ABRIENDO CAMINO (Sexta parte)

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SÉPTIMO DÍA (1 de noviembre de 1925).

Aquella mañana, un silencio religioso y sobrecogedor se apoderó de los aventureros. En la mente de cada uno de ellos bullía el recuerdo de los seres queridos que los habían dejado. Madres, abuelos, hermanos, amigos; imágenes y recuerdos de los que habían partido, nublaron los ojos de los osados aventureros. Don Teobaldo conocedor del alma de nuestra gente, se dirigió a los hombres que compungidos rodeaban la fogata que aviva el desayuno y les dijo:

–Yo sé que este momento han recordado a los seres más amados y sufren por no poder ir a dejar una oración y una flor en sus tumbas. La oración la diremos aquí y las flores con nuestras lágrimas y nuestro triunfo se las llevaremos a nuestro retorno. Acompáñenme a rezar.

Reanimados con las oraciones desayunaron con el acostumbrado brillo en sus ojos y a las ocho de la mañana siguieron avanzando. Superando un corto trecho de homogéneo piso tropezaron con gigantescas rocas que constituían un verdadero escollo para la marcha. Tuvieron que utilizar dinamita para volarlas. Fueron varias explosiones que retumbaron en la silenciosa pampa. Vencida la dificultad, descendieron por un estrecho desfiladero en el que tuvieron que utilizar sogas y pértigas para controlar el empinado descenso. Mucho se esforzaron para hacer llegar el carro a un rellano terroso. Aquí almorzaron. Era ya el mediodía y amenazantes cerrazones cubrían el cielo.

Inmediatamente después de terminada la pascana avanzaron por un terreno más plano y menos abrupto; a las tres de la tarde llegaron exhaustos a Tambo Navarro. En ese momento el cielo se desencapotó en una lluvia torrencial iluminado de rayos, truenos y relámpagos.

Descansaban rendidos en unos establos de “El Tambo”, cuando montado sobre una briosa mula y acompañado de un guía, llegaba -empapado y cansado- don Santos Cuadrado y Pérez. !!Qué alegría la de aquella gente!! Abrazos y risas, preguntas y comentarios, en tanto afuera la furia de la tormenta trazaba garabatos de luz en el cielo rebelde.

La conversación es amena y cordial. Don Santos ha sacado de sus alforjas, dos botellas de cognac francés y brinda con todos. Después de media hora de diluvio el cielo  se tranquiliza por lo que deciden seguir adelante.

Habían avanzado un largo trecho y siendo la siete de la noche –faltando un kilómetro para llegar a Culluhuay- se topan con numerosas rocas que les impide llegar al pueblo. Ante tamaña dificultad, dejaron aquí algunos hombres para que cuidaran el carro y a pie arribaron a Culluhuay donde la gente amable y buena les esperaba.

Aquella noche, después de una cena reparadora,  se durmieron.

OCTAVO DÍA (2 de noviembre de 1925).

Con el  entusiasmo al tope y renovadas energías afrontaron la tarea desde las seis de la mañana. Los dos kilómetros que faltaban para llegar al pueblo eran sin lugar a dudas los más difíciles del recorrido. Tuvieron que volar varias rocas y, al promediarse el mediodía, llegaron al río que cruzaron haciendo una verdadera proeza de equilibrio y valor.

Por fin, a los dos y quince de la tarde, el FORD T entraba triunfante en Culluhuay y en medio de las aclamaciones del pueblo y el repique de triunfantes campanas. Los niños que habían hecho calle con banderas y flores fueron desfilando delante de los valientes expedicionarios cerreños colocando los ramos sobre la capota del coche. Al poco rato, el vehículo casi desaparecía sepultado por el peso de las flores y las cadenetas. !!Qué emoción!!, nuestros raidistas estaban triunfantes y sonrientes al lado del coche.

El corazón, galopante, les latía frenético y emocionado. En ese instante de alegría ocurre algo realmente conmovedor. Una anciana de blanquísimos cabellos y apergaminado rostro, se abre paso entre la muchedumbre y conducida por sus nietos, llega hasta don Manuel Oyárzabal y le hace entrega de un hermosísimo ramo de rosas rojas y, con su voz cansada pero tierna, dice:

–Ahora sí, puedo morirme. Ya conozco el automóvil y ustedes me lo han traído…!!Que Dios los bendiga!!…

La gente aplaudió enternecida cuando la viejecita de 110 años de edad –la más anciana del pueblo- besó las manos de los valientes peregrinos.

