ABRIENDO CAMINO (Octava parte)

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DÉCIMO SÉPTIMO DÍA (11 de noviembre de 1925).

Al amanecer del 11 de noviembre –día histórico- con las primeras claridades del alba procedieron a lavar y aceitar el épico FORD, que estaba cubierto de polvo y con muchas magulladuras.

Después del parco desayuno, emprendieron la marcha. Faltaban 23 leguas y no era cosa de dejarse vencer.

Como la carretera era ya funcional, el carro rodaba cómodo y triunfante. La brisa tonificante de la zona, refrescaba el recio y curtido rostro de los cerreños.

A las dos de la tarde, entraron en Yangas en medio de los aplausos de sus gentes y estuvieron muy poco tiempo en este lugar. La ansiedad de llegar a la meta final los devoraba. Es así que luego de los abrazos cariñosos y amicales, se despidieron.

A las cinco de la tarde hacían su ingreso triunfal a Lima.

Se encontraban muy emocionados porque todos sus sueños se cumplían. Entraban por la Repartición y Malambo cuando alcanzaron a ver al final de la calle, gigantescos cartelones, banderas, banda de música, camarógrafos de cine, fotógrafos, periodistas y un grupo de autoridades presididas por el señor Jesús María Salazar, Ministro de Gobierno; General Augusto Bedoya, Senador por Junín; y doctores Patiño, Diputado por Canta y José Otero Diputado por Tarma.

Después de las palabras de bienvenida y las felicitaciones del caso, los reporteros de los diarios capitalinos comenzaron sus largos y animados reportajes. Los camarógrafos estampaban diversas placas en celuloide, registrando los pormenores del acontecimiento.

Transcurrida una hora en la ceremonia; escoltados por numerosos automóviles se dirigieron al Ministerio de Fomento a presentar su saludo al Ministro que les aguardaba. De allí salieron triunfalmente y entraron por el Paseo Colón y luego por el Jirón de la Unión hasta Palacio de Gobierno donde dieron cuenta al Presidente de la República de los pormenores de la hazaña, cuya culminación exitosa era la prueba más fehaciente de la posibilidad de construir la carretera. De Palacio de Gobierno, siempre seguidos de numerosos coches se dirigieron a la agencia Ford del Perú, donde el señor Shiway les brindó su cómoda cochera. Después de terminar la emotiva cena  ofrecida por el Centro Cerreño Unificado, los vencedores fueron conducidos hasta el Hotel Comercio.

Aquella noche durmieron grata y plácidamente.

DÉCIMO OCTAVO DÍA (12 de noviembre de 1925).

Esa mañana tuvieron que ser despertados por los miembros del Centro Cerreño Unificado, quienes presididos por don Santos Cuadrado y Pérez, portaban un oficio de invitación. Los raidistas se alarmaron al comprobar lo avanzado de la hora: Once de la mañana. El cansancio les había doblegado y, ellos cumplido el sueño de sus vidas, se habían abandonado al grato descanso.

Entre los comentarios y chascarros los gloriosos aventureros se alistaron para asistir al almuerzo que se sirvió en el Cordano donde hubo discursos, brindis y mucha confraternidad.

Culminado el almuerzo, la delegación cerreña en pleno, acudió al Touring Automóvil Club del Perú, donde su presidente, el señor Juan Tabusse, les tenía una sorpresa. En primer lugar, indagó el nombre del jefe de la expedición y al serle presentado don Teobaldo Salinas, le estrechó en un fuerte abrazo y le entregó siete medallas de plata para los esforzados pioneros, luego, al preguntar quién había sido el heroico chofer del vehículo, don Teobaldo Salinas, en un gesto que habla mucho de su grandeza de espíritu, dijo: Don Juan Manuel Beloglio, entonces el Presidente de la Institución entregó en medio de cariñosos aplausos de la concurrencia, treinta libras de oro al piloto. De inmediato, Juan Manuel, entre el marco redoblado de aplausos, entregó cuatro libras de oro a cada uno de sus compañeros. El gesto fue muy aplaudido porque era la muestra de sólida unidad de aquel compacto grupo humano. Luego se sirvió una cena y, después de ella, se inició una animada tertulia. A medianoche, se retiraron al hotel a descansar.

DÉCIMO NOVENO DÍA (13 de noviembre de 1,925).

Después de haber dispuesto el día en un paseo por los balnearios de Lima, los audaces aventureros, tuvieron una reunión de despedida en el rimense Centro Cerreño Unificado. En esta ocasión, los miembros del Comité Central del Camino Carretero, repartieron proporcionalmente, dieciséis libras de oro entre los raidistas y, don Santos Cuadrado y Pérez, hizo lo propio con la donación de las diez libras de oro prometidas. El Ministro de Gobierno regaló una bolsa de cinco libras de oro para el retorno de la comitiva. La velada fue emocionante y aquella noche, nuestros aventureros se despidieron de Lima.

VIGÉSIMO DÍA (14 de noviembre de 1925). 

En la mañana después de oír misa en la Catedral de Lima, partieron con rumbo al Cerro de Pasco. Ellos estaban conscientes de que habían abierto una ruta homérica, demostrando al mundo que era posible la construcción de la carretera. Una hazaña que el pueblo nunca olvidará.

Bajo la patriarcal iniciativa y ayuda de don Santos Cuadrado y Pérez, los pioneros inolvidables y héroes invictos de la cruzada, fueron:

TEOBALDO SALINAS.

MANUEL OYARZÁBAL.

JUAN MANUEL BELOGLIO.

ANTONIO BELOGLIO.

ASUNCIÓN CORNEJO.

ISIDORO DELGADO, Y

GAMANIEL BLANCO MURILLO.

Ellos con su grandeza, nos trazaron un camino en el que nos demostraron que no hay imposibles cuando se empeña el corazón en una empresa.

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EL COMITÉ PRO CARRETERA SIGUE  TRABAJANDO.

La titánica gesta, cuya hazaña hemos reseñado, demostró palmariamente, que era factible la construcción de la carretera y, alentados por el éxito obtenido, el comité siguió trabajando empeñosamente.

Como era de esperarse en estos casos, se hacía necesario reunir fondos pecuniarios iniciales que pudieran permitir el inicio de la acción. Se recurrió a la erogación pública con el fin de que el pueblo, en forma general, pudiera aportar con su contingente económico y, fueron los señores Víctor Priano y Gerardo Gallo Díez, quienes iniciaron esta colecta general, con considerables aportes personales. Este generoso ejemplo despertó un entusiasmo tan marcado y notable que, las compañías mineras, negociaciones, comerciantes y pueblo en general, reunieron una erogación de 13 mil soles. En el curso del mes de diciembre de 1925, los diarios de la localidad, de la región y de todo el país, desarrollaron intensa campaña publicitaria, la que tuvo encomiable acogida por todos los pobladores que sin excepción colaboraron para el fin propuesto.

Todo iba encaminado hacia el éxito completo, cuando ocurrió una desgracia verdaderamente lamentable que conmovió  a todo el pueblo, don Santos Cuadrado y Pérez falleció súbitamente enlutando a un pueblo emocionado y triunfante.

Conscientes de que la obra debía continuarse en homenaje a su propulsor, todos los cerreños cerraron filas en torno a la realización de la empresa que tanto había soñado el ilustre desaparecido. Se formó un nuevo comité asumiendo la presidencia el señor Carlos Languasco. Los otros miembros, los señores Víctor Priano, Amado Rocha, Cipriano Proaño y Alfonso Maldonado.

Cumpliendo con su programa de acción, la nueva junta continuó con las erogaciones y, por fin, el 8 de agosto de 1926, se inició el trabajo en la localidad de Huayllay, lugar equidistante y sobre todo apropiado para atacar el trabajo en dos direcciones, una hacia Canta y otra hacia el Cerro de Pasco. Embarcados ya en la empresa, el comité no sólo aumentó los fondos obtenidos, sino que los dineros destinados para las obras viales de la provincia, fueron derivados hacia esta construcción.

