¡Feliz Año Nuevo!

feliz-ano-nuevoEn esta parte de nuestro blog, hemos querido rememorar la figura de uno de los más queridos y geniales compositores populares que  tuviera nuestro Cerro de Pasco.

Fue hijo de un ganadero escocés, en una linda muchacha cerreña. El escocés fue traído, entre otros, por don Eulogio Fernandini para atender su exitosa ganadería que obtuviera rotundo premios en certámenes ganaderos del país y el extranjero con su famoso ganado merino.

Arturo Mac Donald bebió de la leche materna todo el amor por la tierra cimera a la que más tarde va a cantar en sus hermosos versos carnavalescos. Irrumpe en la palestra en la segunda década del siglo pasado, cuando en nuestra ciudad había una pléyade de notables poetas y músicos. Los periódicos en los que se encuentran sus creaciones, son en “El Diario”  y  “Los Andes”.

Todavía añoramos la vieja costumbre cerreña que el tiempo y la falta de mística han ido matando: La serenata de año nuevo. Me permito, con el permiso de ustedes, recordar algo de aquella estampa de nuestro pueblo

Recibir con gran alborozo el primer día del año era costumbre que se había establecido en nuestra ciudad. Las instituciones oficiales como la Prefectura, alcaldía, parroquia, clubes carnavalescos y casas particulares, realizaban  grandes festejos.

Al llegar las doce en punto de la noche se escuchaba el agudo vibrar de la sirena de los bomberos de la “Cosmopolita”, el  “pito” de la compañía minera Mining Company, el de la ferrocarrilera “Railway Company” y los ensordecedores cohetones de clubes e instituciones públicas. Simultáneamente, familiares y amigos, entrelazados en cálidos abrazos, se deseaban mutuos éxitos para el año que empezaba. En los clubes se hacía derroche de champaña que no necesitaba ser helada; el clima contribuía a ello. En los hogares se degustaba el sabroso ponche de cocos que todos repetían a discreción. Ostentaba un sabor muy especial en secreta  combinación,  en cada caso. Cuando evocamos aquellos momentos con la cálida presencia de nuestros viejos que ya nos dejaron, no podemos menos que estremecernos de nostalgia.

Para el primero de año los diarios efectuaban meticulosos balances de lo realizado en la vida comunal con logros y fracasos, pero en todo caso, expresaban su vivo deseo del inicio de una etapa de progreso y bienestar para sus lectores. “Los Andes”, de don Silverio y Andrés Urbina; “El Minero”, de don Gerardo Patiño López; “El Diario” de don Herminio Cisneros Zavaleta; “El Grito del Pueblo” de don Benjamín Hurtado; “Cresta, Pico y Estaca” de Juan de Dios Arturo Malpartida (Juan DAM); “Carcajadas” de Ambrosio Casquero; “El Trabajo” de Octavio Pequeño Urbina, “La Antorcha” de don Miguel de la Matta; “El Esfuerzo” de don Ramiro Ráez y don Herminio Cisneros (Su primo hermano); “Deportes” de don Adolfo Casquero; “El Hipo” de don Ramiro Ráez Cisneros, etc.etc.  En todos ellos se publicaban las colaboraciones de las más prestigiosas plumas del pueblo.

Por su parte, los clubes carnavalescos estrenaban las canciones creadas por sus vates y músicos notables. “El Vulcano”; “Apolo”, “Tahuantinsuyo”; “Lira Cerreña”; “Filarmónico Andino”, “Cayena”; “Mefistófeles”. Cada club imprimía estas canciones en sendas hojas de seda y las repartía la última noche del año en retreta que se efectuaba en el “Kiosko Escardó” con beneplácito de los oyentes. No importaba la tormenta de nieve que cayera esa noche. Para eso se salía muy bien abrigados con chompas, chalinas, casacas impermeables, guantes, sombreros y amplias paraguas. Los fenómenos atmosféricos eran parte de la celebración. Para combatirlos se servían hirvientes ponches de cocos con huevos. Los mayores le echaban su “alma” es decir un buen copón de cognac o ron de Jamaica. Los más expeditivos servían “los calientes”, bebidas preparadas con hirviente aguardiente de caña de Quicacán o Vichaycoto y concentradas hojas de eucalipto, wila wila, huamanripa y escorzonera, cortados con jugo de limón.

Finalizada su presentación en la glorieta citadina, músicos, cantantes y allegados eran invitados a los hogares de conocidas familias de la ciudad, donde realizaban fastuosos bailes que se prolongaban hasta el día siguiente.

De todas las canciones que fueron muy bien recibidas para aquella fecha, hay una que ha permanecido por mucho tiempo en el recuerdo de nuestras familias. Es el huaino de Arturo Mac Donald que tiene por nombre “Lírico Consejo” pero que el pueblo –especialmente los viejos- la conocen como “Año Nuevo”.

LÍRICO CONSEJO

(Año Nuevo)

 Año Nuevo, nuevas flores

en el jardín del vivir;

quisiera nuevos amores,

para dejar de sufrir

 …

La piedra de la peñita

resbala por resbalar

cuidado mi correntía

así te vaya a pasar.

… 

En la roca resbaladiza

no te pongas a jugar,

porque la piedra dura v lisa

bien te puede traicionar

 …

No te olvides cerreñita,

mi consejo y mi pasión,

que sería mi penita

más triste que tu traición.

El dantesco terremoto de 1746

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En esta página rememoramos el más espantoso terremoto que sufrió el Perú con su espantosa secuela de muertes espantosas. Aquella negra fecha, en el Cerro de Pasco, se hundió la “Mina del Rey” con trescientos hombres que jamás fueron rescatados. Sólo cambió el nombre de la mina, a partir de entonces se le llamó “Matagente”.

La noche del 28 de octubre de 1746, reinaron los cuatro minutos de horror del terremoto que destruyó casi en su totalidad la ciudad de Lima. Hasta entonces la capital del Virreinato había sufrido trece terremotos de gran intensidad, pero fue tal la violencia de este último que un erudito limeño contemporáneo al suceso, don José del Llano y Zapata, escribiría años después que no admite paralelo con la destrucción producida por todos los fenómenos anteriores.

Por la época de la tragedia, Lima era una ciudad de tres mil casas distribuidas en 150 manzanas y con una población aproximada de 60.000 habitantes. De ellos, 1.141 murieron y de las casas apenas si quedaron 25 en pie. Pero el Callao llevaría la peor parte: media hora después del terremoto, un tsunami arrasó con nuestro primer puerto.

Al día siguiente del terremoto llegó a la ciudad la noticia que dejó boquiabiertos a todos: la ciudad del Callao había desaparecido por completo, no se distinguía el lugar donde antes estaba; apenas si sobrevivieron menos de cien afortunados chalacos. Murieron ahogadas aproximadamente nueve mil personas; de 22 barcos atracados en la bahía, se hundieron 19 y tres terminaron a más de dos kilómetros tierra adentro. Dos pequeños y desafortunados puertos que existían por aquel entonces, Cavalla y Guañape, desaparecieron para siempre y ahora solo nos queda el recuerdo de su nombre.

El Conde de Superunda

Hasta la fecha el terremoto de 1746 es, tal vez, al que mayor cantidad de estudios y atención le han dedicado los historiadores y especialistas. Pero sobre todo sigue siendo el paradigma del triunfo de la ciudad sobre la destrucción y la muerte. El virrey que gobernaba el Perú en ese entonces, José Antonio Manso de Velasco y Sánchez de Samaniego (1688-1767), decidió vencer la desolación y tomar cartas en el asunto, de tal manera que emprendió la reconstrucción de Lima. Hizo tan magna obra que mereció el reconocimiento de sus habitantes y del propio rey que lo premió con un título nobiliario que lo dice todo y que él mismo eligió: Conde de Superunda, que quiere decir “sobre las olas”.

