La juventud cerreña de aquellos días del prefecto (Tercera parte)

la-juventud-cerrena-3— BIEN HECHO, CARAJO, BIEN HECHO –dice Marín Castellanos y levanta su vaso calentísimo invitando a beber a sus amigos- ¡Salud, Hermanos!- Todos ingieren el trago y escancian resoplando la bebida tras tres intentos. Lo del “Pulpo” nos alegra y nos llena de orgullo, hermanos; eso prueba que si nos decidimos, podemos llegar a triunfar, dice Perico Nation y ordena otra tanda de tragos. “Corazón hasta cuando estás llorando, hasta cuándo estás sufriendo, ¿Hasta cuándo, corazón?”. Ahora está cantando “Chunchulín” Pérez y se oyen acompasados palmoteos del público. Sigue llegando gente al “Carrión” especialmente camioneros y  las chicas atienden solícitas a los recién llegados. Bueno, dice Marín Castellanos, ustedes también están en un triz de realizar su viaje triunfal, hermanos; el próximo año estarán presentándose a San Marcos y en poco tiempo tendremos nuevos profesionales. ¡Salud!. Lo que sé es que Lucho va a ingresar como por un tubo. ¡Es un campeón! No en vano tiene la medalla de oro de la promoción, dice Nation y Lucho sonríe halagado. Descendiente de italianos no sólo ha acumulado las notas más sobresalientes sino también el afecto de sus maestros. Su más caro sueño es ser abogado y claro que lo conseguirá, afirma Marín Castellanos, amigo de infancia y compañero inseparable de juegos. Otro campeón es “Mosho”, diestro en Matemáticas y preferido del profesor Ginés Pomalaza. Beben del caliente de ron que extrañamente sabe dulce sintiéndose el sabor de los limones que le dan vida. Se reparte los Lucky Strike y la comedida chiquilla los enciende. Abelardo, de ascendientes franceses, el tercer amigo de la “tira”, abriga igualmente las esperanzas de ingresar en la Universidad. Humberto si se decide puede triunfar en cualquier emisora de Lima. Era muy pequeño cuando reveló su talento para el periodismo, la poesía y el arte. Declamador obligado en las actuaciones de la Escuela, se lucía recitando poemas de inacabables estrofas en alarde de prodigiosa memoria no muy buena para fórmulas, nomenclaturas ni efemérides. Su cabellera suave, sus inquietos ojos claros y su rostro pálido y juguetón, determinó su chapa: “El limeño”. Desde entonces se convirtió en el caudillo de una chiquillería vocinglera, juguetona e insoportable; terror de los maestros e inspectores. Su rebeldía como sus múltiples trastadas, le permitió el liderazgo. Recién llegado de Lima se rebeló a sus tías, creyentes y cariñosas, “Hijas de María” que quisieron encresparle luengos bucles y encasquetarlo en el coqueto uniforme marinero del “Colegio del Perpetuo Socorro”. No. Él se opuso terminantemente. Jamás iría a una escuela de modositos “niños bien”. Quería estudiar en una Escuela de Hombres. Ninguna penitencia, ningún castigo, pudieron con él. Su contumacia triunfó. Fue inscrito en la Escuela 491 de Patarcocha. ¡Escuela de machos!, como que en su salón tenía que enfrentarse con el cholo Viviano Mendoza, conocido como “Rogromanca” y el temido “Tigre” Riofano, ambos linajudos ex sargentos licenciados de nuestro Ejército y recordados  matones. Formó clan con Lucho, Abelardo y “Mosho”. De estos hay varias historias como la que aconteció en Cusco cuando eran estudiantes de secundaria.

.Con el desbordante entusiasmo que caracteriza a esa hermosa etapa de la vida que es la  juventud, los alumnos del Colegio Nacional Daniel A. Carrión festejaron la noticia. La Dirección había acordado una excursión a Macchu Picchu. Los integrantes de la “Promoción” de aquel año, en la que se encontraban los tres amigos,  desbordaban de emotiva exaltación. Conocerían aquel enorme bastión de peruanidad. A partir de ese momento los se enfrascaron en proyectar los planes más ambiciosos.

