La visita del Campeón mundial (Segunda parte)

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Como se convino, se hizo. Firmado el contrato y abonado el adelanto acordado, le alcancé el nombre de la Agencia de Viajes, lugares de alojamiento y restaurantes cerreños. Viajó en la Agencia Arellano, se alojó en el Hotel América y estuvo presente en la ciudad el mismo día de la primera presentación. Por la tarde salimos a dar una vuelta por calles que él quería conocer.

Era una tarde muy fría de fines de julio cuando las rúas aireadas hasta el extremo son en verdad heladeras insoportables. Habíamos salido después de almorzar a recorrer las calles de la ciudad. Él muy bien abrigado con sobretodo negro y chalina a cuadros resaltando las canas que se habían invadido su cabeza; parecía un artista de cine al que todos miraban admirados. Unos los reconocían, otro no. Recién aquella noche haría su debut en el “Club de la Unión”. Anduvimos de extremo a extremo de la ciudad. En ese tiempo hice lo que don Gerardo Patiño había hecho conmigo un día que había retornado a su tierra. Le fui relatando los nombres, la importancia histórica y los personajes más notables que habían ocupado cada una de las calles que veíamos; sobre todo los más impactantes acontecimientos gratos e ingratos que allí habían acontecido. Nuestra caminata en ese sentido fue fructífera, amena y prolongada. Cuando nos dimos cuenta, ya era de noche. Para atenuar el helor que ya hacía tiritar al campeón decidimos entrar en el primer restaurante que encontráramos para beber un café bien caliente. No lo pensé dos veces, lo llevé al “Casino”, allí se tomaba el mejor café del Cerro. Buena, César. Por lo que puedo ver, también es un billar; recuerda, me dijo:”El café es como un país. Un lugar no comprometido, salvo con el propio código que el café de billares inventó. Es un lugar pacífico. Hay lealtades. Nadie rompe ese código. Los hombres se sienten libres, dejan fuera la vida de todos los días y entran al ocio –confesaba el maestro– por ejemplo, ninguna mujer los busca allí. No hay presión externa de ningún tipo. Y aún en la crisis hay un lugar para la risa. Ése es el billar”.

