LA BATALLA DEL CERRO DE PASCO (6 de diciembre de 1820) (Segunda parte)

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Después del reconfortante almuerzo que finalizó con un delicioso dulce de caya, el General Arenales con su Estado Mayor y el montonero cerreño, Camilo Mier, pasaron a la habitación del jefe para cambiar impresiones.

– ¡A las órdenes, mi General! –el montonero cerreño, con abrigadas ropas de lana, botas ganaderas y sable toledano en la mano, se cuadró militarmente frente al Jefe Superior –Soy Camilo Mier, jefe de las guerrillas del Cerro de Pasco  y representante de todos los patriotas que luchan en esta zona. -Allí estaba el primero de los patriotas cerreños que conjuntamente con otros, conformaba la Partida de Guerrilleros de Pasco; nieto de notables mineros españoles e hijo del Alférez, José Antonio Mier, de la Compañía del Ejército del Rey, “Dragones de la Frontera”. Iniciada la lucha libertaria, el ejército español, sin miramientos de ninguna clase, se había apoderado de las minas de sus abuelos y de todas sus pertenencias, dejándolos en la inopia. Este fue el poderoso motivo por el que decidiera formar la inicial “Partida de Guerrillas” que luchó contra los realistas, desde mucho antes de la llegada de Arenales.

– ¿Cuáles son los informes que tiene que alcanzarme?

– En primer lugar, mi General, le damos la más efusiva bienvenida a nombre de todos los patriotas que luchamos en esta región…

– ¡Gracias, Comandante!…

– Nuestros cuadros están resguardando los pueblos de la zona y sus pertenencias. Cuando los realistas salen a efectuar sus malones para recolectar alimentos, principalmente ganado, que en la zona abunda, aprovechamos para sorprenderlos y causarles bajas. Custodiamos todos los caminos y cuando entran en nuestro territorio, programamos rápidos ataques a sus fuerzas. De esta manera los tenemos en jaque, impidiendo que efectúen  sus abusos y depredaciones.

– Bien, muy bien, Comandante… ¿Cómo están constituidos los cuadros guerrilleros en la región?

– En Yanahuanca, hay un fuerte cuadro bajo el mando del coronel Mariano Fano; en Paucartambo hay otro, bajo el mando del comandante José María Fresco; aquí en Pasco, el mayor Balaguer y yo… también tenemos nuestros grupos en varios lugares de la zona en condición de patrullas volantes…

– Bien está… ¿Se han cumplido con mis otras disposiciones?

– Sí, mi general. Al pie de la letra. Los pasquines revolucionarios se han repartido en toda la sierra como se viene haciendo desde finales del siglo pasado. Todos los pueblos sintieron un alivio y una alegría indescriptible al enterarse de que el Ejército Libertador, llegaba. Todos están deseosos de ver derrotados a los realistas.

– ¡Buen trabajo, comandante!… ¿Y qué me dice del jefe Irlandés que manda las fuerzas españolas?

– El general O´Reilly con su división de tropas no se han movido del Cerro de Pasco, no obstante que nosotros hemos hecho llegar a sus oídos, que usted llegaba con el ejército patriota.

– ¡Aja! –pronuncio Álvarez de Arenales pensativo.

– Todos los “chapetones” del Cerro están ayudando a los realistas; los están alimentando y los han alojado en la enorme casona del viejo Olaechea. No hay duda. Están decididos a quedarse.

– Así es. Ahora lo veo muy claramente, O´Reilly está cumpliendo a plenitud las órdenes que le ha dado el Virrey. Quiere mantenerse en propiedad de la ciudad minera impidiendo el paso para unirnos con el General San Martín, que de acuerdo con el plan de operaciones ya debe hallarse en la costa norte de Lima.

– En estas circunstancias… ¿Qué determinación habrá de adoptar, mi general? –interrogo ansioso Camilo Mier.

– ¡¡ No nos queda otro camino que el combatir!! –resolvió rápidamente Arenales.

– ¡¡ ¿Aquí, mi General?

– No, iremos al Cerro de Pasco y, combatiremos en ese lugar. En cuanto a ustedes, comandante, me es satisfactorio decirles que han cumplido con la misión que se les ha encomendado; por esta razón déjennos el campo libre para que sean nuestras armas las que se enfrenten a los realistas… Ustedes deberán estar a la expectativa para caer sobre los grupos enemigos que crean conveniente y en el momento preciso, tratando eso sí, de no duplicar funciones de guerra con el ejército regular.

– ¡Bien, mi General!. ¡Si ése es su deseo; así se obrará!.

