Jesús Quintana Balvi Un inolvidable héroe cerreño

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Aquella tarde primaveral del jueves 27 de octubre de 1965, estaba completamente serena. En la cuadra 18 de la avenida Wilson, donde se asentaban espléndidas casas  comerciales como la “Casa Castellano”, “La Nueva Import” y muchas otras muy exitosas, estaban en calma. Era las tres de la tarde. Frente al edificio del Ministerio de Fomento, un enorme camión cisterna del distribuidor de gasolina ESSO, estaba vaciando el  contenido de dos mil quinientos galones, de gasolina de alto octanaje en depósitos subterráneos del grifo de Alfonso Mena Táñez. La tarea se realizaba en forma rutinaria cuando pasó un colectivo repleto de pasajeros de cuyo interior alguien arrojó una encendida colilla de cigarro que cayó debajo de la cisterna. Todo fue instantáneo. El gas volátil que se había acumulado ahí,  se inflamó rápidamente convirtiéndola en gigantesca bola de fuego que en cualquier momento iría a explotar. La gente que transitaba por el lugar comenzó a proferir desesperados gritos, corriendo para salvarse de las llamas que cubrían todo el vehículo. El chofer de la cisterna, Ruperto Alzamora Vivar que estaba ayudando a maniobrar la descarga con el empleado del grifo, Rodrigo Claros Cabanillas, huyó despavorido presa de una crisis nerviosa; lo propio hicieron los otros ayudantes. El fuego era de tal dimensión que pronto se convirtió en una inmensa hoguera que amenazaba con expandirse. Así las cosas, de entre la gente que en busca de trabajo estaba formando cola a las puertas del Ministerio de Fomento, un valiente joven -como enviado por Dios- en acción decididamente temeraria subió a la cabina del camión, encendió el motor y maniobró buscando alejar el carro de la zona del siniestro.  Las manos le quemaban y el humo espeso lo asfixiaba impidiéndole una clara visibilidad. El carro se había convertido en un horno dantesco. Al advertir esto y adivinando las intenciones del conductor, el policía Nº 215, Pilar García que estaba de servicio en la calle, procedió a correr delante del carro tocando su silbato desaforadamente. Hacía llamativas señas para que dejaran el campo libre. En el trayecto, para evitar la colisión con las llamaradas de la cisterna, los carros se arrinconaban y muchos se subían a las veredas. Era un momento de alta tensión y terror que se apoderó de todos. Aquella era una valiente carrera contra la muerte como no se había visto ni en el cinematógrafo. Avanzaron por la avenida 28 de julio y bordeando el monumento a nuestro héroe Jorge Chávez, el vehículo –llama ardiente- fue colocado por el valiente piloto en el descampado que se abría frente al Ministerio de Aviación del Campo de Marte. Todos gritaban de terror ante el ígneo espectáculo. Miraban aterrorizadas las maniobras del joven héroe que luchaba por abrir la puerta del camión en llamas. El calor convertido en  horno flameante había trabado todo completamente. La desesperación de la gente crecía más y más al ver que la lucha del héroe era terriblemente  infructuosa. Felizmente el joven, después de romper los vidrios, se tiró por la ventana para caer aparatosamente al suelo. El policía, más muerto que vivo, cubierto de sudor, fue a levantar al héroe para estrecharlo en un abrazo que todos aplaudieron. Curiosos, protagonistas y todos, estaban emocionados. En ese instante llegaban los bomberos a sofocar el fuego. El bombero Wilfredo Rodríguez -manguera en mano- llegó hasta el mismo centro del fuego para esparcir agua con el fin de enfriar el caldeado depósito del carro. Sus compañeros lo auxiliaron. Durante dos horas, en medio de dramático suspenso, arrojaban cantidades inacabables de agua tratando de evitar la explosión del tanque; pasado un tiempo angustioso trajeron unos extinguidores de gas químico con los que terminaron por sofocar completamente el fuego. La lucha angustiosa había durado tres interminables horas. Las sobras de la tarde caían como un lento telón después de un espectáculo extraordinario protagonizado por un héroe del pueblo.

De inmediato atendieron solícitamente al joven que había evitado una catástrofe de enormes proporciones. Si el fuego se hubiera extendido por toda aquella céntrica arteria, habría originado una fatídica explosión incendiando todas las casas comerciales de la zona y matado a muchísimas personas.

A partir de ese momento se conoció la personalidad del héroe civil. Su nombre era Jesús Quintana Balvi. Había nacido en el Cerro de Pasco el año de 1938. Con una infancia y juventud muy pobres, desde pequeño se dedicó a trabajar hasta que Monseñor Teodosio Moreno Quintana, obispo de Huánuco –tío materno suyo- decidió inscribirlo en el seminario San Luis Gonzaga de Huánuco. Estaba destinado a ser cura, pero ante la muerte de  su señora madre, abandonó el seminario e ingresó en el Politécnico del lugar. Esta vez también su pobreza fue gravitante para abandonar los estudios.

Es necesario mencionar que su profundo sentido de solidaridad y sacrificio ya había sido puesto a prueba en anterior ocasión. El año de 1955 –en su tierra natal-  cuando un dantesco incendio había destruido una casa y las llamas, aprisionado a dos niños que estaban dentro de ella; con valor espartano entró y salvó de morir quemadas a ambas criaturas. No era nuevo su espíritu de sacrificio y amor al prójimo.

En plena juventud conoció a Olga Punto Risso, cerreña como él y casó con ella. Su hogar fue bendecido con la llegada de tres niños, dos mujeres y un varón. Hacía cuatro años que habían decidido dejar el Cerro de Pasco para enrumbar a Lima. En esta ciudad la suerte le era esquiva. No encontraba trabajo, sin embargo los “cachuelos” que realizaba, le permitieron seguir viviendo en una casita del jirón Manaos 750 de Chacra Colorada. Cuando se enteró de que el Ministerio de Fomento estaba recibiendo a postulantes a choferes, decidió probar suerte. En ese afán se encontraba aquella tarde cuando sobrevino el incendio.

A partir de aquel día su vida sufrió un vuelco total. El pueblo limeño conmovido lo honró como se merecía. Además de las numerosas notas en diarios y revistas y apariciones en televisión, su imagen se hizo conocida y recibió homenajes y reconocimientos de personas e instituciones notables de Lima.

En sesión solemne de 29 de octubre de aquel año, el alcalde de Lima, doctor Luis Bedoya Reyes, lo declaró Concejal Honorario de la Municipalidad de Lima y le entregó el edicto con una hermosos trofeo de plata con el escudo de la ciudad. En la misma ocasión, el Ministro de Fomento, don Sixto Gutiérrez, le entregó su nombramiento oficial de chofer titular del Ministerio y una bolsa de cinco mil soles en reconocimiento de su hazaña. La Cámara de Senadores del Perú, en forma solemne lo declaró “Héroe Civil del Perú” y le hizo entrega del documento que así lo reconocía. La Asociación Automotriz del Perú, le giró de un cheque de diez mil soles que fue entregado por su presidente, señor Santiago F. Castellano. El senador Ramiro Prialé, refrendó con un documento su nombramiento de chofer titular del Ministerio de Fomento y estableció las gestiones correspondientes para que recibiera la donación de una casa. A iniciativa del senador Julio de la Piedra se efectuó una colecta entre los miembros del senado. Los fondos le fueron entregados en ceremonia especial.

Cuando llegó a su tierra, en el local de la Compañía de Bomberos se le tributó un homenaje de parte de toda la ciudad. Los cerreños estaban muy orgullosos de su paisano.

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