La visita del Campeón mundial (Primera parte)

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Con signos de fuego se había grabado en la memoria de los aficionados al billar aquella noche del 23 de abril de 1961. En la lejana Ámsterdam –capital de Holanda- nuestro compatriota Adolfo Suárez Perret, ganaba el Campeonato Mundial de Billar a tres bandas con un promedio general de 0,997 (475 carambolas de un total de 480).

EL COMERCIO en primera página había informado así la realización de la hazaña:

El mundial de billar se realizó en la Sala de Conferencias del lujoso Hotel Granapolsky con capacidad para 1.500 personas. Una meticulosa organización y un entusiasta público constituyeron el marco perfecto para que Suarez, en cinco días de competencia, demostrara sus dotes magistrales para el billar.

Para llegar a la final, venció al portugués Egidio Vieira, a los holandeses Henry de Reyter y Bert Teegelar, al argentino Enrique Miró y al austriaco Johan Sherts. En la última rueda, Adolfo Suárez y Joaquín Domingo ingresaron con 10 puntos. Suárez se enfrentó al belga Raymond Ceulemans; mientras que Domingo jugó contra el portugués Vieira. Aquellos tenían nueve puntos.

 Los dos juegos se realizaron en simultáneo y los jugadores miraban de reojo el puntaje que se producía en la mesa contigua. Suárez tenía la balanza a su favor. Con una brillante serie de cinco carambolas llegó a los 59 puntos y, con la siguiente tocada, obtuvo el título por un amplio margen de 60 a 44.

 El recibimiento

 El 28 de abril ´La Vieja´ arribó al Aeropuerto Internacional Lima-Callao, donde 2 mil personas coreaban: “¡Viva Suárez!”, ¡Viva el Perú! Bombardas y cohetes acompañaron al campeón en su encuentro con los orgullosos aficionados. Una bulliciosa caravana siguió a Adolfo hasta el Estadio Nacional donde el Comité Nacional de Deportes y la Federación de Billar le rindieron homenaje.

 El maestro agradeció las muestras de cariño desde una de las ventanas de la tribuna sur del coloso de José Díaz mientras sostenía la Copa Elmer Phrater, que el príncipe Bernardo de Holanda le había entregado en ceremonia especial.

 En declaraciones a El Comercio, Suarez sentenció: “Me tuve una fe enorme y me di entero en la competencia”. La victoria se la dedicó a la patria y a sus admiradores”.

 En aquel campeonato había vencido a consagrados billaristas como Edigio Viera, de Portugal; Henry Reiter, de Holanda; Enrique Miró, de Argentina; John Shorts, de Austria; Bert Teegelar, de Holanda y Raymond Ceulemans, de Bélgica. Este último partido por el título lo ganó por un amplio margen: 60 a 44. Después de este certamen ya nadie lo paró. Fue Campeón Sudamericano en agosto de 1963, Campeón de Campeones del Mundo en San Francisco, en 1966 y Campeón de Campeones de América, en México, en 1970. Todo ese enorme cartel de suficiencia influyó para que me decidiera a invitarlo a venir a hacer una exhibición en nuestra ciudad con el fin de alentar a nuestro siempre activa actividad billarística local.

Sopesando el enorme valor de su calidad mundial, comprometí a personas a instituciones notables para que auspiciaran la empresa. Poniéndole un tope de quince mil soles pensé a ojo de buen cubero que por allí andaría la cantidad que me solicitaría por sus honorarios. Lo encontramos en la Federación Nacional de Billar donde se desempeñaba como asesor. Cuando nos presentamos, con una amabilidad muy especial, nos dijo que mejor hablaríamos en el “Olímpico”, una “boîte” que funcionaba en el mismo Estadio. Allí nos dirigimos. Pidió seis cervezas que en un santiamén las escanció. (Era un cervecero insigne). Enseguida nos invitó a manifestar lo que habíamos ido a decir. Naturalmente comprendió que lo invitaríamos a visitar nuestra ciudad. Entonces dijo:

–          ¿Allá también practican el billar?

–          ¡Claro que sí!

–          ¿A tres bandas?

–          No. No, solamente libre.

–          ¿Cuál es la bolada más alta, allá?

–          El chino Campoa llega a 60, el viejito Lagunas llega a ochenta – comenté admirado. Él me quedó mirando un buen rato y luego de beber su último vaso, dijo:

–          El record de Urbina es de 13 mil carambolas.

–          ¡¿Trece mil…?!.

–          ¡Trece mil! Yo tengo la bolada de 13,765, debidamente registradas. En tres bandas he llegado fácilmente a 24. Como ven, es necesario que allá viaje un auténtico campeón en libre. Urbina viajará conmigo como ya te dije; pero no te preocupes. Los gastos los haré yo. Del mismo cuero saldrá la correa.

