la-batalla-del-cerro-de-pasco-2

Después del desayuno, el Estado Mayor se reunió en la habitación del General Arenales para recibir las órdenes finales.

– Señores –habló enérgico- Hasta ahora nuestras armas no han encontrado digno rivales para batirse. La refriega de Chancaillo en Ica, no tiene importancia. En Huancavelica, no encontramos a ningún realista. Lo de Huamanga y Huanta; lo mismo que de Huancayo, Jauja y Tarma, ha sido fácil, demasiado fácil diría yo. ¡Ahora las cosa han cambiado!… ¡Tenemos que apoderarnos de la ciudad minera del Cerro de Pasco, a cualquier precio! Para ello tenemos que librar una batalla con los realistas que se han apoderado de ella ¡Hay que recuperarla!!… ¡¡Su ubicación estratégica y su importancia económica lo exigen!!

– ¡¿Cuáles son las previsiones que debemos adoptar, mi General?! –pregunto el jefe del Estado Mayor.

– ¡Tenemos que actuar con mucho cuidado! Ellos deben conocer el terreno como la palma de su mano y pueden sorprendernos con una celada en cualquier momento. ¡Mucha atención a lo que se hace! –Hubo una pausa en la que se extendió sobre la mesa, un mapa trazado por el capitán Althaus, luego continuó- ¡¡Comandante Santiago Adúnate!!

– ¡A la orden mi General!

– ¡Usted conformará el ala derecha con 340 hombres del Batallón Nº 2! Su misión es flanquear la izquierda enemiga aprovechando las alturas. Su acción debe ser rápida y enérgica porque la línea trazada diagonalmente del sudoeste a noroeste deja un gran espacio en la retaguardia realista.

– ¡Así es mi General!

– Si logramos introducirnos en ese espacio con la rapidez requerida, le originaremos una confusión notable que más tarde podemos utilizar con mucho acierto.

– ¡Así lo haremos, mi General!

– Bien, muy bien. ¡Sargento Mayor, Ramón Antonio Deheza!

– ¡A la orden, mi General!..

– ¡Usted, con 340 hombres del Batallón No 11 y dos piezas de artillería, conformara nuestra ala izquierda! Su misión principal es marchar de frente por el camino que cruza la ciudad de un extremo a otro. Creo que se llama la Chancayana…

–  ¡Así es, mi General!

– ¡Cuando haya avanzado lo suficiente, deriva velozmente y ataca a la derecha enemiga que se halla en las orillas de la laguna de la Esperanza…

– ¡Bien, mi General!.

– Conocemos de su pericia y valor, mayor Deheza. Esperamos que vuelva a realizar la proeza de la toma de la plaza de Talcahuano…

– ¡¡Así lo haré, mi General!.

– Muy bien, mayor –quedo mirándolo con paternal admiración y luego dirigiéndose a su segundo en el mando, le dijo -¡Usted Teniente Coronel Manuel Rojas, en su condición de Jefe de Estado Mayor, irá al centro, entre las alas derecha e izquierda!.

– ¡¿Con qué personal contaré, mi General?!.

– Con el resto de personal de los Batallones 2 y 11

– ¿Nuestra misión General?

– Ustedes marcharan siempre al centro de las dos alas, como a unas dos cuadras de la retaguardia, observando todos los movimientos de sus compañeros y prestos a brindar protección a cualquiera de ellos en caso necesario…

– ¡Así se hará, mi General!.

– Bien…!Capitán Juan Lavalle!.

– ¡A la orden, mi General!. -El capitán con grado de Sargento Mayor, don Juan Lavalle, se cuadró militarmente.

– Usted se hará cargo del comando de nuestro Escuadrón de Caballería!

– Bien, mi General.

– Deberá actuar rápida y frontalmente en el momento necesario; es decir, cuando la infantería y la artillería hayan ablandado al enemigo…

– Así lo haré, mi General.

– Eso es todo. – Bien sabían estos ilustres jefes y oficiales el peso y el significado de las palabras del caudillo Arenales.

A las siete de la mañana sonó el clarín de avance. El cura venido de Ninagaga, oraba emocionado rodeado de las mujeres del pueblo. Todavía nevaba copiosamente cuando los centauros de la libertad partieron en pos de la gloria.

La marcha se hacía lentamente debido a la dificultad de la nieve acumulada. Se trataba de evitar cualquier emboscada que pudiera producirse aprovechando de la nieve y la fragosidad del terreno.

El General Álvarez de Arenales, en mérito al reconocimiento que había practicado la tarde anterior, calculaba que el enemigo se aprovecharía de la posición inexpugnable que ofrece la alta cuesta por su posición dominante y abrazando con sus fuegos desde la altura a sus soldados, conseguirían quizá un triunfo. Podían aniquilarlos a mansalva parapetados en los crestones y en los peñascos de los que esta erizada la montaña. Suponía, en fin, que entre tantas ventajas que le ofrecía aquel paisaje, aprovecharía para dejar fuera de combate a la caballería patriota que había sido el terror de los españoles con su movilidad e intrepidez. Felizmente, no fue así. Contra todos los cálculos de Arenales, contra las reglas de la estrategia, O´Reilly había desechado tan positivas ventajas, mostrando solamente que estaba resuelto a jugar el éxito de la campaña en un combate. Esto justificaba su presencia en el Cerro de Pasco.

