LA BATALLA DEL CERRO DE PASCO (6 de diciembre de 1820) (Primera parte)

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Mapa de la batalla de Pasco, 6 de diciembre de 1820

Jurada la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata el 9 de julio de 1816, quedaba sellada definitivamente la libertad de la República Argentina, único lugar donde   consiguió triunfar la lucha independentista; en todo el resto de la América Española los realistas habían logrado sofocar la insurrección. Pero si la revolución Argentina no tenía enemigos dentro de sus fronteras, dos poderosos ejércitos realistas la amenazaban: uno de Chile y otro desde el Perú. San Martín había percibido claramente esta amenaza para su patria y sostenía que el poder realista terminaría una vez que todos los españoles hubieran sido arrojados del territorio americano. No antes. Por otro lado, persuadido que no podría llegar al Perú coronando la meseta del Titicaca, como todos esperaban, cruzaría los Andes, llegaría a Chile, y después de libertarlo, pasaría por vía marítima al Perú para hacer lo mismo.

Así lo hizo.

Después de cruzar los Andes en odisea inigualable, invade la Capitanía General de Chile, y el 12 de febrero de 1817 derrota a las fuerzas realistas en la célebre batalla de Chacabuco. Al cumplirse el primer aniversario de aquella batalla -12 de febrero de 1818- jura solemnemente la independencia de Chile. El ejercito realista que quedaba en este territorio decide enfrentarse a las fuerzas patriotas en la Batalla de Maipú, el cinco de abril de 1818. En la contienda triunfa el Ejercito de los Andes y, arroja definitivamente a los españoles del territorio Chileno.

El 19 de agosto de 1820, zarpa de Valparaíso hacia el Perú y, al amanecer del 8 de septiembre, desembarca en la bahía de Pisco. Posesionado de este lugar, San Martín decide destacar una columna volante al interior del país para que, simultáneamente a una marcha de circunvalación, despertase el espíritu revolucionario en las provincias; que en cada escenario, reconociera la ciudad y se diese cuenta de sus recursos y ventajas militares; que efectuase una atinada división para que las fuerzas situadas a la distancia concurriesen a engrosar al ejercito de Lima; desconcertara de este modo los planes del enemigo ocultando los propios; y por último, buscase la integración con el grueso del ejercito por el norte destruyendo las tropas que encontrara a su paso. El jefe indiscutible de esta empresa no podía ser otro que el General Juan Antonio Álvarez de Arenales. Sus notables cualidades de mando, su experiencia en la guerra de montaña y la popularidad de su nombre en el Alto Perú, lo señalaban de antemano.

San Martín le ordena atacar sin pérdida de tiempo a la división enemiga que el Virrey había destacado sobre Pisco para replegarse luego a Ica. Ejecutada esta operación, penetrar en la sierra, posesionarse de Huancavelica y Huamanga, dirigirse inmediatamente a Jauja y establecer allí el cuartel general de la división. Debería fomentar la independencia en todas las provincias inmediatas y cubriendo todas las avenidas de la sierra hacia Lima, avanzar un destacamento hasta Tarma. Por último se le recomendaba mucha humanidad para con los enemigos de la independencia y para con los españoles europeos.

La división expedicionaria se componía de los Batallones Números 11 de “Los Andes” y el 2 de Chile, al mando del Mayor argentino Ramón Antonio Deheza y el Teniente chileno Santiago Aldunate, respectivamente; dos piquetes de granaderos a caballo y, cazadores a caballo, formando un escuadrón bajo las ordenes del Mayor argentino Juan Lavalle y el Teniente paraguayo Vicente Suárez y, dos piezas de cañones y 25 artilleros al mando del Capitán Hilario Cabrera. Fue nombrado jefe del Estado Mayor, el teniente coronel argentino, Manuel Rojas.

El 4 de octubre, sale Arenales de Caucato y atravesando los agresivos arenales, hace su ingreso triunfal en la ciudad de Ica el 6 de octubre. El pueblo presidido por su Cabildo, sus autoridades civiles y eclesiásticas, se vuelcan a las calles a vitorear al Ejercito Patriota. El 21 del mismo mes, contando con el apoyo del pueblo y por disposición de Arenales, el Alcalde de la ciudad, Juan José Salas, jura la independencia de Ica. Aquel mismo día, continuó su viaje a la sierra, dejando al cuidado de la ciudad al Mayor Félix Aldao. En la ruta a Huancavelica, los campesinos del lugar saludan al ejército patriota con aclamaciones, tamboriles y quenas.

El 31 de octubre de 1820, llegan a Huamanga, siendo objeto de un  recibimiento mucho más apoteósico que el de Ica y Huancavelica. La jura de su independencia se realiza días más tarde, con Te Deum, parada militar, repique de campanas, bailes populares y demás manifestaciones de contento ciudadano. De Huamanga, parte a Huanta el 6 de noviembre. Siguió por Tayacaja a Huancayo. Desde allí ordenó la persecución del intendente de Huancavelica que huía por Jauja. De Jauja manda al comandante Rojas en el Batallón No 2 para que ocupe Tarma. Se apoderan de aquella ciudad el 23 de noviembre, con el apoyo de Francisco de Paula Otero, tomando un buen parque de armas que pasa a manos de los montoneros. El 28 de noviembre, en marco de solemne celebración, se jura de independencia de Tarma

Hasta aquí no se había realizado una sola batalla importante, tan sólo ligeras escaramuzas. Una referencia puntual a las fechas de juramentación que antecedieron a la ciudad minera es la siguiente:

            En las Villas de Supe, Huarmey  y Casma, en 1919.

            En la ciudad de Ica, el 21 de octubre de 1820.

            En la ciudad de Huamanga, noviembre de 1820.

            En la ciudad de Huancayo, el 20 de noviembre de 1820, en ceremonia que se llevó a cabo en un tabladillo erigido en la Calle Real. Álvarez de Arenales que ese día había hecho su entrada triunfal presidió el acto. Los primeros que juraron fueron el coronel de milicias Marcelo Granados (ese día asumió el cargo de Gobernador), el Cura Coadjutor don Estanislao Márquez y el Escribano Juan de Dios Marticorena.

En la ciudad de Jauja, el 22 de noviembre de 1820.

            En la Villa de Huaura, el 27 de noviembre de 1820.

            En la ciudad de Tarma, el 29 de noviembre de 1820.

De Huancayo, Arenales, que había recibido vivas muestra de aprecio y adhesión de los pobladores  partió al Cerro de Pasco, escenario definitivo de la gloria.

 Era cercano el mediodía del 5 de diciembre de 1820 cuando las campanas de la Iglesia de la Villa de Pasco repicaban a rebato. Las gentes del pueblo sin amilanarse por la espesa nieve que cae, se han arremolinado en el ámbito de la plaza principal; abrigados con gruesos ponchos y sombreros de lana, presencian emocionados la llegada de los legendarios guerreros de la libertad. Los únicos que no están presentes, son los miembros de las Cajas Reales y otros funcionarios españoles; tampoco don Bernardo Valdizán, proveedor de mulas a los mineros españoles. Su hija, María Valdizán, ataviada con gruesa ropa de abrigo, sí está presente: quiere dar la bienvenida a los luchadores por la libertad. La nivosa mañana ha sido cortada por el piafar de las caballerías, las sonoras y enérgicas voces de mando, el sonido vivamente perceptible de las espuelas, el choque de las lanzas, de los sables, de los metálicos arneses.