 

Tucumán y Pasco, ciudades hermanas

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El Cerro de Pasco y Tucumán, son ciudades hermanas. Desde su nacimiento, son fraternalmente coetáneas. El 31 de mayo de 1565, don Diego de Villarroel fundó San Miguel de Tucumán; dos años más tarde -1567- el primer denuncio de minas hacía nacer al Cerro de Pasco. El arcángel San Miguel es patrono de ambas ciudades. Allá, San Miguel de Tucumán; acá, San Miguel de Chaupimarca.

La historia nos dice que entre  el 1300 y el 1400,  los ejércitos imperiales incaicos entraron en el Noroeste  argentino: Catamarca, Tucumán, Salta y Jujuy, y aunque los aborígenes intentaron resistir, los incas los dominaron. Para controlarlos, trajeron mitimaes o colonos que respondían a los intereses del imperio inca. La tradición adjudica al inca Túpac Yupanqui la ocupación quechua en la Argentina. Algo parecido ocurrió en el norte de Chile. Los incas siguieron su avance hacia el sur conquistando a los huarpes de San Juan y Mendoza, e incorporaron toda la región al Collasuyu al sur del imperio. La dividieron en provincias y construyeron caminos, tambos, centros agrícolas de producción de tejidos, collcas, pukarás o fortalezas y numerosos santuarios en lo alto de las montañas. Frecuentemente levantaron instalaciones dentro o a continuación de los poblados locales, como ocurrió en Tilcara Jujuy, y en Quilmes, en Tucumán.  Finalmente, los grandes centros imperiales de esta región fueron diseñados siguiendo el estilo impuesto desde el Cusco, con sus plazas, y demás edificios públicos.

Al comenzar el siglo XVI, la región del Tucumán se extendía por casi todas las actuales provincias del Noroeste argentino de siete provincias: Jujuy, Salta, Catamarca, La Rioja, Tucumán, Santiago del Estero y Córdoba, -aquí fundaron un pueblo llamado Pasco, en homenaje a su homónimo peruano-; un total de unos 700.000 kilómetros cuadrados. El Cerro de Pasco, en diversas etapas de su vida auroral, llegó a formar parte fundamental de los territorios de Jauja, Tarma y Huánuco, siendo en todo caso, sustento y base económica de los mismos, al extremo que, muchas veces, sus logros económicos, culturales, tradicionales y costumbristas, les fueron atribuidos a aquellas ciudades. Estas localidades prosperaron, desde el comienzo gracias a la bonanza económica minera que adquiría toda su producción agrícola, ganadera y artesanal.

Tucumán logró rápidamente insertarse en la economía altoperuano a través de la producción de textiles de algodón, mulas, ganado cimarrón y sebo. En esta época –siglo XVII- nace el emparentamiento histórico. En ella se inicia el comercio activo con el Cerro de Pasco, pujante centro comercial centroperuano.

A través de los años, la interacción entre habitantes de Pasco y Tucumán, logró una identificación de usos, costumbres y tradiciones. Por ejemplo, en lo que a gastronomía se refiere, las empanadas tucumanas rellenas de carne tienen igual factura que las nuestras. Una delicia muy especial. Las sabrosas humitas igualmente, idénticas;  hechas siguiendo los mismos procedimientos y utilizando los mismos ingredientes. El provocativo locro tucumano, con abundante carne, verduras, papas, trigo, maíz, carne,  charqui, patitas, cuero y tocino de cerdo, tripas y zapallo condimentado con ají frito, de parecido sabor y consistencia al famoso caldo de mondongo cerreño, el plato minero por excelencia; el plato representativo y emblemático. Los tamales son tan deliciosos como los nuestros; la misma condimentación y los mismos ingredientes.

El rancho tucumano es parecido a la casa cerreña; paredes encaladas de tapial, techado con madera y paja y, puertas y ventanas, parecidas unas a otras. Allá por la benignidad del clima, un árbol y su aljibe correspondiente siempre adornándolo; en nuestro caso, sólo con los hermosos quinuales, -heroicos árboles que germinan a estas alturas- acicalando la estancia.

En el siglo XIX, más precisamente el 9 de julio de 1816, cuando Pasco luchaba por su libertad, en casa de doña Francisca Bazán de Laguna, en San Miguel de Tucumán, se declaró la independencia argentina. Cuatro años más tarde, el 7 de diciembre de 1820, se juraba la independencia del Cerro de Pasco tras la primera y más importante batalla inicial de nuestra libertad. En todo momento, la inquietud argentina, anduvo paralela a la beligerancia cerreña.

Además de nuestra idiosincrasia parecida y el habla similar con sus erres arrastradas y un tonito muy peculiar, -idénticos en ambos casos-, hay una historia muy particular que nos hermana. A sólo 55 kilómetros de San Miguel de Tucumán, se ubica un lugar particularmente bello y apacible que recibe el nombre de Racco, como nuestro soledoso peñascal del mismo nombre. Aquí, en Pasco, ocupando un área considerable, fue considerado en tiempos inmemoriales, paccarina de las tribus locales y, ya en la colonia, poderosa cantera de piedra granitosa de color blanquizco y extremadamente dura –la famosa “Alaymosca”- con las que se labraba las piezas para soleras y boleadoras en los ingenios. Raco está situado a dos leguas de la ciudad minera y una altura de cuatro mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar. El Raco de Tucumán está a 1,100 metros sobre el nivel del mar, rodeado de hermosas flores que se cultivan en distinguidas casas solariegas, clima maravillosamente templado a orillas del Siambón, su río; notable para la pesca de truchas. El nombre de Raco, es un homenaje a nuestra tierra. Obedece a la leyenda que fue difundida por boca de nuestros muleros en noches de pascana fraternal, que no ha sido olvidada a pesar del tiempo.

 

Luciano Remuzgo Kesovia

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Luciano –me aseguraba don Julio Patiño León, músico como él- era hijo de dos jóvenes croatas que nacidos de Dubrovnick, consolidaron su amor en nuestra tierra.

Luciano tenía el perfil de un asceta. Perfil afilado de un conocido caballero castellano; huesudo y enjuto como el de un personaje de “El Greco”. Sus largos brazos se prolongaban en dedos finos y enormes que con gran maestría hacían cantar a las sonrientes teclas del piano o del acordeón. Dedos tan finos que en el delgado diapasón del violín, hacían gemir a las cuerdas en misteriosos trémolos y agudas vibraciones. Me parece verlo en un umbroso rincón de la Iglesia Chaupimarca, inclinado sobre la desvencijada partitura del “Ave María” de Schubert, acompañando al argentado saxofón de otro gran cerreño: don Armando Paredes Ugarte.

Los invitados circunspectos enmarcaban una boda. En esa ocasión tan especial, el violín de Luciano Remuzgo Kesovia –con viejas reminiscencias de Stradivarius- le daba el toque majestuoso y tierno a los esponsales cerreños. La vetusta nave de la iglesia se remecía con el acompasado dúo cuando concluido el desposorio, la “Marcha Nupcial” se convertía en aleluya para los recién casados, parientes y amigos.

Pero esta no era la única faceta de Luciano, no. Había un trastoque enorme entre este personaje serio y acicalado de negro que, cual Paganini, estremecía los corazones con viejos y queridos compases, y el otro, el popular, el alegre y vivaracho violinista de nuestra música. Ya en el terreno profano, ubérrimo y alegre, sus huaynos y cachuas, sus mulizas y chimaychas; sus valses y polkas, sus marineras y resbalosas llevaban su sello personal. Por más que los numerosos instrumentos de viento trataran de apoderarse del ámbito fiestero, surgía invicto el tono armonioso de su violín siempre sonoro, siempre magistral.