El comité logró el avance de 42 kilómetros de excelente vía entre San Gregorio y la Cruzada, al costo promedio de S/. 2 600.00 por kilómetro. En ese momento se expidió una resolución gubernativa para someter a licitación la obra, debiéndose pagar la cantidad de S/. 10 000.oo por kilómetro. Cumplidos los requisitos de ley, obtuvo la buena pro el señor Mateo Biasevich quien encargó la obra a Teodoro Raikovich, pagándole S/. 4 700.oo por kilómetro en beneficio notabilísimo. El sub contratista Teodoro Raicovich avanza otros 22 kilómetros desde la Cruzada hasta las cercanías de Chuquiquirpay. Inexplicablemente por resolución gubernamental, el comité cerreño queda cruzado de brazos, limitándose al cuidado de la parte que había construido. En este momento, un decreto ordena la suspensión de los contratos, debiendo quedar las carreteras a cargo de los administradores. La obra fue encargada al señor Alfredo Luis Huidobro, quien sólo alcanzó a avanzar un kilómetro y medio más. En el cambio político de agosto de 1930 se deroga la ley de Conscripción Vial, viéndose en la obligación de entregar a la Prefectura los materiales de la construcción y un saldo superior a los S/.23 000.oo que pasó a la Caja de Depósitos y Consignaciones.

Al año siguiente, en 1931, se crea la Junta Pro Desocupados de Junín con sede en el Cerro de Pasco, conformada por los señores Cipriano Proaño, Benjamín Malpartida, Moisés Martínez, Cesáreo Villarán y Carlos Languasco.

La nueva junta, bajo la presidencia del señor Proaño consiguió el apoyo del doctor Pedro de Osma que presidía los fondos de la junta y, después de muchas gestiones, sólo lograron la devolución de S/. 8 000.oo y los materiales depositados en la Prefectura. Cuando la Junta de Pro Desocupados pasó a Huancayo el 15 de enero, nuevamente se paralizó la obra. Felizmente, el 3 de setiembre de 1931 se forma una nueva junta que tuvo los siguientes integrantes: Cipriano Proaño (Presidente), Benjamín Malpartida, Gastón Espejo, Moisés Martínez y Ernesto Bertl. Con esta junta se avanzó hasta el lugar denominado Parinacochas; luego por disposición gubernamental se encarga que la junta también se encargue de la construcción de la carretera a la Oroya para lo cual se amplía el personal con los señores Fabio Mier Proaño, Alfredo Ruiz Huidobro y Aquiles Venegas, quienes felizmente culminan la realización de esta obra.

Es necesario señalar también el nombre de las personas e instituciones que hicieron posible la obra con su generoso apoyo. Ellos son: el representante por el departamento don Domingo Sotil, quien hizo las gestiones necesarias ante el gobierno central; las compañías Vanadium Corporation; la Compagnie Des Mines Huarón; la Negociación de Eulogio Fernandini y la Sociedad de Mateo Galgjuf.

Los ingenieros que se encargaron de la parte técnica de la obra fueron los señores Rosendo Icochea que trazó y siguió finalmente gran parte de la obra; Federico Villar, Alberto Ureta y Ernesto Bertl, con la administración del señor Demetrio Herrera.

Esta hazaña se cristaliza con la inauguración de la carretera el 20 de octubre de 1932. En aquella oportunidad, confundidos con el grueso público presente, estaban los siete héroes de la epopeya. Ellos, con decisión y valentía, habían trazado la ruta que en esa fecha se inauguraba.

fin

 

ABRIENDO CAMINO (Séptima parte)

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En la ciudad de Canta, los expedicionarios acompañados de ciudadanos del lugar. Habían cubierto la mitad de la ruta. Cuando llegaron a Lima, recibieron el homenaje de las autoridades y directivos del Touring Automóvil Club Peruano que les otorgaron sendas medallas de oro y bolsas de monedas de oro. Otro tanto hizo nuestro pueblo. Pasados unos días, la ciudad se conmocionó con la muerte de don Santos Cuadrado y Pérez. En su homenaje continuaron con empeño y, el 20 de octubre de 1932, se inauguraba la carretera del Cerro de Pasco a Lima por la vía Canta. El sueño de un gran pionero se había cumplido ampliamente.

DÉCIMO TERCER DÍA (7 de noviembre de 1925).

Desde las primeras horas de la mañana, después del consabido desayuno y la correspondiente despedida de su amable  anfitrión, don Primitivo Grados, animados y llenos de entusiasmo, emprendieron la jornada con mucha fe.

Tras descender un buen tramo desde Santa Rosa, y a la vera del río Chillón, encontraron una planicie algo accidentada, que les presentó dificultades que fueron vencidas con mucho esmero.

Luego del almuerzo prosiguieron con la tarea hasta finalizar el espacio más o menos plano que había superado, para llegar a una rampa fragosa cubierta de varios accidentes y rocas. No había nada que hacer. Era el único tramo para poder continuar adelante.

En todo el trayecto no habían hallado tan numerosas y variadas dificultades para el avance.

Al promediar las seis de la tarde y cuando la oscuridad invadía el valle, se vieron frente a un peligroso desfiladero que aunque corto, tenía una pendiente tan pronunciada que se vieron obligados a enfrentar, ya que de no hacerlo, se habrían quedado en una situación desairada y peligrosa. Acometieron la empresa y durante una hora estuvieron bregando con el arriesgado precipicio. Estaban ya por zafar del abismo cuando, por la presión del peso, reventaron las sogas y, el bulto conteniendo los alimentos, cayó desde esas alturas hasta las aguas del Chillón, perdiéndose todo su contenido. El momento no era para ponerse a rescatar nada, ni para intentarlo. Ninguno de los hombres podía soltar las amarras del carro que, de hacerlo, el vehículo se habría estrellado irremisiblemente contra las aguas.

Cuando vencieron el abismo, pudieron comprobar que sólo las herramientas y las medicinas se habían salvado. La guitarra, la imagen del Señor de los Milagros y los licores también estaban a salvo. Menos los alimentos.

Encendieron las cuatro lámparas para ayudar a los faros del carro y siguieron avanzando hasta llegar a una explanada donde estaban unas seis o siete casitas. Con menos esfuerzo siguieron bajando la pendiente hasta llegar al escaso poblado, que a manera de una aldehuela de pastores se levantaba en el lugar. Se llamaba Huagra.

En este lugar los habitantes –entre sorprendidos y asustados- apenas si asomaban sus caras torvas y mezquinas por las puertas entre abiertas. Sólo los perros en una inmisericorde sinfonía de ladridos rodeaban a los aventureros. Vanas fueron las gestiones para que les vendieran algo de comer. Los lugareños les contestaban que era de noche y que no era conveniente hacer venta a esa hora. Era de mal agüero. No se pudo vencer esta resistencia. Ni agua les dieron.

Acuciados por el hambre y el cansancio se durmieron a orillas del río, en medio del quieto perfume de la noche.

DECIMO CUARTO DÍA (8 de noviembre de 1925).

Aquel fue el más difícil y negro de todo el recorrido. Llegada la madrugada, los hombres se pusieron de pie y, hambrientos pidieron a los habitantes de Huagra que les vendieron algunos alimentos, lo único que les alcanzaron fue cancha y agua.

Como alejándose de una dolorosa pesadilla, los hombres se apresuraron a reemprender la marcha.

Pronto, como el día anterior, las dificultades se hicieron más visibles, la abrupta peñolería de cortes, abismos y roquedales, presentaba una perspectiva difícil y fragosa; sin embargo, así famélicos como estaban, arrastraron con valentía la empresa del avance.

Uno tras otro, los obstáculos quedaron atrás, gracias al empuje de aquellos invictos aventureros que, insuflados los pulmones del límpido oxígeno del Chillón, renovaban esfuerzos nutridos por el entusiasmo. Por fin al borde de las cinco de la tarde y sin probar alimentos llegaban al Pasaje del Diablo. Un pronunciado y abismal cañón que bien merecía ese nombre. Desde allí y ya con la noche encima avanzaron penosamente iluminados por sus faroles hasta el campamento de Pacrón, en donde fueron recibidos por un puñado de obreros. Estos, cariñosos y admirados, les brindaron una abundante cena que los raidistas consumieron como si fueran unos hambrientos escolares. Más tarde, verdaderamente rendidos, se acunaron en sus pellejos y cobijas y se durmieron como niños.

DÉCIMO QUINTO DÍA (9 de noviembre de 1925).

El descanso reparador y los alimentos ingeridos el día anterior habían tenido el sortilegio de renovar sus fuerzas y alimentar sus espíritus. No era para menos. Dieciséis días ausentes del hogar en los que la fatiga y el trabajo habían avivado el recuerdo y las nostalgias; tan sólo saber que la meta estaba cercana, les impulsaba a seguir adelante.

