La juventud cerreña de aquellos días del prefecto (Segunda parte)

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El joven Tomás Alunni cansado de recibir tanto castigo en la escuela, un día se rebeló. No fue el tener que arrodillarse sobre agudas chapas clavadas sobre duros maderos, ni los palmetazos, ni rebencazos a calzón quitado para que abandonara  los estudios. Lo que no pudo soportar fue que, cada mañana, delante de todos los alumnos se le humillara poniéndolo al frente como ejemplo de indisciplina, de incumplimiento de tareas y, más aún, de incompetencia. Bien sabían sus maestros que él se defendía heroicamente en cada uno de los cursos que dictaban, sólo que a veces sus cuadernos no estaban al día. Para eso, estudiando le robaba horas al sueño del trabajo nocturno en la panadería del español Daniel Sascó. Allí se amanecía de claro en claro ayudando a los maestros panaderos y, a las siete de la mañana, después de despachar los panes en los carros que iban a los campamentos mineros, tomaba su “Chimpuca” –bebida parecida al café hecho con las cenizas del pan quemado- con dos toletes y marchaba a la escuela. ¿Qué tiempo le quedaba para hacer las tareas? Eso, todos los días. Su pobre madre, fámula de los Nicander, cayó en la desgracia al enamorarse del italiano Guiseppe Alunni, un empleado de los Sibille que un día desapareció dejándola embarazada. Aferrada a su hijo como a una tabla de salvación le dio todo lo que estaba a su alcance, aunque era muy poco lo que tenía. El muchacho tuvo que trabajar para ayudarla.

Con el tiempo fue creciendo hasta alcanzar una talla notable. Sus músculos tomaron consistencia de acero y su carácter manifiesta hosquedad. Levantisco y pendenciero, aún muy joven, se convirtió en un gran trompeador. Eran continuas sus broncas con Lucho Llanos de la Matta, los hermanos Woolcott, Israel Huamán, “Rogromanca” Mendoza, “Piñachuncho” Bustamante, “Muqui” Torres, “faites” cerreños de aquellos años. Fue el único capaz de bañar en sangre y dejarlo sin sentido al descomunal matón de la escuela un tal Marcial Riofano, sargento licenciado del ejército que tenía bajo el dominio del terror a la chiquillería de la escuela.

Precoz adolescente, alto, blanco, de cabellos rubios y encrespados, advirtió que su sex – appeal crecía notablemente abonando su ego. Entonces decidió aumentar su atractivo asistiendo al gimnasio del italiano Paolo Merello, paisano y amigo de su padre. Lo que consiguió en poco tiempo fue admirable. Un envidiable cuerpo atlético y un poder de seducción inigualable.

Por aquellos años arremetía con furia la fiebre del Catchascán. Los jóvenes peruanos no hablaban de otra cosa. Los periódicos de entonces, especialmente, “La Crónica”, con extraordinarias fotografías refería las hazañas del “Yanqui” en el vuelo final de su invencible avión; “El Conde” y su doble Nelson; “El Tanquecito” y su candado demoledor; “Renato el Hermoso”, perfumado y chuchumecón, maestro inigualable de la doble clavada; Vicente García, atuendo de torero y técnica excepcional; los elegantes “Rey Namur”, “El Peta”. Otro grupo -el de los odiados- cochinos como ellos solos, sin ley, sin contención arbitral posible, sin asco, “Penado 14”, “Marciano”, “Aragón”, “El Toro”,  “Jack Sabú” , “El Mogol”, y “La Hiena Chaqueña”.

Su aspiración de ser destacado luchador lo llevó al “Recreo Carrión”, catedral del deporte cerreño. Allí, con otros aficionados como él, fabricaron el ring y tras clavar durmientes y tablas, parchar lonas y amansar sogas comenzaron el arduo entrenamiento inventando llaves, ejercitando tacles y patadas voladoras. A un costado, barras y argollas, pesas y mancuernas. Aquí se prepararon por un buen tiempo, Israel Huamán, Roberto Woolcott, Etelvino Segovia, Elpidio Gamarra, Román Suasnabar, Carlos Minaya Rodríguez y el joven Tomás Alunni. Para estar a tono con la moda, urdieron sus apodos correspondientes: “El Corsario”, “El Capitán Maravilla”, “El cruel Bucher”, “El Gran Segovia”, “El Rebelde”, “Montañita”, “Tanquecito” y el debutante, “Pulpo”. Así se hizo llamar Tomás: “El Pulpo”.

