La niña de la gruta negra (Leyenda)

(Segunda parte)

gruta-2Aquella desgracia lo marcó con terribles signos de fuego. Acosado por un sentimiento de culpa ya no tuvo sosiego en su vida. Se sentía el causante de la muerte de su esposa. No había hecho otra cosa con su indiferencia con la que no sólo era compañera, esposa y colaboradora fiel, sino fundamentalmente impulso motor de sus empresas. Su soledad le estimuló amar a su hija con entrega total, con un exclusivismo enfermizo, lindante con la idolatría. Quería dar a su hija lo que había mezquinado a su mujer.

Tardó mucho en sobreponerse de aquel patético acontecimiento. Para la crianza de su hija llevó a una nodriza que la crió con todo su amor. Entretanto él, atormentado, ya no volvió a ser el mismo. Su temperamento se hizo más áspero y taciturno. A su avaricia fue sumando una agresividad cada vez más enervante. Con los años, esta actitud fue tomando caracteres verdaderamente dramáticos.

Y así pasaron los años.

Llegada a su juventud la niña tomó formas de mujer y se hizo más hermosa. Todo su mundo lo constituía su hogar, su padre y la buena anciana que con mucho cariño trataba de ocupar el lugar de la madre. Ni amigas, ni vecinos, ni parientes. Soledad, nada más que soledad.

Sus largas vigilias hicieron cifrar sus más caras esperanzas en su hija. Abrigaba la confianza que, en unos años, podría efectuar el viaje de retorno a su lejana tierra, a la que no había podido olvidar, caso contrario –meditaba- podía casarla con un rico minero cerreño; mientras tanto, seguiría trabajando en su mina, ahorrando lo necesario para el triunfal retorno. Era verdad que ya estaba cansado, sus músculos ayer prestos y ágiles, eran ahora más laxos y reacios. No había duda, necesitaba un ayudante.

En una oportunidad, conoció a un hombre joven y amable que le había ayudado a descargar sus bolsas de plata. Todo fue que se vieron y una entrañable amistad nació entre ellos. Como el desconocido se encontraba sin trabajo, le ofreció el puesto y un lugar en su casa. Total, necesitaba la ayuda de unos brazos jóvenes.

Llegado a su casa que más parecía una isla en medio de la desolada puna cerreña, el joven se impresionó con la belleza de la damisela que ruborizada y temblorosa, estrechó la cálida mano del recién llegado.

Ese fue el comienzo.

Guitarrero y cantor, el joven entonaba emotivas coplas, cada tarde a la salida de la mina. El encanto de los versos y la dulce cadencia de las notas pronto tuvieron el sortilegio de conquistar la candidez de la niña que con la intención de escuchar mejor las trovas, asomaba a la ventana de su recámara. Su huérfano corazón tan sediento de cariño de comprensión y apoyo, halló en las vivaces charlas del joven minero el entretenimiento ameno  que poco a poco fue envolviéndola en un sentimiento dulce y extraño que le obligaba a buscarlo para la plática diaria. Tanto se compenetraron el uno con el otro que comenzaron extender sus coloquios mediante furtivos encuentros nocturnos en el patio de su casa. Una noche, para no ser sorprendidos por el viejo minero, ella le abrió la puerta de su alcoba. Las citas entonces, se hicieron diarias y, sucedió lo que tenía que suceder.

Cuando el viejo minero se enteró de lo acontecido estuvo a punto de enloquecer. No podía creer en la deshonra de su hija; del único ser que realmente le importaba. Ciego de ira buscó afanosamente al causante de la ignominia pero no lo encontró. Entonces, deshechas todas sus esperanzas, la emprendió contra su hija y furibundo la maltrató salvajemente. Dispuso que la anciana sirvienta entregara al niño en cuanto naciera.

Aquella noche el frío era inclemente. Un silbante viento helado circulaba por los confines de la puna. El dolor que atenazaba el vientre de la jovencita fue haciéndose cada vez más intenso, desgarrador, apremiante; para evitar el grito natural del suplicio, tuvo que morder un pañuelo con todas las fuerzas que le daba su castigado cuerpo. Por fin, a tres horas de la cerrada noche, nacía un niño robusto y hermoso. La joven intentó una débil sonrisa al ver el fruto de sus entrañas iluminado por los tenues rayos de una mortecina lámpara minera. De pie, junto a su cama, la vieja nodriza que había actuado de partera, puso al niño en el regazo de la madre. En ese instante, la voz conminatoria del padre se hizo escuchar en la pieza contigua. Llamaba a la vieja mujer. La parturienta, débil como estaba por la hemorragia y el tremendo tormento que le había tocado experimentar, hizo un acopio de todas sus fuerzas y venciendo el sueño perentorio que le invadía, escuchó como desde una lejanía tenebrosa, el desconsiderado vozarrón de su progenitor.