Después de este extraordinario acontecimiento que conmovió a todos, las autoridades invitaron a presenciar una ceremonia en el patio de la escuela. Hubo poemas, canciones, danzas, discursos y regalos. La sesión se cerró con un almuerzo opíparo, salpimentado de generoso pisco puro.

Esa tarde soleada y abrigada como pocas, un grupo de núbiles y hermosas culluhayinas invitaron a pasear por sus huertos y jardines a los jóvenes de la aventura. Sólo don Manuel y don Teobaldo quedaron para platicar con el cura, autoridades y don Santos Cuadrado y Pérez que ahora se encontraba más feliz que nunca.

Llegada la noche y después de espléndida cena, bajo la patriarcal mirada de los viejos del poblado, los emocionados excursionistas bailaron lánguidos y románticos valses con las chicas más bellas del pueblo.

Cercana la medianoche, y muy agradecidos, se retiraron a descansar. Esa noche jamás la olvidarían.

NOVENO DÍA (3 de noviembre de 1925).

La mañana templada del 3 de noviembre todo el pueblo de Culluhuay asistió a la misa que el anciano y rubicundo sacerdote del lugar dijo por la salud de los expedicionarios y por el éxito de la empresa.

Terminados los servicios se sirvió el chocolate con panecillos calientes hechos por las “Hijas de María”. Todo transcurrió en un ambiente de franca cordialidad. A las ocho de la mañana, más contento que nunca, don Santos Cuadrado y Pérez continuó viaje para informar a la comisión de esta parte de la aventura. A esa misma hora, pero por rumbo distinto, la delegación siguió adelante, siempre escoltados por 45 culluhuayinos que ya se sentían miembros natos de la empresa. Esta vez el camino no era tan difícil como antes. El carro avanzaba lentamente y cuando encontraba alguna dificultad, inmediatamente era vencida por los hombres.

Después del almuerzo continuaron avanzando y, al promediar las seis de la tarde, llegaban a la comunidad de Huacos, donde contrariamente a lo que había ocurrido antes, nadie salió a recibirlos. En este lugar los culluhuayinos se despidieron y retornaron a su pueblo.

Esa noche, los expedicionarios levantaron su carpa sobre el río Chillón y adormecidos por el suave discurrir de las aguas, se durmieron plácidamente.

DÉCIMO DÍA (4 de noviembre de 1925).

Este décimo día, después del reforzado desayuno, comenzaron a marchar por una pendiente muy pronunciada. Tuvieron que utilizar todas sus fuerzas e ingenio para avanzar. Esta vez, el problema no era empujar, sino sostener el carro para que no rodara pendiente abajo. El uso de piedras grandes como cuñas, facilitó la tarea.

En el transcurso de aquella mañana, se tuvo que realizar cinco explosiones para dejar expedito el camino. Al mediodía se había vencido la agreste peñolería y aprovechando de un pequeño rellano, se sentaron a almorzar; pero en el momento en que iban a abrir sus paquetes, un nutrido número de comuneros de Huacos les daba alcance, trayéndoles un reconfortante y nutritivo almuerzo.

Después de la reparadora pascana, nuevamente atacaron la empresa, esta vez ayudados por los huacosinos. La ayuda de estos hombres fue providencial porque sus acerados brazos sirvieron como frenos adicionales para el descenso del carro. Cuando ya se cerraba la noche llegaron hasta una pequeña explanada llamada Gusguchuyoc. Aquí los amables huacosinos decidieron retornar a su comunidad y, después de despedirse con efusivos abrazos, partieron.

A sólo 4 kilómetros de Canta ya podía sentirse el cálido ambiente de su clima y el fresco aroma de sus campos. Con el fin de recuperar fuerzas, hicieron hervir agua y prepararon una cena frugal, después de la cual se durmieron rendidos bajo los cerros.