La ilusión provinciana del éxito y la expectativa generalizada de la afición, experimentó un remezón extraordinario cuando se anunció la presentación de la “Caravana del Luna Park”, con su selección de notables luchadores.

Aquel día no cabía ni un alma más en el “Recreo Carrión” – viejo corralón adecuado para el caso- en el que, además de las incontables “sillas de ring” que costaban un ojo de la cara, se adecuaron galerías laterales para las “populares”.

Tras la presentación de luchadores locales, se efectuó una notable exhibición de las estrellas nacionales del catch. Todos quedaron felices y contentos. Tomás Alunni no perdió la oportunidad y habló con el jadeante administrador Max Aguirre y fue aceptado para integrar la caravana, pero no como luchador, sino como muchacho de mandados y utilero. A él no le importó. Ya se ganaría el ascenso. Lo importante ya lo había logrado: entrar en ese mundo de ensueño. Empacó sus magras pertenencias, recibió la bendición de su madre, y sin decir una palabra a nadie más, partió con la “troupé” de espectaculares fortachones.

Al instalarse en un cuartucho del “Luna Park” de Lima estaba cumpliendo la primera parte de su sueño de joven hasta entonces despreciado y mal visto. Se convirtió en el diligente y rápido muchacho de los mandados; el carpintero que arreglaba sillas, graderías e instalaciones; el artista que iluminaba los llamativos carteles anunciantes; el atinado remendador de lonas del ring y la carpa. Los luchadores, testigos de la agotadora gestión del joven provinciano, no sólo le dispensaron su amistad sino también su admiración. Entretanto, él no perdía ocasión de observar los diarios  entrenamientos y participar de ellos y, con un trabajo tesonero y constante, desarrolló  masas definiendo  músculos. Después de un buen tiempo y viendo su considerable progreso,  “El Chiclayano” -su amigo del alma-  consiguió que debutara en una pelea inolvidable en la que doblegó a “Jack Sabú”. Desde entonces los triunfos de “El Pulpo” se sucedieron uno tras otro con extraordinaria regularidad. Dejó de ser el muchacho de los mandados y las reparaciones y, “pinta brava”, se convirtió en un atractivo luchador, admirado por el elemento femenino numeroso y pugnaz. Engrosó la fila de luchadores limpios de técnica  depurada y “La Crónica” comenzó a promocionarlo. Un día, cuando nominaron la selección peruana de luchadores para competir en la “Arena México”, con los mejores del país del norte, él fue seleccionado. Allá triunfó rotundamente. Revistas y periódicos alabaron su técnica depurada y su hombría de bien dentro y fuera del cuadrilátero. Al final de la exitosa temporada, sólo sus compañeros retornaron al Perú.  Él, entusiasmado por el ambiente y la acogida que le habían brindado, decidió quedarse en México.

Así pasaron años sin que se supiera más de él. Un día, la juventud coetánea del campeón que llenaba la sala del cine Grau, quedó atónita y boquiabierta. Entre los créditos de la película, “Huracán Ramírez” y  junto a los nombres de Wolf Rubinski, Crox Alvarado y David Silva, con caracteres nítidos y en lugar preferente, aparecía el nombre de Tomás Alunni, “El Pulpo”, el niño que vendía periódicos y comía en el refectorio escolar, el impenitente trompeador, el que no sabía resolver problemas de matemáticas pero que era capaz de salir bien librado de agudas tomas y palancas, de tacles y tijeras. Un bullicio extraordinario invadió la sala que se convirtió en un manicomio. Paco Acquarone y Papi Beloglio, amigos del alma y descendientes de italianos como él, lloraban a moco tendido. Cada vez que repetían los pasajes de la película en la que aparecía el cerreño triunfador, un torrente de aplausos, silbidos y hurras se sucedían. Una semana entera estuvo exhibiéndose la película y, en ese lapso todo el mundo la vio. Un día, en silencio como se había ido, llegó a su tierra y después de visitar su escuelita de Patarcocha 491, regresó a Méjico. Se llevaba a su madre y los que los vieron partir en el ferrocarril aseguraban que iba llorando como un niño.

De aquello ha transcurrido muchos años. No podemos olvidar la extraordinaria experiencia que vivimos aquellos días al presenciar el triunfo de un muchacho cerreño que quedó allá en la generosa tierra mejicana. Nada alimenta tanto el espíritu como cuando se ve que tras la odisea corrida, asomar la figura de un triunfador, Tomás Alunni, “El Pulpo”, lo fue.

Continúa….

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