-¡¡Bienvenido a la Villa de Pasco, señor!! –el Alcalde Mayor, el benemérito don Pedro José Castillo, seguido de los notables del pueblo, y un jefe guerrillero se han acercado ante el jefe del Ejercito Patriota, que acaba de desmontar. –Nos honramos con recibir a  usted y a los hombres que lo acompañan, mi general!!.

            – ¡Gracias, señor Alcalderesponde enérgico y firme el general Álvarez de Arenales, en tanto se quita la encarnada capa pluvial que está empapada de nieve y se lo entrega a su ordenanza- ¿Está todo previsto como lo pedimos con nuestro mensajero?…

– ¡Así es excelencia!… ¡Ya hemos dispuesto todo lo pertinente al alojamiento y  alimentación!.

– ¡Gracias señor Alcalde!. Como comprenderá, el viaje ha sido penoso y largo. Venimos desde el Valle del Mantaro, y necesito alimentación y adecuado alojamiento para mis hombres.

– ¡Ya mis alguaciles están mostrando a sus oficiales las cuadras donde debe alojarse la tropa, y para usted, hemos designado una casa particular que será su aposento especial!.

– ¡Gracias, muchas gracias, señor Alcalde!.

– Con todo nuestro respeto invito a su Excelencia nos honre asistiendo al almuerzo de bienvenida que le hemos preparado…

– ¡Estaré honrado!.

– Aguardaremos a usted y oficialidad a la una de la tarde en que se servirá  en la sala del Cabildo. La tropa recibirá su alimento en el amplio patio interior.

  • ¡Allí estaremos, gracias!.

Reunidos fraternalmente en la sala consistorial de la Villa, los notables del pueblo y los oficiales, degustaron de un sustanciosos caldo de cabeza de carnero, robustas papas y abundante ají. Luego sirvieron un apetitoso picante de cuyes que todos apuraron con excelente apetito. A la vista de unas gigantescas ranas con papas, el jefe de Estado mayor, Teniente Coronel Manuel Rojas, comentó a los oídos del General Álvarez de Arenales.

– Pero… ¿Pueden comer estos sapos horribles?

– Está escrito en la Biblia, que todo lo que vive y se mueve nos sirva de alimento…¿Por qué no estas deliciosas ranas?.

            – ¡Pero su aspecto es horrible!!.

            – ¡Así es!… pero nos las comeremos… ¡Usted primero!…

Continúa…

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MI BARRIO MISTI (Segunda parte)

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Lo cantábamos tantas veces y cada vez con más fuerza, hasta cansarnos. Era el esperanzado canto de una chiquillería bullanguera que esperaba el milagro que pedía. Después, cansados de implorar, pasábamos a jugar ¡Marca, sello, brujo, ladrón!, ¡Que pase el tren! O La Tienda, en la que se vendía diversa mercancía. El comprador era el Diablo. Una que otra vez, cuando veíamos llegar al “Tío Santiago Valdizán”, lo rodeábamos y le pedíamos que nos contara cuentos. Cuando aceptaba, conformábamos un corro tan unido no sólo por el frío, sino por el tétrico relato que nos tenía en vilo. Sentado enfrente de nosotros, con su bastón venido a menos y sus ojos claros, sanguinolentos y lacrimosos, iniciaba el relato de cuentos, leyendas, casos y, sobre todo, historias misteriosas de aparecidos y condenados; de muertos en vida que deambulaban en noches como ésa, arrastrando, penitentes, largas y pesadas cadenas. Nadie se movía. El terror nos tenía inmóviles. ¡Qué arte el del tío Santiago! Nunca he escuchado a quien lo supere en ese arte extraordinario y olvidado de la narración. Terminadas sus historias el viejito se retiraba dejándonos sumidos en silencio sobrecogedor del que nadie quería desprenderse. Teníamos que acompañar a las mujercitas a sus casas. Estaban muertas de miedo

Adiós volcán de Arequipa,

tronco de todas sus ramas,

ya se va tu hijo querido,

nacido de tus entrañas.

 

Por tus caminos tan lejos

sabe Dios dónde iré a dar,

pero voy con el deseo

de volver si no me muero.

 

Cuando nos fuimos al muelle,

en conversación los dos,

allí fueron los lamentos,

donde yo te dije adiós.

Al centro del barrio,  la vieja casona de los Arauco, rezago de tiempos mejores, confinada por tapiales carcomidos de años, ostentando su pasado señorío en el inmenso portalón de madera labrada, tachonado de poderosos remaches de bronce y casi inválidos goznes que, al abrirse, gruñían su protesta de años. Espaciosos corrales donde los viajeros encargaban sus acémilas y, en tiempos pasados, depósito de poderosas mulas para el trabajo minero. “El Misti” a comienzos del siglo pasado, fue una de las fundiciones más importantes de la ciudad, con numerosos obreros, vascos, italianos, arequipeños y chalacos, preferentemente. Su propietario, el vasco Sebastián Arauco Bermúdez. El auge que alcanzó la Cerro de Pasco Mining Company con la instalación del cercano centro metalúrgico de Smelter, lo avasalló, haciéndolo desaparecer.

Ya no te han de ver mis ojos,

ya no te han de ver jamás,

porque pienso retirarme,

porque pienso retirarme.

 

Mañana al abrir mi fosa,

muerto de velos tendido,

en mis huesos hallarás,

señas de haberte querido.

Guitarra arequipeña, encordada de penas, revestida de encantos, ¡Cuántas noches lograste enlazar el reencuentro con el lejano mundo de la infancia mastiena! ¡Cuántas noches dormiste acariciada y tierna por el dulce relente y amaneciste pura, temblando de rocío en estas altas cumbres!

Numerosas familias arequipeñas llegaron siguiendo la veleta de su aventura. Aquí encontraron fraternal asilo. Aquí se cobijaron characatos nobles como “Pancho” Valdivia, José Luis Morosini, el “Coro” Valencia, los hermanos Meneses, Ureta, Iribarren…

Pronto su predios vieron llegar no sólo a arequipeños de soleadas campiñas, sino también chalacos que del puerto subían empeñosos y ciertos que aquí encontrarían refugio cariñoso. ¡Chalacos hablantines! ¡Chalacos querendones! Hombres que nos dejaron hermosas remembranzas. Así, un día llegó a mi barrio, el arquetipo del fútbol naciente del Perú: el gran Telmo Carbajo; pequeño pero ilustre; sencillo, pero noble. Su estada en nuestra tierra sembró semillas dulces de fútbol de leyenda, cuando con la azulada enseña ferroviaria, bordó mil arabescos en los campos de juego. También aquí vivió otro gran chalaco a cuya iniciativa nace el “Unión Railway”, don Humberto Galantini. ¡Quién podrá olvidar a otro gran porteño, atleta y futbolista, bateador y pesista, que con su gran ternura izó la azul divisa a nubes de la historia: Álvaro Linderman! Cómo olvidar tampoco al italiano amable, al buen napolitano que, vendiendo spaghetti, fetuchini y ravioles, tenía encantado la barrio, el buen Nicolo Rossi.

Fue en este mi barrio que, una tarde de junio, todo el oro del mundo se fundió en las camisetas, brillantes y amarillas del gran SPORT IDEAL, estrella fulgente del Olimpo del fútbol de mi tierra.

