ABRIENDO CAMINO (Quinta parte)

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CUARTO DÍA (29 de octubre de 1925).

Era las cinco de la mañana del 29 de octubre pero el brillo de la nieve reflejaba la mañana como si fuera más tarde. Llenos de entusiasmo los hombres se incorporan, sólo Asunción Cornejo tiene problemas. Abundante legaña apelmazada le impide abrir los párpados. Don Teobaldo coge un trozo de algodón y limpia. El paciente apenas si puede abrir los ojos; cuando lo hace, muestra sanguinolento el globo ocular semejante a un tomate. Es el fatídico “surrumpe”. La cura no se hace esperar. Acuesta al lesionado y cogiendo dos bolas de nieve, se los aplica encima de los ojos para refrescarlos.

–Esto te curará. Ahora reposa un poco. Más tarde estarás mejor -dice don Teobaldo y ordena que cada uno de los hombres se coloque dos hojas de coca en los párpados inferiores para evitar la irritación de los ojos.

Como lo han previsto, así ha ocurrido. La nieve ha derretido y convertida en riada desciende de las alturas arrastrando los vestigios de copos deshelados. Tras superar la primera dificultad avanzan por un paraje más o menos plano venciendo las dificultades con entereza. Al promediarse la mañana llegan a la estancia de Palcamayo desde donde se columbra una quebrada atravesada por el río Rodeo. Vencidos los obstáculos toman la estrechez de una cañada y descienden lentamente hasta llegar a la orilla de un río. Después de buscar un vado, utilizando sogas y cables, logran vencer la correntada y se instalan en la otra orilla. Almuerzan en la estancia Palcamayo e inmediatamente reinician la marcha. Tienen que recuperar el tiempo perdido. Han llegado a una rampa abrupta y se hace imprescindible vencerla. Con mil esfuerzos superan la dificultad y llegan a un promontorio desde donde puede verse una planicie húmeda y cenagosa. Fuertemente amarradas las escaleras, tablones, pértigas y herramientas, inician el descenso y, luego de una hora llegan a la planicie de Rupacancha. Esta explanada extensa es cubierta en otra hora. Al final de esa pampa se encuentran con enormes rocas que dificultan el paso. No tienen más remedio que utilizar explosivos. Expertos como buenos mineros, al instante hacen volar por los aires una enorme roca. Vencido el inconveniente avanzan triunfantes. Faltando casi una legua para llegar a la estancia de Casacancha les da alcance el gobernador del pueblo de Culluhuay –ya en territorio canteño- informándoles que por orden del subprefecto de la provincia, señor Hildebrando Escudero trae la misión de ayudarles. Llegados a la estancia, acampan, toman sus alimentos y como ya es cerrada la noche, se van a dormir.

QUINTO DÍA (30 de octubre de 1925).

Cuando despertaron la mañana del 30 de octubre, comprobaron que la tormenta de rayos y truenos que no les había dejado dormir, había tenido una secuela de inmisericorde granizada. Sólo al amanecer había amainado su furia. El piso estaba empapado pero felizmente podía distinguirse con claridad la superficie. Luego de colocar la bandera en un improvisado mástil del carro, con especial veneración y respeto, se santiguaron e iniciaron la jornada.

A poco de iniciar la marcha distinguieron claramente el camino de herradura. Contentos por el hallazgo siguieron la senda cerril por un desfiladero que a ratos se estrechaba peligrosamente; sin embargo, no habiendo otra alternativa, tuvieron que seguirlo. Aquí se pudo apreciar la pericia y precisión de don Teobaldo en la conducción del vehículo. Continuando con menos tumbos que antes fueron a llegar a una vaquería que llamaban El Escalón. Al llegar encontraron una numerosa comisión presidida por el gobernador de Marcapomacocha y una veintena de hombres del caserío de Yantac que aguardaban muy entusiasmados.

Después de los saludos se pusieron a órdenes de los excursionistas invitándoles a llegar a Yantac donde el pueblo estaba esperándoles.

Extraordinario fue su ingreso a este pueblo. Todos los vecinos portando antorchas y banderas hacían calle para el paso del automóvil. Gritos, pitos y salvas aclaman estentóreamente a los visitantes. Llegados a la plaza principal recibieron el saludo del telegrafista Lorenzo Leiva, de la autoridad del lugar, don Manuel Bao y otros representantes de los pueblos vecinos. Explicaron que gracias a la comunicación telegráfica de don Santos Cuadrado y Pérez desde el Cerro de Pasco a toda la zona del recorrido se habían enterado de la travesía.

Después de la clamorosa recepción fueron invitados a pasar al salón principal del pueblo donde se sirvió un espléndido banquete enmarcado por cándidos lamparines a querosene.

Eran las nueve de la noche.

Concluida la cena, transcurrida en un ambiente de franca cordialidad, los cansados viajeros se retiraron a descansar.

SEXTO DÍA (31 de octubre de 1925).