DÉCIMO PRIMER DÍA (5 de noviembre de 1925).

El entusiasmo que generaba la clara mañana, se acrecentó con las caricias del abrigado clima lugareño, el oxigenado ambiente del paisaje y el saber cercano al cálido pueblo canteño.

Después de las oraciones cotidianas y el parco desayuno, acometieron las tareas de avance con renovadas fuerzas. A poco de iniciar la marcha, tropezaron con unas rocas gigantescas que les impedía el paso. Tuvieron que ser voladas en medio de atronadoras explosiones. No pasó mucho tiempo cuando gran cantidad de gente canteña salió a darles alcance brindándoles oportuna ayuda. El trabajo era verdaderamente rudo, sin embargo, con la ayuda de los canteños, avanzaron lenta pero seguramente.

Llegada la hora oportuna, las autoridades brindaron un espléndido almuerzo a los raidistas. Aprovechando la luminosidad del día, todos los allí presentes, se sentaron a degustar un abundante y sustancioso locro de habas, en cuyo espeso y oscuro caldo, grandes trozos de carne sobresalían apetitosos. Para finalizar, sirvieron unos tiernos cabritos asados deliciosos. En esta mesa amical, no faltó el puro de Ica.

Ya se estaba viviendo un ambiente de fiesta.

Luego del almuerzo y, tras vencer muchas dificultades, asomaron detrás de una loma alta, de donde divisaron Obrajillo, Canta, Pariamarca y San Miguel. Esta extraordinaria visión les llenó de emoción, renovándoles las fuerzas. Descendieron y, a las cinco y treinta de la tarde entraban en el acogedor y simpático pueblo de Canta que, con sus locas campanas, aplausos y vítores, daban la bienvenida a los paladines de la aventura.

!!!Que viva el Cerro de Pasco!!…!!!Que vivan los cerreños!!!- gritaban sus gentes.

Las luminosas calles canteñas eran ríos de vida que discurrían animados de bulliciosos colores.

Acompañados de las autoridades del pueblo, entraron en el bullanguero Canta, cuyas gentes apasionadas los aclamaban y aplaudían vivamente.

Llegados a la plaza principal las autoridades y personas notables comenzaron a desfilar una a una, abrazando y dando la bienvenida a los cerreños. Las guapas canteñas habían confeccionado una banda de seda de diversos colores que, una a una, fueron colocando a nuestros triunfadores. Chicas del María Parado de Bellido y Juana de Arco, vestidas con sus mejores galas y sus hermosos tocados, arrojaban flores a los raidistas que agradecían con las manos en alto. A pedido de las autoridades el heroico FORD dio varias vueltas por las calles de Canta.

Más tarde, en el salón de actos del Concejo Provincial, se realizó una emotiva ceremonia en la que el alcalde analizó la trascendencia de la cruzada cerreña y la heroicidad de la travesía. Por disposición de los jefes de expedición, Gamaniel Blanco Murillo, agradeció con frases muy hermosas y conceptuales al amable pueblo de Canta, alabando su ejemplar espíritu de colaboración y su remarcada hospitalidad.

En el banquete que se sirvió más tarde, hubo frases elogiosas para los riadistas. Después de la tertulia, y cercana la medianoche, los se retiraron en medio de cariñosos aplausos.

DUODÉCIMO DÍA (6 de noviembre de 1925).

Aquella mañana del seis de noviembre, cuando el canto del gallo y el trino de las aves anunciaban el nuevo día, un grupo de bondadosas matronas sorprendieron a nuestros aventureros con un ponche sustancioso y panecillos recién salidos del horno.

Agradecidos y restituidos del cansancio, nuestros hombres se despidieron de aquellas caritativas gentes y luego enrumbaron por el lado norte en compañía de algunos hombres del fundo Santa Rosa.

Al promediar el mediodía llegaron a Santa Rosa, donde el gentil dueño del fundo, don Primitivo Grados, les colmó de atenciones. Cuando quisieron seguir adelante después del almuerzo, una lluvia torrencial se desató sobre el lugar por lo que don Primitivo les impidió seguir adelante.

Como la lluvia continuaba y, cerraba la noche, decidieron pernoctar en el fundo.

CONTINÚA……

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