Tras la adecuada organización y nominación de las correspondientes comisiones, todo quedó listo. Utilizarían un carro relativamente nuevo de la marca FORD, armado a la usanza de la zona. Era un “Mixto”. Se le llamaba así porque sólo una cuarta parte –la que va adyacente al motor- tenía la  cobertura de un precario techo; el resto iba totalmente descubierto,  limitado por un sólido barandal de recias maderas. Un heroico vehículo muy usado para los viajes al interior de las “quebradas” en el transporte de “cosechas”. Caso de mal tiempo o de lluvia, se lo cubría con una lona que se aseguraba con sogas. Eso era todo. Para los ilusionados viajeros era suficiente. Delante, arrellanados en los asientos de madera, irían los profesores y algunos “niños bien”; detrás, acompañados por el inspector, los más bullangueros e inquietos muchachos, libérrimos como ellos solos.

Primeramente lo pintaron espectacularmente. Dibujaron el mapa del recorrido iluminándolo con frases llenas de optimismo y colorido. A un costado, la bandera nacional y, en el otro, la divisa celeste del Colegio. ¡Qué  hermoso quedó el carro! ¡La nave que los conduciría al Cusco milenario! Durante todo este tiempo nadie hablaba de otra cosa.

El día de la partida fue muy especial. Un suceso inédito en la ciudad. En un bullicioso marco de sonoras fanfarrias de la banda municipal los jóvenes se despedían de sus familiares y amigos. Estuvieron presentes, el subprefecto, el Alcalde, concejales, director, profesores, padres de familia, alumnos, familiares y pueblo en general formando un emocionado corro. Tras los abrazos de despedida, los encargos y recomendaciones, partió el carro. Los bomberos hacían sonar su sirena de alarma en tanto los pañuelos, sombreros y manos, en adioses cariñosos, daban una nota conmovedora al momento. Una emotiva muliza desgranaba sus notas cuando el carro se perdía por las últimas cuadras de la calle Lima. La gritería de los excursionistas fue atenuándose poco a poco a medida que el carro se perdía en lontananza.

A medida que el vehículo iba descendiendo hacia climas más abrigados, un bullicio imparable de alegría hermanó a los excursionistas. Cantaban a voz en cuello y conversaban animadamente. A su llegada a cada una de las ciudades, la recorrían extasiados, tomando fotografías y notas de lo que observaban. Ya cansados por la noche, caían rendidos pero felices, a dormir. Los que más gozaban eran los alumnos que iban  en la “carga”. Pletóricos respiraban un aire abrigado que les llenaba los pulmones. A lo largo del viaje el tiempo los acompañó plácidamente. Sus ojos se llenaron de hermosos paisajes en su recorrido por sierra y costa. Hasta ahora recuerdan con enorme emoción aquellos momentos inolvidables.

Llegaron a su destino final a la seis de la tarde, hora maravillosa del Ángelus. Las piadosas gentes del lugar se persignaban reverentes al toque de la “María Angola” de la catedral del Cusco. Ellos, muy emocionados, hicieron lo propio. Daban gracias a Dios por haberlos hecho llegar con bien a su destino. ¡¡¡Estaban en la capital milenaria de América Hispánica!!! Sus corazones palpitaban saturados de gozo. Se sentían enormemente felices. Como todos los jóvenes visitantes echaron unas hurras sonoras y firmes como avisando que habían llegado desde el techo del mundo.

De inmediato se dirigieron al Colegio de Ciencias del Cusco donde les habían adecuado el alojamiento. A la puerta, el Director, profesor Manuel J. Valenzuela Valdez, muy ceremonioso y firme, les dijo: “Este ha de ser nuestro alojamiento. Espero la más grande disciplina en el cumplimiento de nuestros horarios. Tienen una hora para asesarse e instalarse debidamente. A las siete se servirá la cena en el comedor del Colegio. A las ocho todos deberán estar en sus habitaciones para descansar debidamente. Mañana a primera hora debemos levantarnos para dirigirnos al ferrocarril con el que debemos llegar a la ciudadela de “Macchu Picchu”, objetivo principal de nuestro viaje. No olviden comportarse debidamente. Buenas noches”. Se retiró dejándolos a órdenes del auxiliar de educación.