– El tiempo está amenazante. Tendremos una fuerte desventaja –intervino el jefe del Estado Mayor.

– ¡Ellos también tendrán la misma dificultad. Claro que están más acostumbrados que nosotros, pero igual, tenemos que enfrentarles.

– Entonces, es imperativo el detallado estudio del terreno que seguramente ellos conocen como la palma de su mano –dijo categórico el ingeniero, capitán Althaus.

– ¡Eso, sí!… ¡eso sí!… Pero tenemos que efectuarlo inmediatamente. Para realizar la exploración me acompañarán, el Teniente coronel Manuel Rojas, el Mayor Juan Lavalle; el capitán Althaus, en su calidad de ingeniero; el comandante Camilo Mier, como guía, ya que siendo oriundo del lugar lo conoce a la perfección; y un escuadroncillo de granaderos.

– ¡A las ordenes mi general! –respondieron al unísono los aludidos.

– ¡¡Arrópense adecuadamente!!… ¡¡la lluvia está a llegar!!.

A las tres de la tarde, cuando los relámpagos fulguraban el ambiente de incontenible lluvia, partieron a estudiar el terreno. Nada les arredró. Comandados por el General Arenales, recorrieron palmo a palmo todo el tramo que media entre la Villa de Pasco y la ciudad minera del Cerro de Pasco. Nada se dejó al azar. Tomaron nota de toda la planicie,  depresiones, farallones, elevaciones, cortaduras; roquedales que pudieran servir para tender una celada; de todo aquello que pudiera ser utilizado en el combate. Ya cerrada la noche, retornaron empapados, pero imbuidos de seguridad y confianza para el combate del día siguiente.

Aquella noche, cuando los truenos y relámpagos dejaron de estremecer los cielos, la lluvia dio paso a una espesa y silenciosa nieve que toda la noche estuvo cayendo. El níveo silencio de su blancura, acunó el sueño de los libertadores.

 A las seis de la mañana de aquel 6 de diciembre de 1820, cuando el claro reverbero de la nieve hacia destellar el día naciente, una argentina trompeta hizo sonar la estridencia de diana en todos los confines de la Villa. En su aposento particular, el General Álvarez de Arenales procedía alistarse para el gran día. Sus grandes ojos negros llameaban en las órbitas con un extraño brillo de decisión y odio contenido. El ceño continuamente fruncido, señalaba el timbre de su adustez, agravado por una profunda cicatriz obtenida en Chacabuco. En las comisuras de los labios, sendas y profundas arrugas. La barbilla fuerte y poderosa, digno reflejo de su carácter. Su rostro enérgico tallado toscamente por el sello de la sequedad castrense que muchos achacaban de soberbia, estaba sereno. Todos sus pensamientos se concentraban en la batalla que libraría en unas horas contra los realistas. Prácticamente, en sus manos residía la responsabilidad del futuro de la empresa libertaria. Él muy bien lo sabía.

Comenzó a vestirse con movimientos rápidos y enérgicos.

Después del ceñido pantalón de paño blanco y medias de lana gruesa, se calzó las botas granaderas a las que añadió sendas espuelas de plata. Luego de la blanca camisa y el correaje de cuero negro, la encarnada pelliza granadera con vivos azules y abundante pasamanería dorada. Ató a su cintura el sable curvo que el Ejercito Argentino había puesto en sus manos y de cuya cazoleta colgaba la correa para poder ligarla en la mano durante la lid. En el Perú, este sable no había sido usado en Ica, Huancavelica, Huamanga,  Huancayo, Jauja ni Tarma. Sólo pequeñas escaramuzas sin importancia se habían producido en esos lugares. Ahora sí estaba seguro que lo utilizaría.

Cuando hubo terminado de vestirse, se acercó al espejo y peinó sus cabellos entrecanos hacia delante, tratando de cubrir la zona frontal de su incipiente calvicie. Se puso una bufanda de vicuña y luego un capote de amplio vuelo. Entregó a su ordenanza el sombrero de general y se puso un chambergo de amplias alas para protegerse de la nieve. Cuando salió de su aposento, una enérgica voz de atención, puso en alerta a toda la tropa. La nieve seguía cayendo implacable desde el día anterior.

En el patio, en enormes peroles hervía el vivificante puchero matinal de carne seca y chuño negro. Las buenas mujeres pasqueñas habían horneado sabrosísimos bollos de trigo para servirlos con chocolate. Jefes, oficiales y soldados, vestidos con capas y ponchos pluviales fueron a degustar el alimento preparado con dedicación y cariño.

Continúa…

 

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