La niña de la gruta negra (Leyenda)

Antes de continuar con nuestra tarea de divulgar pasados acontecimientos de nuestra tierra, así como sus cuentos y leyendas, me permito hacer llegar mi gratitud a las autoridades y a mi pueblo cerreño por el hermoso gesto que han tenido de rendir homenaje a don Julio Baldeón Gavino. Él amó tanto a su tierra que, por su expresa voluntad, pidió que sus cenizas sean esparcidas por las tierras que recorrió con amor y ternura. En la distancia, estremecidos de dolor, estuvimos espiritualmente con él. Gracias, hermanos.

(Primera parte)

la-nina-de-la-grutaCuando pasen delante de aquel enorme cerro que se abre mirando al poniente y el borde de sus laderas se extienden hasta el añoso barrio de Uliachín, van a encontrar una lúgubre caverna negra. Cuentan que allí moraban por los años en que la ciudad nacía, los gimientes espíritus de una joven mujer y su hijo. Sus desgarradores lamentos se escuchaban en las noches heladas cuando el silencio acunaba el sueño de los diligentes mineros. Dicen que de lo recóndito del antro surgían  inacabables gemidos  dolorosos que se expandían impelidos por el silencio de la soledad. Los arrieros que transitaban por estos andurriales se estremecían y penetrados de supersticioso recogimiento, se santiguaban musitando:

¡Dios mío, es la niña de la Gruta Negra!

Un día, cansados de los lamentos plañideros, hombres y mujeres de Uliachín, le pidieron al milagroso fray Sancho de Córdova, que desencantara la cueva. Dicen que al trasponer la entrada, encontraron  la osamenta de una mujer en cuyo regazo mantenía el momificado cuerpo de su pequeño hijo. El fraile rezó interminables oraciones en latín y, después de sepultar los restos, asperjó agua bendita por todos los rincones de la cueva. Desde aquel momento cesaron los escalofriantes gemidos. Más tarde, confidentes y sibilinas ancianas, hicieron conocer el acontecimiento que todavía el pueblo recuerda con estremecida reverencia.

II

 Las expresivas cartas que recibía del Perú magnificando las proverbiales riquezas que en él se daban, terminaron por exacerbar su ambición. Le informaban también que la mayoría eran funcionarios de las Cajas Reales, especialmente los bilbaínos que tenían un gran talento financiero o, maestros fundidores y artesanos, como los de Vizcaya y Guipúzcoa. Que una gran mayoría se había dirigido al Cerro de Pasco para hacer  florecer la Fundición de Barras de Plata como maestros fundidores: Oyarzabal, de Azpeitia; los Arauco, de Vizcaya; los Goñi, de Navarra; los Otaegui, de Guipúzcoa; los Aguirre de Oyarzún; Lizárraga, Baldoceda, Jáuregui, Ampuero, Bermúdez, Aza, Azcurra, Echevarría, Aranda, Gorriti, Amézaga, Anaya, Apéstegui, Aspiazu, Carranza, Chacón, Elguera, Valdivia, Veramendi, Iturralde, Jáuregui, Mendívil, Iturriaga, Ormachea, Mendizábal, Olazo, Zamudio, Arellano, Lezama, Lezcano, de Navarra.

  La insistente invitación para que embarcara a hacerse rico, decidió su viaje. Reunió sus escasas pertenencias, algún magro ahorro y abordó el barco en compañía de su mujer y su pequeña hija.

Estaba muy ilusionado.

Llegado al Callao, tras larga travesía, luchando contra la nieve, el frío glacial y la inconmensurable soledad del páramo, llegó a la Villa de Pasco sobre resistentes carretas haladas por fuertes mulas cerreras. Un corro de guitarras, zampoñas, castañuelas y pitos, celebró su llegada; se bebió abundante vino, se hizo nostálgicas remembranzas y se bailó bastante. Rendido por el jolgorio descansó dos días, al final de los cuales, le adjudicaron un yacimiento cercano al naciente Cerro de Pasco para iniciar su trabajo.

