ABRIENDO CAMINO (Séptima parte)

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En la ciudad de Canta, los expedicionarios acompañados de ciudadanos del lugar. Habían cubierto la mitad de la ruta. Cuando llegaron a Lima, recibieron el homenaje de las autoridades y directivos del Touring Automóvil Club Peruano que les otorgaron sendas medallas de oro y bolsas de monedas de oro. Otro tanto hizo nuestro pueblo. Pasados unos días, la ciudad se conmocionó con la muerte de don Santos Cuadrado y Pérez. En su homenaje continuaron con empeño y, el 20 de octubre de 1932, se inauguraba la carretera del Cerro de Pasco a Lima por la vía Canta. El sueño de un gran pionero se había cumplido ampliamente.

DÉCIMO TERCER DÍA (7 de noviembre de 1925).

Desde las primeras horas de la mañana, después del consabido desayuno y la correspondiente despedida de su amable  anfitrión, don Primitivo Grados, animados y llenos de entusiasmo, emprendieron la jornada con mucha fe.

Tras descender un buen tramo desde Santa Rosa, y a la vera del río Chillón, encontraron una planicie algo accidentada, que les presentó dificultades que fueron vencidas con mucho esmero.

Luego del almuerzo prosiguieron con la tarea hasta finalizar el espacio más o menos plano que había superado, para llegar a una rampa fragosa cubierta de varios accidentes y rocas. No había nada que hacer. Era el único tramo para poder continuar adelante.

En todo el trayecto no habían hallado tan numerosas y variadas dificultades para el avance.

Al promediar las seis de la tarde y cuando la oscuridad invadía el valle, se vieron frente a un peligroso desfiladero que aunque corto, tenía una pendiente tan pronunciada que se vieron obligados a enfrentar, ya que de no hacerlo, se habrían quedado en una situación desairada y peligrosa. Acometieron la empresa y durante una hora estuvieron bregando con el arriesgado precipicio. Estaban ya por zafar del abismo cuando, por la presión del peso, reventaron las sogas y, el bulto conteniendo los alimentos, cayó desde esas alturas hasta las aguas del Chillón, perdiéndose todo su contenido. El momento no era para ponerse a rescatar nada, ni para intentarlo. Ninguno de los hombres podía soltar las amarras del carro que, de hacerlo, el vehículo se habría estrellado irremisiblemente contra las aguas.

Cuando vencieron el abismo, pudieron comprobar que sólo las herramientas y las medicinas se habían salvado. La guitarra, la imagen del Señor de los Milagros y los licores también estaban a salvo. Menos los alimentos.

Encendieron las cuatro lámparas para ayudar a los faros del carro y siguieron avanzando hasta llegar a una explanada donde estaban unas seis o siete casitas. Con menos esfuerzo siguieron bajando la pendiente hasta llegar al escaso poblado, que a manera de una aldehuela de pastores se levantaba en el lugar. Se llamaba Huagra.

En este lugar los habitantes –entre sorprendidos y asustados- apenas si asomaban sus caras torvas y mezquinas por las puertas entre abiertas. Sólo los perros en una inmisericorde sinfonía de ladridos rodeaban a los aventureros. Vanas fueron las gestiones para que les vendieran algo de comer. Los lugareños les contestaban que era de noche y que no era conveniente hacer venta a esa hora. Era de mal agüero. No se pudo vencer esta resistencia. Ni agua les dieron.

Acuciados por el hambre y el cansancio se durmieron a orillas del río, en medio del quieto perfume de la noche.

DECIMO CUARTO DÍA (8 de noviembre de 1925).

Aquel fue el más difícil y negro de todo el recorrido. Llegada la madrugada, los hombres se pusieron de pie y, hambrientos pidieron a los habitantes de Huagra que les vendieron algunos alimentos, lo único que les alcanzaron fue cancha y agua.

Como alejándose de una dolorosa pesadilla, los hombres se apresuraron a reemprender la marcha.

Pronto, como el día anterior, las dificultades se hicieron más visibles, la abrupta peñolería de cortes, abismos y roquedales, presentaba una perspectiva difícil y fragosa; sin embargo, así famélicos como estaban, arrastraron con valentía la empresa del avance.