Han transcurrido muchos años de su partida y creo que en las claras noches de luna cerreña, su alargada y quijotesca figura –violín en ristre-  deambulará por el íntimo salón de baile del C.J.C; por el amplio confín del viejo Copper; por el estrecho y amical escenario del “Team Cerro”; por el espacio lleno de columnas del viejo “Alfonso Ugarte” y, tal vez cuando el sueño cierra nuestros párpados y la prieta oscuridad cubra a nuestra vieja tierra minera, por sus calles macilentas y arruinadas; por las callejas umbrosas y desiertas, por sus vericuetos despedazados y muertos; montado en su fantasmal jamelgo, con sus desmedidas piernas irá con su séquito de músicos nuestros a cantarle un responso a nuestra tierra. Es posible. Es muy posible, porque creo que así como los hombres tienen espíritu que vagan y se adueñan de la noche, así también, llorosas y emocionadas, las almas de nuestras calles musitarán una plegaria de lacerante agonía al oír el mágico violín de Luciano

LA NEGRA RITA

la-negra-ritaRecuerdo claramente la tarde que llegó al barrio. Rostros curiosos asomaron a las puertas siguiéndola con comentarios mal intencionados y picantes cuando cruzó el puente con paso menudo y cimbreante. Sólo los perros guardaron extraño silencio. El sol iluminaba su fino rostro moreno de ensortijados cabellos negros y cortos -a lo “garzón”–; enormes ojos de carbón, espectaculares labios carnosos y, naricita fina. Caminaba con pasos largos y acompasados según la longitud de sus piernas bien conformadas y su grupa altanera y provocativa. Llevaba dos maletas y una bolsa enorme entre las manos que no obstante su peso no le hacía perder la elegancia de su desplazamiento. Entró en la sala de la Casagrande y luego salió llevando una llave en la mano. Se dirigió a  su “cuarto” y entró en él.

Las chismosas aseguraban que se llamaba Rita, que en su lugar de “trabajo” la llamaban: “La negra Rita” o “La chalaca”. Que era, como los expertos aseguraban en voz asordinada, una experta en las artes del placer. Que a invitación  de don Humberto Galantini -también chalaco-  había ido a vivir al barrio no obstante sus pecaminosos antecedentes. Allí residían chalacos, arequipeños e italianos. Don Guillermo Arauco –dueño del barrio- aceptó con la condición de que en el barrio no ejerciera el meretricio y observara la más absoluta decencia y el pudor necesarios en consideración a las matronas. El trato fue terminante. Por eso vestía discretamente para no incomodar a las otras mujeres. Iba a las tiendas de los extranjeros donde adquiría artículos refinados para lucirlos en sus reuniones con sus clientes especiales. Periódicamente visitaba a los peluqueros franceses que la ponían radiante y hermosa. Eso sí, las visitas las realizaba cuando las damas de la sociedad no estuvieran. Era muy cuidadosa en ese detalle aunque muchas de esas señoras sabían de los devaneos de sus maridos con la negra linda.

Todo el barrio terminó por enterarse de su “profesión” cuando la lenguaraz vieja Emilia comentó en el pilón donde todos se proveían de agua: “¡Ojalá el agua no se pudra cuando la lleve la “putulluna!” (Prostituta, en quechua). Ella, intuición de mujer que no sabía ni un ápice de la lengua nativa adivinó la intención y, sin decir palabra, le pegó una mirada siniestramente torva, que la dejó helada. La arpía calló y nunca más se atrevió a ofenderla. Todos lo comprendieron. La lección había sido para todos. A partir de entonces nadie se atrevió a ofenderla. Llegaron a estar calladas en su presencia, como si no existiera. Ella, herida en su amor propio, correspondió a la general marginación con su indiferencia. Esto duró todo el tiempo que vivió en el barrio. Tres años.

Cumpliendo con el trato no se pintarrajeaba la cara ni usaba ropas provocativas o escandalosas. Lucía una amplia bata limpia semejante a un hábito de monja ocultando turgencias, ampulosidades y curvas en las que era pródiga. Casi no salía de su cuarto observando en todo momento mucho recato. Todo cambiaba por las tardes -especialmente los sábados- cuando vistiendo sus mejores galas, resaltando con afeites sus labios, rostro, y pestañas, largaba a caminar contoneándose, luciendo el furor de su esplendidez anatómica. El único saludo afectuoso y coqueto era para el “Cushuro”, nieto de don Guillermo. Así arrebatadora y deslumbrante cruzaba el puente rumbo a su trabajo. Más tarde se supo iba a una casa de citas donde concurrían personajes “notables” de la ciudad y posiblemente algunos del barrio, deseosos de hacerla suya. Los muchachos intrigados por el saludo cariñoso sólo al crespito, se atrevieron a preguntarle un día

  • ¿Quién es?
  • No la conozco…
  • Parece que fuera tu mamá…
  • ¿Por qué…?
  • Bueno, porque tiene el pelo crespo como el tuyo y sólo a ti sonríe y saluda y, muchas veces, te hace caricias… ¿Por qué?..
  • No sé…
  • ¿Entonces …..?
  • Será tal vez porque que la saludo…..
  • ¡Claro….eres el único que la saluda!.

Un día, Venancio Capcha, minero que vivía en el barrio, convertido en su asiduo cliente y obediente de la tácita ley del silencio,  entró en su cuarto y le pidió que se casara con él. Rita quedó perpleja. No había esperado esto. El único trato que habían cruzado ambos era el normal entre el cliente y la servidora. Estaba anonadada.

–  Lo que me pides es imposible, Venancio…

– ¿Por qué Rita…?

– Tú eres un hombre bueno, todo este tiempo lo he comprobado

– ¿Entonces….?

– Nuestras vidas son diferentes. Tú sabes, yo vivo de los hombres. Ellos me pagan por darles placer. Lo sabes..

– No me importa…

– Tal vez ahora no, pero cuando pasen los años, tú me recordarás a cada momento de lo que hago y, yo…..no podría soportarlo.

– No, Rita, no. No pienses eso.

– Seguramente, llevado por una ilusión pasajera crees que estás enamorado de mí, pero no. Sólo es momentáneo lo que te está pasando. Tienes que pensarlo muy detenidamente. Hazlo. Tómate el tiempo que sea necesario y al final, cuando lo hayas decidido, actúa como tu conciencia te dicte…

– Ya está decidido…

– ¿Cómo puede ser eso….?- Sus ojos se prendieron en la caviloso rostro de su enamorado.

– Desde hace buen tiempo, lo he venido pensando. He comprendido que te necesito y que contigo mi vida ha de ser muy feliz….

-¿A pesar de….?

-No me importa tu pasado; sólo lo que tendrá que venir y en eso, confío en ti. Cuando seas mi señora, ya solamente serás mía y nadie más interferirá en lo nuestro….

– Pero, ¿… y tu mamá…?.

– Ella me quiere tanto y sé que estará de acuerdo…¿Qué dices, Rita….?.

Ella no supo qué contestar. Estaba alelada. Al verla así, con el fin de animarla, le entregó un hermoso estuche azul en cuyo interior de pana roja halló un hermoso aro de plata con bordes de oro trabajado por el orfebre francés, Boudrí. Emocionada primero, al ver los ojos suplicantes del amante, se deshizo en lágrimas al verlo de rodillas, suplicándole la correspondencia de su amor; completamente asombrada, aceptó. Después de un  beso enorme y extenso quedaron largo tiempo enlazados porque ella también había aprendido a querer a ese minero sencillo.  En ese momento no pensó que tendría que pagar una cuota muy alta por tratar de alcanzar la felicidad a que tenía derecho.

Cuando se irradió la noticia, el barrio se convulsionó. Los comentarios a cuál más ácidos fueron de condena general. Las mujeres fueron las más acérrimas, especialmente de la escuálida y desdentada vieja Emilia, que tomaba extraña fuerza cuando de opinar de la negra se tratara. Sólo los viejos envidiosos de la suerte del consorte, callaban. Venancio amaría en exclusiva a aquella bella mujer cuya llegada los había llenado de inquietudes.