Tras tomar posesión de la mina –la primera propiedad de su vida-  trabajó de sol a sol para construir una casita de barro apisonada con cimiento de piedras, ventanas pequeñas y  elevado techo a dos aguas, cariñosa reminiscencia de una vivienda vasca. A esta casita, muy cerca de la mina, llevó a su esposa y a su pequeña hija. Cinco hombres del lugar trabajarían para él.

Los primeros afloramientos que encontró pagaron con creces su expectativa. Obtuvo buenos doblones por la venta de su plata. Alentado por el hallazgo duplicó sus esfuerzos que comenzaban con los primeros rayos del alba y sólo terminaban cuando la oscuridad cubría el páramo. A muy poco tiempo ya era un hombre de consolidado prestigio económico que había logrado ganarse el respeto y el cariño de sus  coterráneos. Dos veces al mes acudía a las tertulias y fiestas que se daban en la Villa. En las soleadas tardes de verano, competía en emotivos encuentros de pelotaris; bebía vino, bailaba, cantaba y, en esa lengua dulce y traviesa que los pasqueños no entendían, conversaban animadamente al calor de la amistad.

Al comienzo vivió satisfecho con su holgura económica. Sin embargo, llevado por una desmedida codicia concibió la idea de reunir todo el oro que fuera capaz para retornar triunfante a su amada Vizcaya. Quería demostrar a sus paisanos que era un triunfador. Trabajó con  tanta tenacidad que llegó a tratar mala a los hombres que laboraban para él. Ni tiempo le quedaba para compartir con su esposa los momentos de descanso. Hasta en las noches, provisto de un débil candil entraba en el subsuelo a controlar los malacates y proyectar el trabajo del día siguiente. Como es natural, esta desmedida actividad lo fue convirtiendo en un hombre hosco y silencioso; más tarde, en agresivo y desconsiderado. Su mal carácter era alimentado por las eventuales frustraciones mineras que significaban la pérdida de filones y afloramientos.

Entretanto, su mujer se sumía en una desventura terrible que sólo en su hija hallaba consuelo.

Así las cosas, llegada una quincena no quiso acompañar a su mujer a comprar las provisiones, como era costumbre. La señora tuvo que ir sola en el carretón llevando a su niña. Él entró en el socavón y tanto se sumió en su laboreo que no advirtió la tremenda borrasca de nieve que afuera estaba cayendo. Al salir, cerrada la noche, advirtió  aterrado que su esposa no había retornado. Desesperado tomó el rumbo de la ciudad minera con la esperanza de encontrarla en el trayecto. La nieve era tan espesa que nada podía distinguirse a un paso; sin embargo, tras penosos esfuerzos, encontró el carromato atascado en el barro. La pobre mujer empapada de pies a cabeza pugnaba por empujar la carreta y para tener libertad de acción se había despojado de su pañolón y la chompa de lana con los que había arropado a la niña bajo un improvisado toldo de lona. Con la ayuda de unos tablones y sus recios brazos, sacaron el carretón del atolladero y siguieron avanzando.

Llegados a la barraca, la señora al borde del pasmo temblaba de frío con tos y fiebre despiadados que se acentuaba cada vez que el dolor le traspasaba los pulmones. La desesperada impotencia del minero era dramática. La distancia que lo separaba tanto del Cerro de Pasco como de la Villa de Pasco, era tan grande, que no podría ir en busca de auxilio. Además, se le presentaba un dilema ¿Cómo dejar a su mujer e hija solas? La nieve caía inmisericorde y el rostro de la mujer iba tomando una coloración amoratada; la tos agresiva y seca la sacudía con violencia; el corazón se le estremecía al oír el seco ronquido del pecho que se desgarraba. Al amanecer trató de incorporarse y decir algo. No pudo. Sus intensos ojos verdes se quedaron fríos en una mirada fija, larga e inmóvil. El minero la llamó, le frotó las  manos, la besó y en su desesperación la sacudió con violencia y nada. La débil mujer acababa de morir.

Continúa….