LA INOLVIDABLE FIESTA DE QUIULACOCHA

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Al oeste de la rancia y legendaria Villa Minera del Cerro de Pasco, capital minera del Perú, en amplia explanada que circundan rugosos cerros, se halla el histórico pueblo de Quiulacocha. Su nombre lo debe a la apacible laguna que estaba a la vera del poblado. Sus rielantes aguas -hace ya muchos años- cobijaba gran cantidad de aves de variada especie, que con sus gritos le daban vida; de allí su nombre: QUIULLA: ave; COCHA: laguna. “Laguna de aves”. En la actualidad ya no existe, el relave minero de las concentradoras al mezclarse con sus aguas, la mataron; luego, ocupando totalmente su lecho, la hicieron desaparecer. Actualmente es un muerto depósito mineral.

Este laborioso pueblo se comunica con el Cerro de Pasco mediante una vía por donde transitaban mulas cargadas de plata y donairosos chalanes que, quimbosos, la frecuentaban. Al pasar los años, roncos camiones la surcaron en su trajín de transporte. Paralelo a este antiquísimo camino, se prolongaba el promontorio de tierra negra por donde circulara el Ferrocarril Mineral de Pasco –primero de la sierra del Perú- que fue inaugurado el 1º de junio de 1869. Este ferrocarril ya desaparecido, transportaba el mineral de los yacimientos cerreños hasta los ingenios de Quiulacocha, Occoroyocc, Sacrafamilia y Tambillo. Partía de la estación de la Esperanza que actualmente ocupa la cárcel central. De vuelta, ya pisoteado y amalgamado -convertido en plata piña- el mineral era conducido hasta la “Fundición de Barras de Plata”, al final de la calle Parra, donde  funcionó la Comisaría policial.  De aquí salían brillantes lingotes, sellados, numerados y registrados por las Cajas Reales.

A mediados del siglo XIX, tras la llegada de los inmigrantes europeos, el alemán Herold, procedió a fabricar una cerveza de extraordinaria calidad, así como populares bebidas gaseosas que eran consumidas en todos el centro del Perú. Por eso la cristalina fuente de aguas puras de “Piedras Gordas” a la vera del camino, era lugar de cita semanal de los más famosos dipsómanos cerreños. Un poco más allá, se estableció el primer campo de aterrizaje, donde se recibió los aviones de los arriesgados pioneros de nuestra aviación. Allí hicieron proezas de exhibición con los primeros aviones de guerra que el Cerro de Pasco regaló a nuestra naciente aviación. La estrella de aquella demostración fue el piloto francés, Charles Corsant. Allí, también, tras superar los Andes, arribó Giovanni Ancilotto, héroe de la primera guerra mundial, recibido en triunfo por las autoridades de comienzos del siglo XIX.

Quiulacocha, apacible y silenciosa, residencia de ricos mineros de otrora, donde naciera el notable periodista y jurisconsulto, Sebastián Estrella Robles, fue también, cuna de doña Dolores García Navarro, madre de nuestro mártir, Daniel Alcides Carrión García. Ella había nacido en la amplia y señorial casa de los Navarro, plateros de antología, relacionados con los más insignes orfebres de Quito, Loja, Guayaquil y Huamanga. En ese lugar conoció al notable médico y abogado lojano, Baltasar Carrión, con quien procrearon a nuestro mártir.

A fines del siglo XIX y comienzos del siguiente, con su única calle principal que la cruza longitudinalmente, celebraba el 16 de agosto la tradicional fiesta de San Roque, sacrificado y piadoso santo francés, patrono del pueblo. En estos singulares festejos, los jinetes –hombres y mujeres-, lucían sus notables habilidades ecuestres para beneplácito de una enfervorizada multitud de romeros.

Desde las primeras horas de la mañana, camaretazos, bombardas y cohetes, anunciaban a los pueblos circunvecinos que la fiesta se había iniciado. Alegres campanas al vuelo, convocaban al inicio de la misa solemne en su iglesia. Campanudos sacerdotes y su séquito de monaguillos inundaban el pueblo con incienso sagrado, jaculatorias y rezos salmodiados y píos, celebraban el rito. A la puerta del templo -guirnaldas, quitasueños, banderines- los músicos llenaban de estruendosas melodías el ambiente fiestero. Enorme cantidad de fieles, extranjeros y nativos, trajeados de fiesta, atiborraban el templo. Más allá, como un lienzo magistral de famosos pintores españoles, una imponente ringla de caballos de pura sangre, a la espera de sus chalanes. Enjaezados lujosamente -a cual mejor- lucían su estampa sorprendente, de alzada notable, proclamando su noble estirpe.