Desde el comienzo de la jornada advirtieron que se encontraban en la parte más escabrosa del recorrido. Es así que no obstante el gran esfuerzo desplegado avanzó sólo novecientos metros. A las ocho de la noche llegaban al borde de un gran abismo. Estaban al borde del Gran Pacrón. Cuatrocientos metros más allá, superando el abismo, estaba el inicio de la carretera hacia Lima.

Alborozados, aunque cansados, se durmieron aquella noche.

DÉCIMO SEXTO DÍA (10 de noviembre de 1925).

En cuanto amaneció se levantaron plenos de frenesí soñando con la culminación de la empresa.

Luego de desayunar, salieron a contemplar el Gran Pacrón. Querían medir y observar al rival con el que debían enfrentarse. A llegar al borde, se estremecieron. Realmente era un abismo terrible. Las paredes del despeñadero estaban cortadas verticalmente y, por el borde monolítico, a manera de una repisa, un trecho muy delgado; por el lado norte apenas si habían conseguido abrir una trocha en la dura y gigantesca roca del cerro, por donde ajustadamente podía pasar un hombre. Imposible que pasara el carro por sus propios medios. Estaban en esta contemplación cuando recibieron la visita de Rosendo Icochea, ingeniero encargado de la construcción de la carretera Lima-Canta.

  • ¡Yo creo que hasta aquí llegó la osadía, señores! Ningún vehículo puede pasar al otro lado, sólo lo pueden hacer los hombres y con gran dificultad. De esa manera es como trabajamos. Este abismo tiene cuatrocientos metros de luz y va a pasar mucho tiempo para que empalmemos ambos extremos, mediante un puente.

Cualquiera se habría desanimado ante aquella afirmación del técnico, pero sabedores de que éste era uno de los ingenieros que había afirmado que trazar una carretera por estos andurriales era una misión imposible, encrespó el orgullo cerreño.

–! Nosotros lo pasaremos! –dijo resueltamente don Teobaldo Salinas.

–!Así es! –reforzó don Manuel Oyarzábal- sólo préstenos las herramientas necesarias y los hombres indispensables para hacerlo. !Nosotros pasaremos el carro por el abismo!!.

—Lo que deseen está a sus órdenes –aceptó el ingeniero con un dejo de incredulidad.

Dos horas pasaron los aventureros en estudiar el terreno y las posibilidades. Terminadas éstas, acometieron la hazaña.

Sujetaron un cable y sogas al carro despojado previamente de su carga; sólo don Teobaldo Salinas y Juan Manuel Beloglio iban dentro para conducirlo, con una rueda delantera y otra trasera en tierra, ya que las otras estarían en el vacío.

Audaz fue la empresa, durante siete horas y media, los hombres emprendedores y empeñosos, rompiendo el silencio del lugar, con sus gritos acompasados y broncos, desafiaban las leyes de las posibilidades. Con el vehículo muchas veces colgado del precipicio, se cumplió con la hazaña increíble. A las siete y treinta de la noche habían logrado salvar aquel abismo. La oscuridad de la noche le impidió ver a Icochea las varoniles lágrimas de triunfo en los ojos de don Teobaldo Salinas y de Juan Manuel Beloglio que se abrazaron fuertemente con gesto de triunfadores, como padre e hijo. Inmediatamente todos los hombres de la empresa se sumaron victoriosos. Habían realizado una tarea que parecía imposible.

Aquella noche, la luna canteña se conmovió cuando don Manuel Oyarzábal, con la voz quebrada por la emoción y orgullo, cantaba la hermosa muliza de la Columna Pasco. Iluminados de triunfo y encendidos de esperanza, se durmieron plácidamente.

 CONTINÚA……

 

 

ABRIENDO CAMINO (Sexta parte)

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SÉPTIMO DÍA (1 de noviembre de 1925).

Aquella mañana, un silencio religioso y sobrecogedor se apoderó de los aventureros. En la mente de cada uno de ellos bullía el recuerdo de los seres queridos que los habían dejado. Madres, abuelos, hermanos, amigos; imágenes y recuerdos de los que habían partido, nublaron los ojos de los osados aventureros. Don Teobaldo conocedor del alma de nuestra gente, se dirigió a los hombres que compungidos rodeaban la fogata que aviva el desayuno y les dijo:

–Yo sé que este momento han recordado a los seres más amados y sufren por no poder ir a dejar una oración y una flor en sus tumbas. La oración la diremos aquí y las flores con nuestras lágrimas y nuestro triunfo se las llevaremos a nuestro retorno. Acompáñenme a rezar.

Reanimados con las oraciones desayunaron con el acostumbrado brillo en sus ojos y a las ocho de la mañana siguieron avanzando. Superando un corto trecho de homogéneo piso tropezaron con gigantescas rocas que constituían un verdadero escollo para la marcha. Tuvieron que utilizar dinamita para volarlas. Fueron varias explosiones que retumbaron en la silenciosa pampa. Vencida la dificultad, descendieron por un estrecho desfiladero en el que tuvieron que utilizar sogas y pértigas para controlar el empinado descenso. Mucho se esforzaron para hacer llegar el carro a un rellano terroso. Aquí almorzaron. Era ya el mediodía y amenazantes cerrazones cubrían el cielo.

Inmediatamente después de terminada la pascana avanzaron por un terreno más plano y menos abrupto; a las tres de la tarde llegaron exhaustos a Tambo Navarro. En ese momento el cielo se desencapotó en una lluvia torrencial iluminado de rayos, truenos y relámpagos.

Descansaban rendidos en unos establos de “El Tambo”, cuando montado sobre una briosa mula y acompañado de un guía, llegaba -empapado y cansado- don Santos Cuadrado y Pérez. !!Qué alegría la de aquella gente!! Abrazos y risas, preguntas y comentarios, en tanto afuera la furia de la tormenta trazaba garabatos de luz en el cielo rebelde.

La conversación es amena y cordial. Don Santos ha sacado de sus alforjas, dos botellas de cognac francés y brinda con todos. Después de media hora de diluvio el cielo  se tranquiliza por lo que deciden seguir adelante.

Habían avanzado un largo trecho y siendo la siete de la noche –faltando un kilómetro para llegar a Culluhuay- se topan con numerosas rocas que les impide llegar al pueblo. Ante tamaña dificultad, dejaron aquí algunos hombres para que cuidaran el carro y a pie arribaron a Culluhuay donde la gente amable y buena les esperaba.

Aquella noche, después de una cena reparadora,  se durmieron.

OCTAVO DÍA (2 de noviembre de 1925).

Con el  entusiasmo al tope y renovadas energías afrontaron la tarea desde las seis de la mañana. Los dos kilómetros que faltaban para llegar al pueblo eran sin lugar a dudas los más difíciles del recorrido. Tuvieron que volar varias rocas y, al promediarse el mediodía, llegaron al río que cruzaron haciendo una verdadera proeza de equilibrio y valor.

Por fin, a los dos y quince de la tarde, el FORD T entraba triunfante en Culluhuay y en medio de las aclamaciones del pueblo y el repique de triunfantes campanas. Los niños que habían hecho calle con banderas y flores fueron desfilando delante de los valientes expedicionarios cerreños colocando los ramos sobre la capota del coche. Al poco rato, el vehículo casi desaparecía sepultado por el peso de las flores y las cadenetas. !!Qué emoción!!, nuestros raidistas estaban triunfantes y sonrientes al lado del coche.

El corazón, galopante, les latía frenético y emocionado. En ese instante de alegría ocurre algo realmente conmovedor. Una anciana de blanquísimos cabellos y apergaminado rostro, se abre paso entre la muchedumbre y conducida por sus nietos, llega hasta don Manuel Oyárzabal y le hace entrega de un hermosísimo ramo de rosas rojas y, con su voz cansada pero tierna, dice:

–Ahora sí, puedo morirme. Ya conozco el automóvil y ustedes me lo han traído…!!Que Dios los bendiga!!…

La gente aplaudió enternecida cuando la viejecita de 110 años de edad –la más anciana del pueblo- besó las manos de los valientes peregrinos.

Después de este extraordinario acontecimiento que conmovió a todos, las autoridades invitaron a presenciar una ceremonia en el patio de la escuela. Hubo poemas, canciones, danzas, discursos y regalos. La sesión se cerró con un almuerzo opíparo, salpimentado de generoso pisco puro.

