casa?…¿Será por la nevada?….Si del campamento minero se vería la luz. ¿¡ Es que no tenían alma…?!.Hubiera querido gritar su pregunta. Quiso interrogar a su marido, pero no se atrevió. Respetó su silencio y siguió llorando…

  • No estés llorando, Panchita, cálmate –rogó más que ordenó y miró a su mujer que ahora estaba más pálida que nunca. “Igualita a la virgen de los Dolores”, pensó, y siguió rumiando su dolor en completo silencio.

 A la mañana siguiente, sin haber pegado los ojos en toda la noche, se dispuso a salir como había llegado el día anterior. Su mujer le tomó del brazo y le miró…

– Ya no estés llorando, Panchita y, no llames a nadie. ¿Me oyes?. Hoy voy a trabajar “corrido”. Voy a salir a las tres para hacer los “Papeles”. A esa hora voy a traer el cajón…

– Ya, Lionso…ya…..¿No lo vamos a mortajar….?

– ¡¿Mortaja…?!….¡¿Para qué todavía, mortaja…?!.¿Envuélvele en un “pullo” no más y, no llames a nadie. Te harían desaire….

– Ya, Lionso….

Cuando llegó en la tarde, traía los “papeles” y un ataúd blanco bajo el brazo. La mujer siguió llorando…

  • Ya, Panchita, ya. Deja de llorar. Así será nuestra suerte, pues….
  • ¡¡Nadie ha venido, Lionso!!.- Rivas estuvo a punto de abofetear a su mujer por recordarle su desamparo, pero se contuvo. Tan mal estaba la pobre. Sólo la miró un rato.
  • El doctor me ha cobrado cincuenta soles por el certificado y me ha dicho que nosotros tenemos la culpa…- La mujer permanecía en silencio, sollozando, incontenible – ¡Ya es más de las cuatro y seguramente va a llover…¡Rézale algo a tu hijo porque lo voy a encajonar…!.

Tuvo que actuar con energía para cerrar la tapa del ataúd. La desesperación de la mujer en medio de tanto dolor cedió a la orden del marido. Rivas puso la blanca caja sobre sus hombros en el que previamente había colocado un poncho. No lo llevaría en el brazo. Él que se preciaba de haber llevado a su última morada a muchos hombres buenos, no haría ninguna excepción con su hijo. Introdujo en uno de sus bolsillos una botella de aguardiente de caña. Una angustia atroz estuvo a punto de hacerle llorar, pero se contuvo. La gente no debería verle llorar.

Salió de su casa y, con su cargamento de dolor, comenzó a recorrer el camino. Al pasar por el campamento notó que de las ventanas, negras y odiosas miradas, estaban clavadas en él. Pero no estaba solo. Detrás oía los pasos menudos de su mujer. Esas calles que tantas veces había recorrido con la sonrisa de felicidad se les presentaba ahora desiertas y hostiles. No podía calibrar la dimensión de su actitud. ¡¿Tan mal había hecho con ir a trabajar….?! No, no lo comprendía. Trató de no seguir pensando en su dolor, porque al hacerlo, una fuerte presión oprimía su pecho a punto de hacerle gritar.

Ya estaba llegando al local del Sindicato. Tenía que pasar por allí. Vio gran cantidad de hombres reunidos en sus inmediaciones. A medida que se acercaba los fue reconociendo. El “Shulo” Vivas, pequeño compañero de equipo que, al verle, le volvió despectivamente las espaldas. Sentía que las miradas se clavaban en su cuerpo, en su cara, en sus piernas, pero siguió caminando. Sus ojos se encontraron con los de Marcial Huari que miraba impávido el ataúd. ¿Qué estaría pensando…?. En otro grupo estaban, Ildefonso Blanco, Remigio Sosa, Almaquio Lagos, Cirilo Cuenca, Logio Ramírez, Estanislao Colquichagua, el “loco” Ampudia. ¿Cómo no reconocerlos, si tantas veces habían jaraneado juntos…?. Cuando éstos vieron a Rivas, sus miradas otras veces amables, ahora eran de odio y reproche. Todos esos hombres que en memorables tardes de triunfo futbolístico lo habían paseado en hombros, ahora hubieran querido matarlo. Todas esas miradas agresivas le hacían daño, estuvo a punto de bajar la cabeza para evitarlas, pero el peso de su carga le hizo reaccionar: nunca bajaría la cabeza delante de su hijo aunque estuviera muerto. A sus espaldas oía los insultos, escupitajos, blasfemias, pero siguió caminando, silenciosamente.