Los años fueron transcurriendo inexorablemente. Nuestra niñez trocóse en juventud. En el ínterin llegaron más familias a aposentarse en el Misti: Espíritu, Arzapalo, Dávila, Ramos, Vera, Porras, Vargas, Pérez, Romero, Gudiño; Acero, Meza, Rivera…

Hubo un tiempo feliz que yo te amaba

con la loca ilusión de mis quince años

y en silencio feliz yo alimentaba

vago temor de amargos desengaños.

 

En mi mente, acariciaba un sueño de ángel

¡Oh, suerte fatal, ¡Oh! Cruel destino!.

En vez de la sonrisa de un arcángel

sólo encontré el puñal de un asesino.

 

Si quieres olvidar, olvida;

que el olvido es un bien pal alma ingrata

cuando se encuentra la conciencia herida

por un recuerdo que devora y mata.

 

Adiós, adiós, ya todo se ha acabado

sepulta el amor que hemos tenido

en la lóbrega tumba del pasado

cubierta con la loza del olvido

 ¡¡Cuánta Vida!! …¡¡Cuánta gente!!. ¡¡Cómo han ido transcurriendo los años!

A veces creo que en la noches de luna, cuando croan los sapos en el viejo “oconal”, se escucharán estremecidos yaravíes que han quedado prendidos en nuestra memorias, como en los viejos tiempos; o fantasmagóricos gritos de chiquillería ida, conmoverá el recuerdo de épocas pasadas; y en un rincón cualquiera, un hombre acongojado que lleva en sus cabellos el polvo de la vida, enjugará muy triste, dos gruesos lagrimones.

 

F I N

 

MI BARRIO MISTI (primera parte)

Antes de evocar pasados tiempos de mi barrio, estremecido de dolor, acabo de enterarme por comunicación de su hija Gloria –excelente deportista y gran profesional- que mi amigo del alma, Jorge Arellano, ha muerto hace un año. Ignoraba esta dolorosa noticia. Las veces que nos encontramos aquí en Lima, servía para rememorar pasadas vivencias. Ahora que nos ha dejado, elevó mis oraciones para que el Supremo le otorgue el merecido descanso eterno al que tiene derecho y conceda serenidad y comprensión a sus familiares.

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Mi barrio estaba ubicado en un promontorio cenizo con encaladas casitas que formaban -a manera de plaza- un gran hemiciclo. Más allá, Bellavista, residencia de los gringos de la “Mining”. Por el este, se comunicaba con el resto del poblado mediante un puente de piedra por donde discurrían las aguas de  puquiales enclavados en las estribaciones de los cerros; por el oeste, con un camino que conducía a Quiulacocha; por el norte, con una pendiente que descendía hasta al borde del “Oconal”, rezago de la desecada laguna de “Lilicocha”. Por las lluvias persistentes del invierno quedaba convertido en cenagoso pantanal donde croaban los sapos a toda hora del día; de mayo a setiembre se secaba y, en sus verdes extensiones, la chiquillería  del Misti, Buenos Aires, la “Docena” y “Excelsior”, efectuábamos reñidos partidos de fútbol.

Partido de niños, competencia de barrio; alegría infinita en la infantil escuadra. Dos rivales frente a frente: el Misti versus Buenos Aires.

 El Misti, con “Fonseca” en el arco; “Sapo” Oscar; “Lerofú” Rivera, “Rapacho” Espíritu y “Peyo” O´Connor, en la defensa extrema. En la línea media, “Chancho” Julián y Raúl “Tractor” Dávila. Adelante, una escuadra imparable: “Champi” Arauco, en la punta derecha; “Juañico” Espíritu, de interior; “Cushuro” al centro; Miguel “Pecas” Dávila, de interior izquierdo y, Jorge Arellano, de puntero izquierdo. ¡Qué equipo!.

 Chiquillería loca enmarcando el partido.

 ¡¡¡Vamos, “Cushuro” avanza!! …¡¡¡Dásela al Pecas!!!… ¡Así!…¡Dispara, “Pecas”, ¡dispara!!!… ¡¡¡Goooooooooooool…..!!!!.

Terminado el partido nos sentábamos al borde del puente para comentar como cotorras lo acontecido en el campo. Más tarde, ya silenciosos y cansados, contemplábamos la magia del atardecer. Mudos, estáticos, admirados. Encanto único que nunca he podido olvidar. Veíamos cómo, el añil del cielo, al tornarse zarco con el avance del tiempo, hacia enmudecer a los pajarillos, gacharrancas, piwichos, jilgueros, ayagchiuchis, culipchulins, pitos, sumiendo al paisaje en sobrecogedor silencio helado; las nubes cerúleas arrebolándose por el reflejo de las nieves perpetuas, producían una gradación de tonos que iban sepultándose en el horizonte, a medida que el sol avanzaba.  Los gualdos se encendían alimonados y, en juego misterioso de luces, pasaban del jalde al pajizo y, al oscurecerse, se doraban en áureos reverberos; los glaucos, en asombroso cambio de verdes se jaspeaban en tonos iridiscentes con lilas, naranjas, melados, habanos, granadas y escarlatas; el rojo en todas sus gradaciones iba cambiando desde el débil carmesí, vadeando por el múrice, hasta encenderse en un punzó agresivo que ensangrentaba el horizonte. En ese momento, el disco encarnado como hostia de fuego -magnífico, enorme y rendido- recostaba su cansancio entre las nieves que lo engullían, cubriendo de sombras la soledad. Había llegado la noche.

Soy forastero y sin padres

 y huérfano sin familia,

no he conocido a mis padres,

¡Qué tal desgracia la mía!.

 

Si algún día yo llegara

a la puerta de mis padres,

yo me hincaría a mi madre

para que me perdonara.

 

Así lo encaro a ustedes:

no paguen mal a su madre;

después del Eterno Padre,

ella es el último abrigo.

La añoranza de carrilanos, brequeros, maquinistas, controladores de la Railway Company -todos arequipeños- grandes guitarristas, cantantes y serenateros, lo bautizó: “Misti”, en homenaje al legendario volcán sureño. Aquí residía también buena cuota de italianos: Agostini, Falconí, Demarini, Rossi, Morosini, Pedreschi, Galantini, Ferrari; también muchísimos chalacos: “Pancho” Valdivia; Narciso Valencia –en su momento destacado boxeador-; los hermanos Meneses; “El león de la sierra”, insigne “faite” de aquellos toempos, y muchísimos chalacos más; en 1920 –por ejemplo- vivió aquí dos años el capitán de las selecciones de fútbol del Perú de aquellos tiempos: Telmo Carbajo, que inscrito en el legendario “Sport Unión Railway”, dejó imborrables recuerdos.

Ya empieza el pecho a sufrir,

 ¡Ay! Dulce prenda querida,

ya se acerca la partida,

yo ya vengo a despedirme.

Ya que me voy y te dejo,                           Escucha pues mi quebranto,

sólo un cariño te pido:                              cara dueña de mi amor,

que jamás tomes el agua,                         ya se va tu adorador

de la fuente del olvido.                              Ya e va quien te amó tanto

 

Si tu corazón sincero                                 Ya que la suerte ha querido

siente mi separación,                                que me separe de ti,

¿Cuál será pues mi aflicción                    dame tus brazos bien mío,

al dejar lo que más quiero?                      toma los míos y adiós.

