Cómo se planificó nuestra ciudad

En respuesta a una interrogante formulada por nuestro amigo César Córdova le decimos que, San Juan Pampa (La nueva ciudad del Cerro de Pasco), fue planificada por un organismo especial del Ministerio de Vivienda. No intervinieron para nada don Alberto Benavides de la Quintana ni ningún otro planificador. A continuación –para su conocimiento- hacemos referencia al nacimiento de nuestra ciudad allá en los lejanos tiempos del siglo XVI (1567)

mapa-de-la-ciudad-cdepCuando los primeros mineros españoles descubrían una veta, de inmediato la cercaban. Al centro abrían la bocamina y, en parte preferencial, su residencia. Muy junto, la bodega, donde guardaban su mineral bajo siete llaves, insumos y herramientas laboreras. Un poco más allá barracas para los obreros y cuadras para las mulas. La convertían en bastión  inexpugnable. Otro español -minero también- hacía lo propio en sus dominios adyacentes, eso sí, dejando entre propiedad y propiedad, una calleja para el libre tránsito de hombres y acémilas.

Tierra frígida, trepada en la montaña, accesible sólo por inverosímiles caminos recorridos por jadeantes mulas cargadas de plata en la época de la ambición; cruzada por zigzagueantes rúas que van al norte, giran al sur, trepan caprichosas elevaciones, descienden raudas, se estrechan en tortuosos pasajes y se encuentran agotadas en callejones sin salida. Calles sin orientación ni concierto, sin las clásicas cuadraturas hispánicas; frías, indecisas, rebeldes y desconcertantes, por donde trajinaron los aventureros de allende los mares. Calles de sangre y reyertas con balcones añosos y misteriosos, de expeditivos romances y oscuros conciliábulos. Calles, fruto de la improvisación y la ligereza; nacidas siguiendo la accidentada superficie de su suelo.  Con una personalidad única, inconfundible, que no se repite en otro rincón de la tierra. En diversas épocas, esta belleza montaraz se ha plasmado en los cuadros de Leoncé Angrand, Rugendas, José Sabogal, Julia Codesido, Camilo Blas, Camilo Brent. Aquí nadie vino a fundar una ciudad. Nadie. Lo único que importó –entonces como ahora- fue explotar sus riquezas. Los primeros invasores creyeron que aquellas camadas de plata abundante y de primerísima calidad, pronto de agotarían, por eso todo lo hicieron al desgaire, al acaso; total nadie pensó que esa abundancia fuera enorme. Mientras tanto, guardaron el oro que pudieron para ir a vivir a otros lugares más bajos. Todos pensaron así, propios y extraños. En tanto poseyeron aquellas riquezas, orgullosos, quisieron obtener títulos nobiliarios para codearse con lo más empingorotados jerarcas del virreinato y, los compraron. Qué diferencia con los mexicanos. Ellos reconocieron la grandeza de Dios que tanta benevolencia les daba y en reconocimiento edificaron soberbias catedrales, iglesias y santuarios que, pasados los años, proclaman lo acertado de su previsión a las actuales generaciones.