Esa tarde soleada y abrigada como pocas, un grupo de núbiles y hermosas culluhayinas invitaron a pasear por sus huertos y jardines a los jóvenes de la aventura. Sólo don Manuel y don Teobaldo quedaron para platicar con el cura, autoridades y don Santos Cuadrado y Pérez que ahora se encontraba más feliz que nunca.

Llegada la noche y después de espléndida cena, bajo la patriarcal mirada de los viejos del poblado, los emocionados excursionistas bailaron lánguidos y románticos valses con las chicas más bellas del pueblo.

Cercana la medianoche, y muy agradecidos, se retiraron a descansar. Esa noche jamás la olvidarían.

NOVENO DÍA (3 de noviembre de 1925).

La mañana templada del 3 de noviembre todo el pueblo de Culluhuay asistió a la misa que el anciano y rubicundo sacerdote del lugar dijo por la salud de los expedicionarios y por el éxito de la empresa.

Terminados los servicios se sirvió el chocolate con panecillos calientes hechos por las “Hijas de María”. Todo transcurrió en un ambiente de franca cordialidad. A las ocho de la mañana, más contento que nunca, don Santos Cuadrado y Pérez continuó viaje para informar a la comisión de esta parte de la aventura. A esa misma hora, pero por rumbo distinto, la delegación siguió adelante, siempre escoltados por 45 culluhuayinos que ya se sentían miembros natos de la empresa. Esta vez el camino no era tan difícil como antes. El carro avanzaba lentamente y cuando encontraba alguna dificultad, inmediatamente era vencida por los hombres.

Después del almuerzo continuaron avanzando y, al promediar las seis de la tarde, llegaban a la comunidad de Huacos, donde contrariamente a lo que había ocurrido antes, nadie salió a recibirlos. En este lugar los culluhuayinos se despidieron y retornaron a su pueblo.

Esa noche, los expedicionarios levantaron su carpa sobre el río Chillón y adormecidos por el suave discurrir de las aguas, se durmieron plácidamente.

DÉCIMO DÍA (4 de noviembre de 1925).

Este décimo día, después del reforzado desayuno, comenzaron a marchar por una pendiente muy pronunciada. Tuvieron que utilizar todas sus fuerzas e ingenio para avanzar. Esta vez, el problema no era empujar, sino sostener el carro para que no rodara pendiente abajo. El uso de piedras grandes como cuñas, facilitó la tarea.

En el transcurso de aquella mañana, se tuvo que realizar cinco explosiones para dejar expedito el camino. Al mediodía se había vencido la agreste peñolería y aprovechando de un pequeño rellano, se sentaron a almorzar; pero en el momento en que iban a abrir sus paquetes, un nutrido número de comuneros de Huacos les daba alcance, trayéndoles un reconfortante y nutritivo almuerzo.

Después de la reparadora pascana, nuevamente atacaron la empresa, esta vez ayudados por los huacosinos. La ayuda de estos hombres fue providencial porque sus acerados brazos sirvieron como frenos adicionales para el descenso del carro. Cuando ya se cerraba la noche llegaron hasta una pequeña explanada llamada Gusguchuyoc. Aquí los amables huacosinos decidieron retornar a su comunidad y, después de despedirse con efusivos abrazos, partieron.

A sólo 4 kilómetros de Canta ya podía sentirse el cálido ambiente de su clima y el fresco aroma de sus campos. Con el fin de recuperar fuerzas, hicieron hervir agua y prepararon una cena frugal, después de la cual se durmieron rendidos bajo los cerros.

DÉCIMO PRIMER DÍA (5 de noviembre de 1925).

El entusiasmo que generaba la clara mañana, se acrecentó con las caricias del abrigado clima lugareño, el oxigenado ambiente del paisaje y el saber cercano al cálido pueblo canteño.

Después de las oraciones cotidianas y el parco desayuno, acometieron las tareas de avance con renovadas fuerzas. A poco de iniciar la marcha, tropezaron con unas rocas gigantescas que les impedía el paso. Tuvieron que ser voladas en medio de atronadoras explosiones. No pasó mucho tiempo cuando gran cantidad de gente canteña salió a darles alcance brindándoles oportuna ayuda. El trabajo era verdaderamente rudo, sin embargo, con la ayuda de los canteños, avanzaron lenta pero seguramente.

Llegada la hora oportuna, las autoridades brindaron un espléndido almuerzo a los raidistas. Aprovechando la luminosidad del día, todos los allí presentes, se sentaron a degustar un abundante y sustancioso locro de habas, en cuyo espeso y oscuro caldo, grandes trozos de carne sobresalían apetitosos. Para finalizar, sirvieron unos tiernos cabritos asados deliciosos. En esta mesa amical, no faltó el puro de Ica.

Ya se estaba viviendo un ambiente de fiesta.

Luego del almuerzo y, tras vencer muchas dificultades, asomaron detrás de una loma alta, de donde divisaron Obrajillo, Canta, Pariamarca y San Miguel. Esta extraordinaria visión les llenó de emoción, renovándoles las fuerzas. Descendieron y, a las cinco y treinta de la tarde entraban en el acogedor y simpático pueblo de Canta que, con sus locas campanas, aplausos y vítores, daban la bienvenida a los paladines de la aventura.

!!!Que viva el Cerro de Pasco!!…!!!Que vivan los cerreños!!!- gritaban sus gentes.

Las luminosas calles canteñas eran ríos de vida que discurrían animados de bulliciosos colores.

Acompañados de las autoridades del pueblo, entraron en el bullanguero Canta, cuyas gentes apasionadas los aclamaban y aplaudían vivamente.

Llegados a la plaza principal las autoridades y personas notables comenzaron a desfilar una a una, abrazando y dando la bienvenida a los cerreños. Las guapas canteñas habían confeccionado una banda de seda de diversos colores que, una a una, fueron colocando a nuestros triunfadores. Chicas del María Parado de Bellido y Juana de Arco, vestidas con sus mejores galas y sus hermosos tocados, arrojaban flores a los raidistas que agradecían con las manos en alto. A pedido de las autoridades el heroico FORD dio varias vueltas por las calles de Canta.

Más tarde, en el salón de actos del Concejo Provincial, se realizó una emotiva ceremonia en la que el alcalde analizó la trascendencia de la cruzada cerreña y la heroicidad de la travesía. Por disposición de los jefes de expedición, Gamaniel Blanco Murillo, agradeció con frases muy hermosas y conceptuales al amable pueblo de Canta, alabando su ejemplar espíritu de colaboración y su remarcada hospitalidad.

En el banquete que se sirvió más tarde, hubo frases elogiosas para los riadistas. Después de la tertulia, y cercana la medianoche, los se retiraron en medio de cariñosos aplausos.

DUODÉCIMO DÍA (6 de noviembre de 1925).

Aquella mañana del seis de noviembre, cuando el canto del gallo y el trino de las aves anunciaban el nuevo día, un grupo de bondadosas matronas sorprendieron a nuestros aventureros con un ponche sustancioso y panecillos recién salidos del horno.

Agradecidos y restituidos del cansancio, nuestros hombres se despidieron de aquellas caritativas gentes y luego enrumbaron por el lado norte en compañía de algunos hombres del fundo Santa Rosa.

Al promediar el mediodía llegaron a Santa Rosa, donde el gentil dueño del fundo, don Primitivo Grados, les colmó de atenciones. Cuando quisieron seguir adelante después del almuerzo, una lluvia torrencial se desató sobre el lugar por lo que don Primitivo les impidió seguir adelante.

Como la lluvia continuaba y, cerraba la noche, decidieron pernoctar en el fundo.

CONTINÚA……

ABRIENDO CAMINO (Quinta parte)

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CUARTO DÍA (29 de octubre de 1925).

Era las cinco de la mañana del 29 de octubre pero el brillo de la nieve reflejaba la mañana como si fuera más tarde. Llenos de entusiasmo los hombres se incorporan, sólo Asunción Cornejo tiene problemas. Abundante legaña apelmazada le impide abrir los párpados. Don Teobaldo coge un trozo de algodón y limpia. El paciente apenas si puede abrir los ojos; cuando lo hace, muestra sanguinolento el globo ocular semejante a un tomate. Es el fatídico “surrumpe”. La cura no se hace esperar. Acuesta al lesionado y cogiendo dos bolas de nieve, se los aplica encima de los ojos para refrescarlos.

–Esto te curará. Ahora reposa un poco. Más tarde estarás mejor -dice don Teobaldo y ordena que cada uno de los hombres se coloque dos hojas de coca en los párpados inferiores para evitar la irritación de los ojos.

