La muerte en nuestro pueblo (Segunda parte)

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Al llegar al cementerio, se rezan los responsos y los amigos dicen su último adiós a nombre de alguna institución. Al final, cuando la oscuridad se está adueñando del ambiente, en medio de muestras de dolor sincero y lacerante, se sepulta el cadáver. Éste es el momento más triste para familiares y amigos. Es la despedida definitiva del viaje sin retorno.

El regreso a la casa mortuoria tiene que hacerse por otro camino diferente. “Así el alma no puede seguir a sus familiares y amigos y se quedará definitivamente en su tumba”. Este retorno se hace también con tres o cuatro “caipincruz”. Llegados a la casa se sirve un café muy caliente con panes frescos. A partir de entonces, uno tras otro, parientes y amigos, despidiéndose muy compungidos de los dolientes, abandonan la casa mortuoria. Se ha cumplido con todas las disposiciones eclesiales a propósito del Cristianismo: “…que la religión que inicia al hombre en la vida, no le abandona en su tránsito de ella, sino que le acompaña en su última estancia y le custodia al pie de la tumba”.

En lo que al fallecimiento de un niño se refiere, la cosa es diferente. Debe tenerse especial cuidado de bautizar al niño en cuanto se sospeche el peligro, caso de enfermedad grave, por ejemplo. Si no se llega a bautizar sufrirá la condena del fuego eterno. Ningún sacerdote podrá negar el bautizo. Si está aparentemente muerto, el bautizo realizara el cura bajo condición con la fórmula, “Si vives. Yo te bautizo”, etc. Se tiene la idea que el niño al morir –especialmente si es párvulo con el bautizo correspondiente- irá directamente al cielo sin ningún trámite intermedio. Cuando mueren a los dos o tres o cuatro años de edad, se le viste el hábito del Niño Jesús de Praga; en todo caso, el acontecimiento se recibe con una gran alegría. La incorporación de un ángel al cielo merece una celebración especial, por eso es que después del entierro realizado con acompañamiento de arpa y violín durante el trayecto al cementerio, se arma una jarana de rompe y raja porque- a decir de sus creyentes- el angelito que ya está en el cielo, habrá de rogar siempre por sus padres y hermanos. Esta es una costumbre del pueblo mas no de los “decentes” que en todo imitan a Lima. Hay varios testimonios al respecto, como el del novelista alemán Friedrich Gestaecker, que nos visitara a fines del siglo XIX.

EL PICHQACHY, o “Quinto día de la muerte”, es una tradición que desde siempre la practican los cerreños. Se cree que el espíritu del muerto no se ha ido todavía de la tierra; que tiene cinco días y cinco noches para poder deambular por los terrenales caminos que le fueron gratos recorrer en vida, así como entrar y aposentarse brevemente en la casa de sus amigos y parientes; visitar los rincones íntimos que frecuentó en vida y despedirse. Las viejas sibilinas y misteriosas, aseguran haber visto al alma visitando a su familia; para hacer más creíble la afirmación, se santiguan. Sólo a las doce de la noche del quinto día –hora crucial- podrá marcharse el alma definitivamente.

Después de esta incorporación al mundo soñado, sólo con permiso divino podrá abandonar el cielo para visitar a sus seres queridos. Como esto ha de ser así, con el fin de que no quede huella de sus humores, de sus sudores, de sus lágrimas, un grupo de lavanderas llevarán sus ropas a lavar para luego tenderlas al sol. Los lugares más frecuentados para este menester a los que se les llama entonces  “Pichqana pampa”, son, Yanamate, Patarcocha, Echarte, Chaquicocha, San Juan, Garga, Jaital. En tanto la ropa oreé después de lavada, las lavanderas y acompañantes irán chacchapando y bebiendo el “quemao”. Algunas veces, en el agua en el que se han lavado las ropas, se lava la cara y las manos de los “dolientes” y, cuando la oportunidad lo amerita, con una correa se castiga a aquellos que “en vida mortificaron y no respetaron al difunto”. Cuando la ropa esté seca la “quipicharán” a las espaldas y retornarán a la casa mortuoria. Al llegar harán un bulto simulando el cuerpo del extinto y con un crucifijo a la altura del corazón, lo tenderán sobre la mesa, como lo hicieron el día del velorio del cuerpo. Para los familiares que no hayan podido ir al lavatorio, transportarán en botellas agua de la laguna y con ella lavarán cara y manos de los remisos, como lo hicieron con los otros en el campo. Hecho esto  se servirá el hirviente café para atenuar el frío que las lavanderas han podido experimentar; entretanto, en el interior del patio, se está preparando en sendos peroles, la opípara comilona para la noche.

Coincidente con el Ángelus, se procede entonces a servir la comida del “pichqachiy” a los visitantes que están rodeando a los “dolientes”. Primeramente, enormes platos de espesa sopa de trigo aderezada con ají colorado y achiote, tiras de cascarón de chancho y trozos de carne seca: el PATACHE; luego el espeso y apetitoso “locro” cerreño de chuño negro, papas y grandes trozos de carne de cordero en aderezo de rojo achiote. Estos vivificantes platos cerreños, servidos abundantemente, se acompañan con mote y habas verdes sancochadas: el GARAMUTI.