¡No me importa que sea hombre o mujer! –Decía arrebatado- ¡Es el hijo del pecado y no tiene lugar aquí!.. ¡Tiene que desaparecer para lavar mi honra! Conmocionada por lo que estaba oyendo, se llenó de estupor. Le parecía estar viviendo una cruel pesadilla. Sus carnes se estremecieron y las lágrimas, incontenibles, rodaron por sus mejillas, cuando enérgico, el minero sentenció:

¡Déjala dormida ahora, pero mañana a primera hora me entregas a ese engendro del demonio para hacerlo desaparecer en la mina!…

No pudo soportar más. Su cuerpo adolorido se sobresaltó nuevamente y sin poder evitarlo, se desmayó. Al despertar coligió por el silencio de la estancia que todos dormían. Una oscuridad impenetrable lo envolvía todo. Consciente de la amenaza que se cernía sobre su hijo, tramó un plan que de inmediato lo puso en práctica. Cubrió con abrigadoras mantas al pequeño, ella misma se arrebozó con un pañolón, tomó la lámpara minera que colgaba del techo y con sólo el deseo de salvar la vida de su hijo, salió huyendo a donde el destino quisiera llevarla. Bien sabía que su padre era capaz de cometer un crimen y  mucho más.

Cuando salió de la barraca, el frío implacable le hizo estremecer. Sin hacer ruido alguno comenzó a caminar con rumbo al Cerro de Pasco. La noche estaba oscura, muy oscura. Colocó al niño a sus espaldas como desde siempre lo hacen las madres cerreñas y, lámpara en ristre, comenzó a avanzar por aquellas tenebrosas soledades nocturnas.

Ya los pies le dolían y sus manos ateridas apenas si podían sostener la lamparilla. Había avanzado un considerable trecho en muchas horas y las luces nacientes del día comenzaban a dibujar las siluetas rocosas de los cerros cuando escuchó el débil llanto del niño, que poco a poco se hizo más apremiante; temiendo que pudiera delatar su presencia, ingresó en la primera caverna que encontró en las faldas del cerro que daba frente a la ciudad minera.

Cansada lo arropó lo mejor que pudo y estrechándolo contra su pecho, le dio a beber la primera leche materna. Desde donde estaba se podía distinguir el pueblo minero con sus calles irregulares, sus casas macilentas, sus gentes apresuradas y abrigadas bajo un cielo gris, intensamente oscuro, amenazador. Pensaba que no tardaría en presentarse su desalmado padre. Buscándola miró a su criatura y vio que sus ojos claros apenas si podían fijarlos en algo; la carita estremecida por el frío glacial parecía una pasa rojiza y arrugada. Impulsada por un rapto de emoción lo besó en la frente y lo volvió a cubrir con las mantas. Un temblor repentino se apoderó de su cuerpo e instintivamente lo abrazó para protegerlo. A medida que transcurrían las horas, el frío, el hambre, la sed, el cansancio la atenazaban y su angustia, crecía más y más. Al llegar el mediodía, se declaró una borrascosa tempestad de nieve. Extenuada como estaba y expuesta al ventisquero sus manos entorpecidas no atinaban a coger pañales. Sus dedos iban tomando una coloración azulada a medida que se helaban. Desesperada por el trance que estaba viviendo se abandonó a un llanto compulsivo que duró mucho tiempo. Con los ojos inflamados experimentó una extraña tranquilidad; su cuerpo agarrotado e insensible no le permitía mantenerse en pie. Rendida por tanto esfuerzo se tiró sobre unas mantas cubriéndose con el pañolón. Un dulce sueño acucioso fue apoderándose de ella. Estrechó a su hijo contra su pecho y fue sumiéndose en un sopor coactivo y pesado.

Lentamente, a manera de un níveo sudario, la nevisca  fue cubriendo a la madre y a su  hijo. Al poco rato, un túmulo blanco se levantaba sobre los cuerpos que ya no sentían nada. Sus restos, rígidos e inmóviles, contraídos por el frío, acababan de finar. El sueño liberador de la muerte los había dormido.

F I N.

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