Como lo han previsto, así ha ocurrido. La nieve ha derretido y convertida en riada desciende de las alturas arrastrando los vestigios de copos deshelados. Tras superar la primera dificultad avanzan por un paraje más o menos plano venciendo las dificultades con entereza. Al promediarse la mañana llegan a la estancia de Palcamayo desde donde se columbra una quebrada atravesada por el río Rodeo. Vencidos los obstáculos toman la estrechez de una cañada y descienden lentamente hasta llegar a la orilla de un río. Después de buscar un vado, utilizando sogas y cables, logran vencer la correntada y se instalan en la otra orilla. Almuerzan en la estancia Palcamayo e inmediatamente reinician la marcha. Tienen que recuperar el tiempo perdido. Han llegado a una rampa abrupta y se hace imprescindible vencerla. Con mil esfuerzos superan la dificultad y llegan a un promontorio desde donde puede verse una planicie húmeda y cenagosa. Fuertemente amarradas las escaleras, tablones, pértigas y herramientas, inician el descenso y, luego de una hora llegan a la planicie de Rupacancha. Esta explanada extensa es cubierta en otra hora. Al final de esa pampa se encuentran con enormes rocas que dificultan el paso. No tienen más remedio que utilizar explosivos. Expertos como buenos mineros, al instante hacen volar por los aires una enorme roca. Vencido el inconveniente avanzan triunfantes. Faltando casi una legua para llegar a la estancia de Casacancha les da alcance el gobernador del pueblo de Culluhuay –ya en territorio canteño- informándoles que por orden del subprefecto de la provincia, señor Hildebrando Escudero trae la misión de ayudarles. Llegados a la estancia, acampan, toman sus alimentos y como ya es cerrada la noche, se van a dormir.

QUINTO DÍA (30 de octubre de 1925).

Cuando despertaron la mañana del 30 de octubre, comprobaron que la tormenta de rayos y truenos que no les había dejado dormir, había tenido una secuela de inmisericorde granizada. Sólo al amanecer había amainado su furia. El piso estaba empapado pero felizmente podía distinguirse con claridad la superficie. Luego de colocar la bandera en un improvisado mástil del carro, con especial veneración y respeto, se santiguaron e iniciaron la jornada.

A poco de iniciar la marcha distinguieron claramente el camino de herradura. Contentos por el hallazgo siguieron la senda cerril por un desfiladero que a ratos se estrechaba peligrosamente; sin embargo, no habiendo otra alternativa, tuvieron que seguirlo. Aquí se pudo apreciar la pericia y precisión de don Teobaldo en la conducción del vehículo. Continuando con menos tumbos que antes fueron a llegar a una vaquería que llamaban El Escalón. Al llegar encontraron una numerosa comisión presidida por el gobernador de Marcapomacocha y una veintena de hombres del caserío de Yantac que aguardaban muy entusiasmados.

Después de los saludos se pusieron a órdenes de los excursionistas invitándoles a llegar a Yantac donde el pueblo estaba esperándoles.

Extraordinario fue su ingreso a este pueblo. Todos los vecinos portando antorchas y banderas hacían calle para el paso del automóvil. Gritos, pitos y salvas aclaman estentóreamente a los visitantes. Llegados a la plaza principal recibieron el saludo del telegrafista Lorenzo Leiva, de la autoridad del lugar, don Manuel Bao y otros representantes de los pueblos vecinos. Explicaron que gracias a la comunicación telegráfica de don Santos Cuadrado y Pérez desde el Cerro de Pasco a toda la zona del recorrido se habían enterado de la travesía.

Después de la clamorosa recepción fueron invitados a pasar al salón principal del pueblo donde se sirvió un espléndido banquete enmarcado por cándidos lamparines a querosene.

Eran las nueve de la noche.

Concluida la cena, transcurrida en un ambiente de franca cordialidad, los cansados viajeros se retiraron a descansar.

SEXTO DÍA (31 de octubre de 1925).

La serena mañana del último día del mes de octubre de 1925, presagiaba una jornada fructífera y atractiva. Los negros y amenazantes cielos de los días anteriores, habían cambiado por la suave transparencia de esa mañana.

Después del desayuno partieron con renovados bríos escoltados por gran cantidad de lugareños, que se habían ofrecido galantemente a colaborar, agradecen con los sombreros en la mano.

El heroico  y resistente FORD largó de la bullente plaza principal por el lado norte de Yantac con dirección al Escalón, para lo cual hubo de requerir  los nutridos y generosos brazos de los hombres del lugar para ascender por una prolongada y abrupta cuesta que, solos, no habrían podido superar.

Después de subir penosamente, llegaron a un plano pero estrecho desfiladero que recorrieron a regular velocidad. Mientras el carro avanzaba de tumbo en tumbo, los hombres de la ayuda, corrían detrás con gran entusiasmo. Todo fue bien hasta que llegaron debajo de un arriesgado promontorio pedregoso donde decidieron descansar para tomar los alimentos.

Era ya el mediodía.

Todos, como hermanos, se sentaron en derredor de una  improvisada mesa constituida por un poncho; y en ella, grandes y generosas papas serranas; trozos de magra chalona, floridos granos de cancha, pedazos de mantecoso queso yantacino y ají, mucho ají. Al frío hay que vencerlo con este cálido y expeditivo alimento, entonando los pulsos y la sangre. !Qué hermoso fue aquel yantar!. La comunión del esfuerzo los ha hermanado y, en ese ambiente, nuestros hombres están gratos y contentos. Después de una hora de pascana en la que nada quedó sobre la mesa, se pusieron de pie a seguir la jornada.

Tras rápido y adecuado estudio de la zona, decidieron subir un gigantesco promontorio. Utilizando numerosas sogas, ataron el vehículo para protegerlo, ya que en determinados momentos estaba sobre el abismo peligroso. En este paraje estuvieron buen tiempo de la travesía, en el que se aplaudió la serenidad de don Teobaldo Salinas guiando y orientando al chofer Juan Manuel Beloglio. Coronada la escarpada zona con gran éxito, debían seguir por una pampa amplia y plana. Eran las 3:15 de la tarde. En este momento los hombres de Yantac se despidieron con fuertes abrazos de nuestros aventureros.

Nuevamente solos y con la bandera flameando invicta en la parte más visible del coche, comenzaron a avanzar jubilosos por aquellos campos.

Al promediar las cuatro de la tarde, vieron que por la senda que deberían seguir, venían numerosos hombres emponchados. Al llegar, afirmaron ser miembros de la comunidad de Culluhuay que venían a darles alcance para ayudarles. Eran 45 hombres fornidos y premunidos de sogas y reatas, y de varios “quipes” de comida, coca, cigarros, velas. Con el auxilio de estos solidarios hombres, afrontaron la tarea de subir el carro a la parte más alta. Por el lado menos peligrosa comenzaron a trepar. A cada paso tenían que colocar resistentes cuñas para evitar que el carro volviera hacia atrás. Los jefes de la maniobra eran don Teobaldo Salinas y don Manuel Oyarzábal y, en el timón, Juan Manuel Beloglio. Sogas, pértigas, tablones, eran utilizados en la tarea en que todos los hombres sudaban la gota gorda.

Ya la tenue timidez del sol se diluía detrás de los picachos occidentales cuando, jadeantes pero decididos llegaban a la parte más alta de su recorrido. Las vivas exclamaciones de alegría y de abrazos menudearon. !!Estaban en la parte más alta de la cordillera La Viuda!!!…La pequeña bandera de la patria que inquieta flameaba acariciada por el frío viento cordillerano, emocionó a los aventureros. En este sublime momento de triunfo, don Manuel Oyarzábal, con su voz tronante cargada de emoción comenzó a cantar el Himno Nacional en tanto sus ojos se humedecían. En respetuoso recogimiento, las voces asordinadas de los culluhayinos se unieron al emocionado coro. !!Qué inolvidable y maravilloso aquel momento!! !Estaban a cinco mil metros de altura sobre el nivel del mar!!. Les había costado tanto llegar!!.Ahora todo sería menos duro.

Después de escanciar entre todos una botella de pisco celebrando el acontecimiento, continuaron con la tarea. Hicieron correr el vehículo por aquellas alturas. El carro avanzaba rodeado de la comitiva de aquellos hombres generosos. Cada vez que encontraban alguna dificultad, se detenían y la afrontaban hasta vencerla. En esta tarea continuaron hasta las siete y media de la noche en que llegaron a una hondonada donde decidieron acampar.