Hecha la invitación le dijimos que se le alojaría en el Hotel Esperanza de la Cerro de Pasco donde también se le daría alimentación. Que alquilaríamos un cómodo coche para llevarlo hasta la misma ciudad. Que él debería realizar seis exhibiciones en el Hotel Esperanza, Club de la Unión, Centro Social, Calera de Huayllay, Fernandini de Colquijirca y en el Sindicato de Obreros de la Cerro de Pasco. A todos esos lugares los desplazaríamos con una unidad móvil especial a su exclusivo servicio. Terminadas las explicaciones le pregunté: ¿Por cuánto nos visitaría? Nos quedó mirando largamente como si tratara de descubrir algún trasfondo. Luego de terminar su última cerveza, me dijo: Voy hablarles “a calzón quitao”. Como tú sabes yo me cachueleo con el Billar. Ése es mi “cau –cau”. No tengo otro trabajo. No te ofendas pero yo ya soy muy viejo para que me cojudeen. Aquí han venido otros a pintarme flores para invitarme, como hacen con las mujeres antes de comérselas, después, se hacen los cojudos. Tú no tienes por qué preocuparte por pasajes, hoteles, ni nada. Eso déjenlo de mi parte. Lo único que quiero para ir al Cerro de Pasco, es que me “chanques” cuatro mil soles; dos a la firma del contrato y dos allá en tu tierra, antes de comenzar la exhibición; yo buscaré una agencia para que me lleve y allá veré mi alojamiento y alimentación. No tienes que preocuparte. Eso sí, para que mi exhibición sea más atractiva voy a llevar a mi pata del alma, al campeón nacional de libre, Urbina. Con él vamos hacer la exhibición. No se ofendan que sea tan directo, pero ya me han hecho tantas que he dejado de confiar. Los negocios son los negocios. Tú eres mi gran amigo y quiero que nuestra amistad quede bien sellada, como debe ser entre caballeros. Como podrá colegirse, ni corto ni perezoso, acepté las condiciones del campeón que, a decir verdad, me resultaba muy conveniente.

Lo que aconteció aquella noche en casa de don Humberto Maldonado, a donde lo invitamos, es una historia especial. Cuando llegamos, ya había varias personas amigas que nos estaban esperando. Con el ceremonial del caso, con mucha delicadeza y amabilidad a cada persona le estrechaba las manos y le prodigaba un abrazo. Cuando vio a los niños del anfitrión hizo como que sacaba monedas de sus orejas y se los entregaba de regalo. Los chicos encantados y felices le sonreían y toda la concurrencia demostraba su sorprendida aprobación. A partir de ese momento, el centro de la reunión fue él. Haciendo derroche de gran conversador pasó a relatarnos innumerables anécdotas, todas interesantes, tratando de que los allí presentes también participaran de la plática. A cada instante, como tratando de matizar la conversa, realizaba pruebas de magia con las manos que nos movía a cariñosos aplausos. Por ejemplo, cuando nos contaba cómo había ganado su medalla de primer campeón nacional, nos dijo que si quisiéramos verla, la medalla, la tenía una determinada señora en su bolso. Intrigada la señalada buscó y ante la sorpresa general, allí estaba. Como ésa realizó una serie de pruebas de prestidigitación convirtiéndose en un verdadero “showman”. Ya nadie podía hablar ensimismado en lo que estaba aconteciendo en la sala.

Aquella noche también descubrimos que el hombre era de “buen diente”. Cuando terminamos de tomar una sustanciosa sopa menestrón, Adolfo que no dejó nada en el plato, dijo: “! Quiero besar las manos magistrales de la matrona que ha preparado esta delicia! ¡Yo he estado en Italia y siendo éste mi plato favorito, lo he tomado en los mejores restaurantes. Sin embargo, aquí y ahora, me halló con el más rico menestronne del mundo! Se acercó muy comedido y estampó un beso en las delicadas manos de la señora Delia Ramón, esposa de nuestro anfitrión, la artista que había preparado aquella delicia. Terminada la cena, entre chascarrillos, adivinanzas y bromas, hizo su última prueba de la noche. Abrió el estuche donde llevaba siempre su taco especial confeccionado en marfil, trofeo del Campeonato del Mundo que había ganado, lo armó y con él, en tan solo una parte de una mesita de centro, hizo una demostración espectacular de sus habilidades sin que hubiera necesidad de usar banda alguna. Un acto de magia pura que nos llenó los ojos y el corazón. Ninguno de los comensales de aquella noche, estoy seguro, habrá olvidado aquella hermosa experiencia.

Continúa…

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