El cacique Joseph Chavinpalpa (Todo un personaje)

Muy emocionado me permito reiterar mi saludo de rendido homenaje a mi gran amigo Aurelio Efraín Tello Malpartida –artista extraordinario- que acaba de ser laureado con el título de PERSONALIDAD ILUSTRE DE LA CULTURA 2016, por el Ministerio de Cultura. Este galardón que no hace sino reconocer sus extraordinarios méritos nos llena de profunda alegría porque se ha hecho acertada justicia a la benemérita labor que está realizando por la cultura del mundo. Mis parabienes a Aurelio porque se merece éste y otros títulos que se lo está ganando especialmente por su notable desempeño directoral en la hermana ciudad de México.

el-cacique-joseph-chavinpalpaTenía, como todos los indios de su ralea, unos ojos extremadamente vivaces que se iluminaban con un resplandor extraño cuando trataba algo confidencial; entonces sus manos de dedos forrados de sortijas se movían en ostentosos ademanes que, desde lejos,  revelaban que lo animaba una extraña emoción.

De talla regular, musculatura pronunciada y favorecido con unos rasgos sugestivos, estaba consciente de su atractivo físico, especialmente entre las mujeres.

Extremadamente teatral en su vestir, siempre lucía elegante. No llevaba librea sino  chaqueta ceñida y pantalones ajustados de cuero negro, abotonados herméticamente desde la cintura hasta los extremos de las piernas con incontables botones de plata que no habría tiempo de contarlos todos; sus espuelas nazarenas, confeccionadas con abundante plata, tintineaban aparatosamente cuando caminaba. Lucía una solemnidad nunca vista en un campesino. Su guardarropa estaba repleto de infinidad de trajes, todos ellos pomposos; sus arreos de montar no le quedaban a la zaga.

Agresivamente acomodaticio y trepador, no perdía oportunidad de alternar con sus superiores que, al comienzo, lo toleraban para más tarde brindarle su amistad con más franqueza.

Su nombre era Joseph Chavinpalpa y, joven todavía, aprovechó la asonada campesina ocurrida en su tierra en 1757. Se prestó de intérprete en el litigio entre los campesinos de Ninagaga y las autoridades correspondientes. Su actuación fue aceptada por ambas partes, especialmente por los españoles que encontraron en él a un aliado incondicional. En ese momento comenzó a reptar hacia la conquista de la celebridad con la que tanto había soñado. Para 1769, ya estaba convertido en Cacique, es decir, en jefe de la comunidad de Ninagaga. En el ejercicio de esta función, a diferencia de los otros caciques que se desvivían por sus gentes, Chavinpalpa se esmeraba por dejar contentos a los españoles a los que proveía de gratuita mano de obra nativa para sus minas, obrajes y haciendas.  Tratando con una hipocresía servil aparentaba respaldar a los campesinos cuando en realidad todos sus esfuerzos estaban destinados a mantener contentos al Corregidor, a los terratenientes y al cura, miembros del clan explotador.

Un día, informado por la infidencia de unos peones, se enteró que la hacienda Cusipampa, enorme pertenencia de pródigas extensiones donde pastaban  interminables hatos de ganado, era administrada por la dueña. En ese momento, como una chispa instantánea, la noticia hincó en su nunca satisfecha avidez que le obligó a seguir indagando. Haciendo bondadosas muestras de afecto y prodigalidad en los brindis, consiguió que los campesinos le comunicaran todo lo que quería saber respecto de aquel bastión de riqueza y poder.

Se enteró que el ama casi nunca abandonaba su encierro voluntario. Las pocas veces que salía al campo acompañada de su vieja criada, lo hacía con un sombrero de paja toquilla cubierto con espeso velo blanco. No quería que nadie le viera el rostro. Que sólo los cuatro capataces a cargo del cuidado de sus lindes, podían hablar con ella para emitir informes y recibir órdenes. Nada más. Que su vida era un misterio hermético, todo el mundo lo sabía. El único nexo con el mundo exterior lo constituía su criada. Ésta la amaba como a una hija. Había quedado cuidándola desde la negra época en que la peste diezmó a los habitantes del lugar.

Fue suficiente.

Ladino y zahorí se echó a indagar con gran empeño todo aquello que le permitiera conocer más acerca de la dueña de la próspera hacienda y dos minas de plata en laboreo a extramuros de la ciudad.

