ABRIENDO CAMINO (Tercera parte)

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EL SEGUNDO DÍA (27 de octubre de 1925).

La madrugada sorprendió a los hombres arropados en sus cobijas sobre gruesos pellejos de carnero. Los mineros colaboradores como buenos anfitriones habían preparado un desayuno de fiesta: “chupe verde” con agresivo y verde ají, salpimentado de hierbas para calentar el cuerpo, huevos fritos, cancha, queso y café caliente. En ambiente de bromas y alegría transcurrieron estos minutos. Parecía como si estos hombres se conocieran de años. Ya cerca de las siete de la mañana, alentándolos a seguir adelante y deseándoles éxitos, los recios mineros de estas soledades se despidieron.

–Queremos que se lleven este modesto presente como testimonio de nuestra amistad, lo van a necesitar –dijo Juan Alcócer y depositó en mano de los excursionistas, un buen atado de coca, una cajetilla de cigarrillos Nacional y una botella de cañazo.

Los expedicionarios nuevamente quedan solos contemplando cómo aquel grupo humano bondadoso y colaborador, premunidos de sus cascos, sus capotes impermeables, sus pacas y sus lámparas de carburo, se perdían detrás de unos cerros cercanos.

–Gracias hermanos –dijeron los viajantes, y se despidieron con los brazos en alto.

Ahora, la infinita soledad lo envuelve todo. Un silencio sobrecogedor inunda la zona glacial  y yerma. Ni un animal, ni un ave, ni una planta, ni una alimaña. Sólo ellos.

El cielo brumoso envuelve el paisaje en el que casi ni se puede ver el perfil de las ciclópeas magnitudes de los montes helados.

–!Bueno! –dice don Teobaldo Salinas- ahora, manos a la obra. Tenemos que seguir adelante.

Consulta la brújula y sus manos enguantadas señalan el occidente. Allá está Lima y hay que seguir.

A poco de iniciar la marcha sobre una explanada más o menos pareja se encuentran con la primera dificultad del día. Unas acequias por donde discurre el agua helada impiden que puedan seguir adelante. La profundidad más o menos acentuada determina que utilicen unos resistentes tablones colocándolos a manera de puentes entre las orillas. La extraordinaria pericia del piloto oficial Juan Manuel Beloglio, hace el resto.

Después de la dura tarea, beben sendos copones de coñac para abrigarse, cuando les pareció oír una lejana voz llamándoles. Miraron con creciente curiosidad en todas direcciones y pudieron distinguir que de la ruta de Huayllay, un hombre les hacía señas. Pensaron que tal vez se trataría de un mensajero y esperaron ansiosos. Pasados unos minutos, el hombre que llamaba, premunido de abrigadora capa invernal les daba alcance. Ya muy cerca, lo reconocieron, era Gamaniel Blanco Murillo.

–!Hermanos!- gritó el recién llegado.

–!Hola muchacho! –saludó don Manuel Oyarzábal.

–!Don Manuel!…!don Teobaldo!…!muchachos!…-uno a uno fue abrazando a los raidistas. – He venido a darles alcance porque he sido nombrado por EL MINERO para cubrir la información de la hazaña. Aquí tengo mi credencial con los saludos de don Gerardo Patiño López.

–Está bien, está bien. No te agites –dijo don Manuel- Pero es necesario que sepas que esta misión es muy arriesgada y está llena de sacrificios y penalidades.

–!No importa don Manuel. Estoy consciente de lo que esta empresa significa y estoy decidido a correr la suerte que corran ustedes. Si antes no les había solicitado que me incorporaran es porque desde hace quince días estuve ausente del Cerro.

–Bien está, muchacho. Ahora eres uno de los nuestros; por lo tanto, trabajarás tanto como puedas, porque lo que necesitamos son brazos. No esperes ningún privilegio porque no habrá discriminaciones contigo. Eres uno de los nuestros y contigo formamos un solo y compacto grupo.

–Gracias don Manuel.

Así quedó incorporado al grupo aquel valiente joven periodista de dieciocho años de edad que cubriría al detalle las peripecias de la travesía.

Después de vencer las primeras dificultades avanzan por entre desigualdades abruptas. La marcha es penosa y lenta pero segura. Después de seguir por más o menos dos horas llegan debajo de un enorme breñal que tienen que superar. No pueden hacer otra cosa. La zona está rodeada de cortaduras, quebradas y cresterías pronunciadas. Todos han descendido del carro, sólo don Teobaldo y Juan Manuel quedan en el auto para conducirlo por estos roquedales. Sólo ellos pueden hacerlo. Los demás, premunidos de grandes pértigas y sogas ayudan a mantener el equilibrio del coche. Entre tanto, el cielo ha estado tomando una tonalidad oscura, cada vez más amenazante.

La marcha es muy fatigosa y muy dura pero los indomables pioneros no se rinden. Ahora ha comenzado a caer la nieve. Sólo los gritos de  !!Jay! !Jay Jay!!, cada vez que tienen que hacer un esfuerzo conjunto y acompasado rompe el escalofriante silencio de aquellas estepas.

Con los cuerpos ateridos y al borde del pasmo, vencen al áspero breñal y luego descienden jubilosos a un rellano más o menos amplio donde se detienen. Las manos de los choferes están entumecidas de frío. Descienden del carro y comienzan a frotarse los brazos y piernas para acelerar la circulación. Don Manuel extrae una botella de coñac “Napoleón”, regalo de don Cipriano Proaño y reparte medio vaso a cada uno. Las vaharadas de vapor de los alientos parecen humo candente en el frío del páramo. La nieve que estaba cayendo parsimoniosamente, se ha convertido en una ventisca. Remolinos de aire frío espolvorean de copos a uno y otro lado. La visibilidad es nula. Casi no pueden distinguirse entre ellos.

–!Suban al carro!!- ordena don Teobaldo.

Ya no hay nada que hacer. La nieve se ha adueñado del paisaje. Los hombres han colocado  soportes laterales y adecúan un toldo con la lona sobre los tablones del carro. Ya en el interior se despojan de sus capotes y sombreros de agua, se arropan con gruesas chompas y ponchos de vicuña y, acurrucados uno al lado del otro, esperan.

En silencio, don Teobaldo abre la bolsa regalada por los mineros y a cada uno de los hombres les da dos puñados de verde coca y dos cigarrillos.

Al conjuro del sabor dulce y misterioso de las hojas los hombres comulgan en silencio. La mente cavilosa de cada uno evoca a sus seres queridos, sus vivencias pasadas, sus recuerdos, sus amores. No hay nada como la quietud de estas inmensas soledades, tragadas por el infinito, para meditar sobre la vida. Afuera, silenciosamente, la nieve está cubriendo el paisaje. Dentro, en una opalina humareda de cigarros, el silencio cargado de recuerdos y presagios se ha adueñado de todos.

–!Tenemos que vencer! –La sorpresiva exclamación de don Teobaldo ha roto el pesado mutismo y sacando de sus alforjas un pequeño cuadro del Señor de los Milagros, lo ha colocado sobre el espejo retrovisor y persignándose, exclama:

–!Él nos ayudará!

Todos se santiguan reverentes.

CONTINÚA…..

 

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