Terminada la misa cantada, paseaban al santo patrono por las calles del pueblo, en contrita procesión. Detrás iban los diáconos, adustos y solemnes, con  sus casullas de fiesta, bajo palio sagrado, presidiendo el imponente recogimiento. Tras la gran cantidad de fieles, numerosos chalanes y amazonas –españoles, italianos, ingleses, alemanes, franceses, austriacos, croatas, húngaros- sobre sus regias cabalgaduras de festividad. Lujosamente engalanados con aperos de cuero fino y brillante, guarnecidos con plata maciza, los corceles obedecían al jinete que, cómodamente sentado en su montura de cajón, cubierta de pellón sampedrano, los guiaban con la suave presión de sus espuelas de plata. Piafaban, escarbaban, bailaban, retrechaban, gambeteaban, caracoleaban, con increíbles cabriolas que incitaban el clamoroso aplauso de los espectadores. Los chalanes, lucían blanco y hermoso sombrero de paja de Guayaquil, pañuelo blanco de seda que, acariciado por el viento, abanicaba su recio rostro amarcigado de soles y vientos.  Amplio poncho de vicuña, cubriendo el pantalón de montar, ajustado con botas de cuero y tintineantes espuelas de plata que cantaban su grandeza sobre los empedrados caminos del Cerro. En la parte central, como esplendorosas reinas, las elegantes amazonas cerreñas, escoltadas por los chalanes. ¡Qué belleza de mujeres! ¡Cuánto donaire y elegancia! Todos –hombres y mujeres- en la explanada de la capilla, devuelto San Roque, al altar, procedían a  mostrar sus habilidades ecuestres ante la admiración del público, del cura y, de las bellas damas invitadas.

El primero en destacarse era el caballero español don Gaspar Gallo Díez, rico comerciante, aficionado a la cría de caballos de raza. Había venido de Santander y tras denodado trabajo empresarial llegó a ser acaudalado comerciante, titular de la firma, “Gallo Hermanos”. Siempre iniciaba su actuación -en coordinación con los músicos lugareños- con una galana mazurca que en cuanto su cuatralbo lo escuchaba, se ponía a danzar que era un primor; luego, gobernado por la suave presión de las riendas, realizaba una suerte de gambetas muy festejadas y, para finalizar –crines al viento- el corcel piafaba vistosamente, alternando delanteros y traseros, para retirarse trotando majestuosamente. El jinete agradecía, sombrero en mano, los nutridos aplausos y sonoras aclamaciones, haciendo empinar a su caballo.

Las voces de asombro no habían acallado, cuando un relincho penetrante imponía silencio. El italiano Lorenzo Languasco entraba a tallar con un tordo impresionante. Su caballo de largas crines, firmes agujas y amplia grupa, caracoleaba y piafaba para empezar, avanzando con paso picado, quedando estático por un lado, para luego retrechar con el cuello tenso, en arco imponente, y para no quedarse atrás, se despedía alegremente, bailando y trazando círculos. Los Languasco proceden de Oneglia, Italia. Su dedicación y empeño le abrieron amplio campo en el comercio, ganadería y minería; en su hacienda de Yanamate, poseían abundantes cabezas de ganado y era dueño de varias minas de plata. Don Lorenzo había desempeñado el cargo de cónsul del reino de Italia en el Cerro de Pasco.

Las palmas de admiración no se hacían esperar. La banda austro húngara poniendo un toque de triunfo ejecutaba una saltarina mazurca coreada por la asistencia. Las voces pedían el bis con insistencia y, los músicos, pletóricos, atendían la solicitud con una cachua traviesa y querendona. Cuando el entusiasmo estaba al tope, una marcha de coraceros se hacía aplaudir.

La hidalga estampa del caballo criollo hacía su aparición en el escenario. Su paso acompasado sincrónico y sonoro llenaba de orgullo a don Arístides Mellán, limeño de pura cepa, que cunda y juguetón afirmaba: “Yo me quedé en el Cerro, por las tetas y las vetas”. Casó con una hermosa cerreña de acaudalada familia y llegó a ser próspero minero. Era jactancioso por sus caballos de marcada ascendencia árabe. Aquel día, después de hacerlo caracolear a su gusto, lo hizo bailar, avanzando de costado, llegando a entusiasmar a su equino que más parecía una criatura traviesa; los aplausos y aclamaciones llenaban el ámbito a su retirada.

Inmediatamente había que abrir amplia calle. De un extremo, a galope abierto, la negra estampa de un moro se dibujaba contra el azul intenso de nuestro cielo serrano. La abierta carrera se interrumpía de golpe en una parada seca, delante del atrio, donde se hallaban los circunstantes. Los húmedos belfos del bruto, sofrenado por el jinete, se abrían como un gesto de desafío, al sentarse sobre los cuartos traseros en saludo impresionante. No es extraña la fogosidad del corcel; ha sido amaestrado y, ahora conducido por don Rufino Mier, nieto del connotado patricio, Camilo Mier, jefe de las montoneras cerreñas que lucharon por nuestra libertad, al lado de Álvarez de Arenales, Simón Bolívar y finalmente de Avelino Cáceres. Efectuado el saludo de entrada, vuelve a grupas e inicia una carrera desenfrenada y franca por el reducido escenario enmarcado por los romeros; termina haciendo un ocho perfecto con gracia de ballet. Se para en dos patas y marca alternativa los delanteros. Los aplausos estruendosos premian la hazaña.

