LA BATALLA DEL CERRO DE PASCO (6 de diciembre de 1820) (Cuarta parte)

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Cuando los patriotas se aprestaban a iniciar el movimiento, advirtieron conmovidos, que gran cantidad de hombres y mujeres coronaba las cimas de los cerros aledaños. Eran los cerreños que con el fin de evitar ser pasto de la guerra se habían reunido en las cumbres y con sus gritos estentóreos alentaban a las fuerzas patriotas. Los jinetes montoneros, conformando la reserva, estaban a la expectativa para entrar en combate. En ese momento había dejado de nevar y como un milagro, tímidamente, asomó el sol.

Era impresionante el aspecto que ofrecía el impoluto escenario en el que debían enfrentarse dos experimentadas fuerzas guerreras. Una blancura total contrastaba con el azul del cielo cerreño donde el sol asomaba para presenciar la magnitud de aquella epopeya. En el rápido transcurso de unos segundos Arenales pensó que si por acuerdo de las fuerzas americanas, la única bandera que debía flamear sería la chilena que había propiciado el viaje y la peruana por ser dueña del escenario, también estaría presente la gloriosa bandera argentina representada por el majestuoso azul celeste de su cielo brillante, las nieves perpetuas que habían caído toda la noche anterior y, ese sol rutilante que alegraba el cielo. Cuando las fuerzas estuvieron preparadas, la voz enérgica y brillante del General Juan Antonio Álvarez de Arenales, estremeció los siglos:

¡¡¡Adelante!!!.

Impelidos por una fuerza suprema salieron los patriotas del 11 sobre el portachuelo de la Chancayana. Advertido el enemigo de las intenciones de los atacantes efectúan una cerrada descarga sobre los invasores. En ese momento se escucha la vigorosa voz de mando del mayor Deheza:

– ¡¡¡Capitán, Medina… Sobre el centro del portachuelo!!!.

Decidido el capitán dispone en guerrilla a sus hombres que aprovechando las casas,  cortaduras de la calle Lima y, orillas de Patarcocha, avanzan sobre el reducto enemigo. En  un incesante silbido de balas enemigas, dificultad de nieve y barro,  progresan decididos, pero al llegar al borde del riachuelo, vacilan un tanto. Al advertirlo, el mayor Deheza, con perspicacia de guerrero experimentado, pica espuelas y con el brioso caballo chileno que monta, sin hacer caso de las balas, los conmina a que avancen. Al verlo –valiente y decidido- la espada al aire, exponiéndose a los proyectiles enemigos, los soldados lo imitan e inician un ataque enérgico, rápido y determinante. Entonces los realistas efectúan cerradas descargas de fusilería sobre el abigarrado grupo de valientes.

Delante de este ágil grupo de patriotas, va un hombre extremadamente joven que al coronar un pequeño promontorio, recibe una cerrada descarga sobre el pecho que le hace trizas el corazón. Impulsado por la sacudida brutal del impacto, arroja muy lejos de sí  el fusil de correaje blanco y cae de espaldas para encajonarse en una pequeña depresión que, a manera de ataúd forrado con nieve espesa y blanquísima, cobija el cuerpo del joven infante. Los ojos fríos, fijos en el cielo azulenco, queda eternamente inmóvil. Ha muerto heroicamente el Teniente de granaderos: Juan Moreno. Tenía veinte prometedores años juveniles.

Enardecidos, los colosos de la libertad siguen atacando el fortín. Con gritos fieros y estentóreos, siguiendo la afilada punta de sus bayonetas atacan la ciudadela que parece inexpugnable. Aprovechando la ventaja de sus parapetos, los españoles realizan nueva descarga con la que rueda un grupo de patriotas más, y cuando se aprestan a recargar sus fusiles, los libertadores les caen como tromba con las bayonetas caladas, destrozándoles salvajemente.

Entretanto, el capitán Medina con veinte cazadores, ha logrado introducirse en uno de los flancos de los Talaveras que, sorprendidos, se agrupan de a cuatro para seguir combatiendo. Hacen escuchar sus bravatas que son vencedores de Napoleón el Grande… De nada les sirvieron estas fanfarronadas. Rápidos y brillantes los patriotas deshicieron las filas realistas que ya sin concierto ni comando trataron de esconderse en corrales y casas de la población.

