La juventud cerreña en aquellos días del prefecto (Primera parte)

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Un alto foco pendular a la puerta como minúsculo faro marinero guía a los nocheriegos al café bar Carrión en la esquina de Parra y Dos de Mayo. Sus mesas están ocupadas por empecinados conversadores que picando emparedados diversos degustan calientes de ron, pisco, vino o aguardiente de caña, durante toda la noche. Guapas chiquillas pueblerinas se desplazan entre las mesas transportando fuentes repletas de café y butifarras de salchichas, jamón, mantequilla o queso de Huallanca. Afuera, el rugido de fatigados motores interprovinciales que llegan a la ciudad rompen la monótona quietud de la silenciosa nieve que todo lo ha cubierto de blanco. Ateridos camioneros escoltados por robustos ayudantes que cubren la ruta de la montaña a Lima entran en aquel oasis de milagrosa calidez. El parloteo de cada uno de ellos revela su origen: como si cantaran,  tingaleses y huanuqueños; lisurientos y escandalosos, los limeños. Enorme estufa de fierro  crepitante de sartenes y hervor de ollas y teteras calientan el ambiente. Todo está saturado de humo de tabaco, vapores de sancochos, frituras y vaho cargado de bocas aviesas. Detrás del mostrador del fondo, Mario Robles, el dueño, vigilando el desplazamiento de las muchachas que pasando entre los comensales sobajean sus grupas duras y tentadoras, exacerbando sueños, esperanzas, deseos y sabe Dios qué intenciones más.

— No sé qué es lo que hace Mario, pero éste es el único lugar en el que se puede beber algo dulce. ¡En ninguna parte se encuentra azúcar, pero todo aquí es dulce!- Marín Castellanos cierra la cremallera de su  saco de cuero “Pedro P. Díaz” y se repantiga sobre una cómoda silla. Un enorme aparato de radio está propalando… “por fina cortesía de la Casa Gallo Hermanos, distribuidores de los afamados camiones Mack y National Harvester, apropiados para el duro trabajo minero de transporte, su programa romántico a cargo de la voz que acaricia de Ernesto Castillo, el bolerista de moda, con el acompañamiento de la “Orquesta Paredes”…

 No es azúcar, hermano, es “chancaca” –aclara Perico Nation, sacudiéndose la gabardina cubierta de nieve -El arte consiste en disimular. No sé qué vainas hacen en la cocina pero todo parece como endulzado con azúcar. Perico Nation, es un raro muchacho retinto nacido en el Cerro de Pasco, hijo de un ciudadano jamaiquino recientemente fallecido de embolia cerebral. Es muy popular y querido; parte de la “tira” y “adú” de los más renombrados tarambanas a quienes arrastra los sábados hasta la iglesia. Ahí –como quién no quiere la  cosa- se ubica a la puerta y, al momento, los padres de los críos que están por bautizar lo entregan para que lo acune en sus brazos por algunos minutos. En el pueblo hay la creencia de que así el niño de verá libre de enfermedades y mal de ojo. Terminada la ceremonia será invitado a pasar la noche junto con sus amigos en casa de uno de sus compadres.

— ¡Dos calientes de ron, amorcito! –ordena Marín Castellanos a una mimosa chiquilla a la que la “trae de un ala”, como dicen los mejicanos. Está enamorada del fachoso torerillo cerreño, pianista extraordinario, guitarrista único. Los sábados por la noche, Marín, se pega un salto al Moka y tomando una guitarra entona alegres creaciones del “Cante Jondo” con tanto acierto y calor que los chapetones gritan emocionados “!Mismo Niño de Utrera!”. Y cuando éstos ya están briagos destilando saudades por los ojos, Marín se pule más… 

Ná te debo, ná te pío.

me voy de tu vera, olvídame ya;

que he pagao con oro tus carnes morenas.

no maldigas, paya, que estamos en paz.

No te quiero, no me quieras,

si tó me lo diste, yo ná te pedí.

no me eches en cara que tó lo perdiste.

también a tu vera, yo tó lo perdí.

Su padre, enamorado chapetón, había conquistado el amor de la Jefa de Teléfonos que le amó como nunca había amado a nadie y, cuando la dejó embarazada, todos sus desvelos los volcó en aquel fruto de su apasionado amor otoñal. Muy pequeño, sin que nadie le enseñara, Marín aprendió a dominar el piano de la familia y la guitarra española, única heredad dejada por el tarambana de su padre.

Bien pagá, si tu eres la bien pagá,

porque tus besos compré.

y a mí te supiste dar

con un puñao de parné.