Desde la explanada del barrio se podía contemplar el pujante centro minero, “La Docena”, administrado en  tiempos mejores por el ingeniero Héctor Escardó que, entre la segunda y tercera décadas del siglo pasado, se convirtió en brillante Alcalde primero, destacado parlamentario después, y notable Ministro de Fomento y Obras Públicas, finalmente. Un poco más allá, otra mina: “Excelsior”, con su enorme castillo metálico y ascensor de hierro, que subía y bajaba diligente masa minera e inacabable ringla de coches repletos de metal. A un costado, la cárcel, toda de piedra, una de las más inhumanas mazmorras del mundo, cubierta por melladas calaminas que parecían coladeras; una nevera donde los presos tiritaban ateridos a toda hora, especialmente cuando llovía y las aguas discurrían por el piso inundándolo todo. En una de sus paredes de piedra, algún preso filósofo y poeta escribió con un agudo punzón:

Cárcel del Cerro de Pasco,

de piedras, de cal y canto,

donde se amansan los bravos

y lloran los afligidos.

 

Penal, calabozo y cárcel,

sepultura de hombres vivos,

donde se muestran ingratos,

los amigos más queridos

Enfrente, el campo de fútbol, donde dimos nuestros primeros pasos futbolísticos.  A la izquierda, el camino carretero que bordeando el “oconal”, pasaba por el verde “Golf Club” de los gringos, dirigiéndose a Lima. Detrás de la prisión, la “Casa Redonda”, central ferrocarrilera de la Railway Company, donde efectuaban el mantenimiento de locomotoras, coches, cabusses, plataformas y furgones. Rodeándola, una intrincada red de complicadas vías por donde se desplazaban las locomotoras a toda hora. Las de “patio”, con su “cucaracha” –pequeña locomotora de fuerza colosal- colocando en la riel correspondiente a las inmensas plataformas metaleras para unirse al ferrocarril central que puntualmente largaba a las seis de la mañana con destino al Callao. La partida y llegada de los trenes, en medio de silbatos, campanas y chirridos de frenos, constituía un inolvidable espectáculo que, no obstante los años transcurridos, todavía recordamos con gran emoción. Aún podemos ver, en la fantasía de las saudades, el tembloroso vuelo de los pañuelos -palomas ateridas- de amigos que no saben si volverán a reencontrarse en la vida. Ojos tristes detrás de las ventanas del coche con recuerdos que construyen un camino que llega hasta el corazón para que los amigos se sientan uno muy cerca del otro, siempre,  aunque en realidad estén muy lejos físicamente. A veces una lágrima de tristeza, porque sólo en la agonía de la despedida somos capaces de comprender la profundidad de un verdadero amor. ¡Ah, las despedidas!.

Ya me voy a una tierra lejana                             Estos ojos llorar no sabían

a un país donde nadie me espera,                       el llorar parecía locura,

donde nadie sepa que yo muera,                        hoy pues lloran su triste amargura

donde nadie por mi llorará.                                 De una sola y ardiente pasión.

 

¡Ay! Qué lejos me lleva el destino                      Bajaré silencioso a la tumba

como hoja que el viento arrebata                      a embargar mi perdido sosiego

¡Ay! De mí tú no sabes, ingrata,                         de rodillas mi bien te lo ruego

lo que sufre este fiel corazón.                              que a lo menos te acuerdes de mí.

nino-mirando-el-cieloRecuerdo que cuando la noche como manto tenebroso cubría el barrio y un frío cada vez más penetrante nos hacía tiritar, veíamos titilantes en el cielo, con brillo espectacular de pedrería, millones de mágicos luceros. Sobre la negra pizarra de la noche destacaba la estremecedora constelación del zodiaco. La estrella del norte, Orión, las Tres Marías, la Osa Mayor, Sagitario, la Cruz del Sur, Tauro, Géminis. ¡Qué espectáculo sobrecogedor! De vez en cuando nos sorprendía el destello fugaz de una estrella que, desprendiéndose de donde estaba, iba a perderse en la inmensidad inconmensurable y misteriosa. Todo sucedía en un triz. En ese instante –nos recomendaban las viejecitas del barrio- había que cerrar los ojos y expresar un deseo, en voz baja. Si lo hacías bien, se cumpliría. Aquel espectacular cielo azul, tachonado de estrellas, ¡Estoy seguro!, no tiene igual en el mundo.

Cuando la luna magistral, aparecía pomposa sobre un claro cielo de plenilunio, nos cogíamos de las manos y en una ronda emotiva y bulliciosa cantábamos:

¡Mama luna, dame medio,

para comprarme un caramelo!.

Continúa…

NUESTRO 72º ANIVERSARIO

portada-de-pueblo-martirHoy 27 de noviembre de 2016, recordamos los setenta y dos años de la fundación del Departamento de Pasco. Eso porque el año de 1931, el despreciable tirano Luis Miguel Sánchez Cerro cambió la capital del departamento de Junín que por más ochenta años lo desempeñamos con altura.

Este acontecimiento nos mueve a reflexionar sobre todo lo que nos ha acontecido.

Comencemos por el principio. Nuestro pueblo nace cuando se efectúa el primer denuncio de sus minas. Hasta ese momento -octubre de 1567- los yauricochas, nuestros antepasados, habían vivido tranquilamente alternando la caza con el trabajo minero. Tres cientos años antes –esto lo afirman reputados historiadores- ya trabajaban el oro y la plata con una pericia extraordinaria. Los cronistas españoles: Pedro Cieza de León, Íñigo Ortiz de Zúñiga, Garcilaso de la Vega,  Agustín de Zárate, Francisco de Jerez y Pedro Sancho de la Hoz, se encargaron de dejar el testimonio que aquellas obras de arte que nuestros antepasados enviaron a Cajamarca para el rescate del inca Atahualpa. Concitaron la admiración de los españoles. Los especialistas afirman: “Los yauricochas fueron los más brillantes orfebres de América”.

Cuando en el Cusco lo supieron, nuestro suelo se convirtió en  codiciado botín. Con engaños y prebendas nos anexaron al Tahuantinsuyo en tiempos de Pachacutec (1460). A partir de entonces, todo el oro y la plata de nuestro territorio fue a parar al Cusco sin que nada quedara aquí. Había pena de muerte para los que osaran apropiarse de ellos. Los cusqueños fueron nuestros primeros explotadores.

Posteriormente los españoles, convirtieron a nuestra tierra en fuente de interminables caudales al precio de un dantesco genocidio nunca jamás igualado en la tierra. Las minas cerreñas se convirtieron –a través de toda su historia- en tumbas malditas con miles de vidas truncadas en sus galerías siniestras como aquellos 300 hombres que murieron en 1756 en la mina de Matagente, o aquel de 29  hombres que en enero de 1910 fallecieron  mutilados por una explosión de gas grisú de “Pique Chico” en Goyllarisquizga y que, en el mismo lugar, desaparecieras 300 hombres más en agosto de aquel año.  O aquel grupo de 57 hombres que murió en “El Dorado”. No olvidemos tampoco la matanza de diciembre de 1908 ni tantos otras hecatombes en los que desaparecieron nuestros hombres en su inacabable trabajo por extraer los sangrientos minerales.