Venancio Capcha era un perforista ejemplar, trabajador como el que más, pero callado en extremo; tanto que secretamente lo llamaban “El Opa Venancio”. Era un ladrillo para el trabajo. Por eso había llegado a ser “marronista”. Es decir uno de aquellos privilegiados que ganaba billetes marrones de cincuenta soles en cantidades impresionantes. Ahorrativo y cariñoso compartía, desde su infancia, un indeclinable amor por su anciana madre que lo acompañaba. No obstante, el amor que le había nacido por la negra espectacular fue  silencioso, secreto, único. Mucho tuvo que luchar con su timidez para poder hablar con aquel sueño de mujer. Una tarde, armado de unos tragos por sus amigos íntimos, entró en su cuarto y sin poder decir ni una palabra la tuvo a su merced. Claro, la negra fue la capitana de aquella navegación por los desconocidos mares del placer. De allí en adelante, todo fue felicidad. Por sus encuentros clandestinos en la casa de cita, llegaron a conocerse completamente. En cuitas íntimas y enternecedoras ambos llegaron a comprender que habían encontrado el verdadero y mutuo amor.

Cuando Venancio le informó a su madre, la viejecita apenas si alcanzó a decirle: “Está bien, hijo. Ya eres mayor y debes tener una compañera. Yo soy muy vieja para atenderte. Ojalá que esta señora te ayude a vivir decentemente. ¡Qué voy hacer! Es el destino. Taita Dios te dé felicidad, hijo”. No dijo más y le besó en la frente y limpió las lágrimas que rodaban por sus mejillas.

La ceremonia de la boda -a pedido de ella- se hizo en privado. De parte de él, sólo sus compañeros de trabajo, sus jefes y su madre, nadie más. De parte de ella, nadie. Ninguna persona del barrio estuvo presente. Nadie perdonó a la pareja su búsqueda de felicidad. Fue una boda muy triste. Después, aprovechando las  vacaciones de él, viajaron a la bella Tarma a pasar su luna de miel.

Todo fue muy bien hasta que cumplieron un año de matrimonio. Venancio comenzó a languidecer ostensiblemente. El doctor Norman Kelly, jefe del hospital americano le dijo que ya la neumoconiosis había avanzado y sus pulmones estaban completamente minados. No dijo más. ¿Para qué? En el pueblo todos saben  el triste desenlace de esta afirmación. Sólo que las mujeres del barrio, escandalizadas por su hospitalización, tejieron atrevidas conjeturas que nada tenían que ver con la verdad. La más aberrante fue la de la vieja Emilia: “Claro. ¡¡¿Qué esperaban?!! La maldita chuchumeca le ha ido chupando su “naturaleza” al pobre muchacho hasta convertirlo en un trapo. ¡Hasta los sesos le ha chupado como sanguijuela!. Claro, si día y noche lo ha tenido “Ocllado” (aprisionado) entre sus piernas, ¡maldita insaciable, perra! ¡¡¡Traga hombres!!”

A partir de entonces Venancio fue consumiéndose en una lenta agonía. Quedó convertido en un cadavérico espectro. Ya no era lo que había sido antes. En todo ese tiempo, con una prolijidad conmovedora, Rita lo fue atendiendo amorosamente. Lo tenía sentado para que pudiera respirar. No se apartaba de su lecho. Como una abnegada madre atendía sus más mínimos requerimientos. Todos los ahorros que había ido acumulando desde su juventud los fue gastando en la atención de su marido.

La agonía duró tres meses. Un día, presintiendo la cercanía del final, se abrazó a su mujer, le besó las manos y, con las últimas fuerzas que le quedaban, arrojó un vómito de sangre con los últimos vestigios de sus pulmones. La hemoptisis se lo llevó. En presencia de la anciana que se deshacía en llanto por el hijo muerto, bañó y amortajó a su marido, le compró un ataúd y lo enterró. Cuando la compañía le entregó su sobre con la indemnización, así íntegro, sin abrirlo, lo depositó en las manos de la anciana. Cogió sus ropas y atravesó el puente para no volver más.

 

EL TERREMOTO DE OXAPAMPA (24 de diciembre de 1937)

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“El terremoto que asoló Oxapampa y Chontabamba el 24 de diciembre de 1937, fue uno lo los más estremecedores que se produjo en el Perú. Silgado (1978) indica que además de los numerosos muertos y heridos que dejó en el fundo Victoria, se abrió una grieta gigantesca de donde emanó abundante agua con tal poder que arrasó con corpulentos árboles del entorno. Cerca del convento de Quillazú, emergió un volcán con fumarolas blancas como la nieve y, sus humos cubrieron Palmazú, Chilache, Chaupimonte, Ancahuachanán, Punchau, Chorobamba, Pavopampa, Yanachaga, Grapanazú, Santa Rosa, la Oriental, San Carlos y muchísimos lugares más. Alcanzó nueve grados en la escala de Mercali” Instituto Geofísico del Perú.

En la casa hacienda del fundo “El Oriental”, iluminada por potentes lamparines, la señora Emilia Tábori y sus hijas, Yolanda de dieciocho años y Olga de ocho, comentan animadamente con la abuela doña Elvira Sánchez de Tábori, lo ocurrido el año que termina. Las niñas acaban de llegar Lima para pasar sus vacaciones. Ansiosas aguardan la llegada del jefe de familia, don Adolfo Koch Schumann, alto empleado de las minas de Jumasha,  que ha  prometido estar con ellas para pasar Noche Buena y recibir la Navidad.

  • Ha sido un año tan largo en el que vuestro padre los ha extrañado mucho- dice doña Rebeca.
  • ¡Y nosotros a él y, a usted abuelita!- las niñas emocionadas, responden con presteza.
  • Sin embargo, todo será que las vea y, estoy segura que se va a emocionar. Durante todo el año no ha hablado de otra cosa. Además, tú, Yolanda, te has convertido en una bellísima y completa mujer; otro tanto digo de ti, Olguita; en Lima has pegado un estirón que casi alcanzas a tu madre.
  • ¡Así es abuelita…!
  • El que estén ustedes aquí será un hermoso regalo de Navidad para tu papá; estoy segura. Ya lo verán hijas mías.

Las risas y bromas menudearon en aquellos momentos de gran espera. Al llegar la medianoche se retiraron a sus alcobas a descansar. Al asegurar la puerta doña Elisa, quedó atónita a la puerta, con la lámpara en la mano y una interrogación en los ojos.

— ¡¿Qué es lo que ocurre con estos animales?!… Todos están inquietos. ! Las gallinas no dejan de revolotear cuando debieran estar durmiendo y los caballos se encabritan como si quisieran escapar de una prisión… ¿Qué ocurrirá…?!

Nadie sospechaba la trágica respuesta que la naturaleza les daría aquella noche.

Doña Ubaldina de Ames, propietaria del hermoso fundo “Punchau”, había recibido aquella tarde la visita de Juan Ivancovich, hijo de un próspero comerciante austriaco del Cerro de Pasco, y de Juan Loechle, comerciante lugareño que había recibido a Ivancovich para recibir la Navidad en su fundo de Oxapampa.

— Es muy grato para mí recibir la visita de los hijos mayores de mis mejores amigos. Sean bienvenidos en esta su casa – doña Ubaldina había sacado unas copas de ajenjo con las que brindaba por sus amigos ausentes.

— Gracias, doña Ubaldina. Mi padre me ha informado de la entrañable amistad que los une y, me ha pedido que le haga presente sus recuerdos y sus saludos.

— Bien, joven amigo, ahora que han decidido aposentarse en Oxapampa nuestra amistad seguirá siendo indestructible. Han hecho bien en decidirse a dejar el Cerro de Pasco que, por su altitud, es muy peligroso y por su frío, también…

— Así es, señora…

— Ya felizmente están muy animados, señora Ubaldina. La primera semana de enero estarán definitivamente con nosotros. Juan está yendo a conocer las propiedades que les venderá mi padre- intervino Loechle.

— ¡Salud por esa gran noticia…!!!

