TESTIMONIO DE LA VIUDA DE PABLO INZA BASILIO MERY LUZ ARANDA VELÁSQUEZ

Las nobilísimas esposas de nuestros héroes sufrieron indecibles maltratos de la represión; clara muestra de ello es el siguiente testimonio de una brillante y sacrificada mujer, compañera de Pablo Inza Basilio que jamás dejó de luchar por que le entregaran los restos de su esposo. En esa lucha dolorosa encontró la muerte. Nosotros le rendimos homenaje de admiración y respeto a su memoria.

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Imagen referencial

“Yo me atreví a ir al Sindicato en momentos en que las balas reventaban como cancha. Ahí me di cuenta que éramos varios los que queríamos ir, pero un montón de policías nos atajaron en la Concentradora. Con perdón de ustedes, voy a decir lo que nos dijeron: “¡Carajo, cholas de mierda, concha sus madres, se van a ir a su casa!  ¡¿Qué diablos quieren acá”?!. A los hombres los tomaron presos y a las mujeres nos tiraron culatazos a donde llega, llega. Yo clamaba, gritaba de mi esposo que desde temprano estaba en reunión de Junta Directiva. Las balas nos sorprendió  a todos. Primero salían del carro de los de Utah y allí se sumaron  otros carros, entre ellos el camión de un tal González En total ya eran cuatro las camionadas de policías que parecían candeleros encendidos. La balacera empezó a las 5:20 de la tarde y con amenaza de vida y muerte nadie podía echar de menos a los trabajadores del Sindicato. La balacera terminó a las 8:30 de la noche; recién a esa hora es que he podido preguntar, pero nadie sabía nada. Fui a hablar por teléfono con el hospital para saber de mi esposo, dónde está, o qué es lo que había pasado. Pero la policía me cortó y me dijo: “Hoy no se da aviso a nadie, mañana averiguarás por todo”. Me quitó el teléfono y lo golpeó con cólera. En ese momento yo no he sabido qué hacer ni a dónde ir. Estaba desesperada, como loca.

Amanecí llorando. A las seis de la mañana, yo me fui pues; me he ido al hospital y les dije: “Por favor señores avísenme dónde ha ido mi esposo, dónde lo han despachado”. La policía me contestó: “Su esposo ha ido donde el Presidente que lo necesita”. -¿Dónde el Presidente?- Sí, sí. Él ha ido a Lima, señora. No ha habido nada.

Pero, ese mismo instante busqué al doctor y le dije que por favor me avise dónde está mi esposo. Dígame usted doctor, se lo ruego. Señora, el estado de él es grave, está en Chulec, con suero y con sangre.

Ya era el día jueves. En el hospital le rogué al empleado para que me haga el favor de llamar por radio a mis padres que se encuentraban en el Cerro de Pasco a fin de que  averigüen de mi esposo en Chulec y en La Oroya, ya que nada sé de él. Ni obreros había para preguntar. Todos estaban detenidos o perseguidos. Ahí es que yo, preocupada, intranquila, a las cinco de la tarde compré periódico con la esperanza de que hubiera salido algo, pero no salió nada.

Con mi periódico, volviéndolo a mirar, pueda ser que se me ha pasado, estando sentada cerca de la ventana, empezó una lluvia fuerte, en eso llegaron en pick up rojo como 18 a 20 policías. Me tocaron la puerta: ¿Usted es la esposa de Pablo Inza? Sí, les dije. Yo no quiero llantos, yo no quiero lágrimas, usted tiene que entregarme en este momento, su fólder, y documentos de su esposo. Entonces yo le digo, ¿Documentos?, yo no tengo ningún papel acá, usted puede ver en el Sindicato, ahí lo ha tenido él todo. ¡Ah!… Ahí lo ha tenido… Entonces siéntese usted aquí. Me ordenaron que me sentara en la sala y que me cuidaran dos policías. Mis hijitos, José y Douglas, estaban comiendo en la mesa. La mitad de policías se metió al dormitorio de mis hijitos, la otra mitad, en mi dormitorio. Rebuscaron, registraron todo y, no encontraron nada. Hasta me cortaron la almohada, los almohadones, sacudieron y botaron todo al suelo. Rompieron todavía el cajón de la máquina que estaba con llave.  No encontraron ningún papel, sólo un disco de la Marcha de Sacrificio de Cobriza a Oroya. Se lo llevaron junto con el diploma de Sargento del Ejército de mi esposo y una insignia con el que iba a trabajar a la Empresa. En ese momento yo me di cuenta de la maleta. Cuando se fueron la maleta estaba como si no la hubieran tocado; cuando eché de menos, ya no había la plata, ya no habían los cinco mil soles, yo no había mi reloj ni el de mi esposo. Yo clamaba, gritaba, pero no podía ir a reclamar. Ya era avanzada la noche y estaba prohibido.

