MI BARRIO MISTI (Segunda parte)

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Lo cantábamos tantas veces y cada vez con más fuerza, hasta cansarnos. Era el esperanzado canto de una chiquillería bullanguera que esperaba el milagro que pedía. Después, cansados de implorar, pasábamos a jugar ¡Marca, sello, brujo, ladrón!, ¡Que pase el tren! O La Tienda, en la que se vendía diversa mercancía. El comprador era el Diablo. Una que otra vez, cuando veíamos llegar al “Tío Santiago Valdizán”, lo rodeábamos y le pedíamos que nos contara cuentos. Cuando aceptaba, conformábamos un corro tan unido no sólo por el frío, sino por el tétrico relato que nos tenía en vilo. Sentado enfrente de nosotros, con su bastón venido a menos y sus ojos claros, sanguinolentos y lacrimosos, iniciaba el relato de cuentos, leyendas, casos y, sobre todo, historias misteriosas de aparecidos y condenados; de muertos en vida que deambulaban en noches como ésa, arrastrando, penitentes, largas y pesadas cadenas. Nadie se movía. El terror nos tenía inmóviles. ¡Qué arte el del tío Santiago! Nunca he escuchado a quien lo supere en ese arte extraordinario y olvidado de la narración. Terminadas sus historias el viejito se retiraba dejándonos sumidos en silencio sobrecogedor del que nadie quería desprenderse. Teníamos que acompañar a las mujercitas a sus casas. Estaban muertas de miedo

Adiós volcán de Arequipa,

tronco de todas sus ramas,

ya se va tu hijo querido,

nacido de tus entrañas.

 

Por tus caminos tan lejos

sabe Dios dónde iré a dar,

pero voy con el deseo

de volver si no me muero.

 

Cuando nos fuimos al muelle,

en conversación los dos,

allí fueron los lamentos,

donde yo te dije adiós.

Al centro del barrio,  la vieja casona de los Arauco, rezago de tiempos mejores, confinada por tapiales carcomidos de años, ostentando su pasado señorío en el inmenso portalón de madera labrada, tachonado de poderosos remaches de bronce y casi inválidos goznes que, al abrirse, gruñían su protesta de años. Espaciosos corrales donde los viajeros encargaban sus acémilas y, en tiempos pasados, depósito de poderosas mulas para el trabajo minero. “El Misti” a comienzos del siglo pasado, fue una de las fundiciones más importantes de la ciudad, con numerosos obreros, vascos, italianos, arequipeños y chalacos, preferentemente. Su propietario, el vasco Sebastián Arauco Bermúdez. El auge que alcanzó la Cerro de Pasco Mining Company con la instalación del cercano centro metalúrgico de Smelter, lo avasalló, haciéndolo desaparecer.

Ya no te han de ver mis ojos,

ya no te han de ver jamás,

porque pienso retirarme,

porque pienso retirarme.

 

Mañana al abrir mi fosa,

muerto de velos tendido,

en mis huesos hallarás,

señas de haberte querido.

Guitarra arequipeña, encordada de penas, revestida de encantos, ¡Cuántas noches lograste enlazar el reencuentro con el lejano mundo de la infancia mastiena! ¡Cuántas noches dormiste acariciada y tierna por el dulce relente y amaneciste pura, temblando de rocío en estas altas cumbres!

Numerosas familias arequipeñas llegaron siguiendo la veleta de su aventura. Aquí encontraron fraternal asilo. Aquí se cobijaron characatos nobles como “Pancho” Valdivia, José Luis Morosini, el “Coro” Valencia, los hermanos Meneses, Ureta, Iribarren…

Pronto su predios vieron llegar no sólo a arequipeños de soleadas campiñas, sino también chalacos que del puerto subían empeñosos y ciertos que aquí encontrarían refugio cariñoso. ¡Chalacos hablantines! ¡Chalacos querendones! Hombres que nos dejaron hermosas remembranzas. Así, un día llegó a mi barrio, el arquetipo del fútbol naciente del Perú: el gran Telmo Carbajo; pequeño pero ilustre; sencillo, pero noble. Su estada en nuestra tierra sembró semillas dulces de fútbol de leyenda, cuando con la azulada enseña ferroviaria, bordó mil arabescos en los campos de juego. También aquí vivió otro gran chalaco a cuya iniciativa nace el “Unión Railway”, don Humberto Galantini. ¡Quién podrá olvidar a otro gran porteño, atleta y futbolista, bateador y pesista, que con su gran ternura izó la azul divisa a nubes de la historia: Álvaro Linderman! Cómo olvidar tampoco al italiano amable, al buen napolitano que, vendiendo spaghetti, fetuchini y ravioles, tenía encantado la barrio, el buen Nicolo Rossi.

Fue en este mi barrio que, una tarde de junio, todo el oro del mundo se fundió en las camisetas, brillantes y amarillas del gran SPORT IDEAL, estrella fulgente del Olimpo del fútbol de mi tierra.

Los años fueron transcurriendo inexorablemente. Nuestra niñez trocóse en juventud. En el ínterin llegaron más familias a aposentarse en el Misti: Espíritu, Arzapalo, Dávila, Ramos, Vera, Porras, Vargas, Pérez, Romero, Gudiño; Acero, Meza, Rivera…

Hubo un tiempo feliz que yo te amaba

con la loca ilusión de mis quince años

y en silencio feliz yo alimentaba

vago temor de amargos desengaños.

 

En mi mente, acariciaba un sueño de ángel

¡Oh, suerte fatal, ¡Oh! Cruel destino!.

En vez de la sonrisa de un arcángel

sólo encontré el puñal de un asesino.

 

Si quieres olvidar, olvida;

que el olvido es un bien pal alma ingrata

cuando se encuentra la conciencia herida

por un recuerdo que devora y mata.

 

Adiós, adiós, ya todo se ha acabado

sepulta el amor que hemos tenido

en la lóbrega tumba del pasado

cubierta con la loza del olvido

 ¡¡Cuánta Vida!! …¡¡Cuánta gente!!. ¡¡Cómo han ido transcurriendo los años!

A veces creo que en la noches de luna, cuando croan los sapos en el viejo “oconal”, se escucharán estremecidos yaravíes que han quedado prendidos en nuestra memorias, como en los viejos tiempos; o fantasmagóricos gritos de chiquillería ida, conmoverá el recuerdo de épocas pasadas; y en un rincón cualquiera, un hombre acongojado que lleva en sus cabellos el polvo de la vida, enjugará muy triste, dos gruesos lagrimones.

 

F I N

 

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