Como se dijo, se hizo. Pero en el encierro de la enorme habitación donde se habían instalado las treinta camas correspondientes, la casi totalidad de alumnos se acostaron en cuanto el inspector aseguró con llave el dormitorio. Un grupo integrado por cuatro inseparables amigos, Humberto, Lucho, Abelardo y Edgardo, estaban intranquilos. No comprendían por qué tenían que estar encerrados. Pensaban que lo más atinado sería que les dieran libertad por unas horas para conocer aquella hermosa ciudad. No transigían con la disposición directoral. Pesarosos  y compungidos, se pusieron a meditar. Humberto Maldonado, el más inquieto, examinaba la puerta que halló muy hermética, pero cuando manipuló las manijas de un enorme ventanal, éstas se abrieron. ¡No lo podía creer! Las ventanas que estaban casi al ras del piso, daban a una calle transitada. Con una sonrisa de oreja a oreja invitaron a sus colegas a escaparse a conocer la ciudad y conquistar la noche. Hallaron un silencio timorato. Nadie más quiso salir. Ante la indiferencia de sus colegas los cuatro salieron sibilinamente dejando las ventanas juntadas para su vuelta. Se dirigieron a la Plaza Mayor de la ciudad que rebozaba de luminosidad y alegría. Reinaba un ambiente de luz, color y alegría. Alumnos de todos los colegios del Perú, con los distintivos de sus chompas características, gozaban plenamente. Entraron en un restaurante y entablaron pronta amistad con un grupo de alumnos tacneños que los invitaron a beber vino. Ellos  prefirieron cerveza. Las primeras cervezas de su vida. Todos bebían de lo más contentos. Al poco rato ya entonaban sus canciones lugareñas, repetían maquinitas y barras colegiales. El ruido que hacían era tremendo. Buen rato estuvieron confundiéndose en abrazos fraternales como si fueran amigos de años, cuando ocurrió algo inesperado. Vieron en la puerta del restaurante las inconfundibles y amenazantes figuras del Director y el inspector de educación. Quedaron mudos. Con voz que no aceptaba réplicas, el Director los encaró muy enérgicamente: “¡Jóvenes alumnos: Acaban de cometer un gravísimo acto de indisciplina! Esto amerita un enérgico e inmediato castigo. En consecuencia, así como han logrado escaparse del internado, sabrán cómo retornan a su lugar de origen. ¡Quedan ustedes expulsados de la delegación pasqueña!”. No dijeron más. A grandes trancos se alejaron del lugar. Los cuatro amigos quedaron estáticos. No sabían qué hacer. El impacto producido fue de tal magnitud que ante la angustia que los invadía, los tacneños y los de otras localidades se solidarizaron con ellos. Trataron de levantarles la moral diciéndoles que era natural que actuaran así pero que mañana al pasarles la cólera, “otro gallo cantaría”. No fue así.

La mañana luminosa como pocas les hizo abrigar la esperanza de que el problema de la fuga hubiera sido olvidado. No. El Director y el inspector actuaban con una seria rigurosidad que hacía vigente el castigo impuesto la noche anterior. No pudieron lograr ni siquiera de que los escucharan para esgrimir un “mea culpa”, una explicación, e implorar una súplica de perdón. Ellos no existían para directivos ni colegas. Eran unos proscritos. Eran los expulsados que servirían de “Chivos expiatorios” para que nadie pudiera repetir la condenada acción de escaparse. ¡Estaban advertidos!  Pronto comprendieron que no había nada qué hacer. El tiempo  volaba. El inspector en forma ostentosa repartió los boletos debidamente numerados para que suban al tren; a todos, menos a los expulsados. Ni siquiera se dignaban hablarle. Así las cosas, viendo que no podrían entrar en los coches, repararon que al final del convoy, había una gigantesca plataforma donde transportaban durmientes. No lo pensaron dos veces. Se camuflaron entre los maderos, tratando de pasar inadvertidos. Estaban convertidos en polizones.  El corazón les dio un gigantesco vuelco cuando partieron a destino. Así llegaron.