Terminada la cena, se sentaron en derredor de una fogata. La luna hermosa y gigantesca alumbraba la escena. Los expedicionarios y sus amigos, conversaban y fumaban. Al poco rato don Manuel Oyarzábal estremecía la noche con hermosas mulizas cerreñas. Estrellas titilantes acompañaban la bronca emoción de los viajeros y, un cielo brillantemente azul adornado de estrellas, arrulló el descanso de estos hombres valientes.

CONTINÚA…

 

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Los héroes de la jornada inolvidable encaramados sobre el coche invencible. En primera fila, don Santos Cuadrado y Pérez, el hombre de la brillante iniciativa al lado del conductor oficial, Juan Manuel Beloglio. En segunda fila, don Teobaldo Salinas, don Manuel Oyarzábal y el cronista de la odisea, nuestro mártir Gamaniel Blanco Murillo. En tercera fila, Asunción Cornejo, Isidoro Delgado y Antonio Beloglio, aguerridos héroes que jamás olvidaremos.

Las horas han transcurrido lentas y silenciosas. Encerrados en ese pequeñísimo universo de amistad donde cada uno depende de los demás han matizado la conversación con los chascarros. Nada más pueden hacer. Son presos ateridos en la implacable cárcel de nieve. Durante todo el día, casi sin poder moverse, han comido y bebido allí dentro. Los más viejos han contado pasajes de su vida, de sus aventuras, de sus amores; los más jóvenes subyugados y atentos, han escuchado. Cada hora –controlado por el sólido Longines de don Manuel, que parece que hubiera congelado sus manecillas- sale un hombre por turno para averiguar lo que ocurre afuera. La situación ha empeorado. Cercana la noche, don Manuel ha sacado una fina guitarra española y acompañado de ella, ha deshojado los más hermosos pétalos de nuestro cante. En el silencio de nuestra abigarrada estancia, la muliza evocadora ha encandilado los cerebros, que dulcemente cansados, se rinden al acuciante sueño que adormece sus músculos.

Afuera, ha seguido nevando implacablemente toda la noche.

 EL TERCER DÍA (28 de octubre de 1925).

La mañana del 28 de octubre, cuando sobresaltados abrieron sus ojos comprobaron que habían sido ganados por un reconfortante sueño reparador en la intimidad del carro. Don Manuel consultó su reloj. Marcaba las seis en punto de la mañana. Había que continuar. Cuando quisieron abrir la abertura que señalaron como puerta, la encontraron trabada. El peso de la nieve que la cubría impedía la apertura. Quisieron mirar por las rendijas pero estaban cubiertas de nieve. Tuvieron que empujar con todas sus fuerzas para vencer el obstáculo. Por el intersticio logrado se deslizó Asunción Cornejo, el más enjuto de todos, y salió a explorar. Después de un buen rato retornó y trajo malas noticias; la nieve continuaba cayendo aunque en menor intensidad y suponía que en una media hora dejaría de caer. Se equivocó. Todavía a las ocho de la mañana cesó el pertinaz diluvio blanco. Después de desayunar frugalmente, Cornejo volvió a salir premunido de una pala y emprendió el retiro de la nieve con lo que levantaron la lona y, todos salieron.

Un paisaje lunar los sorprendió por completo. La uniforme blancura de la nieve había hecho desaparecer completamente los desnudos roquedales del día anterior. El chasís del coche había desaparecido; la fría capa blanca había esfumado los parachoques y guardabarros; los ejes y ruedas estaban completamente sepultos. En estas condiciones nadie habría podido remolcar el vehículo. Los promontorios se habían unido y no se podía distinguir un terreno apto para el avance del carro. Se corría el riesgo de encajonarse en un abismo disfrazado y encubierto por la nieve. Menos mal que el cielo, ayer encapotado, comenzaba a azularse y no tardaría en salir el sol.  Había que aguardar. Los rayos del sol derretirían la nieve y viéndose la superficie del terreno se podría avanzar. La determinación de los jefes de la expedición Salinas y Oyarzábal, fue esperar.

Con el fin de desentumecer los músculos y activar la circulación comenzaron a hacer rodar bolas de nieve hasta convertirlas en gigantescas moles, las que -llenos de humor- fueron convirtiendo en enormes muñecos a los que entre risas le pusieron los nombres de los personajes más visibles del Cerro de Pasco.

Después del almuerzo consistente en abundante charqui, ají, mantequilla y café, siguieron haciendo rodar las bolas de nieve por la ruta occidental, limpiándola para que fuera más fácil el descongelamiento. La tarde avanzaba y no obstante el arduo trabajo efectuado, no se podía distinguir claramente la superficie del piso. Cansados, los jefes determinaron que había que seguir esperando hasta que derritiera la nieve.

El resto de la tarde la pasaron en una amena conversación. Don Manuel Oyarzábal, parsimonioso y con una gracia narrativa cargada de dolorosas evocaciones, relató a sus embelesados oyentes su participación en la guerra con Chile, conformando con su hermano Toribio –entre otros- la segunda famosa Columna Pasco, cuando apenas eran un par de niños. Ellos habían sido integrantes de un segundo grupo que armó el italiano Enmanuele Chiesa con el  mismo nombre en homenaje a los que habían muerto en Arica. Habían salido del Cerro de Pasco para impedir que los chilenos tomaran Lima y combatieron en San Juan y Miraflores. Los pasajes del relato llegaban nítidos a la mente de don Manuel, que emocionado cerró su narración ya con la voz quebrada:

— Aquellos últimos días del año de 1880, fueron terriblemente tormentosos para todos nosotros en el Cerro de Pasco. Toda nuestra atención estaba cifrada en las noticias que llegaban a los periódicos, transmitidas por el telégrafo.

Cuando nos enteramos que los chilenos habían desembarcado fuerte contingente de soldados  armados hasta los dientes en las playas de Pisco el 8 de noviembre y el 1 de diciembre. Ya no pudimos más. Todos los viejos cerreños conjuntamente con nosotros los “chiuchis”, nos reunimos en Gayachacuna y, todos a una, acordamos conformar una nueva Columna Pasco y marchar en defensa de nuestra capital. No era el caso de dejarlos entrar a la ciudad. Nuestro problema era que ya no había el apoyo inicial que los héroes a del primera Columna habían tenido…

— ¿….Y?

— En eso emergió la figura de un italiano extraordinario que tenía su negocio en la Plaza del Comercio; él se llamaba Emmanuele Chiessa, pero diciéndose cerreño, castellanizó su nombre y apellido por Manuel Iglesias, que es lo mismo. Bueno, el caso es que este buen bachiche, puso los primero cuatrocientos soles para la compra de armamento. A eso se sumó la colecta que nuevamente hicieron las mujeres y algunos regalos más que obtuvieron. Cuando estuvimos listos, lo hicimos padrino de nuestra bandera al italiano y partimos…

— ¿Igual que la primera Columna…?

— No. Ya nosotros no podíamos exigir más. Algunos extranjeros nos dieron fusiles y uno que otro apoyo. Así, arrebatados, a la loca, partimos del Cerro de Pasco. Nuestra única consigna era defender a como dé lugar nuestra capital. Si los expulsábamos, los chilenos ya no llegarían a nuestra ciudad.

— ¿Tenían uniformes…?