Durante el resto de la noche conversaron animadamente sobre los negocios de sus familias y, ya rendidos de cansancio, se retiraron a descansar a sus habitaciones. Al día siguiente seguirían camino a Oxapampa.

Cuando todo se hallaba en aparente tranquilidad con tan sólo el lúgubre aullido de los perros y un sofocante calor que cada vez se acentuaba más, un horroroso y estremecedor estrépito, como si la tierra comenzara a hundirse definitivamente, despertó a los vecinos de los valles de Huancabamba y Oxapampa. Horrorizados abrieron los ojos y se incorporaron sobre sus cobijas. Un trepidante remezón hizo caer muebles y cuadros de las casas. Al ensordecedor rugido de la tierra, siguió su tétrico ronquido y el temblor inmisericorde, en medio de gritos espeluznantes de hombres, mujeres y niños,  se mezclaba con el estrépito de las paredes cayendo y las maderas quebrándose estruendosamente. Era la una de la madrugada del 24 de diciembre de 1937.

En el fundo “La Oriental”, sacudidas por imparable bamboleo, las paredes de la casa hacienda se amontonaron como si se tratara de una castillo de naipes, apagando los estremecedores gritos de sus ocupantes. Un polvo picante y una oscuridad estremecedora hacían más terrible el sordo rugido de la tierra. En escasos segundos, entre un fragor espantoso, toda la familia Koch-Tábori, quedaba completamente sepultada.

En el edénico fundo “Punchau”, en cuanto las vibraciones del terremoto se habían iniciado, los jóvenes Ivancovich y Loechle, salieron despavoridos a ganar la calle y, cuando ya lo habían logrado, escucharon los estremecedores gritos de la señora Ubaldina, que aprisionada entre los maderos de la escalera les llamaba pidiendo auxilio sin poder moverse. Volvieron inmediatamente. A tientas, en una oscuridad cerrada y asfixiante, comenzaron a remover pisos y terrales; fatalmente el movimiento sísmico era tan continuo que, una pared que había quedado suelta sepultó a los jóvenes amigos en contados segundos. Doña Ubaldina trató de incorporarse, pero no pudo. Un enorme tijeral le había aprisionado la pierna derecha, cortando venas y rasgando gran extensión de tejido cutáneo que le originó una hemorragia espantosa.

La tierra seguía temblando con leves intermitencias echando por los suelos las construcciones de adobes y tapia de Palmazú, Chilache, Chaupimonte, Ancahuachanán, Punchau, Chorobamba, Pavopampa, Yanachaga, Grapanazú, Santa Rosa, la Oriental, San Carlos y muchísimos lugares más.

El pánico era aterrador. Los gritos se confundían con el pasmoso ruido subterráneo. En algunos lugares, la gleba se había cuarteado visiblemente y de sus hendiduras, abiertas y profundas, un cáustico gas sulfuroso ahogaba el ambiente en irritantes emanaciones.

En la hacienda Ancahuachanán -tétrica oscuridad- don Aníbal Cárdenas había realizado una heroica actividad de salvamento de familiares y vecinos no obstante tener una pierna seriamente lastimada. Cuando, agobiado, terminaba de sacar al último herido, en medio de espectacular polvareda, se hundió conjuntamente con toda una fila de casas de la hacienda.

El pavoroso desastre de aquella madrugada, comenzaba en la avenida Progreso, a diez kilómetros de Oxapampa y, treinta kilómetros más allá, en Huancabamba, las casas estaban completamente destrozadas.

En Oxapampa, a poca distancia el convento de Quillazú que regentaban las Misioneras Franciscanas de la Divina Pastora, tenían su residencia los socios Fermín Rodés y Antonio Guardiz, dos maduros españoles que después de cimentar su fortuna en las minas el Cerro de Pasco, habían llegado a Oxapampa para dedicarse a la agricultura. La casona donde residían era amplia y sólida; no obstante, al iniciarse los remezones –que en esa parte de la ciudad fueron escalofriantes- se abrió un enorme cráter en el centro de la sala, como si se tratara de una mina profunda y, succionados por el vacío producido fueron a caer al centro del boquete envueltos en un polvo fino y punzante donde encontraron horrible muerte tras larga y dolorosa agonía.

Cerca de allí, la señora Marcelina Miche de Miranda, fue arrojada al piso con sus hijos, Saturno de doce, José de diez e Irene, de seis años. Una pared había caído sobre las escaleras al abrirse la tierra, aprisionándoles medio cuerpo. Imposibilitados de moverse, sufrieron la trituración de los miembros inferiores por el continuo bamboleo de toneladas de tierra sobre ellos. Sus gritos escalofriantes se confundieron con el sordo estrépito de la tierra herida y gimiente. Los relatos de los pocos sobrevivientes fueron verdaderamente conmovedores. Los diarios cerreños recogieron cada uno de ellos conmocionando al pueblo minero que, solidariamente brindó su más amplio apoyo.

La noche del 29 de diciembre, en el tren de pasajeros llegaba al Cerro de Pasco, el postillón de correos del valle de Huancabamba. Visiblemente conmovido con lágrimas rebasándole los ojos, Pablo Ayala, natural de Mallapampa, fue entrevistado por las autoridades y redactores del diario EL MINERO. Esto fue lo que declaró: “Señores, fue terriblemente espantoso lo que vimos el 24, a la una de la mañana. Aquella noche el calor se había sentido más fuerte que nunca. Como si el aire viniera del infierno, y aunque ustedes no me crean, desde el mediodía todos los animales se encabritaban furiosos e intranquilos, como si supieran lo que iba a acontecer. Al producirse el terremoto todos despertamos alarmados. La tierra temblaba como si se tratara de una inmensa zaranda y, de todas partes, el polvo de las casas se elevaba por los aires (bebe agua y se seca las lágrimas). Yo, pudiendo o no pudiendo, salvé a mi mujer y a mis hijos. Aquella noche, por todas partes se escuchaban los gritos de mujeres y de niños, y en ese momento también, un humo como de ají ardiente, se sentía en todas partes (bebe agua). Todos amanecimos aterrorizados y sin saber lo que estaba ocurriendo alrededor de nosotros… El sábado 25, día de Pascua, decidí salir de Huancabamba a pedir auxilio. No era posible que todos nos quedáramos sin hacer nada. Era necesario informar de lo que había ocurrido y conseguir, de esa manera, auxilio generoso para los que estaban sufriendo. Como si todo lo ocurrido fuera poco aconteció algo inesperado. Cuando yo estaba parado en el corredor de la hacienda, esperando las valijas urgentes para transportarlas, alcancé a ver con estupor,  una gran cantidad de humo que no permitía respirar y hacía arder la garganta. Cuando por el aire el humo de disipó en algo, no pude creer lo que estaba viendo. ¡¡¡Un volcán, señores, un volcán!!!. No lo podía creer. ¡Era un volcán en plena erupción cerca del convento de Quillazú!. Hombres y mujeres, deshechos en lágrimas nos arrodillamos para pedir a Dios que aplaque sus iras. La gente estaba deshecha. Todos teníamos a nuestros parientes, amigos y vecinos, heridos o sepultados entre los escombros. Y, aunque ustedes no crean, los movimientos de tierra siguieron hasta el lunes, en que estuve en Huachón. (Bebe agua y limpia sus lágrimas). Yo soy el único hombre que ha podido salir de la montaña. Todos tienen miedo de que en el camino sean muertos por el terremoto. (Bebe una copa de pisco que le han alcanzado). He traído varias cartas de las haciendas “Chaucha” y “Chorobamba”, para los señores Maúrtua, Cárdenas, Rubio y Capdevila, que piden auxilio para sus familiares. (Bebe). El número de muertos es incalculable. La pestilencia de los cuerpos descompuestos ya es horrible. El aire es irrespirable. Nadie sabe de lo ocurrido en Oxapampa, porque se halla completamente aislada. ¡El volcán está echando humo y cenizas. Las cenizas son blancas, como nieve, como la nieve de aquí… El puente de Yanachaga está por caerse. Se mantiene de milagro, pendiente de unos retazos de madera que en algún momento va a ceder. El río Huancabamba está socavando los cimientos de sus muros. ¡Este puente es el único que comunica Huancabamba con Oxapampa…! ¡Yo les pido por amor de Dios que vayan ayudar a los que han sufrido esta desgracia…!.. ¡ Por favor, señores!… ¡ Misericordia!. (Se echa a llorar abiertamente, con una conmovedora desesperación).