Mientras tanto, sable en mano, infatigable, fiero, sobre su moro chileno, cuya estampa guerrera contrasta con la nieve blanquísima, el general Juan Antonio Álvarez de Arenales, anima a sus tropas con gritos determinantes y enérgicos Va de un lado a otro sin importarle las balas silbantes.

Se está efectuando ya una de las postreras cargas patriotas, cuando el pequeño corneta del regimiento, el entrerriano Juan Pinto, se traba en fiero combate con un oficial abanderado de los Talaveras. La lucha es breve y salvaje pero al final el realista cae sin vida. La bandera ha sido arrebatada por el corneta en una triunfal acción que le mereció el ascenso.

El Batallón Nº 11 triunfa en su misión de atravesar el portachuelo de la avenida principal, bajo el fuego implacable de la artillería española. El Batallón No 2, rodeando la laguna de Patarcocha por la derecha, al trote, consigue ponerse frente al Batallón realista Concordia al que abruma con sus fuegos, y en medio del humo reinante, se le va a la carga. Como los realistas no esperaban esta embestida tan impetuosa, se desorganizaron inmediatamente y no les queda otra salida que la fuga en busca del amparo de las casas de la ciudad minera.

En todo este tiempo, los hombres -palidez mortal y ardor insoportable que les desgarra el pecho- tratan de tomar algo del oxígeno que se ha diluido en las inmensidades de la alta  planicie; las sienes martillantes y el corazón desbocado de angustia, cubiertos de sudoraciones frías y agobiantes, muchos vomitan perdiendo todo el impulso para seguir en batalla. Otros caen sin conocimiento. Otro tanto ocurrió con las bestias en combate. Con los belfos sangrantes y los ojos saltándoles de las cuencas, se tiraban en estertores lastimosos y crueles, víctimas de la “beta”. Claro, se estaban peleando en la cima del mundo, a 4,500 metros sobre el nivel del mar. En la ciudad más alta del mundo.

En aciago momento, al superar un promontorio, el caballo del general Arenales resbaló al pisar una piedra aguda que lo encabritó. Por más que puso toda su sapiencia, no logró sofrenar al animal que en sus descontrolados movimientos fue a chocar la pierna del general sobre una roca filuda que lo lastimó severamente. Sin embargo, luego de tranquilizar a su equino, Arenales siguió combatiendo. Al terminar el combate y desmontar, repararon que la herida con golpe, era terrible.

Desde entonces, todo fue persecución implacable, toma de prisioneros y acopio de toda clase de trofeos de las filas enemigas. Las hurras y los cantos de triunfo de los cientos de hombres y mujeres cerreños, encendían el ánimo de los gloriosos combatientes patriotas.

El mayor Lavalle, que desde su puesto de reserva había observado que el enemigo se retiraba del campo de batalla con su formación intacta, sin entrar en combate, decidió atacarlo para tomar la parte que le correspondía del triunfo. Ardía en deseos de hacerlo, pero las infanterías trabadas en feroz combate se lo impedían. Tuvo que esperar a que las fuerzas patriotas desalojaran al enemigo para tomar parte en la batalla. Había recibido una orden terminante de perseguir al enemigo que se retiraba. En el acto pico espuelas cumpliendo la orden pero observó que los realistas se habían enfangado hasta las monturas al salir de la senda por donde trataban de escapar. Cuando lograron vencer aquel fangal, sólo pudieron avanzar dos cuadras porque encontraron una dificultad mucho más grave e incomparablemente mayor que cualquier otra: el “soroche” para los hombres y la “beta” para los caballos. Cuanto más aceleraban el paso, más se le fatigaban; los soldados, pálidos y jadeantes, iban quedando uno aquí, el otro allá. Así las cosas no le quedó otra alternativa que escoger a los diez hombres mejor montados y despacharlos bajo el comando del Teniente paraguayo, Vicente Suárez, a cortar la retirada del escuadrón realista, el que sin duda estaría sufriendo el mismo inconveniente.

Continúa……

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