—  Nada. Esperábamos que en Lima nos dieran lo necesario, pero no fue así. Cuando llegamos nos dimos cuenta de una enorme improvisación campeaba. No había siquiera un plan de combate. No se sabía lo que tenía que hacerse frente al enemigo. En cambio los chilenos  estaban muy bien pertrechados de cañones, ametralladoras,  fusiles, municiones, hombres y animales. Nosotros no. Es más. Al ejército chileno se había unido un contingente de chinos que explotados cruelmente por los hacendados peruanos, fueron aliados, guías y confidentes de los “rotos”. Con la llegada de los sureños encontraron oportunidad para vengarse de los explotadores. Bueno, así las cosas, el 12 de enero de 1881, atacaron San Juan y no obstante la defensa lo dejaron convertido en una hoguera gigantesca. Fue terrible. Yo con mi hermano nos vimos las caras con los chilenos en los arenales de Miraflores. Ahí sí que peleamos como fieras. A mí, los  cojudos, creyéndome muerto ni caso me hicieron porque mi cuerpo estaba completamente lleno de arena y sangre; sangre de un miserable jefe chileno al que le molí la cara a cabezazos –porque los dos estábamos desarmados- aunque yo también sufrí una incontenible hemorragia. Luego se produjo una gran explosión; volé por los aires y perdí el sentido. No sé cuánto tiempo estuve así. El caso es que en el “repase” no me tocaron…en cuanto a mi hermano Toribio, lo habían enviado a un hospital cuando  fue herido de gravedad por un obús que le voló los dedos de la mano. Luego vino lo que ustedes saben; el triunfo de los chilenos. Desde entonces pasó mucho tiempo que soportamos sufriendo nuestro dolor y nuestra tristeza hasta que acabó la guerra. Un día llegados al cuartel general para reponernos de nuestras heridas, después de muchos meses nos encontramos con mi hermano Toribio y nos abrazamos llorando como hombres y, en ese momento, emocionados, los dos cantamos a voz en cuello una hermosa muliza que mucho le gustaba a mi santa madre. Cuando terminamos, la tropa del cuartel, también estaba llorando. Eran lágrimas de hombres que humedecieron nuestras polacas destrozadas. Eran lágrimas de hombres que habían luchado como fieras y que por milagro de Dios estaban vivos…! Y aquí estoy, carajo, todavía vivo y fuerte y esta nevadita no nos va a matar…!… ¡¡¡Tenemos que vencer!…

El silencio llegó a la estancia, los jóvenes empaparon sus ojos en aquella legendaria figura de nuestro pueblo y encandilados por una reverente admiración, se durmieron.

 CONTINÚA…

ABRIENDO CAMINO (Tercera parte)

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EL SEGUNDO DÍA (27 de octubre de 1925).

La madrugada sorprendió a los hombres arropados en sus cobijas sobre gruesos pellejos de carnero. Los mineros colaboradores como buenos anfitriones habían preparado un desayuno de fiesta: “chupe verde” con agresivo y verde ají, salpimentado de hierbas para calentar el cuerpo, huevos fritos, cancha, queso y café caliente. En ambiente de bromas y alegría transcurrieron estos minutos. Parecía como si estos hombres se conocieran de años. Ya cerca de las siete de la mañana, alentándolos a seguir adelante y deseándoles éxitos, los recios mineros de estas soledades se despidieron.

–Queremos que se lleven este modesto presente como testimonio de nuestra amistad, lo van a necesitar –dijo Juan Alcócer y depositó en mano de los excursionistas, un buen atado de coca, una cajetilla de cigarrillos Nacional y una botella de cañazo.

Los expedicionarios nuevamente quedan solos contemplando cómo aquel grupo humano bondadoso y colaborador, premunidos de sus cascos, sus capotes impermeables, sus pacas y sus lámparas de carburo, se perdían detrás de unos cerros cercanos.

–Gracias hermanos –dijeron los viajantes, y se despidieron con los brazos en alto.

Ahora, la infinita soledad lo envuelve todo. Un silencio sobrecogedor inunda la zona glacial  y yerma. Ni un animal, ni un ave, ni una planta, ni una alimaña. Sólo ellos.

El cielo brumoso envuelve el paisaje en el que casi ni se puede ver el perfil de las ciclópeas magnitudes de los montes helados.

–!Bueno! –dice don Teobaldo Salinas- ahora, manos a la obra. Tenemos que seguir adelante.

Consulta la brújula y sus manos enguantadas señalan el occidente. Allá está Lima y hay que seguir.

A poco de iniciar la marcha sobre una explanada más o menos pareja se encuentran con la primera dificultad del día. Unas acequias por donde discurre el agua helada impiden que puedan seguir adelante. La profundidad más o menos acentuada determina que utilicen unos resistentes tablones colocándolos a manera de puentes entre las orillas. La extraordinaria pericia del piloto oficial Juan Manuel Beloglio, hace el resto.

Después de la dura tarea, beben sendos copones de coñac para abrigarse, cuando les pareció oír una lejana voz llamándoles. Miraron con creciente curiosidad en todas direcciones y pudieron distinguir que de la ruta de Huayllay, un hombre les hacía señas. Pensaron que tal vez se trataría de un mensajero y esperaron ansiosos. Pasados unos minutos, el hombre que llamaba, premunido de abrigadora capa invernal les daba alcance. Ya muy cerca, lo reconocieron, era Gamaniel Blanco Murillo.

–!Hermanos!- gritó el recién llegado.

–!Hola muchacho! –saludó don Manuel Oyarzábal.

–!Don Manuel!…!don Teobaldo!…!muchachos!…-uno a uno fue abrazando a los raidistas. – He venido a darles alcance porque he sido nombrado por EL MINERO para cubrir la información de la hazaña. Aquí tengo mi credencial con los saludos de don Gerardo Patiño López.

–Está bien, está bien. No te agites –dijo don Manuel- Pero es necesario que sepas que esta misión es muy arriesgada y está llena de sacrificios y penalidades.

–!No importa don Manuel. Estoy consciente de lo que esta empresa significa y estoy decidido a correr la suerte que corran ustedes. Si antes no les había solicitado que me incorporaran es porque desde hace quince días estuve ausente del Cerro.

–Bien está, muchacho. Ahora eres uno de los nuestros; por lo tanto, trabajarás tanto como puedas, porque lo que necesitamos son brazos. No esperes ningún privilegio porque no habrá discriminaciones contigo. Eres uno de los nuestros y contigo formamos un solo y compacto grupo.

–Gracias don Manuel.

Así quedó incorporado al grupo aquel valiente joven periodista de dieciocho años de edad que cubriría al detalle las peripecias de la travesía.

Después de vencer las primeras dificultades avanzan por entre desigualdades abruptas. La marcha es penosa y lenta pero segura. Después de seguir por más o menos dos horas llegan debajo de un enorme breñal que tienen que superar. No pueden hacer otra cosa. La zona está rodeada de cortaduras, quebradas y cresterías pronunciadas. Todos han descendido del carro, sólo don Teobaldo y Juan Manuel quedan en el auto para conducirlo por estos roquedales. Sólo ellos pueden hacerlo. Los demás, premunidos de grandes pértigas y sogas ayudan a mantener el equilibrio del coche. Entre tanto, el cielo ha estado tomando una tonalidad oscura, cada vez más amenazante.

La marcha es muy fatigosa y muy dura pero los indomables pioneros no se rinden. Ahora ha comenzado a caer la nieve. Sólo los gritos de  !!Jay! !Jay Jay!!, cada vez que tienen que hacer un esfuerzo conjunto y acompasado rompe el escalofriante silencio de aquellas estepas.

Con los cuerpos ateridos y al borde del pasmo, vencen al áspero breñal y luego descienden jubilosos a un rellano más o menos amplio donde se detienen. Las manos de los choferes están entumecidas de frío. Descienden del carro y comienzan a frotarse los brazos y piernas para acelerar la circulación. Don Manuel extrae una botella de coñac “Napoleón”, regalo de don Cipriano Proaño y reparte medio vaso a cada uno. Las vaharadas de vapor de los alientos parecen humo candente en el frío del páramo. La nieve que estaba cayendo parsimoniosamente, se ha convertido en una ventisca. Remolinos de aire frío espolvorean de copos a uno y otro lado. La visibilidad es nula. Casi no pueden distinguirse entre ellos.

–!Suban al carro!!- ordena don Teobaldo.

Ya no hay nada que hacer. La nieve se ha adueñado del paisaje. Los hombres han colocado  soportes laterales y adecúan un toldo con la lona sobre los tablones del carro. Ya en el interior se despojan de sus capotes y sombreros de agua, se arropan con gruesas chompas y ponchos de vicuña y, acurrucados uno al lado del otro, esperan.

En silencio, don Teobaldo abre la bolsa regalada por los mineros y a cada uno de los hombres les da dos puñados de verde coca y dos cigarrillos.

Al conjuro del sabor dulce y misterioso de las hojas los hombres comulgan en silencio. La mente cavilosa de cada uno evoca a sus seres queridos, sus vivencias pasadas, sus recuerdos, sus amores. No hay nada como la quietud de estas inmensas soledades, tragadas por el infinito, para meditar sobre la vida. Afuera, silenciosamente, la nieve está cubriendo el paisaje. Dentro, en una opalina humareda de cigarros, el silencio cargado de recuerdos y presagios se ha adueñado de todos.