Pero no sólo dimos riquezas minerales. También brindamos el generoso aporte humano de nuestras gentes. Cuando cansados de los atropellos deciden alzarse en protesta, forman las gloriosas montoneras que se levantan en contra de los abusivos. Triunfaron. Sus nombres han sido eclipsados por los indolentes y los canallas. Comenzando por nuestra preclara heroína María Valdizán que no sólo con sus peculios aprovisionó a sus compatriotas sino también con su vida. informaba de los movimientos de los realistas a los luchadores del pueblo: Camilo Mier, comandante en jefe de las guerrillas cerreñas; Mariano Fano, en Cahupihuaranga; Pablo Álvarez, en Huachón; Ramón García Puga, en Yanahuanca; Antonio Velásquez, en Pallanchacra; Cipriano Delgado, en Tapuc Michivilca; Custodio Álvarez, en Huayllay. Antes, mucho antes, contumaces luchadores de nuestro pueblo fueron juzgados en febrero de 1812: Fray Mariano Aspiazu; Mariano Cárdenas Valdivieso y Manuel Rivera Ortega. Cuando por orden de San Martín, Álvarez de Arenales llega a nuestro territorio, se sorprende de la manera cómo habían luchado nuestros hombres para allanar el camino de nuestra libertad.

Jurada nuestra independencia, los frutos fueron cosechados por los poderosos. Nuestro pueblo fue vilmente postergado, como siempre. Desde entonces nada ha cambiado. Cuando a mediados del siglo XIX se abren las puertas de nuestra patria a los extranjeros, éstos toman como lugar de residencia a nuestro suelo. Claro. ¡Explotaron  sin descanso sus proverbiales riquezas mineras!! De todos los rincones del mundo vinieron a afincarse en nuestra tierra. Españoles, ingleses, franceses, croatas, húngaros, italianos, dálmatas, montenegrinos, checos, bosnios, chinos, japoneses, griegos, norteamericanos, jamaiquinos, judíos… Se establecieron doce consulados. Nuestra tierra se hizo conocida en todo el mundo. En cincuenta años amasaron incalculables fortunas con las que edificaron grandes casonas en diversas partes de nuestro territorio. Mientras estuvieron en nuestra ciudad vivieron plácidamente en sus palacetes particulares con acomodo y holgura, recordando, sus costumbres, sus danzas y sus canciones. Nuestro pueblo que tenía acceso a sus celebraciones las asimiló a su modo. Así nació, la muliza, la chunguinada, y muchas canciones con retazos de influencia extranjera. En lo material, a parte de la torre del Hospital, el cementerio y el propio hospital, nada más dejaron para la tierra bendita que los había hecho ricos. Todos estos forasteros pensaban, como nosotros seguimos haciéndolo, que en corto tiempo nuestras minas se agotarían. No ha sido así. Los huesos de los agoreros se han blanqueado en los camposantos mientras nuestra tierra sigue impertérrita hacia delante, inagotable, desde hace quinientos años. Con todo lo que acumularon bien pudieron edificar una catedral, teatros, universidades, bibliotecas, museos, colegios, como sucedió en Guanajuato, Potosí, Oruro, Sombrerete, Real del Monte, etc., ciudades mineras como la nuestra. No tuvimos esa suerte. Todos sus caudales se los llevaron a otros lugares y nuestra ciudad quedaba ruinosa y destartalada como bombardeada por salvajes enemigos. ¡Mírenla ahora! No es sino un cráter siniestro con sus gentes que, para no morir, se han aferrado a los cerros.

Los primeros años del siglo XX aparecen los norteamericanos que ya conocían de los inmensos de nuestra tierra. De inmediato compran las minas de propietarios nacionales y extranjeros con bolsas de relucientes libras peruanas de oro sacadas del Banco de Perú y Londres. El negocio lo realizaban públicamente ante el asombro de los cerreños. Simultáneamente denunciaban nuevas minas en todo nuestro territorio.  Los ocho diarios de nuestra ciudad son expresivos testimonios. En un santiamén los norteamericanos se convirtieron en dueños de la ciudad. Claro, la Ley de Minería promulgada en esos días y con el fin de contentar a los explotadores establecía que por cada denuncio se debía pagar sólo –léanlo bien- quince soles. ¡No importaba la extensión! Así nuestra tierra fue vendida a los gringos. Éstos a diferencia de los europeos, se fueron a vivir en Bellavista y como hicieron con los “pieles rojas”, sólo entraban las personas que servían sus mezquinos intereses. Nunca alternaron con el pueblo cerreño. Fueron muy herméticos y egoístas. Los únicos que eran bien vistos por estos desgarbados y orondos extranjeros eran las autoridades que se aprestaban a servirlos incondicionalmente y los “Chupamedias”, sirvientes incondicionales de los gringos comenzaron a tener gran vigencia en este siglo. Hasta inglés aprendieron a hablar los “felipillos” para servir mejor a sus amos. Cuando nuestras autoridades quisieron realizar obras para el mejoramiento de la ciudad, los gringos se opusieron. Dijeron que nada podían hacer sin su consentimiento porque la ciudad les pertenecía. ¡Imagínense! Entonces nuestra municipalidad buscó un deslinde judicial. Fue una lucha titánica de más de cuarenta años. Por fin, cuando nuestros viejos consiguieron que se haga el deslinde en 1942, después de tanto tire y afloje, nos arrojaron trescientos mil soles sobre la mesa -una limosna-  arguyendo que ése era el pago compensatorio por tanto abuso en contra de la ciudad del Cerro de Pasco. ¡Tres cientos mil soles!, cuando en ese mismo tiempo, ellos habían sacado miles de millones de dólares de las entrañas de nuestra tierra. Esta ha sido otra de las más grandes ignominias que se cometió contra nuestro pueblo. ¿Dónde estaban las autoridades del Perú? Callaron vergonzosamente,  cómplices del atropello. No querían enojar a los explotadores.