Desde el momento auroral de su vida, nuestro pueblo fue el manantial que proporcionó los fondos que solventaron los gastos del país. Con el tiempo, nada ha cambiado. De sus minas salen los interminables caudales que sirven para construir, hospitales, cuarteles, fábricas, catedrales, avenidas, paseos, parques, puentes, en otros lugares del Perú… Con sus riquezas compran barcos, aviones, cañones, tanques, misiles, fusiles, balas…. De sus minas salen los fondos para solventar los gastos de tanta transacción inmoralmente negra de la que salen ganando delincuentes de cuello y corbata encaramados en los gobiernos de turno. De sus minas salen los fondos para aliñar otras ciudades que no han dado ni siquiera el 10% de lo que el Cerro de Pasco le ha dado al Perú. De sus entrañas salen las fortunas para edificar  confortables palacetes en otras ciudades como Huancayo, Tarma, Huánuco, Jauja y especialmente Lima. Las casas sólidas y hermosas que tuvo el Cerro de Pasco, fueron reducidas a escombros por las máquinas, los explosivos, la dinamita, el anfo. ¡Qué diferencia con Potosí, Guanajuato, Charcas, Zacatecas, Pachuca, Real del Monte!… Mientras que en aquellos lugares –mineros también- se elevan majestuosas cúpulas de catedrales y monasterios, aulas de universidades, esplendor de teatros, boato de  casonas solariegas, inacabable dimensión de haciendas y cortijos: aquí, los edificios precariamente construidos, agonizan desde su nacimiento y cuando los ricos se marchan definitivamente –los de antes y los de ahora- cargando hasta el último centavo de sus caudales, sólo escombros e ingratitud dejan en pago de tanta benevolencia. Ninguno de los ingratos –propios o extraños- han legado nada para esta tierra generosa. ¡Y han sacado tanto! Así ha nacido esta tierra frígida, sobre un basamento de plata anonadante, de refulgentes vetas de oro tumultuoso, de zinc finísimo y abundante; de pesado, sólido y variado plomo; de rojísimas camadas de cobre; espectacular afloramiento de estaño, bismuto, antimonio, cadmio, tungsteno, molibdeno, cinabrio, indio, vanadio; luminosa florescencia de cuarzos amatistas, glaucos, cerúleos, zarcos. ¡Cerro de Pasco, arca maravillosa de subterráneos tesoros!

Aquellas celebraciones carnestolendas en homenaje a la mujer cerreña, en la que se interpretaba la muliza, creación musical de los muleros cerreños, jinetes de leyenda que desde lejanos pagos argentinos de Córdoba, Jujuy, Mendoza, Salta, Entre Ríos, conducían miríadas de mulas para los rudos trabajos mineros. En esos tres días de jolgorio había desfile de soberanas en carros alegóricos y comparsas de disfrazados. Reinas con fastuosas cortes de honor y pimientas, escoltadas por  Guardia Mayor, Cancilleres, Chambelanes, Infantes y Delfines; damas de blancas o rubias pelucas glamorosas con tocados de seda, orillos centelleantes, barras de paño, caireles de ensueño y zapatitos áureos y brillantes; detrás, la numerosa escolta de impactantes disfrazados: gallardos húsares de morriones, capisayos y guantes; extraños príncipes de lejanas geografías, personajes milyunanochescos con alfanjes, dagas de empuñaduras de pedrería, guantes y fornituras de cuero; pierrots de caprichoso vestuario; vaqueros del Far West, con pistolas en cartucheras de cuero; fantoches comiquísimos, árabes, otomanos y turcos; emperadores chinos de luengos bigotes y trenzas enormes; incas de lujoso atavío, mamaconas, vestales y ñustas de colorines y abalorios indianos; elegantes señorones de cuidados fraques y chisteras; payasos, duendes y fantasmas; notarios cegatones de espectaculares narices rojas, pilosas con tamaños lunares, cargando enormes lapiceros y  libros de utilería; saltimbanquis, gitanos y adivinos; piratas de llamativos pañuelos, tuertos y tatuados; corsarios de manos de gancho, pata de palo y espadas en ristre, siempre fieros y mal encarados; corsarios con sombreros de tres picos y libreas caprichosas; comparsas de los clubes carnavalescos: Calixto, Cayena, Mefistófeles, Vulcano, Apolo, Lira Cerreña, Tahuantinsuyo, Filarmónico Andino, Lira Andina…Guitarras, mandolinas, bandurrias, saxofones, fríscoles, violines, cornetines y voces… . En los tres días se estrenaban mulizas inolvidables, chimaychas y huaynos de leyenda.

mineralesSobre mi escritorio tengo una joya inigualable. Sobre un níveo basamento de cuarzo blanco estibina, semejante a nieve recién caída, emergen numerosos cristales piramidales de irisadas conformaciones: rojos, verdes, amarillos, azules, que refractaban colores amatistas, glaucos, cerúleos, zarcos… Son las flores del Cerro de Pasco. Lindas. Eternas. No las que crecen superficialmente a flor de tierra y se tronchan pronto, no, no. Éstas son esencia viviente de sus entrañas; flores que jamás se marchitan. Tienen aroma de eternidad. Dura lo que dura la vida. Siempre brillantes, siempre vivas, como el alma del pueblo cerreño.

 

 

 

 

 

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