LA BATALLA DEL CERRO DE PASCO (6 de diciembre de 1820) (Primera parte)

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Mapa de la batalla de Pasco, 6 de diciembre de 1820

Jurada la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata el 9 de julio de 1816, quedaba sellada definitivamente la libertad de la República Argentina, único lugar donde   consiguió triunfar la lucha independentista; en todo el resto de la América Española los realistas habían logrado sofocar la insurrección. Pero si la revolución Argentina no tenía enemigos dentro de sus fronteras, dos poderosos ejércitos realistas la amenazaban: uno de Chile y otro desde el Perú. San Martín había percibido claramente esta amenaza para su patria y sostenía que el poder realista terminaría una vez que todos los españoles hubieran sido arrojados del territorio americano. No antes. Por otro lado, persuadido que no podría llegar al Perú coronando la meseta del Titicaca, como todos esperaban, cruzaría los Andes, llegaría a Chile, y después de libertarlo, pasaría por vía marítima al Perú para hacer lo mismo.

Así lo hizo.

Después de cruzar los Andes en odisea inigualable, invade la Capitanía General de Chile, y el 12 de febrero de 1817 derrota a las fuerzas realistas en la célebre batalla de Chacabuco. Al cumplirse el primer aniversario de aquella batalla -12 de febrero de 1818- jura solemnemente la independencia de Chile. El ejercito realista que quedaba en este territorio decide enfrentarse a las fuerzas patriotas en la Batalla de Maipú, el cinco de abril de 1818. En la contienda triunfa el Ejercito de los Andes y, arroja definitivamente a los españoles del territorio Chileno.

El 19 de agosto de 1820, zarpa de Valparaíso hacia el Perú y, al amanecer del 8 de septiembre, desembarca en la bahía de Pisco. Posesionado de este lugar, San Martín decide destacar una columna volante al interior del país para que, simultáneamente a una marcha de circunvalación, despertase el espíritu revolucionario en las provincias; que en cada escenario, reconociera la ciudad y se diese cuenta de sus recursos y ventajas militares; que efectuase una atinada división para que las fuerzas situadas a la distancia concurriesen a engrosar al ejercito de Lima; desconcertara de este modo los planes del enemigo ocultando los propios; y por último, buscase la integración con el grueso del ejercito por el norte destruyendo las tropas que encontrara a su paso. El jefe indiscutible de esta empresa no podía ser otro que el General Juan Antonio Álvarez de Arenales. Sus notables cualidades de mando, su experiencia en la guerra de montaña y la popularidad de su nombre en el Alto Perú, lo señalaban de antemano.

San Martín le ordena atacar sin pérdida de tiempo a la división enemiga que el Virrey había destacado sobre Pisco para replegarse luego a Ica. Ejecutada esta operación, penetrar en la sierra, posesionarse de Huancavelica y Huamanga, dirigirse inmediatamente a Jauja y establecer allí el cuartel general de la división. Debería fomentar la independencia en todas las provincias inmediatas y cubriendo todas las avenidas de la sierra hacia Lima, avanzar un destacamento hasta Tarma. Por último se le recomendaba mucha humanidad para con los enemigos de la independencia y para con los españoles europeos.

La división expedicionaria se componía de los Batallones Números 11 de “Los Andes” y el 2 de Chile, al mando del Mayor argentino Ramón Antonio Deheza y el Teniente chileno Santiago Aldunate, respectivamente; dos piquetes de granaderos a caballo y, cazadores a caballo, formando un escuadrón bajo las ordenes del Mayor argentino Juan Lavalle y el Teniente paraguayo Vicente Suárez y, dos piezas de cañones y 25 artilleros al mando del Capitán Hilario Cabrera. Fue nombrado jefe del Estado Mayor, el teniente coronel argentino, Manuel Rojas.

El 4 de octubre, sale Arenales de Caucato y atravesando los agresivos arenales, hace su ingreso triunfal en la ciudad de Ica el 6 de octubre. El pueblo presidido por su Cabildo, sus autoridades civiles y eclesiásticas, se vuelcan a las calles a vitorear al Ejercito Patriota. El 21 del mismo mes, contando con el apoyo del pueblo y por disposición de Arenales, el Alcalde de la ciudad, Juan José Salas, jura la independencia de Ica. Aquel mismo día, continuó su viaje a la sierra, dejando al cuidado de la ciudad al Mayor Félix Aldao. En la ruta a Huancavelica, los campesinos del lugar saludan al ejército patriota con aclamaciones, tamboriles y quenas.