Alguna vez lo dijimos y ahora lo repetimos, si a alguien se le ocurriera escribir la historia de la infamia, tendría que comenzar en el Cerro de Pasco. Los regímenes que gobernaron el Perú nos marginaron tendenciosamente. Comenzaron con la educación. Sólo los poderosos tenían oportunidad de educarse. Ellos hicieron escuelas religiosas y, en todo caso, trajeron maestros e institutrices particulares para que enseñaran a sus hijos. Para los niños del pueblo estaban abiertas las dos únicas escuelitas municipales en donde muy pocos niños se refugiaban. La mayoría comenzó a trabajar desde pequeños -Diez y once años- en la escogencia de minerales. Con el tiempo, los más humildes irían a engrosar los grupos de mineros que bajaban a los antros de horror y, los perspicaces, serían portapliegos y ayudantes de talleres donde fijarían su destino. La educación secundaria no existía. No teníamos colegios. Otros pueblos del entorno contaban con estos centros desde pocos años después de jurada la independencia: Huánuco, Tarma, Huancayo, Huancavelica, Jauja, Ayacucho. Claro, los explotadores contaban con la implícita complicidad de los padres indolentes. Ellos veían que nuestros niños al comenzar a trabajar desde temprano les estaban liberando de la enorme responsabilidad de mantenerlos. ¡Qué maldita irresponsabilidad! Estos indolentes se dedicaron a las celebraciones frívolas de los carnavales donde se mostraban pródigos en el derroche. Hubo numerosos clubes carnavalescos en los que anualmente se había un gran gasto en presentaciones espectaculares a un elevado costo económico. Las fiestas patronales eran espectaculares. Creíamos estar viviendo en la Gran Mundo de Opulencia que nunca acabaría. Qué error. Fue en 1931 cuando el malandrín de turno, el “Mocho” Sánchez Cerro nos arrebató la capital del departamento de Junín. Habíamos perdido muchísimos años sin preparar a nuestra juventud. Recién en ese momento se trató de enmendar nuestra terrible postergación. A partir de la cuarta década del siglo pasado se instauraron colegios secundarios en nuestra ciudad. Por fin llegaba a su término aquella época de oscurantismo, estupidez e indolencia que no había obnubilado. Por eso cuando trataron de volver a sumirnos en la ignorancia cerrando la Universidad Comunal, marchamos en rebeldía y conseguimos la creación de nuestra Universidad autónoma. Eso lo hicimos los estudiantes con la ayuda de nuestro pueblo. Nadie nos regaló nada. Ahora está en nuestras manos superarnos. No nos quedemos inactivos. Nuestros hijos merecen lo mejor. Tienen derecho. La educación es el principal soporte del progreso de los pueblos. Cuánta razón tenía Gary Becker, premio nobel de economía cuando decía: “La riqueza de los pueblos no está en sus pozos petroleros, ni en sus minas, ni en sus campos agrícolas. La riqueza de los pueblos está en la inteligencia de sus niños”. ¡¡¡Qué gran verdad!!! . Sin embargo, en estos momentos, a nuestros niños que son nuestra verdadera riqueza, la minería los está envenenando cruelmente. Casi todos tienen plomo y otros metales pesados en la sangre, como hace muchos años, nuestros antepasados tenían mercurio y sílice en los pulmones. ¡Ha tenido que realizarse una marcha de sacrificio a Lima para que vuelvan los ojos a nuestros niños!.

Pero no sólo en las minas se inmolaron nuestros hombres. Cuando la patria estuvo en peligro, salieron en defensa de nuestras fronteras aquellos 220 hombres  de la Columnas Pasco –flor y nata de nuestra juventud-. Uniformados, armados y preparados con el peculio de nuestro pueblo sin que le costase un solo centavo a nuestro país. Partieron el 7 de mayo de 1879 y después de cruzar inmensos arenales combatieron en San Francisco, Tarapacá, Tacna y cayeron al lado de nuestro glorioso coronel Francisco Bolognesi aquel 7 de junio de 1880 en Arica. Todos murieron heroicamente. Cuando los chilenos, estaban para tomar Lima, un segundo grupo de voluntarios aglutinados en la segunda Columna Pasco, conformado por niños y ancianos fue a defender Lima. Fatalmente vencidas nuestras tropas, los chilenos deciden tomar el Cerro de Pasco y partieron a avasallarnos. Luchamos como fieras para no dejarnos humillar. No sólo nosotros, también los otros pueblos de Pasco como Cajamarquilla y la Quinua, primeramente, después Vilcabamba que  al repeler a los invasores sufriera sangrientas represalias como la del 7 de junio de 1882 en que quedó reducida a cenizas sobre los heroicos despojos de Paula Fiada, Máximo Guillermo, Epitación Ramos, José Vásquez, Micaela Villegas, Salomena Javier, Martina Víncula, Ezequiel Eslado, Martín Aguilar y Rufino Rupay. Otro soldado heroico fue el comandante Gustavo Jiménez, apodado “El Zorro”, presidente de la república en la Junta Transitoria de 1931. Al levantarse a favor de la ley contra el “Mocho” Sánchez Cerro, es apresado en Paiján y asesinado el 14 de mayo de 1933 con la modalidad de “la ley de fuga”. Nuestra historia también registra a dos soldados cerreños que se inmolaron en la guerra  contra el Ecuador. El sargento Teófilo Morales Janampa, natural de Huaraucaca, muerto en Aguas Verdes el 22 de julio de 1942 y al alférez Lorenzo Rocovich Minaya, el mismo año, en Porotillo. Otro heroico soldado cerreño fue don Teodomiro Gutiérrez Cuevas que, en 1915, liderando a diez mil indios de Azángaro se levantó contra los terratenientes que los martirizaban.

Nuestra ofrenda a la historia del Perú, como vemos, no se ha limitado a nuestros valiosos aportes económicos a la grandeza de nuestra patria. No. Los filones humanos de nuestro pueblo son inagotables: Daniel Carrión García, mártir de la medicina; Evaristo San Cristóval y León, el más grandes maestro dibujante de fines del siglo pasado; Luis Favio Xammar, maestro y escritor notable, muerto trágicamente en Colombia, Poetas como Ambrosio Casquero Dianderas, Lorenzo Landauro, Arturo Mac Donald, Graciela Tremolada, Isabel Unzátegui, Juvenal Augusto Rojas, Esther Moreno, Luis Pajuelo Frías, Luis Ferrari. Pintores como Leoncio Lugo, Teresa Lactayo, Miguel Ampuero, Clotilde Jurado, Carlos Palma Tapia; compositores como Andrés Urbina, Ramiro Ráez, Pablo Morales; músicos como Graciano Ricci, Jesús Enciso, Ángel Portillo, Julio Patiño, Armando Paredes, hermanos Yacolca, Fidel Roque, Francisco Azcárate, Aurelio y Humberto Romero, César Bustamante, Nico Papish, Pablo Palacios, los hermanos Apestegui…

Es en el Cerro de Pasco donde se han iniciado las luchas gremiales. Recordamos a Washington Oviedo, el primero en luchar por las ocho horas; Gamaniel Blanco Murillo, fundador de los sindicatos mineros de La Oroya, Morococha, Mahr Tunel, organizador del primer congreso minero de 1930, maestro deportista, compositor y periodista, después de heroica lucha es asesinado en el frontón por orden del “Mocho” Sánchez Cerro, el 17 de abril de 1931. A Blanco se suman, Pablo Inza Basilio, Gudelio Espinoza Córdova, Melchor Gamarra, Teófilo Rímac Capcha y tantos otros. En este blog estamos haciendo conocer sus historias antes que el olvido y la ingratitud las sepulten. Lo más indignante es que, lejos de denominar nuestras calles con los nombres de nuestros  héroes, le han puesto Botafogo, Primevera, Calle Doce, Calle plata, etc… ¿Dónde está la Municipalidad?

Hay tanto por recordar. Este día debemos sentir orgullo de haber contribuido a la grandeza de nuestra patria. Felicidades hermanos en este 72º aniversario.

EL DISTRITO DE YANACANCHA

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La historia Yanacancha está íntimamente ligada a la del Cerro de Pasco porque, desde siempre, nuestra ciudad estuvo constituida por Chaupimarca y Yanacancha. Ambas, indisolublemente unidas. Recién el 19 de mayo de 1847, debido a una serie de incongruencias administrativas, se establece mediante el artículo 5º del Reglamento de Policía del Cerro de Pasco los límites correspondientes con siguiente texto:

“Las líneas de división entre Chaupimarca y Yanacancha, serán: la calle que nace del portachuelo de Cayac Grande por la de Goñi a la de Judíos y Digo Digo hasta el Estanco Viejo, y de allí por el Callejón del Truco y la calle de Olaechea hasta la Cruz de Huancapucro en la Matadería, quedando dividido de este modo el distrito de Yanacancha al norte de la ciudad y el de Chaupimarca al sur. La que divide Santa Rosa de Chaupimarca es el Callejón despoblado de la Fundición por el este de la Capilla de este barrio a la Cruz de Santa Catalina, y de allí por la cuchilla del portachuelo hasta el boliche de Pastrana y de este punto al oeste con dirección al estanque de San Judas, dejando al costado derecho las casas de Soto sujetos al distrito de Yanacancha”. (…) Los cuarteles de policía en el Cerro de Pasco están ubicados en Cayac, Yanacancha, Chaupimarca y Puchupuquio.”. Como puede verse, todo lo actuado ha quedado nulo por el avance del tajo abierto que ha hecho desparecer todos estos míticos lugares.