Bien pagá, bien pagá,

bien pagá,  fuiste mujé

En las misas dominicales, su voz blanca e intensa, era la primera en la iglesia; voz que más tarde, cuajada y madura, se escuchaba en el MOKA, donde los amigos de su padre lo aplaudían con mucho cariño.

No te engaño, quiero a otra,

no creas por eso que te traicioné.

No cayó en mis brazos, me dió sólo un beso,

el único beso que yo no pagué.

Ná te pío, ná me llevo.

entre esas paredes dejo sepultá,

penas y alegrías que te he dao y me diste

y esas joyas que ahora pá otro lucirás.

En las temporadas taurinas -pantalón entallado, chaquetilla y gorra torera- auxiliaba a los espadas y, con permiso de éstos, se lucía con soberbias verónicas mandonas, chicuelinas de luz, gaoneras ajustadas y faroles espectaculares; más de una vez, con sobresalientes banderillas clavadas en todo lo alto. En un álbum gigantesco coleccionaba las crónicas taurinas de los lunes de EL COMERCIO, sin faltar uno solo.

Bien pagá, si tu eres la bien pagá,

porque tus besos compré,

y a mí te supiste dar,

con un puñao de parné.

Bien pagá, bien pagá.

Bien pagá fuiste mujé. 

Qué cosas no hizo su madre para que fuera a estudiar al Seminario. “Tienes que ser sacerdote” le decía. Se valió de mil argucias para sofrenar aquella avasallantes inquietud que lo dominaba, pero nunca logró nada. “Mamá” le respondía y la besaba pero nunca dijo nada más. Tuvo que rendirse. El norte de su vida pujante y juvenil la constituyeron los toros, la guitarra y el piano. Finalmente la madre se dio cuenta que nunca convencería a su hijo cuya brújula apuntaba en otra dirección.

— Oye, Marín –dice Nation- Me han dicho que el Prefecto tiene mucho interés en escucharte…

— A mí también me lo han dicho, pero no quiero saber nada con ese desgraciado que se complace con maltratar a los canillitas y a las pobres mujeres que venden comida. Ha arrojado de su despacho, como a perras, a las madres humildes que llegaron a pedir su ayuda. Es una porquería. ¡Mal nacido! ¡Es un canalla…..

— Y a ti ¿qué?…-responde Perico- Hay que estar bien con los de arriba porque un día bien puedes necesitar de ellos…

— No seas estúpido negro. Yo a ese maldito no le dirigiría la palabra por nada del mundo. -Saborea su bebida tratando de adivinar con qué está endulzada-. Es un secreto a voces que el Prefecto le envía azúcar -en secreto- a fin de que en este punto de reunión los soplones se enteren bajo mil y una caretas  de lo que piensa el pueblo…

— A lo mejor te hace participar de sus bacanales…tú sabes…

— Deja de hablar así, negro. Hombres como ése no merecen hablarles, ni mirarlos siquiera, carajo. ¿Sabes que este tipo tiene sus preferencias? A todos los grandes, los de su “tira”, les envía sacos de arroz, azúcar, harina, fideos, manteca, todo… Lo que quiere el desgraciado es que el pueblo sea el único que se joda; son apristas, dice, pero los apristas, tarde o temprano le van a sacar el alma… Por lo pronto, los obreros van a realizar un mitin el lunes por la tarde. No le perdonan al jijuna que haya ofendido a las mujeres. Yo estoy de acuerdo. Es bueno que el imbécil sepa que aquí no va a venir con cojudeces por más encumbrado que se crea. Ha ofendido a las madres más humildes. ¡Cojudo!

— Otra vuelta de ron, amor- ordena Marín- ¡Vamos a curar cabeza hermanos!. Sabemos que ayer estuvieron bebiendo sus tragos en “La Perlita”…

— ¡Claro! –dice “Mosho” – Nos dimos con la enorme sorpresa de ver actuar en el cine a nuestro hermano del alma, el loco Alunni…

— Imagínense –recalca Abelardo – nos dio mucha alegría porque no sabíamos a dónde se había metido el loco pata de perro…

— No tienes idea de la manera cómo nos emocionamos.- dice Lucho- Ir al cine y verlo cuando hace apenas unos años estaba con nosotros en este mismo lugar…

— Carajo, qué habrá dicho la Chelita Raicovich que le tiraba desplantes al loco. Ahora es un triunfador y un actorazo…-Las chicas traen los calientes y todos cogen sus vasos…

— ¡Vamos a brindar por nuestro loco triunfador! –dice Marín- El loco siempre fue audaz. Brindemos por Tomás Alunni y recordemos algo de él.

Continúa….