El 30 de diciembre de 1937, con la premura del caso, el Presidente de Rotary Club, doctor José G. Cobián, convoca a una sesión de emergencia. Por acuerdo general, atendiendo la urgencia del caso, reúnen de todos los hospitales y postas sanitarias, los medicamentos imprescindibles para atender la emergencia, dejando sólo lo indispensable. Se delega la responsabilidad de auxilio médico a dos jóvenes profesionales que están en la flor de su edad. El médico Alberto Guess, que acababa de llegar a la ciudad y es especialista en enfermedades tropicales y excelente cirujano. Va con él, el excelente enfermero, Pedro Santiváñez Castillo que,  por sus méritos personales, se ha convertido en flamante jefe de enfermeros. Ellos deberán viajar de inmediato por la ruta de Tambo del Sol y Huachón. Estos esforzados y humanitarios servidores de la comunidad partían a las cinco de la madrugada del primero de enero. En Huachón les esperaban cinco hombres y 25 acémilas para el transporte del auxilio médico.

Cuando, tras sortear los peligros de abismos y farallones que circundan la arriesgada ruta, el médico y el enfermero, llegaron al cruento escenario del terremoto, sufrieron una horrorosa impresión a la sola vista del escenario dantesco. “El olor a muerte y tragedia inundaba toda la localidad – nos contaba don Pedro en un reportaje que le hicimos, años más tarde- Tuve que arengar al doctor Guess con palabras muy duras para que salga del shock que acababa de sufrir. Él era muy joven y se encontraba muy conmocionado”. Ya repuestos, emprendieron un trabajo verdaderamente agotador. Contando con algunos sobrevivientes que milagrosamente se encontraban indemnes y, con la ayuda de algunos sacerdotes franciscanos, emprendieron la dura tarea de rescate y transporte de víctimas al improvisado hospital que levantaron.

Primeramente, hicieron todo lo posible para salvarle la vida a doña Ubaldina Ames que acababa de ser rescatada de los escombros de su casa. Tenía las piernas prácticamente seccionadas, con una hinchazón cada vez más espectacular, debido a la gangrena que ya se habían apoderado de sus carnes. La profusa hemorragia la había debilitado tanto, que apenas pudo resistir la curación tras una inyección de morfina; luego de narrar lo acontecido en su casa, e implorando perdón a Dios por sus pecados, obtuvo la absolución de los sacerdotes y, cerró sus ojos para siempre.

Aquella mañana, con el rostro desencajado, los ojos abiertos en inmensa interrogante y las ropas destrozadas -como un espectro- llegaba al escenario de la tragedia, don Adolfo Koch Schumann. Había caminado cinco días y cinco noches, por abismos y cerros, por cañadas y llanos; había cruzado caudalosos y amenazantes ríos, empujado por una angustia mortal y una encendida esperanza en un rincón del corazón. Todo fue en vano. Cuando vio el montón de escombros donde antes se levantaba su casa, pálido en extremos de agonía, se arrodilló a llorar la impotencia de su desgracia. Con los ojos incrédulos vio lo que todos habían visto antes. Era imposible que alguien hubiera podido escapar con vida  de aquel infierno. Entre paredes destrozadas, maderos quebrados y hierros retorcidos, yacía sepultada toda su familia: Su esposa, sus hijas, su suegra. Todo lo que tenía en la vida. Fue verdaderamente dramático el rescate de las víctimas. A partir de ese momento, el hombre se convirtió en un muerto en vida, un enajenado que ya actuaba mecánicamente.

Aquel mismo día, el comandante Jesús Villanueva de la Base Aérea de San Ramón, salió pilotando un avión de reconocimiento para observar el estado en el que habían quedado los caseríos del valle de Huancabamba. Vio que todo era escombros, sólo escombros. Buscó por todos los medios posibles, un lugar plano donde pudiera aterrizar, pero nada le ofrecía aquella perspectiva. Todo estaba deshecho, como tras un bombardeo. Tuvo que informar que nada quedaba en pie y no había un solo lugar donde la máquina pudiera posarse.

Muchos casos dramáticamente conmovedores se relataron después del trágico acontecimiento. Por ejemplo, cuando removieron las toneladas de tierra que cubrían una  casa, un espectáculo desgarrador se ofreció a los ojos de los rescatadores. Una madre de 35 años, tenía cogidos de las manos a sus dos hijos, de 6 y 10 años, y prendido de sus faldas, su hijo mayor de doce años; y a pesar de que tenían los cuerpos destrozados, la muerte no los había separado; sólo una niña recién nacida, milagrosa e increíblemente, era la sobreviviente del cataclismo.

Alfredo Grey, vecino de Huancabamba, aseguraba que el terremoto tenía origen volcánico, pues horas antes del cataclismo, se habían oído fuertes ruidos, a manera de explosiones, que había alarmado a la población. Se hallaban comentando el extraño fenómeno cuando comenzó a llover  lava hirviente y trozos de piedra como si fuerzas desconocidas las arrojaran sobre la ciudad que acababa de ser arrasada. En la quebrada de Chontabamba aseguraban haber encontrado un cráter. Muy cerca del Convento de Quillazú, tuvieron que cavar mucho para rescatar los desgarrados despojos de Fermín Radés y Antonio Guardiz, los españoles. Extrañamente, sus cuerpos habían sido succionados a una increíble profundidad en el centro de la casa que habitaban.

Juan Machiavelo, recaudador de Huancabamba, el más diligente de los auxiliares de los sanitarios, aseguraba que después del terremoto, 45 réplicas -las había contado todas- seguían samaqueando la tierra. Las gentes -temerosas de que el terremoto volviera a repetirse- tuvieron que dormir en carpas improvisadas.

Durante cinco días, y casi sin dormir ni alimentarse debidamente, con el solo deseo de atenuar los dolores, el médico y el enfermero, trabajaron tan denodadamente suturando heridas; entablillando y enyesando fracturas; haciendo transfusiones rápidas; vacunando contra tétanos y otras enfermedades que pudieran presentarse; inclusive, algunas operaciones quirúrgicas de emergencia, generalmente amputaciones. En esta ocasión dispusieron la inmediata sepultura de los cadáveres rescatados porque se encontraban en avanzado estado de descomposición. Al final, la lista de baja y heridos graves, fue la siguiente:

MUERTOS

  1. Emilia Tábori de Koch, de 40 años.
  2. Yolanda Koch Tábori, de 18 años
  3. Olga Koch Tábori, de 8 años
  4. Evarista Herrera, de 60 años.
  5. Domitila Casimiro, de 7 años.
  6. Marcelina Miche, de 35 años.
  7. Saturno Miranda, de 12 años.
  8. José Miranda de, 10 años
  9. Irene Miranda de, 6 años.
  10. Fermín Rodés , de 45 años
  11. Antonio Guardix, de 47 años
  12. Domitila Nano, de 16 años
  13. Julia Chávez , de 5 años
  14. Ubaldina Ames, de 45 años
  15. Juan Loechle, de 25 años
  16. Juan Ivancovich, de 24 años
  17. Luis Macury, de 9 años
  18. Victoria Villegas, de 36 años y en días de dar a luz