Tenaz como era, en poco tiempo conoció gran parte de la verdad. Su nombre era Gabriela y estaba por cumplir los cuarenta. Había quedado huérfana cuando la viruela invadió la zona matando a muchos hombres y mujeres; ella y su madre, alcanzadas por el mal, sufrieron enormemente; la madre no resistió y murió dejándola a cargo de su criada que ahora velaba por ella. La niña quedó con las indelebles marcas del padecimiento. Desde entonces se enclaustró para ocultar su rostro cribado de agujeros. Su ostracismo voluntario le hacía sufrir enormemente. Contemplaba cómo su juventud se le iba de las manos como el agua; ya entrada en el otoño de su vida se resignó a  vivir y morir sola, como había vivido.

En ese momento entró en su vida Joseph Chavinpalpa.

Después de agotadores esfuerzos, sin darse por vencido jamás, su constancia tuvo sus frutos. Un día se vio frente a ella. En esa primera entrevista en la umbrosa estancia de una sala espaciosa, le demostró su acatamiento y sumisión de una manera tan enternecedora que terminó por conmover a la dama. No fue para menos. Aquella primera vez había llegado vistiendo levita negra y polainas negras de raso y chaleco plateado con hermosos bordados; cuello y puños, asomaban en fruncidos  bordados en blanco lino. Llevaba una espada toledana de gala como un gentilhombre de alcurnia; así, vestido, nadie creería que se trataba de un campesino. Tenía tal apostura que su rostro de mejillas enjutas y llenas de sombras aumentaba su atractivo. Sus labios mostraban una sonrisa amical sin ápice de soberbia, más bien sí de humildad; sus ojos extrañamente claros, de un plomo acerado, brillaban. En todo momento su trato afable de caballero mundano logró adueñarse de la voluntad de la señora. Con esas armas le bastó para que consiguiera otras reuniones  cada vez más amicales. Ella, no sólo sorprendida sino muy emocionada, le brindó su amistad como nunca lo había hecho con otra persona. Fue suficiente. Las entrevistas se hicieron diarias y  cada vez más prolongadas. Un día, cuando la tuvo muy cerca, la tomó de la mano sobre la que depositó un beso suave y ceremonioso. Ella no supo qué hacer. Jamás le había sucedido nada igual. Al verla así, desconcertada, él retiró el velo que cubría su rostro y la besó con una delicadeza que jamás pensó que podía mostrar. Fue un beso largo, delicado y tan tierno que, como un milagro, desató un incontenible hilo de lágrimas que corrieron  por el rostro damnificado  que ahora se mostraba enormemente feliz. Cuando se enteró, la vieja criada que en un comienzo se mostraba desconfiada, terminó por aceptar la realidad y terminó llorando de felicidad al ver que su niña había vuelto a vivir. A partir de ese momento, Gabriela renació a la vida pletórica de felicidad. Desde ese momento también, se abrieron las puertas de par en par, se corrieron las cortinas y la vida entró con la luz vivificante tras tantos años de clausura.

En la hacienda Cusipampa, se había producido un milagro.

En los espejos de la sala, retirados los velos que los cubrían, comenzó a reflejarse una inusitada felicidad. A sugerencias de él se dedicó a cuidar el rostro que aún con las huellas del mal, se veía hermoso y bien proporcionado. El brillo de sus ojazos negros, ayer escondidos y casi muertos, iluminó el rostro que por fin fue conocido por sirvientes y peones de la hacienda. Su sonrisa de finos, parejos y perlados dientes comenzó a resplandecer de felicidad.

Todo se debía a la amorosa constancia de Joseph Chavinpalpa que, para su bien, es necesario hacer una aclaración. Si en un comienzo tomó el caso como una aventura en busca de figuración, más tarde le permitió descubrir el amor en toda su intensidad. Ahora sí estaba enamorado de verdad. Dejando de lado sus veleidosos devaneos con sus numerosas queridas, todas sus inquietudes se la dedicó a ella. Por eso no hubo sorpresa cuando la boda se realizó en la Casa Hacienda donde se hizo gala de la magnificencia de la novia. Joseph Chavinpalpa contrajo matrimonio con doña Gabriela de la Sota: Los padrinos de la boda fueron el Marqués don José Maíz y Malpartida con su esposa doña Ángela de la Canal y Macassi. Fueron invitados los más ricos e ilustres personajes de todo el centro peruano y de la capital.

En enero de 1780, Joseph Chavinpalpa, notable hacendado de Pasco ya estaba  ejerciendo el alto cargo de Gobernador de Pasco.

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