Tuvo que transcurrir un lustro para que, a propuesta del Prefecto de Junín, el 23 de julio de 1852, se diera una ley creando el distrito de Yanacancha con el siguiente tenor: “El Fiscal de la Corte Superior de Justicia de Junín, en atención a una medida económica de interés público, declara que, en cada uno de los distritos de Chaupimarca y Yanacancha del Cerro de Pasco, debe haber un Gobernador Político, con las atribuciones de Ley, debiendo el primero reemplazar al Subprefecto en los casos que ocurran”. Esta disposición se cumplió en lo referente a las gobernaciones, no así en los demás puntos. La Ley ordenaba el explícito funcionamiento del distrito de Yanacancha.

Para entender mejor este proceso, repasemos algo de historia.

Desde el año de 1821 las demarcaciones internas del Perú estuvieron fuertemente marcadas por las delimitaciones coloniales del siglo XVIII. Su división política se organizó en base a los límites de Intendencias y Partidos creados por la  reforma borbónica de 1784.  En aquel momento el Cerro de Pasco (Chaupimarca y Yanacancha conjuntamente) pasan a integrar la Intendencia de Tarma conformando el núcleo económico que la mantuvo económicamente. Ya en pleno proceso de formación del Estado peruano, el general San Martín estableció la nueva división territorial basada en el modelo francés  que reemplazó las Intendencias por los departamentos y los partidos por las provincias. La Constitución de 1823, formalizó esta división política, agregando la categoría distritos. En ese momento que el Congreso crea el departamento de Huánuco integrado por Junín, Huánuco, Tarma, Pasco y Ancash que entonces se denominaba, Huaylas. El 13 de noviembre de 1825 el Consejo de Gobierno cambió el nombre de Huánuco por el de Junín en homenaje a la batalla realizada en Chacamarca,  designando como capital al Cerro de Pasco.

Es por ley de 23 de julio de 1852 en que nació oficialmente Yanacancha. Desde entonces el Cerro de Pasco se divide en dos distritos: Chaupimarca y Yanacancha. Tuvo que transcurrir cien años exactos para que la disposición legal se cumpliera. El 8 de noviembre de 1952, al instalarse su primer gobierno municipal inicia su vida autónoma.

El 15 de enero de 1931, el despreciable tirano Luis Miguel Sánchez Cerro, nos arrebata la capital del departamento de Junín para trasladarla a Huancayo dejándonos convertida en un simple provincia con sus distritos de Chaupimarca y Yanacancha.

El 27 de noviembre de 1944 se crea el departamento de Pasco con sus provincias de Pasco, Daniel Carrión y Oxapampa. En esa ley de creación del Departamento de Pasco se establecía en su artículo tercero que Yanacancha es  distrito de la provincia de Pasco. Después de años de inacción, don Guillermo Vargas Machuca –preclaro ciudadano cerreño, a la sazón Subprefecto de la provincia de Pasco- mediante volantes públicos convoca a los ciudadanos a la instalación de su Primera Junta Municipal. Comenzaba el mes de noviembre de 1952. Era el  Día de Todos los Santos.

Con mucho tino y paciencia, el señor Vargas Machuca, había barajado los nombres de los más preclaros ciudadanos. Sin tener ninguna duda puso a la cabeza de la flamante organización municipal a un abnegado ciudadano que, con eficiencia y brillantez, había desempeñado el cargo de Gobernador por más de cuarenta años ininterrumpidos: Don Serafín Paitán Villar, el patriarca que la comunidad respetaba y quería.

Su Síndico de Rentas sería don Domingo Robles Chamorro; su Síndico de Gastos don Visitación Frías Sánchez. Ambos de mucha experiencia y amigos del patriarca. Como Primer Regidor fue nombrado el reverendo  padre Victoriano Huaytán Ortega. Como Segundo Regidor, don Julio Morón Giliani. Como Diputado Distrital, el doctor Ángel Madrid Dianderas que, un poco más tarde, fue reemplazado por don José Giles.

El Asesor Legal de la Comuna sería el abogado, Dr. Edmundo Cárdenas, de amplia ejecutoria en Pasco. A fin de auxiliarlo en la alcaldía, con eficiencia y dinamismo, nombraron como Secretario, al señor Carlos Rodrigo Minaya Rodríguez. A todas luces, un equipo extraordinario.

Siendo las nueve de la noche del 8 de noviembre de 1952 –dice el acta correspondiente- en los salones del “Centro Juventud Cerro” prestigiosa institución social ubicada en la Plaza Centenario, el subprefecto don Guillermo Vargas Machuca tomó la juramentación de ley al señor Alcalde don Serafín Paitán Villar quien, en su momento, tomó la de todo su cuerpo edilicio en medio de los calurosos aplausos de los asistentes.

Tras emocionados discursos, el Subprefecto dejó instalado el flamante Concejo Distrital de Yanacancha. Los asistentes firmaron el libro de actas.

A partir de entonces, fue la Municipalidad del distrito la que lucha con denuedo para que el destino de sus gentes y sus instituciones vayan por el camino del progreso hacia mejores destinos.

Los alcaldes que le siguieron en el gobierno municipal de Yanacancha, fueron: Luis Huamán Gómez (1958 – 19599: Julio Vera Martínez (1959 – 1960); Teófilo Carhuamaca Mayhua (1960 – 1961); Juan Pérez Vitor (1962 – 1965); Reynaldo Pascual Pizarro (1966 – 1969); Pedro Silva Bravo (1970 – 1971), Elías Leyva Andrade (1972 – 1974); Leoncio Chamorro Arrieta (1975 – 1977); Julio Castro Ferruzo (1977 – 1979); Teodosio Ventura Quintana (1980); Nicanor Acevedo Lizáraga (1981 – 983); Luis Aguilar Cajahuamán (1984 – 1985) (Asesinado); Javier Rosales Llanos (1985 – 1986); Arturo Robles Morales (1987). En ese lapso ocuparon accidentalmente la alcaldía, Reynaldo Pascual Pizarro, Encarnación Rodríguez, Luis Huamán Ureta y Ponciano Collazos.

El territorio del distrito de Yanacancha lo conforman los centros poblados de Pucayacu, San Miguel, Carmen Chico, La Quinua, Cajamarquilla, Jarapampa, Pariamarca, Tingo Palca, Anazquisque; además de los asentamientos humanos de Columna Pasco, José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre. Los límites de su distrito son: Chaupimarca, por el sur; Yarushacán y Ticlacayán, por el norte; Huachón por el oeste y, Simón Bolívar por el este.

