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Los héroes de la jornada inolvidable encaramados sobre el coche invencible. En primera fila, don Santos Cuadrado y Pérez, el hombre de la brillante iniciativa al lado del conductor oficial, Juan Manuel Beloglio. En segunda fila, don Teobaldo Salinas, don Manuel Oyarzábal y el cronista de la odisea, nuestro mártir Gamaniel Blanco Murillo. En tercera fila, Asunción Cornejo, Isidoro Delgado y Antonio Beloglio, aguerridos héroes que jamás olvidaremos.

Las horas han transcurrido lentas y silenciosas. Encerrados en ese pequeñísimo universo de amistad donde cada uno depende de los demás han matizado la conversación con los chascarros. Nada más pueden hacer. Son presos ateridos en la implacable cárcel de nieve. Durante todo el día, casi sin poder moverse, han comido y bebido allí dentro. Los más viejos han contado pasajes de su vida, de sus aventuras, de sus amores; los más jóvenes subyugados y atentos, han escuchado. Cada hora –controlado por el sólido Longines de don Manuel, que parece que hubiera congelado sus manecillas- sale un hombre por turno para averiguar lo que ocurre afuera. La situación ha empeorado. Cercana la noche, don Manuel ha sacado una fina guitarra española y acompañado de ella, ha deshojado los más hermosos pétalos de nuestro cante. En el silencio de nuestra abigarrada estancia, la muliza evocadora ha encandilado los cerebros, que dulcemente cansados, se rinden al acuciante sueño que adormece sus músculos.

Afuera, ha seguido nevando implacablemente toda la noche.

 EL TERCER DÍA (28 de octubre de 1925).

La mañana del 28 de octubre, cuando sobresaltados abrieron sus ojos comprobaron que habían sido ganados por un reconfortante sueño reparador en la intimidad del carro. Don Manuel consultó su reloj. Marcaba las seis en punto de la mañana. Había que continuar. Cuando quisieron abrir la abertura que señalaron como puerta, la encontraron trabada. El peso de la nieve que la cubría impedía la apertura. Quisieron mirar por las rendijas pero estaban cubiertas de nieve. Tuvieron que empujar con todas sus fuerzas para vencer el obstáculo. Por el intersticio logrado se deslizó Asunción Cornejo, el más enjuto de todos, y salió a explorar. Después de un buen rato retornó y trajo malas noticias; la nieve continuaba cayendo aunque en menor intensidad y suponía que en una media hora dejaría de caer. Se equivocó. Todavía a las ocho de la mañana cesó el pertinaz diluvio blanco. Después de desayunar frugalmente, Cornejo volvió a salir premunido de una pala y emprendió el retiro de la nieve con lo que levantaron la lona y, todos salieron.

Un paisaje lunar los sorprendió por completo. La uniforme blancura de la nieve había hecho desaparecer completamente los desnudos roquedales del día anterior. El chasís del coche había desaparecido; la fría capa blanca había esfumado los parachoques y guardabarros; los ejes y ruedas estaban completamente sepultos. En estas condiciones nadie habría podido remolcar el vehículo. Los promontorios se habían unido y no se podía distinguir un terreno apto para el avance del carro. Se corría el riesgo de encajonarse en un abismo disfrazado y encubierto por la nieve. Menos mal que el cielo, ayer encapotado, comenzaba a azularse y no tardaría en salir el sol.  Había que aguardar. Los rayos del sol derretirían la nieve y viéndose la superficie del terreno se podría avanzar. La determinación de los jefes de la expedición Salinas y Oyarzábal, fue esperar.

Con el fin de desentumecer los músculos y activar la circulación comenzaron a hacer rodar bolas de nieve hasta convertirlas en gigantescas moles, las que -llenos de humor- fueron convirtiendo en enormes muñecos a los que entre risas le pusieron los nombres de los personajes más visibles del Cerro de Pasco.

Después del almuerzo consistente en abundante charqui, ají, mantequilla y café, siguieron haciendo rodar las bolas de nieve por la ruta occidental, limpiándola para que fuera más fácil el descongelamiento. La tarde avanzaba y no obstante el arduo trabajo efectuado, no se podía distinguir claramente la superficie del piso. Cansados, los jefes determinaron que había que seguir esperando hasta que derritiera la nieve.