  HERIDOS DE GRAVEDAD

  1. Nícida Rowe
  2. Lastenia Beltrán
  3. César Mácury
  4. Hilda Mácury
  5. Cristina Vda. de

CASAS COMPLETAMENTE DESTROZADAS

En el Valle de Chontabamba, 34 casas

En el Progreso, 23 casas

En Huancabamba, 28 casas

En San Daniel, 10 casas

En Oxapampa, 10 casas

El implacable derrumbe de los cerros había cubierto numerosos tramos de la Vía Sotil; igualmente el camino que conduce al valle de Pusagno. En la ruta a Huancabamba se notaban numerosas grietas y deslizamientos. El puente que unía a Oxapamapa con Chontabamba había desaparecido. Dos puentes que ligaban a dos sectores importantes entre Oxapampa y el Valle de Progreso también se habían perdido. Los puentes que unían a Chanchamayo y Carhuamayo, o sea Llamaquizú y Yanachaga, habían sufrido daños considerables en sus bases. En el fundo San Martín, se había volteado –como si alguien lo hubiera hecho con las manos- un depósito de aguardiente. En este mismo lugar, en el epicentro del terremoto, las papas que estaban florecidas dentro de la tierra, salieron despedidas hacia arriba como impulsadas por misteriosas y subterráneas catapultas. En el fundo victoria, en terreno llano, se abrió un enorme boquete del que manó un volumen considerable de agua que arrastró corpulentos árboles, aumentando el caudal del río Chorobamba. Los cerros boscosos de los ríos Chontabamba y Chorobamba, sufrieron enormes deslizamientos y derrumbes, que llegaron a abarcar una considerable extensión de más de diez leguas.

Desde el amanecer del 24 hasta el 5 de enero, se habían registrado en la zona, 600 temblores de regular intensidad.

Cuando comenzaron a llegar los médicos, enfermeras, policías, periodistas, familiares de Tarma, La Merced, Chanchamayo, La Oroya, Lima y otros lugares, el doctor Alberto Gues y el Enfermero Pedro Santiváñez, decidieron regresar al Cerro de Pasco. Hambrientos y casi sin dormir, habían cumplido una hermosa y heroica misión. Cuando salieron de Huancabamba, traían en sus retinas y en el alma, dantescos cuadros de conmovedoras escenas que les había tocado vivir. Allá quedaba en la memoria y en el corazón, una herida que no han olvidado.

LA NAVIDAD EN EL CERRO DE PASCO

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La histórica ciudad minera, toda de blanco, acurrucada de frío para recibir la Navidad de pasados años. Entera. Invicta. Todavía no habían abierto la monstruosa tumba del “Tajo Abierto”. Pasados los años, la recordamos así, íntegra y hermosa, evocando nuestros años infantiles. Rememorando aquellos tiempos saludamos a todos nuestros amigos del Perú y el extranjero que nos acompañan en nuestra página evocativa. Un abrazo especial para el doctor Efraín Herrera León, gran amigo y figura notable de nuestra tierra del que fue su Alcalde en muchas oportunidades. Deseamos para todos nuestros amigos mucha felicidad en Navidad y prosperidad en los años por venir. ¡Salud!

Ha llegado la Noche Buena a la ciudad minera. Desde las primeras horas del día un surtidor de nieve ha cubierto de albura a la ciudad, como si el tiempo no quisiera excluirse del festejo. Con el transcurso de las horas, techos, antepechos de ventanas, alféizares, dinteles y montantes de puertas y  balaustres de balcones han ido blanqueándose. Los bordes de las ventanas cubiertos de nieve dejan tan sólo una abertura para tamizar la luz. Ante estas nieves copiosas, los viejos mineros estaban de plácemes. Derretidos los copos, bajarían en arrebatadas riadas convergiendo en los Ingenios –molienda de metales- dejando la amalgama de plata y mercurio en el fondo de los pozos después de haber arrastrado todo el barro que los cubrían.

Las calles cerreñas están vestidas de fiesta. Ríos de gente abrigada provista de gruesos zapatones ellos y botas hasta la pantorrilla, ellas, circulan apresuradas para converger en el centro. Van caminando sobre la nieve que cruje con un sonido especial que transcurrido el tiempo rememoramos con nostalgia. La subida de la Calle del Marqués fulgura con extrañas  luminosidades. Dos o tres faroles de artesanía asiática colgados a cada puerta le dan un encanto especial a esta vieja y linajuda calle cerreña. Aquí están aposentados chinos y japoneses que aún sin ser su fiesta, colaboran para que la nuestra -conmemoración de la cristiandad- sea más hermosa.

Los negocios de españoles, austriacos, croatas, italianos, franceses, ingleses, polacos -extranjeros residentes en la ciudad- están repletos de gente ávida de comprar lo necesario para celebrar el acontecimiento. Las principales bodegas de los españoles Vicente Vegas, Francisco “Paco” Gallo, Antonio Ruiz; de los italianos Vincenzo Amoretti, Alessio Sibille, Jacobo Cortelezzi, Orestes Concatto y Pietro Beloglio; de los franceses Leopoldo Martin, François Poncignon, Emile Sansarricq; de los ingleses Brown, Woolcoot, Wilson, Taylor; de los austriacos Nicolás Lale, Frano Raicovich  y Juan Kukurelo; de los catalanes Antonio Xammar, Lucas Moreti, y Hermanos Martorell; de los croatas Jorge Klococh, Nicol Vlásica, Franko Soko y decenas de extranjeros más.

Los campamentos mineros de Ayapoto, San Andrés, Noruega, Cureña,  Railway, Yanacancha y La Esperanza -radiantes de luminosidad- resplandecen alegres con los destellos de la nieve. Frente al campamento de la Esperanza, domicilio de don Delfín Castillo y doña Felicia Taylor, han erigido un nacimiento extraordinario; como ellos, todas las familias cerreñas han armado los suyos.

Hoy día todos recuerdan que: “Faltaban pocos días para la navidad del año 1223 cuando San Francisco de Asís regresaba de una peregrinación, agradecido por todo lo que había visto y oído y más convencido que nunca de hacer algo que rompiera el lujo y boato existentes en esa época en la iglesia, concibió una representación del nacimiento del Mesías, acorde con la vida y enseñanza de Jesús y solicitó permiso al Papa Honorio III, protector de las órdenes mendicantes, para celebrar aquella navidad de un modo especial, con un  Belén al aire libre. El permiso le fue concedido y la víspera del 25 de diciembre, una de las grutas de la aldea montañosa de Greccio, en Italia, se iluminó con las velas y antorchas de los campesinos que fueron a presenciar el acontecimiento. La historia señala que San Francisco dijo el sermón y leyó el Evangelio de la Misa de Gallo desde una especie de púlpito. A partir de entonces, en todo el mundo católico se levantan los nacimientos en conmemoración de la santa Epifanía”.  Fueron en consecuencia, los miembros de la seráfica orden franciscana los que lo echaron a rodar la costumbre por el mundo cristiano. Al Perú llegó traído por los colonizadores con el nombre de Nacimiento o Belén. A nuestra ciudad arribó con los primeros mineros españoles.

El hogar de los yanquis no está exento de celebrar la Noche Buena. En lugar preferente de su sala han colocado un hermoso pino con guirnaldas brillantes, bombillos de luz eléctrica, listones, bolas luminosas, caramelos y sorpresas; debajo, en lustrosos envoltorios, los regalos familiares.

Ahora recordamos que delante de los resplandecidos escaparates, especialmente en la Mercantil de la “Compañía”, rostros asombrados de inquietos ojos infantiles contemplan juguetes de ensueño. Carros de último modelo, exactas réplica de las marcas que vende “Gallo Hermanos”; muñecas de biscuit de rostros delicados y pelucas endrinas o rubias; juegos completos de té; fantásticas casas de muñecas; trenes eléctricos que atraviesan túneles y puentes con estridentes silbidos y controles a desnivel; soldados de plomo defendiendo de indios que atacan un fuerte del Far West; equipos completos de pieles rojas de plumajes colorinescos, armas y tiendas de cuero; disfraces de “Llanero Solitario” y Toro, del ” Zorro” y el “Último mohicano”; pelotas de cuero y bates de béisbol; pistolas de cachas de nácar y cartucheras de cuero; espadas, corazas y dagas. Toda una gigantesca variedad de juguetes que con sólo mirarlos nos hacían soñar.