Al día siguiente, dije: ahora qué voy a hacer, ya es viernes, tengo que ir al Sindicato, aunque me maten, aunque me hagan cualquier cosa. Ellos tienen que avisarme dónde ha ido mi esposo. Ya me estaba acercando al Sindicato y en ese momento venían varias señoras. Me dijeron, vamos, señora, acá arriba está el Prefecto de Huancavelica. Por favor, yo vengo a preguntar de mi esposo, le dije. Cómo se llama su esposo, me dice. Pablo Inza Basilio. ¡Ah!, el Secretario General. Lo siento mucho, señora. Su esposo ya está enterrado en Pampas desde hace unos tres días.

Ahí es donde he dado un grito y he quedado desmayada.

Me habían llevado al hospital. A eso de las doce del día, el señor que habla por la radio me dijo, señora, el Prefecto y el Capitán quieren hablar con usted. El Prefecto me dijo, usted ¿De dónde es?. Yo soy del Cerro de Pasco. ¡Ah!, entonces se le va a dar mensualidad, se le va a dar carro, todo, para que se vaya a su destino, para que así dentro de un mes, pueda ver el cadáver de su esposo. ¡Yo no desocupo hasta que me entreguen el cadáver de mi esposo!.-grité- ¡Que me den primeramente su cadáver para yo irme. Quiero verlo. Una vez que me entreguen, yo me voy. Él ha tenido 32 años. Si hubiera sido un inválido, si hubiera sido un anciano, yo dijera ya su vida ha pasado, ha llegado su fin. Pero él ha sido un hombre joven!. En ese momento, el señor prefecto me ha dicho y me ha ofrecido: dentro de un mes usted va a volver acá, señora, después se le va a dar el cadáver de su esposo. La Empresa va a hacer todo el gasto y usted va a llevar a su esposo al Cerro de Pasco.

Yo, creída, dentro de un mes he vuelto a Cobriza, pero yo no encontré a nadie, ni al Prefecto ni al Capitán. Me dijeron la autoridad de Pampas tiene que ver con esta situación, nosotros no sabemos nada. He ido a Pampas a hacer todos los trámites, he comprado muchos papeles del banco, otros gastos, he puesto un escrito donde el Juez Instructor de Pampas, pero le Juez no quiere saber nada, no nos deja pasar a su despacho, solo su secretaria le dice: ha venido la señora que quiere hablar con usted. ¡Yo no tengo que ver nada!, responde el juez. Donde el escribano también he puesto un escrito, para que me entregue la ropa de mi esposo. Ni la ropa consigo. Me dijeron, la ropa la hemos puesto en el cajón. Ha tenido un sombrero. Ni le sombrero consigo, ni un esto, ni un trapo de mi esposo, para reconocer si está muerto o no está muerto. No hay cuándo me den nada. Si verdaderamente el es muerto, lo que quiero es el traslado de mi esposo al Cerro de Pasco, que es mi tierra  y, de mi esposo.

Dudo de la muerte de mi esposo, porque no he visto ni el entierro, no he visto nada, francamente estoy agotada de tanto preguntar. Solo sé que ha salido de mi casa a la una de la tarde, y hasta hoy día no sé nada.