Cuando estuvieron en “Aguas Calientes” listos para trepar a la ciudadela inmortal, encontraron una inusitada algarabía juvenil de una gran cantidad de alumnos de todas las regiones del Perú, especialmente de Lima. Cada grupo tenía el distintivo de su chompa escolar. Guadalupe con su chompa celeste y su clásico escudo; Alfonso Ugarte de granate, con una AU amarilla en el pecho; Dos de Mayo del Callao, con divisa verde; los “chocolateros” del Leoncio Prado con coquetonas chompas azules y muchos otros grupos más. El bullicio era impactante. Cuando todos los excursionistas se aprestaban a partir, los anfitriones hicieron escuchar una trompeta y mediante unos altoparlantes enormes, dijeron: “Bienvenidos al Ombligo del Mundo: el Cusco. Vais a conocer el santuario de nuestros antepasados. Como cada una de las delegaciones ha venido premunidos de sus chompas distintivas correspondientes, se premiará a la primera que logre izarla en el “Inti huatana” que es la parte alta de Macchu Picchu. Esa delegación será la campeona. Partirán en cuanto suene el pistoletazo del juez especial, miembro del Ministerio de Educación. ¡Suerte a todos!”. La información avivó los más grandes ímpetus de los muchachos que estaban listos para partir. El grupo de los cuatro expulsados que se hallaban alejados de sus compañeros carrioninos, “haciendo de tripas corazón” hicieron lo propio. Como no se había fijado ninguna clase de reglamento especial, Humberto hizo en voz alta la siguiente reflexión: “Nosotros los cerreños somos gente de puna, estamos acostumbrados a correr en altura, así que podemos hacernos del triunfo. Para lograrlo, no iremos como el resto, por la ruta establecida. Cortaremos camino y avanzaremos verticalmente y no en zigzag como ellos. En consecuencia está en nosotros el ganar la carrera. Vamos”.

Partieron como una exhalación. Era la última esperanza de conseguir la amnistía. Eso les dio un valor especial. Partieron. Avanzaban formando una sólida unidad cuidando uno del otro como hermanos. Jamás sospecharon que tendrían que vérselas con innumerables dificultades.  El suelo resbaladizo cubierto de zarzales espinosos y abundantes así como cactus hirientes en donde fueron lastimándose y dejando algunos retazos de pantalones y camisa. Sin mirar hacia abajo sus gritos eran los únicos eslabones que los unían. Si al comienzo les acompañaba el recio murmullo de los otros muchachos en competición poco a poco fue disipándose el eco de esos sonidos hasta que sólo sintieron sus propios y únicos pasos. El sol alumbraba esplendente desde arriba, llenándoles de sudor y secándoles los labios. Sintiéndose desfallecer avanzaron impertérritos cuando alcanzaron a oír unas voces que desde la parte alta los alentaban. Eran los miembros de la comisión que certificaría la llegada de los concursantes. Renovaron sus fuerzas y en medio de aclamaciones coronaron la cima. Cumpliendo con lo dispuesto, izaron sus cuatro chompas carrioninas que, en ese momento eran los gonfalones de un triunfo.

Una banda de música colocada exprofeso, atacaba una fanfarria triunfal que se escuchó en el trayecto. Anunciaba el arribo de los triunfadores. Emocionados los ganadores se abrazaban y recibían los parabienes del jurado. Fue una algarabía inusitada. Tuvo que transcurrir como media hora para que el primer pelotón de alumnos que competían asomara a la meta. Sorprendidos se enteraron de que los primeros habían cruzado la meta. Una bocina descomunal centuplicaba el anuncio que el Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión del Cerro de Pasco, había ganado la competencia. Los abrazos y aplausos generalizados retumbaban entre aquellas murallas milenarias. El alma les volvió al cuerpo cuando vieron venir, exultantes de orgullo y alegría, al Director y al inspector que venía a estrecharlos en un abrazo extraordinario. La aflautada voz del Director se escuchaba entre los recios murmullos de la muchedumbre. “¡¡¡Estos son nuestros mejores alumnos del Carrión y hoy día han dado una muestra más de su valía!!!”. Las fotografías y felicitaciones y aplausos menudearon. Al abrazar a cada uno de los triunfadores repetía ronco de emoción. “Muchachos, siéntase nuevamente cómodos en su delegación que los recibe con los brazos abiertos. Han conseguido nuestro perdón. ¡¡¡Enhorabuena, campeones…!!!”. Muchas delegaciones reclamaron posar con los campeones que tuvieron que volver a ponerse sus chompas triunfadoras con un C.N. C en el pecho. Aquello fue inolvidable. Desde entonces, han transcurrido sesenta años.

Continúa….