Una vez que los circunstantes hayan comido opíparamente, se sirven copones de anisado o aguardiente de caña para “asentar” la comida; el resto de la noche transcurrirá en un ameno torneo de cuentos, adivinanzas, acertijos, chascarrillos y los infaltables chistes que, a medida que transcurren las horas van subiendo de color haciendo reír a mandíbula batiente a los presentes porque, en esta oportunidad, están permitidas las bromas. Más tarde se procederá a efectuar emotivos juegos como: “El Barquito”, “El Gran Bonetón”  y otros, naturalmente alternándolos con el chacchapeo y la bebida de “quemao” y la fumada de cigarrillos. A cada hora, invariablemente puntual, el cantor hará escuchar sus responsos. Lo que hay que observar con verdadero respeto es la hora de la retirada. Jamás debe hacerse a las doce de la noche porque a esa hora ya el difunto se va definitivamente de la tierra y hay el riesgo de encontrarse con él.

Ha amanecido el día. Después de haber cumplido con acompañar a los dolientes, los amigos y familiares se retiran a sus casas porque están en el convencimiento de que el alma del difunto ya está aposentada a la diestra de Dios Padre, gozando plenamente de la grandeza divina.

Por otra parte, a la llegada del primero de noviembre de cada año, “Día de todos los Santos”, se observa un unánime recogimiento. Ese y el siguiente, Día de los Difuntos, con azadas, pico y palas se procede a cortar las hierbas que han crecido pródigas en la tumba; se rehace el túmulo, se pinta la cruz y se limpia la lápida. En esta ocasión, en una verdadera romería familiar, se llevarán flores frescas o coronas de biscuit con llamativas tarjetas para cada uno de los seres queridos muertos. Todos los familiares rodeando la tumba colocarán las ofrendas florales y, contritos, encargarán a un “cantor” para que entone, en quechua o en latín,  el consabido responso; para el caso, los cantores son numerosos. Los que más éxito alcanzan son aquellos que por la seriedad de su talante y la tesitura de su voz, convierten al responso, en una serie de notas quejumbrosas y dolidas que mueven a la remembranza cariñosa. Más de una lágrima rueda por la tostada mejilla de los “dolientes”.

Después de haber estado  junto a las tumbas, rezando, conversando y recordando sus pasadas vivencias, las familias pasan a las carpas y toldos que circundan el cementerio y calles aledañas en donde degustarán la “Pachamanca” con su apetitosa variedad de papas, camotes, habas, humitas, carnes y choclos. “El mondongo”, rojo de achiote, mondongo, tripas, carne de carnero y de chancho, salpimentado de fresco perejil verde y papas amarillas con abundante ají. El picante de cuy, a punto de fuego con sus enormes papas y notables presas colmando el plato. El charquicán, picante de carne seca deshilachada muy bien condimentada y adornada con abundantes papas. Las “alverjitas” en su punto de cocción y de ají; todo esto acompañado de chicha de jora, maíz o cerveza para atenuar el picor de fuego. Como pequeños bocadillos también saborearán los panecillos de maíz, rosquillas bañadas de azúcar fina coloreada, bizcochuelos de finísimo cuerpo, suaves al paladar, cancha maní, numia… Nunca están ausentes las frutas como naranjas, plátanos, granadillas, tunas etc.

Otra de las costumbres conservadas por madres y abuelas cariñosas a la llegada de Todos los Santos en recuerdo y homenaje a los seres ausentes, es la OFRENDA. Consiste en preparar –en vísperas del primero- una mesa en la que se irán colocando amorosamente platos conteniendo potajes que en vida fueron del gusto del finado. Decorada la mesa con algunas flores, se colocarán locros, guisos, frituras, rellenos o ajíacos que eran de preferencia del difunto, tal como si personalmente fuese a comer. Por ningún motivo se soslaya de colocar “cuartitos” de aguardiente de caña, anisado, coñac o el licor que más hubiera preferido en vida; una cajetilla de cigarrillos. Todo esto se hace en el convencimiento de que el difunto, al llegar la medianoche, se alegrará de saber que sus familiares no le han olvidado y todavía queda en sus corazones la memoria de lo que más le agradaba.

Por otro lado, vestidos de riguroso duelo, los deudos, especialmente la cónyuge, guardará todo un año de obligatorio recogimiento durante el cual, no podrá asistir a fiestas ni convites; guardará un comportamiento adecuado de homenaje al difunto. Cumplido el año, terminada la fiesta conmemorativa y la comilona correspondiente, todos los deudos se reúnen en la sala de la casa y en ese momento, la viuda “botará el duelo” para lo cual se cambiará la ropa negra por la de colores y, cumplido el año de recogimiento podrá volver a vivir libremente como cuando era soltera.

EL RESPONSO.

Considerado como la parte más antigua de la Liturgia de la iglesia, las notas del responso recorren a menudo todo el registro de la voz humana con trémolos profundos y conmovedores. Es interpretado por los “cantores” que en los cementerios lucen sus habilidades conmoviendo a los dolientes con sus desgarradores lamentos. Así para el “Día de los difuntos”, sus voces en una infinita variedad de registros, inundan el campo santo que para la fecha luce su arreglo de  flores y adornos. Seguros estamos que estos cantos necrológicos tienen el linaje de las “saetas” sevillanas, canciones sencillas, apasionadas, de un elevado sentimiento místico que nuestro dulce quechua, le dio mayor profundidad y dramatismo. La “saeta”, cual el arma arrojadiza de la que toma el nombre, es ligera y aguda, sube al espacio y penetra en el corazón de los que poseen la viva pasión cristiana en mente, haciéndoles recordar el sangriento episodio de la Pasión y muerte, de una manera desgarradora y casi palpable. Son conocidos los responsos: “Cocha Coillur”, “Sábana Santa” o “Riccharillay”.

F I N.

 

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