El resto de la tarde la pasaron en una amena conversación. Don Manuel Oyarzábal, parsimonioso y con una gracia narrativa cargada de dolorosas evocaciones, relató a sus embelesados oyentes su participación en la guerra con Chile, conformando con su hermano Toribio –entre otros- la segunda famosa Columna Pasco, cuando apenas eran un par de niños. Ellos habían sido integrantes de un segundo grupo que armó el italiano Enmanuele Chiesa con el  mismo nombre en homenaje a los que habían muerto en Arica. Habían salido del Cerro de Pasco para impedir que los chilenos tomaran Lima y combatieron en San Juan y Miraflores. Los pasajes del relato llegaban nítidos a la mente de don Manuel, que emocionado cerró su narración ya con la voz quebrada:

— Aquellos últimos días del año de 1880, fueron terriblemente tormentosos para todos nosotros en el Cerro de Pasco. Toda nuestra atención estaba cifrada en las noticias que llegaban a los periódicos, transmitidas por el telégrafo.

Cuando nos enteramos que los chilenos habían desembarcado fuerte contingente de soldados  armados hasta los dientes en las playas de Pisco el 8 de noviembre y el 1 de diciembre. Ya no pudimos más. Todos los viejos cerreños conjuntamente con nosotros los “chiuchis”, nos reunimos en Gayachacuna y, todos a una, acordamos conformar una nueva Columna Pasco y marchar en defensa de nuestra capital. No era el caso de dejarlos entrar a la ciudad. Nuestro problema era que ya no había el apoyo inicial que los héroes a del primera Columna habían tenido…

— ¿….Y?

— En eso emergió la figura de un italiano extraordinario que tenía su negocio en la Plaza del Comercio; él se llamaba Emmanuele Chiessa, pero diciéndose cerreño, castellanizó su nombre y apellido por Manuel Iglesias, que es lo mismo. Bueno, el caso es que este buen bachiche, puso los primero cuatrocientos soles para la compra de armamento. A eso se sumó la colecta que nuevamente hicieron las mujeres y algunos regalos más que obtuvieron. Cuando estuvimos listos, lo hicimos padrino de nuestra bandera al italiano y partimos…

— ¿Igual que la primera Columna…?

— No. Ya nosotros no podíamos exigir más. Algunos extranjeros nos dieron fusiles y uno que otro apoyo. Así, arrebatados, a la loca, partimos del Cerro de Pasco. Nuestra única consigna era defender a como dé lugar nuestra capital. Si los expulsábamos, los chilenos ya no llegarían a nuestra ciudad.

— ¿Tenían uniformes…?

—  Nada. Esperábamos que en Lima nos dieran lo necesario, pero no fue así. Cuando llegamos nos dimos cuenta de una enorme improvisación campeaba. No había siquiera un plan de combate. No se sabía lo que tenía que hacerse frente al enemigo. En cambio los chilenos  estaban muy bien pertrechados de cañones, ametralladoras,  fusiles, municiones, hombres y animales. Nosotros no. Es más. Al ejército chileno se había unido un contingente de chinos que explotados cruelmente por los hacendados peruanos, fueron aliados, guías y confidentes de los “rotos”. Con la llegada de los sureños encontraron oportunidad para vengarse de los explotadores. Bueno, así las cosas, el 12 de enero de 1881, atacaron San Juan y no obstante la defensa lo dejaron convertido en una hoguera gigantesca. Fue terrible. Yo con mi hermano nos vimos las caras con los chilenos en los arenales de Miraflores. Ahí sí que peleamos como fieras. A mí, los  cojudos, creyéndome muerto ni caso me hicieron porque mi cuerpo estaba completamente lleno de arena y sangre; sangre de un miserable jefe chileno al que le molí la cara a cabezazos –porque los dos estábamos desarmados- aunque yo también sufrí una incontenible hemorragia. Luego se produjo una gran explosión; volé por los aires y perdí el sentido. No sé cuánto tiempo estuve así. El caso es que en el “repase” no me tocaron…en cuanto a mi hermano Toribio, lo habían enviado a un hospital cuando  fue herido de gravedad por un obús que le voló los dedos de la mano. Luego vino lo que ustedes saben; el triunfo de los chilenos. Desde entonces pasó mucho tiempo que soportamos sufriendo nuestro dolor y nuestra tristeza hasta que acabó la guerra. Un día llegados al cuartel general para reponernos de nuestras heridas, después de muchos meses nos encontramos con mi hermano Toribio y nos abrazamos llorando como hombres y, en ese momento, emocionados, los dos cantamos a voz en cuello una hermosa muliza que mucho le gustaba a mi santa madre. Cuando terminamos, la tropa del cuartel, también estaba llorando. Eran lágrimas de hombres que humedecieron nuestras polacas destrozadas. Eran lágrimas de hombres que habían luchado como fieras y que por milagro de Dios estaban vivos…! Y aquí estoy, carajo, todavía vivo y fuerte y esta nevadita no nos va a matar…!… ¡¡¡Tenemos que vencer!…

El silencio llegó a la estancia, los jóvenes empaparon sus ojos en aquella legendaria figura de nuestro pueblo y encandilados por una reverente admiración, se durmieron.

 CONTINÚA…