No hay nada que hacer, la fiesta es todo un éxito. El fino champagne francés brindado por el consulado galo en tintineantes copas de bacarat, es escanciado con placer. Los chapetones, dicharacheros y alegres, no se quedan atrás. Han traído lo mejor de las bodegas españolas. Un jerez maravilloso que hace brillar los ojos de las damas, pintándoles un delicado rubor en las mejillas. Los varones escancian, con elegancia, las botas repletas de fina manzanilla gitana.

Ya el pueblo esta chispeado. El pisco puro de Ica ya ha encendido a más de un espontáneo que, pañuelo en mano, invita a bailar a una dama en franco corro de entusiasmo. Más allá, en albas carpas adornadas de cadenetas y quitasueños, las vivanderas ofrecen hirvientes y rubicundos mondongos con alijo de verde perejil; membrudos cuyes, aderezados en salsa de maní; cabritos al horno, arvejitas, charquicán, anticuchos y, como si fuera poco, melosos buñuelos y demás dulces de ensueño, como el desaparecido “ranfañote” de chancaca, cocos, nueces, queso, pan y otras mixturas. La cerveza “Herold” refresca a más de uno de los circunstantes, dicharacheros y jubilosos. De pronto, un claro y taladrante clarín, anuncia la presencia del último jinete. Bien se ha cuidado don Toribio Oyarzábal de ser el de fondo. Razones no le falta. No sólo es descendiente de vascos patricios que lucharon por nuestra libertad sino, actualmente, mineros de antología y destacados miembros del gobierno. Quiere  mostrar su pericia ecuestre pero también su riqueza. Si los precedentes jinetes han demostrado la valía de sus avíos, éste llega al máximo. En su gallardo alazán, ricamente enjaezado, trotan varias vueltas con el fin de hacer admirar su montura tallada a mano, con incrustaciones de oro y plata. Si el arnés es riquísimo, y la ropa del jinete, muy elegante, lo que más llama la atención son los herrajes de plata de su lustroso alazán, cuya fina pelambre reluce con los reflejos del sol. Después de mostrar su sapiencia de jinete y la riqueza de su apero, don Toribio se retira en medio de vivas aclamaciones de la gente. Más tarde, como es su costumbre, encenderá sus habanos con billetes de una libra.

Finalizado el torneo hípico, dejando tema para encendidas discusiones, los jinetes ponen a buen recaudo a sus cabalgaduras para servirse las mixturas y bocaditos que expenden las vivanderas, sin dejar de piropear a las hermosas cerreñas.

Llegada la noche, la alegría al tope, desatada por sorbos de finos tragos que encandilan  las conciencias, se abre un torrente de felicidad y alegría que los hace bailar iluminados por románticos candiles. En un rincón débilmente iluminado, besos y juramentos, en otro, un par de guitarras magistralmente pulsadas que acompañan a las voces cargadas de tristeza y de amor de, Ildauro Díaz y Manuel Gutiérrez, en el dúo de antología a través de todos los tiempos:

Los tristes taladran la noche con sus quejas sentidas y las mulizas acompasadas y rítmicas, nacidas en los páramos cerreños se encargan de hacer llegar el mensaje al corazón ausente; y cuando los recuerdos humedecen los ojos, la cachua o el huainito, aceleran el ritmo de los corazones. Más allá, en una casa iluminada por lámparas potentes, un grupo de mineros juegan a la “pinta”. Sobre la tersa superficie de un tapete, montones de relucientes onzas de oro; en el suelo –su peso y tamaño así lo requerían- las barras de plata, cambiaban  de dueño, pasando de unos a otros. Así se jugaba entonces. Grandes y significativas cantidades de oro y plata.

Al día siguiente -humos de alegría en la cabeza- retornaban los fogosos jinetes  haciendo vistosas cabriolas en todo el trayecto a guardar a sus hermosos caballos que trataban como a la niña de sus ojos. Quiulacocha quedaba tranquila y  los trabajadores de los ingenios   seguían laborando.

Esta hermosa costumbre lugareña decayó radicalmente cuando, a comienzos del siglo pasado, la compañía norteamericana estableciera su monopolio al comprar las minas cerreñas, originando el éxodo de los románticos mineros europeos. Éstos han dejado imperecederos recuerdos en las páginas de nuestra historia.