Está formado por los poblados de Agashpampa, Algouanusha, Anasquizque. Antagasha, Antamachay, Asiacpampa. Atacocha, Barvilcocha (Barvelchaca, Cajamarquilla, Cancha Palac, Carmen Chico,  Chico Corral, Chicrin, Chogoragran, Chuchurupay, Cuchucancha, Cushuragran, El Carmen I,  Escalón, Gapina, Gorgosh, Guyarputo, Huacchal, Hualangayoc,  Huapsacancha, Huarmipuquio, Ismurumi, Jaital, Japancancha, Jarapampa Alta,  Jumar, Jumaryacu, La Quinua, Macapata,| Malaucayan, Mantarragra, Marcaricog, Mesa Dapata,  Mishkipuquio,  Mitopucro,  Moyopampa,  Muyomuyo, Nununyayoc,  Organcancha, Palca, Pariamarca, Peña Blanca, Pichuc Chico, Pichuc Grande,  Pucahuanca, Pucayacu,  Puquiuyoc, Putagayoc, Quichas, Ranracoral, San Isidro De Yanapampa, San José,  San Juan De Jarapampa, San Miguel, San Ramon De Yanapampa, Santa Isabel, Santa Rosa De Pite Alta I, Santa Rosa De Pitic Alta, Santa Rosa De Pitic Baja,  Sharca, Tabladillo, Taya, Tingo Palca, Tullurauca, Utusinga, Vado Pampa, Yanacancha, Yanacocha, Yoclla Y Yoragasha.

 

 

Domitila Woolcott de Sotil

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Imagen referencial

Con ocasión de su sensible fallecimiento ocurrido el 23 de julio de 1911, el diario limeño, EL COMERCIO, en su edición del día afirmaba lo siguiente: «La respetable matrona, fallecida de un momento a otro, en la hacienda Racracancha, el 23 de julio de 1911, pertenecía a una de las principales familias de la ciudad del Cerro de Pasco. Descendiente de padre inglés y madre cerreña, nació el 7 de mayo de 1873 y, desde muy niña, fue enviada a Lima y educada en los mejores colegios de la capital. Regresó a su tierra en posesión de una esmerada educación y vasta ilustración, poco común en las personas de su sexo.»

«El 9 de abril de 1891, cumplidos dieciocho años, respetando los designios de la Providencia, se unía en matrimonio al respetable caballero, comerciante y minero, Domingo Sotil. Veinte años de vida matrimonial y modelo consagrada a la virtud y al trabajo, han terminado cuando menos se esperaba.» 

«La señora Sotil, llena de vida se preparaba a bajar a Lima y establecerse allí, con el laudable fin de atender, personalmente, la educación de sus hijos y disfrutar, por decirlo así, de la holgada posición social que a sus esfuerzos y a las de su esposo, había logrado alcanzar… ¡Caprichos de la suerte que la mente no puede entender…Siete hijos, su esposo, y numerosos familiares lloran en su tumba!» (EL COMERCIO, 23 de julio de 1914). 

La señora Domitila Woolcoot, era hija de don Joseph Woolcot, caballero inglés, llegado a la ciudad con el fin de trabajar en la compañía Pasco Peruana, de dirección inglesa. Fue una de las damas más distinguidas de la ciudad cerreña y de los círculos sociales de Lima. En realidad, celosa de la preparación cultural de sus hijos, llevó a las instalaciones de su hacienda Racracancha, al que más tarde llegaría a ser el más grande poeta que ha dado el Perú, César Abraham Vallejo. Él viajó para ejercer la docencia de los niños menores y, durante su estada, dejó imborrables huellas de su celo y su erudición.

 

EL ESCUDO DEL CERRO DE PASCO

escudo-del-cerro-de-pascoSobre un campo azul, a manera de escudo medioeval, se presenta en la parte alta, el título de CIUDAD REAL DE MINAS otorgado por el Rey de España en 1639. En la parte baja y circundándola está el de VILLA MINERA DEL CERRO DE PASCO que en 1771 le confirió el virrey don Manuel Amat y Juniet, Caballero de la Orden de San Juan, ratificado por la Cédula expedida por la Corona de España y por Decreto Supremo expedido por el libertador Don Simón Bolívar el 13 de setiembre de 1825, creando a su vez el Departamento de Junín con su capital Cerro de Pasco, le justifica méritos “ a los servicios que ha hecho la población del Cerro de Pasco a la causa de la independencia y perpetuar la memoria de la brillante jornada de Junín por el Ejército Libertador”.

Se divide el campo por una faja diagonal en la que se lee CIUDAD OPULENTA, título conferido por el Congreso de Huancayo y promulgado en Lima el 10 de enero de 1840 por mandato del Presidente de la república don Agustín Gamarra, “por al aporte económico del Cerro de Pasco y sus habitantes al ejército restaurador de su mandato”. El campo central se subdivide en tres pequeños campos, siendo el primero de la izquierda formado por un cuadrilátero en el que aparece una espada en alto y circundada por una corona de laureles y dentro del puño de aquélla, la cifra 1820, fecha en la que se ganó la Batalla de Pasco, simbolizando de esta manera la primera jornada libertaria de la independencia vencida por el general don Juan Antonio Álvarez de Arenales y realizada en las los gloriosos campos de Patarcocha y Uliachín, derrotando a las fuerzas españolas del Brigadier Diego O´Relly.

A la derecha, un triángulo en cuyo centro luce la corona del Marqués de la Real Confianza, íntimamente ligado a la vida de la ciudad minera que en 1771, el Rey de España, otorgara este título nobiliario al acaudalado minero don José de Maíz y Arcas porque contribuyó a la corona con más de un millón de marcos de plata piña, extraído de las minas de su propiedad en el Cerro de Pasco y que, a su fallecimiento, le correspondió este título a su hijo don José Maíz y Malpartida, nacido en el Cerro de Pasco.

En la parte baja está el símbolo de la medicina como homenaje al hijo predilecto del Cerro de Pasco: DANIEL ALCIDES CARRIÓN, que sacrificó su vida en 1885 en holocausto por la humanidad, convirtiéndose en protomártir de la Medicina Nacional, dando honor y prestigio a la tierra que le viera nacer.

El campo de la derecha se ha dedicado especialmente a la minería presentando el símbolo de la antorcha de la fama que la potente diestra se SANTIAGO HUARICAPCHA levanta en alto para demostrar al mundo que en 1630 se descubrió los famosos minerales de San Esteban de Yauricocha, hoy el Cerro de Pasco.

En la parte baja se ven numerosas barras de metal que se explotaban de sus minas, como atributos de la potencialidad económica de esa rama de la minería que da a la nación la mayor contribución tributaria y por estas razones convincentes la IV Convención de Ingenieros de Minas, realizada en la capital del Departamento de Pasco el 25 de setiembre de 1960, le otorga a la ciudad de Cerro de Pasco el novísimo y justiciero titulo de CAPITAL MINERA DEL PERU.

Y es así que el conjunto de este escudo está coronado por el radiante SOL DE PASCO que emerge detrás de una cadena de nieves perpetuas de la Cordillera de los Andes y donde propiamente nace el Nudo de Pasco con lo que se completa el ESCUDO DE CERRO DE PASCO, cuya población minera es la ciudad más alta del Perú y por dos veces capital de los gloriosos Departamentos de Junín y Pasco.

 

Aclaración necesaria.-

Este es el escudo que representa a nuestra ciudad minera y no al departamento de Pasco. Fue creado por nuestro insigne patriarca don Gerardo Patiño López y aprobado oficialmente por el Ministerio de Educación del Perú después de una serie de modificaciones de acuerdo a la Heráldica vigente.