Carta a mi amigo “Coco” Vásquez

(Terriblemente acongojado por una negra racha de muertes de amigos muy queridos estos últimos días, redactamos esta nota de homenaje al brillante alumno de la escuelita de Patarcocha con el que compartimos inolvidables momentos. En su persona rendimos nuestro homenaje a nuestros amigos que acaban de partir: Julio Baldeón, Efraín Herrera León, Jorge Arellano, Manuel Llanos y Carlos Lobatón, mismos que nos regalaron con su amistad y simpatía: Descansen en paz, hermanos)

Doctor: Fausto Vásquez Medina.

Querido “Coco”:

Acabo de recibir la noticia de tu partida y me ha lacerado el corazón. Después de más de cincuenta años que nos separamos, nuestra amistad jamás mermó un ápice; al contrario, se hizo más grande y poderosa. Aquí nos enteramos de tus triunfos profesionales en Estados Unidos de Norteamérica y nos alegramos muchísimo. Las veces que nos reunimos nos regodeábamos de tus éxitos como los de Juanito Rodríguez Munguía que reside en Massachussets y es profesor principal en su universidad. Igual comentábamos los éxitos de Lauro Santiago Valle que vivía en San Francisco y de repente llegó a mi mente el recuerdo de la última vez que estuvimos juntos después de tantos años. Permíteme evocarlo.

Al enterarnos de tu visita a Lima habíamos hecho correr una citación para reunirnos nuevamente después de años. El día fijado se produjo el milagro. Estábamos nuevamente juntos los integrantes de nuestra promoción. Los abrazos y las bromas menudearon. Habíamos cambiado exteriormente, calvos o canosos, algo avejentados, pero con el corazón siempre pujante y joven. Hicimos cariñosos balances de nuestras ausencias, aventuras, fracasos y otras remembranzas. En medio de ese fraternal compartir comenzamos –por turno- a recordar canciones de nuestro tiempo. Uno daba la voz y luego todos lo seguíamos. ¿Qué alegría! Pasado un buen rato, alguien con timidez empezó a cantar “Hogar de mis recuerdos” ¿La recuerdas? ¿No? Entonces te invito a que retornemos a  nuestra querida escuelita, aquella nivosa tarde en la que la interpretamos por primera vez.

Todos no hallábamos ateridos en la intimidad de nuestro salón cuando nuestra linda maestra -todos estábamos enamorados de ella- escribió en la pizarra las letras de HOGAR DE MIS RECUERDOS; nos enseñó la música y todos la entonamos emocionados.

Hogar de mis recuerdos

A ti volver anhelo

No hay sitio bajo el cielo

Más dulce que mi hogar  

Estábamos -encantamiento de la evocación- en nuestra tierra bendita, ahora, tan dolorosamente lejana. Nos encontrábamos entre bullangueras polvaredas, disputando partidos en los que nos “jugábamos la vida”. Chalacas, huashas, caracoles, cabecitas, cabreos. Voces agudas que nos apremiaban a soltar la pelota en el pase necesario y oportuno. Gritos desaforados para celebrar el gol. ¡Cuánto, cuánto de nuestra vida, quedaba atrás, en el recuerdo! Éramos hermanos. Nada nos diferenciaba. Unos eran hijos de jefes, otros de mineros, de herreros, de guachimanes, de policías; no importaba. Éramos hermanos.

Allí la luz del cielo

Desciende más serena

De mil delicias llena

La dicha de mi hogar

En alas de la fantasía, llevados por la hermosa melodía, volvíamos a nuestra tierra. Recorríamos esas estrechas y laberínticas callecitas que luego de subir una pendiente empinada, giraba a la izquierda, luego a la derecha y terminaba en una gran pared. Corríamos seguidos de escandalosos ladridos de perros sorprendidos por “Sal si Puedes”, “El callejón de Olaechea”, por Tambo Colorado donde estaban aposentadas las “Mujeres Malas”. El malogrado “Chancho Guerra” nos detenía con un grito: ¡“No, “Cojú”, ahí puedes encontrar a tu papá, Vámonos”!. Salíamos como alma que lleva el diablo. Cambiamos de rumbos y subimos por el “Callejón del Chivato”, llegamos a “Rómpete el alma” con sus peligrosos resbaladeros que, en tiempo de lluvia, nadie transitaba. Corríamos desaforados, sin sentir cansancio, pletóricos de entusiasmo, exultantes. Todos esos escenarios de nuestra vida han desaparecido tragados por la ambición de los extranjeros. Los niños de ahora, ya no encontrarán nuestras huellas. ¡Lástima!

Mas quiero que placeres

Que brinda tierra extraña

Volver a la cabaña

De mi tranquilo hogar.

Cada uno de nosotros tiene un recuerdo de aquellos plácidos aposentos de nuestra niñez. Cuando llegábamos cansados, con la ropa empapada de lluvia, mamá nos la quitaba poniéndonos la chompita vieja “de entro e´ casa” y nos preparaba, cariñosa, una taza de borrajas, escorsonera, wila-wila y eucalipto en agua hirviente, para prevenir la tos. ¿Recuerdas? ¿Habrá algo más hermoso que aquel rincón tan lindo de nuestro hogar?

Allí mis pajarillos

Me alegran con sus cantos

Allí con mil encantos

Está la dulce paz.

Cuando llegamos a esta altura de la canción, nuestras voces se quebraron. Estábamos llorando. No me avergüenza recordarlo, hermano; pero fue una comunión tan hermosa que terminamos en un nudo de amor fraternal. ¡Qué bellos recuerdos se agolparon en nuestra mente! Después, como despojándonos de imposibles esperanzas de retorno a nuestro hogar querido, nos retiramos. ¿Recuerdas? Fue la última vez que estuvimos juntos. Ahora sé que ya no volveremos a vernos nunca más, por eso es que con todo el corazón te digo: Gracias por la inolvidable amistad que me brindaste.

Ahora, como siempre, cada vez que escuche esta canción, volveré a vivir aquellos hermosos momentos que no volverán y que, ¡Estoy seguro! Ahora, desde donde estás, podrás ver con claridad la dimensión de la hermosa etapa que vivimos, allá, cerca del cielo.

Descansa en paz, hermano Fausto, te lo mereces.

César

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