Uno tras otro, los obstáculos quedaron atrás, gracias al empuje de aquellos invictos aventureros que, insuflados los pulmones del límpido oxígeno del Chillón, renovaban esfuerzos nutridos por el entusiasmo. Por fin al borde de las cinco de la tarde y sin probar alimentos llegaban al Pasaje del Diablo. Un pronunciado y abismal cañón que bien merecía ese nombre. Desde allí y ya con la noche encima avanzaron penosamente iluminados por sus faroles hasta el campamento de Pacrón, en donde fueron recibidos por un puñado de obreros. Estos, cariñosos y admirados, les brindaron una abundante cena que los raidistas consumieron como si fueran unos hambrientos escolares. Más tarde, verdaderamente rendidos, se acunaron en sus pellejos y cobijas y se durmieron como niños.

DÉCIMO QUINTO DÍA (9 de noviembre de 1925).

El descanso reparador y los alimentos ingeridos el día anterior habían tenido el sortilegio de renovar sus fuerzas y alimentar sus espíritus. No era para menos. Dieciséis días ausentes del hogar en los que la fatiga y el trabajo habían avivado el recuerdo y las nostalgias; tan sólo saber que la meta estaba cercana, les impulsaba a seguir adelante.

Desde el comienzo de la jornada advirtieron que se encontraban en la parte más escabrosa del recorrido. Es así que no obstante el gran esfuerzo desplegado avanzó sólo novecientos metros. A las ocho de la noche llegaban al borde de un gran abismo. Estaban al borde del Gran Pacrón. Cuatrocientos metros más allá, superando el abismo, estaba el inicio de la carretera hacia Lima.

Alborozados, aunque cansados, se durmieron aquella noche.

DÉCIMO SEXTO DÍA (10 de noviembre de 1925).

En cuanto amaneció se levantaron plenos de frenesí soñando con la culminación de la empresa.

Luego de desayunar, salieron a contemplar el Gran Pacrón. Querían medir y observar al rival con el que debían enfrentarse. A llegar al borde, se estremecieron. Realmente era un abismo terrible. Las paredes del despeñadero estaban cortadas verticalmente y, por el borde monolítico, a manera de una repisa, un trecho muy delgado; por el lado norte apenas si habían conseguido abrir una trocha en la dura y gigantesca roca del cerro, por donde ajustadamente podía pasar un hombre. Imposible que pasara el carro por sus propios medios. Estaban en esta contemplación cuando recibieron la visita de Rosendo Icochea, ingeniero encargado de la construcción de la carretera Lima-Canta.

  • ¡Yo creo que hasta aquí llegó la osadía, señores! Ningún vehículo puede pasar al otro lado, sólo lo pueden hacer los hombres y con gran dificultad. De esa manera es como trabajamos. Este abismo tiene cuatrocientos metros de luz y va a pasar mucho tiempo para que empalmemos ambos extremos, mediante un puente.

Cualquiera se habría desanimado ante aquella afirmación del técnico, pero sabedores de que éste era uno de los ingenieros que había afirmado que trazar una carretera por estos andurriales era una misión imposible, encrespó el orgullo cerreño.

–! Nosotros lo pasaremos! –dijo resueltamente don Teobaldo Salinas.

–!Así es! –reforzó don Manuel Oyarzábal- sólo préstenos las herramientas necesarias y los hombres indispensables para hacerlo. !Nosotros pasaremos el carro por el abismo!!.

—Lo que deseen está a sus órdenes –aceptó el ingeniero con un dejo de incredulidad.

Dos horas pasaron los aventureros en estudiar el terreno y las posibilidades. Terminadas éstas, acometieron la hazaña.

Sujetaron un cable y sogas al carro despojado previamente de su carga; sólo don Teobaldo Salinas y Juan Manuel Beloglio iban dentro para conducirlo, con una rueda delantera y otra trasera en tierra, ya que las otras estarían en el vacío.

Audaz fue la empresa, durante siete horas y media, los hombres emprendedores y empeñosos, rompiendo el silencio del lugar, con sus gritos acompasados y broncos, desafiaban las leyes de las posibilidades. Con el vehículo muchas veces colgado del precipicio, se cumplió con la hazaña increíble. A las siete y treinta de la noche habían logrado salvar aquel abismo. La oscuridad de la noche le impidió ver a Icochea las varoniles lágrimas de triunfo en los ojos de don Teobaldo Salinas y de Juan Manuel Beloglio que se abrazaron fuertemente con gesto de triunfadores, como padre e hijo. Inmediatamente todos los hombres de la empresa se sumaron victoriosos. Habían realizado una tarea que parecía imposible.

Aquella noche, la luna canteña se conmovió cuando don Manuel Oyarzábal, con la voz quebrada por la emoción y orgullo, cantaba la hermosa muliza de la Columna Pasco. Iluminados de triunfo y encendidos de esperanza, se durmieron plácidamente.

 CONTINÚA……

 

 

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