Ni bien traspasamos las mamparas del local nos dimos frente a una soberbia mesa de billar. Adolfo quedó clavado en el piso como sorprendido de verse frente a una joya invalorable. ¡Carajo! -Exclamó sorprendido- ¡Esta es una mesa cojonuda, César, cojonuda! En Lima no hay ninguna, solamente en Italia he encontrado una que se le parece, está en Génova, en la casa de un capo de la mafia. Buscó en los costados y encontró una placa de bronce, empañada por el tiempo, con el nombre del fabricante. (Renzo Antonio Giovanni Pecchenino Raggi, Ottone, Italia 1864). ¡Claro- le oí decir- esta es una mesa italiana! En ese momento salía de las habitaciones interiores doña Clementina, la mamá de “Papi” Beloglio. La viejita, de andar cansino, abrigada con ropa gruesa y unas medias de lana dentro de amplias alpargatas; canas en desorden enmarcando el apergaminado rostro, otrora rubicundo, tomando los vuelos de su delantal ensayó una amplia sonrisa: ¡Bienvenidos, jóvenes. ¿En qué puedo servirles?- dijo. Mire mamita, aquí mi amigo acaba de llegar de Lima y quiere tomarse el buen café que usted sabe preparar; así que quisiéramos dos tazas bien calientes con los bollos sabrosos que, por el aroma que invade la sala, anuncia de que están saliendo. ¡Enseguida, muchachos!, dijo y despareció por las umbrosas habitaciones interiores. ¡No sé cómo lo vas hacer, hermano, pero sin que se dé cuenta de nuestro interés, dile que quieres comprarle la mesa! Que te diga el precio. ¿Ya? Es más, para que ni sospeche, pídele las bolas, nosotros simulamos un partido y recién en ese momento le lanzas la propuesta. ¿De acuerdo? Así lo hicimos. Bebimos dos deliciosas tazas de café de Villa Rica, con bollos riquísimos que amasaba la señora Beloglio, luego pedimos las bolas y solicitamos que apunte el tiempo. Cuando tuvimos las bolas, Adolfo hizo varias corridas y con las manos las hizo rebotar en las bandas. Quedó extasiado. Cada vez que hacía eso exclamaba. ¡Carajo! Y me miraba de una manera misteriosa como si fuera dueño de un secreto mayúsculo. ¡Esta mesa es cojonuda, César, ni el Club Nacional, ni el de la Unión, donde enseño a mis viejos alumnos tienen una mesa como ésta! ¡Dile que te la venda! Si acepta yo se la vendo al Club Nacional y, claro, te doy tu parte. ¡Si la ven los viejos del Nacional, se van a quedar virolos de admiración! Nos enfrascamos en el “partido” que no duró mucho. Concluido éste, como quien no quiere la cosa, le ofrecí la compra a la viejita. Ella quedó mirándonos un buen rato como queriendo descubrir el móvil del ofrecimiento. Yo por mí, te la vendería hijo. A mí no me trae más que problemas. Me tengo que pasar horas de horas controlando el tiempo de alquiler y, esto me hace daño. Ya no estoy para esos trotes. La mesa se la dejó el difunto Mateo a su hijo; es de él. No creo que quiera venderla por ningún motivo. Es el único recuerdo, junto con esta casa que le ha dejado. No dijo más. Cuando abandonamos la estancia, con el rostro cuajado de tristeza, Adolfo nos contó esta extraña anécdota. “Vivía yo en Italia en 1960 y tenía muchísimos amigos, especialmente los que trabajaban en la fábrica Lambretta. Esa que fabricaba motonetas ¿Recuerdas? Bueno, a la salida del trabajo nos encontrábamos con ellos y nos íbamos a jugar en un pueblo cerca de D´Onofrio. A poco de llegar ya los curiosos habían llenado el local. Con ese crecido auditorio yo jugaba con los que quisieran. En medio de aplausos acumulaba buena “guita” que enviaba a mi vieja. En pocos días llegaban muchos aficionados de los pueblos vecinos con el fin de enfrentarme, pero los derrotaba a todos. Así, sin quererlo, mi fama creció y en muchos pueblos vecinos no se hablaba de otra cosa. Un día que llegamos al billar, unos cuatro sujetos muy elegantemente vestidos, nos estaban esperando. Muy amablemente, por supuesto, me dijeron que una persona muy importante quería conocerme y que habían venido a llevarme. No lo pensé dos veces. Subí al carro que habían traído y partimos con dirección a las afueras de la ciudad. Cuando llegamos, nos dimos con que era una casona magistral, de esas que sólo se ven en las películas. Bajamos y me hicieron pasar a una sala enorme, muy lujosa, llena de comodidades espectaculares, con paredes de mármol, espejos y alfombras rojas en todos los ambientes. Esperé un buen rato y cuando se abrió la puerta principal apareció un hombre alto, fornido, adornado de anillos, esclavas y un enorme reloj de oro. Con una sonrisa que le desbordaba los labios me extendió las manos y me dijo: Gracias por venir. Tenía deseos de conocerlo. Soy Lucky Luciano. -¿El capo de la mafia? –Preguntamos- ¡El mismo! – contestó. Sacó de un vargueño unas copas y sirvió Campari y me lo alcanzó. A partir de ese momento el tiempo se hizo más cómodo, alegre y placentero. Luego vinieron los vermut bien servidos coronando las conversaciones. Gancia con Campari, Cinzano con Fernet o con simples toques de limón. Nos encontrábamos como en una fiesta. Después de los tragos, como quien saca algo especial de la galera, descubrió con unos pases como de magia, una mesa que estaba cubierta al centro de la sala. ¡Me quedé admirado! Era una mesa enorme, lujosa, con todas las de reglamento. Era una mesa igualita a esta que acabamos de ver. Preciosa. La mejor mesa del mundo. Al rato ya estábamos ensimismados en una partida espectacular. El hombre se defendía, pero yo jugué de fantasía que lo volvió loco. Nos hicimos grandes amigos y alternamos en memorables partidos, yo naturalmente, alargándola; para no herir susceptibilidades, hasta que tuve que venirme. En todo momento fue un gran caballero y cuando nos despedimos me hizo un regalo muy impresionante. Pero lo que no he podido olvidar es que había jugado en una mesa extraordinaria y, fíjense lo que son las cosas; aquí, tan lejos de Italia me vengo a encontrar una mesa igualita que ni en Lima existe. Son las sorpresas que a uno le depara la vida”.