El 31 de octubre de 1820, llegan a Huamanga, siendo objeto de un  recibimiento mucho más apoteósico que el de Ica y Huancavelica. La jura de su independencia se realiza días más tarde, con Te Deum, parada militar, repique de campanas, bailes populares y demás manifestaciones de contento ciudadano. De Huamanga, parte a Huanta el 6 de noviembre. Siguió por Tayacaja a Huancayo. Desde allí ordenó la persecución del intendente de Huancavelica que huía por Jauja. De Jauja manda al comandante Rojas en el Batallón No 2 para que ocupe Tarma. Se apoderan de aquella ciudad el 23 de noviembre, con el apoyo de Francisco de Paula Otero, tomando un buen parque de armas que pasa a manos de los montoneros. El 28 de noviembre, en marco de solemne celebración, se jura de independencia de Tarma

Hasta aquí no se había realizado una sola batalla importante, tan sólo ligeras escaramuzas. Una referencia puntual a las fechas de juramentación que antecedieron a la ciudad minera es la siguiente:

            En las Villas de Supe, Huarmey  y Casma, en 1919.

            En la ciudad de Ica, el 21 de octubre de 1820.

            En la ciudad de Huamanga, noviembre de 1820.

            En la ciudad de Huancayo, el 20 de noviembre de 1820, en ceremonia que se llevó a cabo en un tabladillo erigido en la Calle Real. Álvarez de Arenales que ese día había hecho su entrada triunfal presidió el acto. Los primeros que juraron fueron el coronel de milicias Marcelo Granados (ese día asumió el cargo de Gobernador), el Cura Coadjutor don Estanislao Márquez y el Escribano Juan de Dios Marticorena.

En la ciudad de Jauja, el 22 de noviembre de 1820.

            En la Villa de Huaura, el 27 de noviembre de 1820.

            En la ciudad de Tarma, el 29 de noviembre de 1820.

De Huancayo, Arenales, que había recibido vivas muestra de aprecio y adhesión de los pobladores  partió al Cerro de Pasco, escenario definitivo de la gloria.

 Era cercano el mediodía del 5 de diciembre de 1820 cuando las campanas de la Iglesia de la Villa de Pasco repicaban a rebato. Las gentes del pueblo sin amilanarse por la espesa nieve que cae, se han arremolinado en el ámbito de la plaza principal; abrigados con gruesos ponchos y sombreros de lana, presencian emocionados la llegada de los legendarios guerreros de la libertad. Los únicos que no están presentes, son los miembros de las Cajas Reales y otros funcionarios españoles; tampoco don Bernardo Valdizán, proveedor de mulas a los mineros españoles. Su hija, María Valdizán, ataviada con gruesa ropa de abrigo, sí está presente: quiere dar la bienvenida a los luchadores por la libertad. La nivosa mañana ha sido cortada por el piafar de las caballerías, las sonoras y enérgicas voces de mando, el sonido vivamente perceptible de las espuelas, el choque de las lanzas, de los sables, de los metálicos arneses.

-¡¡Bienvenido a la Villa de Pasco, señor!! –el Alcalde Mayor, el benemérito don Pedro José Castillo, seguido de los notables del pueblo, y un jefe guerrillero se han acercado ante el jefe del Ejercito Patriota, que acaba de desmontar. –Nos honramos con recibir a  usted y a los hombres que lo acompañan, mi general!!.

            – ¡Gracias, señor Alcalderesponde enérgico y firme el general Álvarez de Arenales, en tanto se quita la encarnada capa pluvial que está empapada de nieve y se lo entrega a su ordenanza- ¿Está todo previsto como lo pedimos con nuestro mensajero?…

– ¡Así es excelencia!… ¡Ya hemos dispuesto todo lo pertinente al alojamiento y  alimentación!.

– ¡Gracias señor Alcalde!. Como comprenderá, el viaje ha sido penoso y largo. Venimos desde el Valle del Mantaro, y necesito alimentación y adecuado alojamiento para mis hombres.

– ¡Ya mis alguaciles están mostrando a sus oficiales las cuadras donde debe alojarse la tropa, y para usted, hemos designado una casa particular que será su aposento especial!.

– ¡Gracias, muchas gracias, señor Alcalde!.

– Con todo nuestro respeto invito a su Excelencia nos honre asistiendo al almuerzo de bienvenida que le hemos preparado…

– ¡Estaré honrado!.

– Aguardaremos a usted y oficialidad a la una de la tarde en que se servirá  en la sala del Cabildo. La tropa recibirá su alimento en el amplio patio interior.

  • ¡Allí estaremos, gracias!.

Reunidos fraternalmente en la sala consistorial de la Villa, los notables del pueblo y los oficiales, degustaron de un sustanciosos caldo de cabeza de carnero, robustas papas y abundante ají. Luego sirvieron un apetitoso picante de cuyes que todos apuraron con excelente apetito. A la vista de unas gigantescas ranas con papas, el jefe de Estado mayor, Teniente Coronel Manuel Rojas, comentó a los oídos del General Álvarez de Arenales.

– Pero… ¿Pueden comer estos sapos horribles?

– Está escrito en la Biblia, que todo lo que vive y se mueve nos sirva de alimento…¿Por qué no estas deliciosas ranas?.

            – ¡Pero su aspecto es horrible!!.

            – ¡Así es!… pero nos las comeremos… ¡Usted primero!…

Continúa…

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