El nacimiento navideño brilla como la gloria. A los “chiuches” se nos pela los ojos de asombro al mirarlo. ¡Qué hermoso está el Retablo! Sobre una arquería de quishuares de redondeadas hojas verdes y filo blanco, han amarrado molles y retamas y chiracas y eucaliptos, cuyos cálidos aromas trascienden la estancia fiestera. Alternadamente, en cortados envases de lata, las semillas de trigo y cebada que se han sembrado y ahora forman atractivos haces verdes. Las rocas de cavernas trabajadas con papeles de cemento y pintadas simulando vetas impregnadas de piritas y cascajos y rosicler y pavonadas y deslumbrantes filones de sílice, ámbar, burcita, feldespato y obsidiana. El “Capillero” ha tenido el acierto de contratar al electricista Cristóbal que con extraordinaria habilidad ha colocado focos blancos y pintados en los más intrincados rincones de la caverna en el que se erige el pesebre.

Al centro del portal, sobre una rústica cama de madera cubierta de pajas, el Niño, hermoso y sonriente como un sol, abrigado con finos ropones de lana, tejidos por laboriosas manos cerreñas. ¡Debe estar abrigado! Flanqueado por el barbado José, el carpintero, su padre y María, cardadora de lana, su madre, un trío tradicional: la mula, el borriquito y el buey. Frente a Él, de rodillas, tres reyes de regias vestiduras, uno blanco y cano; otro rubio y joven; el tercero moreno tirando a negro; Melchor, Gaspar y Baltazar portando cada uno cofres conteniendo sus más preciados regalos. “Gaspar ofreciendo el oro, vestido con su túnica color  jacinto, simbolizando el matrimonio; Melchor entregando la mirra, llevando ropaje de distintos colores, en señal de penitencia; y Baltazar, el incienso, con un atuendo de color azafranado, que representa la virginidad”.

 Han llegado de tan lejos siguiendo la estrella luminosa y, no obstante el cansancio que los agobia, sus ojos relampaguean de dicha y sus rostros trasuntan la felicidad de estar ante el Hijo de Dios. Por lo demás, entre sinfonía de relinchos y mugidos, grupos de jóvenes pastores con sus tiernos “shutis” al hombro y su séquito de ovejas y carneros de retorcidas astas, rinden su homenaje al Niño. Se ven también  vacas y pollinos y potros y cabras y llamas y vicuñas y alpacas, menos el chancho; la leyenda cuenta que cuando de plácemes todos los animales se aprestaban a concurrir a la adoración, él, ocioso, cochino y rezongón, se negó a asistir; desde entonces jamás pudo levantar la cabeza y nunca mirará al cielo. ¡Dios no lo quiere!

Del arca maravillosa donde se guardan los juguetes del niño, el “Capillero” –mago de creación e inventiva- ha sacado aves de variadas plumaje que en grupos compactos se desplazan mayestáticos sobre un espejo que simula un transparente lago encantado: patos reales, cisnes majestuosos, robustos gansos, diminutos patillos detrás de mamá pata, flamencos de largas piernas, alcatraces, gaviota y lebreles y guacamayas y pingüinos y piwis. Aves de agua dulce y mar. ¿Por qué no?  ¿No es la noche de los milagros?

Rodeando el lago también una variopinta mudanza de pájaros de formas, tamaños y colores diferentes, envueltos en la magia de paz que reina en el Nacimiento; águilas, halcones, lechuzas, quetzales, papagayos, pitos, gacharrancas, gavilanes, cornejas, palomas, codornices, lechuzas, frailiscos. En una esquina, prodigio de inventiva, una mina con sus coches de transporte mineral y sus mineros. ¿Cómo podían estar ausentes estos prodigiosos buscadores de riquezas? ¡Qué hermoso está todo! Imbuidos de fe, los niños hemos dejado al lado de la cama nuestros mellados zapatitos vacíos de amor y esperanza. Siempre estuvieron vacíos.

Cercana la medianoche, una parvada de tiernos niños ataviados de pastorcillos, recorren pletóricos de entusiasmo las ateridas calles en una conmovedora rondalla bulliciosa.

Venid, pastores, venid,

                                                           venid a adorar,

                                                           al Rey de los Cielos

                                                           que ha nacido ya…!

 Ellos entonan alegres villancicos, tiernas y dulces tonadas cuya música retozona y letras ingenuas fueron inventadas por las sencillas gentes del pueblo, por los poetas de la villa; de allí su nombre: villancico. Nacido en pleno siglo XV, se constituyó en alijo de los conquistadores y trepó las aventureras carabelas que recalaron en nuestras costas. A su llegada tomó carta de ciudadanía en nuestro pueblo y se hizo cerreño. Tenía que ser así, porque labrado en el dulce idioma castellano, junto con los romances, las adivinanzas, las coplas y los cantares, pasó a pertenecer al pueblo minero también.

Corramos, corramos,

                                                           volemos allá;

                                                           que Dios niño y pobre,

                                                           nos acogerá.

 De camino a la vieja iglesia de Chaupimarca donde alegrarán la Misa de Gallo, recalarán en los nacimientos familiares que hay en el trayecto. Ellos con sus multicolores birretes de lana, camisetas y chalecos y pantalones de bayeta y “shucuyes” pastores, cargan sobre sus tiernos pechos sus hondas iridiscentes, en tanto una de sus manos acompaña la danza con el acompasado sonido de una sonajas de chapas; uno de ellos –el mayorcito- conduce al grupo con un sonoro triángulo metálico.

Arre,  borriquito,

                                                           vamos a Belén,

                                                           que mañana es fiesta,

                                                           pasado también.

 Ellas, caritas encendidas de arrebol y de felicidad, con sus faldellines de colores, polkitas iluminadas de abalorios y la cata de castilla bordada sobre las espaldas, transportando un “quipecito” de paja para abrigar al niño. Llegados al nacimiento, las parejitas bailan de dos en dos, acercándose al niño y, sin perder el compás, se prosternan ante el Él.

En lecho de paja

                                                           desnudito está,

                                                           viendo a las estrellas,

                                                           a sus pies brillar.

coro-de-pastorcitosLos pastorcillos son niños del pueblo, hijos de perforistas, carrilanos, enmaderadores, troleros, tareadores, perforistas, etc. Para la oportunidad han estado ensayando en una o varias casas de fieles celebrantes. Después de haber bailado cinco o seis rondas, rodeados de los circunstantes, beben calientes tazas de chocolate para seguir su peregrinaje a otro nacimiento.

Cercana la medianoche habrá un silencio expectante que sólo será roto –doce en punto- por el agudo silbido de los “pitos” de las minas, el ulular de la sirena de la Compañía de Bomberos, el bullicioso rebato de las campanas de iglesias y capillas; las bombardas y los cohetes sonoros. ¡Feliz Navidad! y los abrazos de amor y buena voluntad unirá a familiares y amigos.

Tras haber bebido el chocolate con bizcochos, pan de maíz y bizcochuelos, en una rondalla de felicidad, todos sin excepción, chicos y grandes, formarán parejas para adorar al Niño. Así, con la alegre música continua, una tras otra, las parejas llegan ante el Salvador del Mundo y dejan sobre un platillo su óbolo navideño. Nadie se libra. Cuando todos han adorado, la música lugareña pletórica y alegre, animará el baile de los circunstantes que amanecerán llenos de alegría.

Pasados los años, lejanos en el tiempo y el espacio, evocamos con emoción muy grande aquellos instantes que todavía guardamos emocionados en un recodo del corazón. ¡Felicidades, hermanos! Desde este rincón de mi blog, agradeciéndoles por sus visitas y palabras cariñosas, les digo de todo corazón: ¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo! Que Dios los bendiga.