Así llegó la noche del debut. Las instalaciones del Club de la Unión estaban completamente colmadas. Desde lugares lejanos habían venido los socios y simpatizantes a los que ubicamos de la mejor manera posible en derredor de la mesa. A las nueve de la noche, como estaba programado, ingresaron las autoridades deportivas escoltando a nuestros invitados que lucían impecables smoking negro y camisa fina blanca con “michi” negro. Flor de elegancia. Tras los aplausos, palabras de bienvenida y el correspondiente himno nacional, comenzó la exhibición.

Estoy seguro que la gente que estuvo aquella noche no ha olvidado la excelente muestra de virtuosismo, elegancia y precisión. Utilizando algunos aditamentos que estaban en la sala, hicieron increíbles carambolas después de cada cual explotaban los aplausos de admiración y afecto para el artista que nos visitaba. Hubo momentos en los que las carambolas se sucedían fuera de la mesa llenando de emoción a los espectadores. Fue inolvidable lo que hicieron. Al final, el Club los premió con sendos presentes de elegancia y alto valor. ¡Se lo merecían! Igual ocurrió en las instalaciones del Club Esperanza y en los otros escenarios que lo presentaron; mucho más en el Sindicato de Obreros que estaba tan repleto de tope a tope que tuvo que hacerse dos funciones con los plácemes de nuestros invitados que estaban muy emocionados. Pocas veces habían visto tal despliegue de expectativa, atención y aplausos.