–!Tenemos que vencer! –La sorpresiva exclamación de don Teobaldo ha roto el pesado mutismo y sacando de sus alforjas un pequeño cuadro del Señor de los Milagros, lo ha colocado sobre el espejo retrovisor y persignándose, exclama:

–!Él nos ayudará!

Todos se santiguan reverentes.

CONTINÚA…..

 

ABRIENDO CAMINO (Segunda parte)

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Intrépido conductor, Juan Manuel Beloglio, al timón del precario vehículo que lleva un letrero lateral que reza. RAID CERRO – CANTA – LIMA. Como puede verse, es un carro muy usado que fue adecuado para cumplir la hazaña extraordinaria. A un costado, el prefecto de Junín de entonces, don Manuel Pable Villanueva.

Dejando expeditos el carro, vituallas y herramientas, acudieron a la Prefectura del departamento y en presencia de don Manuel Pablo Villanueva -el prefecto- firmaron el contrato siguiente:

CONTRATO

 Conste:

            Que nosotros, Manuel Oyarzábal y Teobaldo Salinas, nos comprometemos con el señor Santos Cuadrado y Pérez, a emprender un raid automovilístico: Cerro-Canta-Lima, por cuenta y riesgo nuestro, sin responsabilidad alguna del señor Santos Cuadrado y Pérez, bajo las siguientes condiciones: 

a).- Mañana, 26 de octubre de 1925, saldremos de esta ciudad por la ruta de Huayllay para llegar a la ciudad de Canta el primero de noviembre próximo sin falta alguna, o antes si fuera posible. 

b).-El señor Santos Cuadrado y Pérez, nos entrega en este momento: veinticinco libras de oro para el sustento de la empresa. 

c).-El carro con que se realizará el raid, es de marca Ford T, modelo 1915, de nuestra propiedad. En él viajaremos nosotros dos con el chofer respectivo y tres operarios hasta Yantac. De este lugar telegrafiaremos al señor Cuadrado y Pérez, para que si le conviniese, nos dé el alcance en cualquier punto del recorrido. 

d).-Se entiende por raid, la forma en que el carro saldrá de esta ciudad y llegará a Lima piloteado por el chofer, sin admitirse otra forma de locomoción. 

e).- En Canta se demorará únicamente el tiempo preciso para el descanso y reparación que necesite el carro. 

f).-La falta de cumplimiento por nuestra parte, a cualquiera de las cláusulas a,b,c,d, y e, será suficiente motivo para que no gocemos del premio acordado y para que en la fecha de 30 días, le devolvamos su depósito al señor Cuadrado y Pérez, para cuyo objeto le firmamos un vale separado.

 Así le otorgamos y firmamos en el Cerro de Pasco a veinticinco días del mes de octubre de mil novecientos veinticinco.

 MANUEL  OYARZÁBAL             TEOBALDO  SALINAS

(Firma)                                       (Firma)

Después de la firma se fueron a descansar listos para largar al día siguiente.

PRIMER DÍA (26 de octubre de 1925).

Ha amanecido en el  Cerro de Pasco. El cielo brumoso –cielo de la época- le da una grisácea opacidad al ambiente. Desde las primeras horas, aventureros y familiares vivamente emocionados, se han dado cita en la amplia casona de don Teobaldo Salinas, a las afueras de la ciudad de donde habrán de partir. El entusiasmo de los excursionistas es óptimo, sin embargo, una que otra mirada acongojada de los familiares, pone la nota triste en la mañana. Como una muestra de comunión general, todos han degustado el reconfortante desayuno que se ha servido. Del reloj de la torre del hospital se desgranan siete sonoras campanadas. Se coloca la pequeña bandera de la patria en uno de los soportes del parabrisas y los hombres se acomodan en sus asientos y parten. Compañeros y amigos, escoltando el pequeño vehículo, acompañan a pie a los aventureros hasta dos kilómetros, camino de Colquijirca. En este lugar, emocionados se apean los tripulantes y se despiden de los suyos con cálidos abrazos y frases de esperanza. Hay más de una lágrima. Don Santos Cuadrado y Pérez con la voz palpitante de emoción despiden a cada uno de los valientes. En ese instante, la voz de don Teobaldo Salinas, bronca y decidida, estremece los campos:

  • !Adelante…!

Y arranca el legendario vehículo a conquistar la gloria.

Con clima nublado y frío el Ford toma la ruta de Colquijirca y, a regular velocidad, supera “el cerro de plata”. Ya en Unish, entran en el afirmado tramo que conduce a Huayllay y atraviesan Canchacucho con el majestuoso y espectral Bosque de Piedras cuyos caprichosos perfiles se recortan en el cielo de plomo. Considerando que hay que aprovechar el tiempo y la claridad del día aceleran y al promediar las once de la mañana distinguen claramente los perfiles del histórico pueblo de Huayllay.

Faltando un kilómetro para entrar en el pueblo, los personajes más notables del distrito, presididos por el alcalde y el gobernador, seguidos del pueblo en general, reciben con aplausos y vítores a los expedicionarios. Los niños portan pequeñas banderas de la patria. Hay gran algarabía. En la plaza principal el alcalde da la bienvenida y la gente emocionada hace lo propio. Nadie quiere quedarse sin estrechar la mano de los valientes.

Inmediatamente después les ofrecen un almuerzo de potajes lugareños que emocionados degustan. A la una de la tarde, reemprenden el viaje. El gentío, visiblemente conmovido, los acompaña un kilómetro a la salida y, entre aclamaciones y aplausos, los despiden.

Ahora, los aguerridos aventureros están solos.

La inmensidad del cielo se aclara y un sol tímido asoma por entre las nubes. La bandera que engalana el coche flamea vistosa y sonoramente. Si hasta Huayllay podía seguirse un camino apisonado, desde este lugar, no hay un solo indicio de ruta. Sólo la débil trocha de los caminos de herradura que, suben, bajan, entran por estrechos atajos y siguen por abismos y breñales abruptos. Por esta senda no puede ir un carro. Hay que buscar otro derrotero y, en todo caso, trazarlo.

A poco de caminar se dan con una rampa pronunciada. Hay que empujar el coche. Los hombres se apean y arrostran la tarea. El piso está muy húmedo y las llantas patinan. Las ruedas giran sin mover el carro. Hay que usar de todas las fuerzas de las que se disponen. De pronto el cielo se ha ennegrecido en amenazantes cerrazones. Se utilizan largas pértigas y tablones para conseguir que las ruedas hagan avanzar el carro. Se ha comenzado a marchar lentamente y después de un buen rato se llega a camino pedregoso donde las llantas ruedan sin dificultad. Ha sido necesario empujar el coche con todas las fuerzas. Ha comenzado a llover copiosamente. Los hombres se calzan sus pacas y se ponen capotes y sombreros de agua, y siguen empujando. El agua se cuela por cuellos y mangas de los capotes, pero ellos no se rinden. Están a punto de coronar la elevación y duplican los esfuerzos. Por fin llegan a la cumbre. Allí, ya en la penumbra de la noche, distinguen más o menos a tres kilómetros, las tenues luces de un campamento minero. Por orden de don Teobaldo beben dos buenas bocaradas del cálido coñac para calentar el cuerpo. La oscuridad es manifiesta. Los hombres suben al carro y enfilan hacia el campamento minero. El recorrido es casi lento para evitar el deterioro del carro. De pronto, han salido varios hombres del campamento y se quedan mudos y estáticos con los ojos desmesuradamente abiertos. No pueden creer lo que están viendo. ¿Un carro en estas soledades y a estas horas?…Los hombres están atónitos. Para romper el sortilegio, los raidistas, hacen trepidar la bocina y un grito unánime de respuesta los envuelve. El jefe de los obreros se adelanta y les acribilla a preguntas. Respondidas éstas, recién les da la bienvenida.

–¡¡¡Bienvenidos a nuestro campamento!!! –Dice- ¡¡¡Es increíble lo que estamos viendo, pero no hay nada que hacer. Es cierto!!!

–¿Dónde estamos exactamente? –preguntan los empapados visitantes.

–En Pampa Alegre –es la respuesta-  yo soy Juan Alcócer, el jefe del campamento. Sean bienvenidos.

Los anfitriones han preparado humeante café para entonar los músculos ateridos y luego una frugal cena serrana con la que agasajan a los extraños huéspedes. La conversación es animada. Todos preguntan y todos responden. Se toma datos; se hacen cálculos y, con la noche encima, se acomodan en abrigadores pellejos y rendidos duermen su cansancio. 

CONTINÚA……