Como los gastos seguían y seguían, la doctora de Pampas me dijo, señora, aquí el encargado de la Empresa es, César Monges; con él hable usted y que le pague todo el gasto que usted ha hecho. Fui a la casa del señor Monges, y no lo encontré; sólo estaba su hijo que no ha tenido ninguna consideración. A mí y a mi mamá, nos amenazó con agarrarnos a patadas. De ahí, yo me fui al puesto. El Alférez me dijo, ¿Usted es la viuda de Inza?. Sí, soy yo, estoy haciendo los trámites para llevar a mi esposo al Cerro de Pasco. Su esposo no va a salir, porque el Ministro del Interior ha pasado un oficio ordenando que el cadáver de no debe salir trasladado a Cobriza. Si usted trae un oficio del Ministro del Interior, entonces si es cosa conforme.

He tenido que viajar a Lima. Fui donde el señor Espinoza, de la CGTP. Él me dijo igual que el señor Baquerizo: Se le va a hacer ayuda de todos modos  para que se le pague su indemnización. Eso fue, los primeros días de diciembre. Ahora que he vuelto, he preguntado: Señor Espinoza, yo vengo a saber acá lo que usted me ha prometido, si va a ser cierto o mentira, vengo a saber. Yo señora, no estoy al lado del Presidente para decirle nada, ni para yo hablar lo mínimo. A ver pues, usted misma vaya a preguntar, a ver si la atienden, a ver si la ven.

Cuando he regresado a Pampas y le he preguntado a la doctora, como van mis papeles, me dijo, estamos avanzando señora, tenga un poco de paciencia. Los días están pasando doctora, todos son gastos nomás, ¿Cómo voy a mantener a mis hijos?. Que le dé trabajo la Empresa, señora, ellos tienen la obligación. Es cuando, haciendo modos posibles, he viajado otra vez, y he preguntado allá en Cobriza. ¡¡¡Usted puede poner juicio señora!!!. Así me dijo el que está en Relaciones. Yo le pedí el favor de darme un campamento, voy andando de aquí para allá con mis cuatro hijos, no tengo casa. En Cerro de Pasco, le van a prestar un campamento, me dijo, y le van a dar trabajo.

Ahora, al señor Gagliardi, de Cerro de Pasco, le dije por favor, vengo a saber esta situación: ustedes ¿me van a dar trabajo y me van a dar campamento?, quiero saber esto. Señora, yo creo que usted debe olvidarse de la Empresa, porque no hay vacante.

Nuevamente he regresado a Pampas, ahí la doctora me dijo, busque usted movilidad para que busque a su esposo. Por fin, dije, voy a saber la verdad: si es muerto mi esposo, siquiera podré tocar su cadáver y lo llevaré a nuestra tierra. Aunque ha pasado mucho tiempo, reconoceré su manera de cerrar sus ojos, su modo de cruzar las manos. Si es muerto, al fin lo lloraré para que descanse tranquilo. Ahí fue que se apareció el señor Monges. Todo era para decirme, vamos a hablar, con la doctora. ¿De qué vamos a hablar?, le dije. Sin contestarme se puso a leer de un libro.

Cuando la doctora habló, su voz ya era de otro modo, y su cara igualita al del señor Monges, al señor Prefecto, al Capitán, al alférez, al señor Espinoza, al señor Boquerizo. ¡Todo igualito nomás! Mi cuerpo se enfrió, mi corazón dejó de sonar. ¡Ah!, señora, si hubieran embalsamado a su esposa usted lo hubiera recogido desde las 36 horas de su entierro.

¡¿Qué quiere decir…?!

Quiere decir señora, que preparan al difunto para que no apeste. Ahora, ya él se está pudriendo.

Donde yo estoy allí, ahí me quedé paralizada, atravesada por un puñal. Yo no podía pensar, no podía creer que mi esposo, Pablo Inza Basilio, de 32 años, estuviera muerto… No pude aguantar, no pude atajar las lágrimas. No importa, dije, no importa. En ese momento sentí que el mundo se me venía encima.

Pero, por ley, tendrá usted que volver dentro de dos años. Para entonces, ya habrá terminado de podrirse. Eso es lo que me dijeron….eso…”

 

 

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