Ésta, como las noches que se sucedieron, lo llevamos a la “Esquina del Morocho” tanguero lugar donde se reunían los bohemios de viejos tiempos. Allí fuimos recibidos por ese caballero inolvidable, don Félix Llanos Alvarado, administrador y gran cantante de tangos que se presentaba en la radio con el seudónimo de “El Paisano”. Aquella noche descubrimos admirados otra faceta verdaderamente interesante de nuestro campeón mundial. No sólo era un conocedor de la historia del tango, sino también acertado intérprete que nos encandiló con su virtuosismo interpretativo. No nos extrañaba, su abuelo, don Adolfo Perret había fundado, junto con otros artistas, el Conservatorio Nacional de Música, un tío suyo fue el primer violín de la Sinfónica Nacional y, otro tío, maravilloso intérprete de jazz; su señora madre, profesora de piano. De raza le venía al galgo. Entre canción y canción, alternando con don Lucho Llanos y el acompañamiento de Lactayo y Carlitos Reyes Ramos, hablamos bastante de tango y algo de la vida de nuestro ilustre visitante. Aquella noche nos enteramos por ejemplo que había vivido en Buenos Aires, alojado en la pensión Junín, donde se encontraban gran cantidad de peruanos. “Allá –nos decía- hay una calle muy cerca de la Plaza Mayo que lleva el nombre de esta ciudad y otra de Ayacucho. Otra también de Junín. Es decir, en Buenos Aires se le rinde homenaje a estos pueblos históricos, lo que en Lima no se hace. ¡Qué cojudez!”. “Ahhh y para comer no hay otro lugar. Con Humberto Cervantes y Javier Gonzáles nos pegábamos unos atracones de bifes y no dejábamos sino los huesitos en el plato. Los precios estaban al alcance de todos los bolsillos y, combinándolos con vino tinto, era lo mejor que se podía engullir. Por aquellos años –seguía relatando- habían triunfado ampliamente en Radio El Mundo, los “Trovadores del Perú”, integrados por Oswaldo Campos, Javier González y Miguelito Paz. Bueno es que el Director Artístico de la Radio era nada menos que el artista peruano Jorge Huirse de reconocida trayectoria allá. Él llevó también a la “chola” Jesús Vásquez y más tarde a Luis Abanto Morales. Todos ellos nos hicieron quedar muy bien así como la linda Alicia Lizárraga. Por aquella época se nos respetaba mucho en todos los terrenos. Hasta en el fútbol, José Soriano había sido capitán de la máquina del River Plate y estaban otros guardavallas como Honores, el “chueco”. Carajo, era de ver aquello”. Cuando entramos en el terreno del tango, ya era otra cosa. Se habló con mucho calor de intérpretes, creadores y músicos notables, comenzando por Carlitos Gardel, Le Pera, Magaldi, Hugo del Carril, la Tita Merello, Azucena Maizani, Libertad Lamarque, Julio Sosa, Horacio Malbrán, Tito Podestá y tantos otros, para “graficar” las remembranzas, entre trago y trago, escuchábamos las joyas que don Lucho tenía en su discoteca. Se habló también de las orquestas de Alfredo D´Angelis, Pichuco Troilo, “Pancho” Canaro, Astor Piazzola, Héctor Varela. Se puso mayor énfasis cuando se habló de “Chepolín”, Enrique Santos Discépolo, el campeón interpretó su tango “Cambalache” y, en respuesta, el Paisano interpretó “Yira, Yira”. ¡Qué noches aquellas! Inolvidables, llenas de calor humano y amistad. Cuando nos dimos cuenta, ya había amanecido y las primeras luces asomaban tímidas por los ventanales del “huarique” querido. Entonces nos fuimos a dormir.

La siguiente noche, igual éxito e igual reunión, esta vez en el Club Esperanza de los gringos. Aquella noche nos contó que el mote de “La vieja” con que también era conocido, se debía a que su madre, para evitar que se perdiera con el billar, que por aquellos días era deporte de vagos y buenos para nada, en cuanto se enteraba dónde estaba, iba iracunda a rescatarlo de las garras del vicio; los muchachos al verla venir gritaban “!La vieja”! y desaparecían como por encanto. Ella entraba en el billar y a carterazos me sacaba del lugar. De allí me quedó la chapa. Mi padre era argentino, músico –relataba-, mi madre, profesora de piano. Cuando mi padre murió, fue mi vieja la que me mantuvo y me dio todo lo que necesitaba. Estudié secundaria en Guadalupe, nada más. Aprendí a jugar el billar desde 1945 con un grupo de amigos, desde allí no me he desprendido de la tarea. El billar es mi vida. Conozco casi todas las mesas que hay en Lima y en todas he jugado. Para llegar a dominarlo se necesita mucha concentración e inteligencia. El Billar es también un deporte ciencia como el Ajedrez. Ambos requieren de mucho esfuerzo y no lo deben satanizar. En otros países comienzan a jugar muy temprano, por eso es que han sacado muchos campeones, en cambio aquí, uno recién puede entrar cuando tiene libreta militar; es decir cuando ya es muy viejo para aprender.

Muchos recuerdos nos dejó Adolfo, Campeón Mundial de Billar, amigo del Cerro de Pasco. Partió hacia el viaje sin retorno el 14 de abril del 2001. Siempre lo recordamos y él, por su parte, las veces que nos volvimos a encontrar me decía que no olvidaba que aquí, cerca del cielo, estaba la mejor mesa de billar del Perú.

 

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