La serena mañana del último día del mes de octubre de 1925, presagiaba una jornada fructífera y atractiva. Los negros y amenazantes cielos de los días anteriores, habían cambiado por la suave transparencia de esa mañana.

Después del desayuno partieron con renovados bríos escoltados por gran cantidad de lugareños, que se habían ofrecido galantemente a colaborar, agradecen con los sombreros en la mano.

El heroico  y resistente FORD largó de la bullente plaza principal por el lado norte de Yantac con dirección al Escalón, para lo cual hubo de requerir  los nutridos y generosos brazos de los hombres del lugar para ascender por una prolongada y abrupta cuesta que, solos, no habrían podido superar.

Después de subir penosamente, llegaron a un plano pero estrecho desfiladero que recorrieron a regular velocidad. Mientras el carro avanzaba de tumbo en tumbo, los hombres de la ayuda, corrían detrás con gran entusiasmo. Todo fue bien hasta que llegaron debajo de un arriesgado promontorio pedregoso donde decidieron descansar para tomar los alimentos.

Era ya el mediodía.

Todos, como hermanos, se sentaron en derredor de una  improvisada mesa constituida por un poncho; y en ella, grandes y generosas papas serranas; trozos de magra chalona, floridos granos de cancha, pedazos de mantecoso queso yantacino y ají, mucho ají. Al frío hay que vencerlo con este cálido y expeditivo alimento, entonando los pulsos y la sangre. !Qué hermoso fue aquel yantar!. La comunión del esfuerzo los ha hermanado y, en ese ambiente, nuestros hombres están gratos y contentos. Después de una hora de pascana en la que nada quedó sobre la mesa, se pusieron de pie a seguir la jornada.

Tras rápido y adecuado estudio de la zona, decidieron subir un gigantesco promontorio. Utilizando numerosas sogas, ataron el vehículo para protegerlo, ya que en determinados momentos estaba sobre el abismo peligroso. En este paraje estuvieron buen tiempo de la travesía, en el que se aplaudió la serenidad de don Teobaldo Salinas guiando y orientando al chofer Juan Manuel Beloglio. Coronada la escarpada zona con gran éxito, debían seguir por una pampa amplia y plana. Eran las 3:15 de la tarde. En este momento los hombres de Yantac se despidieron con fuertes abrazos de nuestros aventureros.

Nuevamente solos y con la bandera flameando invicta en la parte más visible del coche, comenzaron a avanzar jubilosos por aquellos campos.

Al promediar las cuatro de la tarde, vieron que por la senda que deberían seguir, venían numerosos hombres emponchados. Al llegar, afirmaron ser miembros de la comunidad de Culluhuay que venían a darles alcance para ayudarles. Eran 45 hombres fornidos y premunidos de sogas y reatas, y de varios “quipes” de comida, coca, cigarros, velas. Con el auxilio de estos solidarios hombres, afrontaron la tarea de subir el carro a la parte más alta. Por el lado menos peligrosa comenzaron a trepar. A cada paso tenían que colocar resistentes cuñas para evitar que el carro volviera hacia atrás. Los jefes de la maniobra eran don Teobaldo Salinas y don Manuel Oyarzábal y, en el timón, Juan Manuel Beloglio. Sogas, pértigas, tablones, eran utilizados en la tarea en que todos los hombres sudaban la gota gorda.

Ya la tenue timidez del sol se diluía detrás de los picachos occidentales cuando, jadeantes pero decididos llegaban a la parte más alta de su recorrido. Las vivas exclamaciones de alegría y de abrazos menudearon. !!Estaban en la parte más alta de la cordillera La Viuda!!!…La pequeña bandera de la patria que inquieta flameaba acariciada por el frío viento cordillerano, emocionó a los aventureros. En este sublime momento de triunfo, don Manuel Oyarzábal, con su voz tronante cargada de emoción comenzó a cantar el Himno Nacional en tanto sus ojos se humedecían. En respetuoso recogimiento, las voces asordinadas de los culluhayinos se unieron al emocionado coro. !!Qué inolvidable y maravilloso aquel momento!! !Estaban a cinco mil metros de altura sobre el nivel del mar!!. Les había costado tanto llegar!!.Ahora todo sería menos duro.

Después de escanciar entre todos una botella de pisco celebrando el acontecimiento, continuaron con la tarea. Hicieron correr el vehículo por aquellas alturas. El carro avanzaba rodeado de la comitiva de aquellos hombres generosos. Cada vez que encontraban alguna dificultad, se detenían y la afrontaban hasta vencerla. En esta tarea continuaron hasta las siete y media de la noche en que llegaron a una hondonada donde decidieron acampar.

Terminada la cena, se sentaron en derredor de una fogata. La luna hermosa y gigantesca alumbraba la escena. Los expedicionarios y sus amigos, conversaban y fumaban. Al poco rato don Manuel Oyarzábal estremecía la noche con hermosas mulizas cerreñas. Estrellas titilantes acompañaban la bronca emoción de los viajeros y, un cielo brillantemente azul adornado de estrellas, arrulló el descanso de estos hombres valientes.

CONTINÚA…

 

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