Al no presentarse el enemigo por ninguna parte, Arenales se alarmó. Si O´Reilly no había utilizado las ventajas que le ofrecía aquel terreno, seguramente –pensaba- tendría otras de mejor disposición. El avance de las fuerzas patriotas se hacía por aquel páramo blanco, en forma cautelosa. Entretanto, no se descubría ni un solo realista en los alrededores.

 Por fin, a las nueve de la mañana coronaron los cerros de Uliachín por la parte posterior. Abajo, delante de ellos, todo cubierto de blanco: el Cerro de Pasco. Lo primero que les impresionó fue que estuviera edificado como al desgaire, sin orden ni cuadraturas; con una calle larguísima que comenzaba a las faldas de aquellos cerros, y luego de cruzar la ciudad, terminaba al otro extremo. Más callejas caprichosas y accidentadas cruzando toda la población cerreña que estaba plagada de bocaminas. Dos lagunas colmadas de un color verde azulado a la derecha: Patarcocha que en aquel tiempo era una sola; y  en una hondonada de la izquierda con sus bordes pantanosos: La Esperanza. Las tres lagunas unidas entre sí por un amplio riachuelo comunicante. Para unir las partes de la población,  un puente, de piedras en arco. En realidad –pensaba Arenales- no era una ciudad digna que tanto aportaba al sostenimiento del Perú.

Pero… ¿Y las tropas enemigas?… ¿Dónde estaban?… ¡¡Esto es el colmo!!… Los realistas sabían de la llegada del ejercito patriota… ¡¡¡¿Cómo es que no lo esperaban?!!!.

Seguramente O´Reilly pensaba causar fuerte impresión en el ánimo de los soldados patriotas con aquel desplante. Encolerizado por la arrogancia, Arenales ordenó disparar un cañonazo sobre la ciudad, como una imprecación y un desafió… ¿Qué se habían creído?!!!.

Sólo así, después del estruendoso estrépito, viendo los perfiles de los soldados patriotas recortarse en el horizonte, O´Reilly hizo salir a sus batallones a tambor batiente, con parsimonia y lentitud exasperantes, como si fueran los perdonavidas que por compromiso se iban a enfrentar a un ejército inferior. Entonces los patriotas, indignados ante tamaño desaire, comenzaron a insultarles a grito pelado desde las cumbres, recordándoles que ellos le habían dado la libertad a Chile y que en esa oportunidad también los vencerían. Ardían en deseos de darles su merecido a tan arrogantes “chapetones”.

Después de tanta ostentosa parsimonia, el jefe de las fuerzas realistas, ordenó su cuadro de combate, disponiendo definitivamente la ubicación de sus soldados y armamentos.

Colocó en el ala derecha a su ponderado Batallón Victoria de Talavera, dividido en tres líneas e integrado por mil hombres para sostener el paso de la calle Chancayana (actualmente Lima). Estos hombres se parapetaron a lo largo del riachuelo que comunicaba la laguna de Patarcocha con la de la Esperanza. De esta manera trataban de hacer inexpugnable la ciudad. Sobre el promontorio central colocaron dos piezas de artillería para contener todo intento de penetrar en la ciudad. En el ala izquierda, bordeando la laguna de Patarcocha, situó al Batallón Concordia que estaría respaldado por la artillería  del morro e impediría por todos los medios, la entrada de los patriotas en el pueblo. O´Reilly completó su formación colocando en el extremo derecho a su caballería de 200 jinetes con el fin de arrasar con el enemigo una vez que hubiera sido ablandado por la infantería y artillería realistas. En realidad, con esta formación creía asegurar la inviolabilidad del objetivo: El Cerro de Pasco.

Viendo Arenales que la posición enemiga era esencialmente defensiva, de acuerdo con los jefes de su Estado Mayor, dispuso su plan de ataque.

Se acordó que bajando las columnas hasta el inicio de la explanada de la ciudad, la Nº 11 atacase el riachuelo de la calle principal (Lima), desprendiendo una compañía que, por una maniobra rápida, cortase la línea enemiga por el centro, aprovechándose para ello, de la ribera de la laguna; que mientras esta compañía llamara la atención por el centro, el resto del batallón emprendiese una carga sobre los Talaveras, pasando por el foso a toda costa. Lo que convenía era un ataque impetuoso. Que el batallón No 2 siguiera su obra sin flanquear la izquierda enemiga, pero con toda celeridad imaginable, consultando la simultaneidad del ataque. Que la reserva prestase más atención a la carga que se encomendaba al ala izquierda, por cuanto ella venía a ser punto cardinal. Que el batallón de granaderos a caballo, estando a la expectativa del momento propicio, cayese sobre la caballería enemiga e hiciese cuanto fuera posible por vencerla, en una acción que, sin duda, iba ser la decisiva de la campaña. Esto quedó resuelto en la Junta de Guerra.

Continúa…

 

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