El cielo estaba amenazante gris. Una intensa cerrazón oscureció el paisaje. Subió Santa Rosa y llegó a la iglesia. A la puerta hizo descender el ataúd. Su brazo estaba entumecido.

  • ¡Llama al cura, Panchita….!
  • Ya, Lionso…

La mujer entró en la iglesia y salió con el cura que dijo una corta oración, asperjó agua bendita sobre el ataúd e hizo una señal de que había terminado. Gruesas y cargadas gotas de lluvia comenzaron a caer. Rivas volvió a levantar el ataúd. Miró a su mujer que había cubierto su palidez con un raído pañolón y, continuaron caminando. La lluvia comenzó a arreciar. Las gentes se guarecían en las veredas.

Rivas sentía que el camino se había hecho más largo que nunca; la lluvia se colaba por su cuello y por sus mangas haciéndole estremecer. Pensó en su mujer. Aguzó el oído ya que el chasquido de las gotas de lluvia al caer sobre el cajón no le dejaba escuchar bien, pero aún así logró oír el chapoteo de sus pies sobre los charcos que iba  formando. Siempre detrás de él, como en sus tardes de triunfo, como en los días de pago. Como cuando marchó de su pueblo por preferir su amor y desamparo sin hacen ninguna pregunta, sin ninguna objeción; sólo con su amor y la decisión de compartir su vida. ¡Cuánto había envejecido! Cuando la conoció, era muy hermosa; todavía lo era, pero ya se le había ido de las mejillas aquel color hermoso y natural de las mujeres de la sierra. Se sintió agradecido por la compañera admirable que iba detrás de él por los mismos surcos que el dolor había trazado. Recién cumplirían tres años de estar juntos y habían tenido mala suerte. Al nacer el niño a Pancha le sobrevino esa hemorragia que no la dejaba. Ahora debían operarla. Sintió una aflicción tremenda al pensar en esto, especialmente ante el recuerdo de su hijo que llevaban a enterrar. Si su hijo viviera….pero no; había muerto ante su impotencia de sacarlo del Cerro de Pasco. En este constante reto a la vida de sus habitantes, la agresión de la altitud y la crudeza del clima habían cobrado otra víctima más.

Al llegar a “Matagente” dejó el cajón sobre la hierba mojada y sacando la botella del bolsillo le dio a beber a su mujer. Ésta apuró un sorbo y tosió. Rivas hizo lo propio. Necesitaban calentarse. Cuando la miró vio que se había quitado el pañolón para cubrir el ataúd.

  • ¡Se está mojando mucho -argumentó.

Rivas se lo impidió. Cubrió el cuerpo de su mujer y siguieron caminando.

Llegaron a la puerta del cementerio. Estaba cerrada. Llamaron y salió un viejo cubierto con un costal. Abrió la puerta y recibió los papeles.

  • ¡¡¡Allá, al lado del mausoleo de los extranjeros, detrás de la capilla hay una lampa y un pico, entiérrenlo allí…!!! -dijo el viejo y corrió a guarecerse en su casucha. Rivas y su mujer entraron. Llegaron al lugar. La fosa no estaba abierta. Dejó el ataúd en la capilla y comenzó a cavar con todas sus fuerzas. La tumba se llenaba de agua a medida que era abierta. Cuando terminó, fue a la capilla a traer el ataúd. Se detuvo a la puerta. Su mujer abrazaba frenéticamente la caja llorando desconsoladamente. Sintió unas ganas terribles de llorar, pero se contuvo. La tomó en sus brazos y la apartó, entonces sintió que la cara de su compañera estaba roja y caliente, muy caliente. Hervía de fiebre. Se asustó.

De varias lampadas sacó el agua de la fosa. Puso el ataúd en el fondo y comenzó a echar lampadas de barro. A sus espaldas oyó que su mujer tosía, tosía muy fuerte y lloraba.

Un relámpago rasgó la oscuridad.

Rivas lloraba.

Con las lampadas de barro, sus lágrimas fueron cubriendo la tumba de su hijo.

FIN…