LA CRUZ VERDE (Leyenda)

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Con en transitar de los años esta historia ha ido transmitiéndose de padres a hijos en una continuidad todavía  vigente. Nos habla de una milagrosa cruz de mineros que andando el tiempo le dio nombre a un barrio populoso que el siglo pasado escuchaba el vagido de un niño nacido para la gloria: Daniel Alcides Carrión García. Un barrio querido que como toda en nuestra tierra expoliada ha desaparecido bajo el estruendo de las explosiones y el rugido de las maquinarias.

La leyenda nos dice que una noche, cuando los tenues rayos de la luna reverberaban la nieve en albura vaporosa y transparente, ocurrió un milagro extraordinario. Todo el ámbito ocupado por casas, chozas y rancherías mineras, se inundó de una melodía conmovedoramente bella y celestial interpretada por coros infantiles y femeninos, acompañada por violines, chelos, arpas y flautas. Las personas como hipnotizadas asomaron a sus ventanas desde donde pudieron verlo todo.

De una esquina de la plaza, como transportado por fuerza extraordinaria, un enjuto y barbado misionero franciscano se desplazaba suavemente por los aires sin que sus pies hollaran la nieve; detrás de él -en la misma forma- una multitud de hombres cubiertos con túnicas blancas seguían al misionero en ordenada levitación. Las gentes que miraban por las ventanas, reconocieron a los hombres que habían muerto en las minas. Todas las almas de blanco se arrodillaron delante de la cruz verde y, pasado buen tiempo, extrajeron el símbolo que estaba clavado al suelo y la elevaron  al cielo en medio de una conmovedora sinfonía celestial.

Este acontecimiento extraordinario quedó grabado en la memoria del pueblo minero con indelebles signos mágicos. Pero… ¿De dónde apareció aquella cruz?… ¿Quién la puso allí?… ¿Qué significaba aquel símbolo sacro en ese barrio cerreño?

Esta es su historia.

Cuando por hundimiento desaparecieron las fabulosas minas de la Villa Imperial de Potosí –comienzos del XVII- cesó la producción de las alucinantes cantidades de plata que servían para el sustento económico de la metrópoli. Los españoles que estaban desesperados por la pérdida, descubrieron con asombro la existencia de otro prodigioso yacimiento argentífero que lo reemplazó con creces: San Esteban de Yauricocha.

La plata en orgiástica abundancia se hallaba a flor de tierra. Su explotación se hizo incesante. Querubines y milagros de las iglesias, avíos de montar, utensilios de uso casero, hasta las tintineantes espuelas nazarenas de los jinetes cerreños, estaban fabricados con el blanco metal. En ese momento al nuevo emporio se le comenzó a llamar: El nuevo Potosí (1620).

A las frías calles en formación comenzaron a llegar hombres de diferentes nacionalidades guiados por la brújula de su avidez. Los más numerosos: los españoles. Admirado de la prodigalidad de sus socavones, como una distinción especial de reconocimiento, el Rey de España lo nombra: Ciudad Real de Minas (1639). La fama del nuevo emporio minero trasciende fronteras, se le comienza a llamar: El Cerro de Pasco, y con este nombre lo bautiza el trigésimo primer Virrey del Perú, don Manuel de Amat y Juniet en 1771.

Al transponer los umbrales del siglo XVIII se produce una aguda crisis minera en América Hispánica. Muchas minas se cierran por la  escasez de mercurio: Huancavelica se ha derrumbado y clausurado. En otros casos la inundación de los frontones hace desaparecer las vetas bajo el agua. Las únicas minas que en ese momento están intactas y boyantes, son las del Cerro de Pasco.

Todos los títulos nobiliarios, todas las riquezas que aliviaban las urgencias económicas de España, todo ese acopio de alucinantes caudales, se sustentaba en la explotación inicua e inhumana del indio; del humilde hombre del pueblo que con sus lágrimas, sudor y sangre, amasó toda esa monstruosa fortuna.

Por aquellos años de dantesco genocidio, llega –como enviado por Dios- un fraile franciscano, alto y cenceño, de tez agarena y mirada penetrante: Fray Francisco Buenaventura de Salinas y Córdova.

El misionero fue a visitar una mina cerreña. ¡Quedó estremecido de dolor! Gruesas  lágrimas enturbiaron sus ojos claros al presenciar las escenas de este teatro del horror. Hombres cadavéricos y desmedrados, como espectros de otros mundos, bajando y subiendo pesados costales de cuero a las espaldas; silenciosos, resignados, autómatas; extrayendo los minerales que enriquecían a sus verdugos.

Después de recoger dolorosas experiencias, escribió una extensa carta a la superioridad de su convento, denunciando los abusos. Se había enfrascado en defender a los humildes japiris valiéndose de cartas, misas, procesiones, y todo aquello que estuviera a su alcance. Así un domingo de misa solemne, desde el púlpito de la iglesia San Miguel de Chaupimarca, se dirigió a las autoridades y ricos mineros allí presentes, pidiéndoles piedad a nombre de Cristo, para aquellos hombres.

Sus cartas no le fueron contestadas, y cuando finalmente lo hicieron, la superioridad le dijo haber recibido una denuncia de los hombres “notables” quejándose de su conducta inconveniente y que por lo tanto, debía hacerse presente de inmediato a su monasterio donde sería convenientemente sancionado. Fray Francisco Buenaventura, no podía dar crédito a sus ojos. No alcanzaba a entender la indiferencia de sus superiores al respaldar la iniquidad de los explotadores.

Decidió presentarse en su convento; pero también, determinó implantar el símbolo del cristianismo cerca de donde especulaban los abusivos. Reunió a los barreteros, capacheros, y pallaqueros; con sus mujeres y sus hijos; pidiéndoles que todos, unidos, construyeran una sólida cruz que vieran los asesinos explotadores y que su presencia fuera un constante reproche a sus abusos. Les habló con tanto celo y emoción que todos, unánimemente, decidieron construir el símbolo sacro.

Iluminados por mortecinas velas auxiliados de rudimentarias herramientas, tallaron la hermosa cruz de la Pasión. Sólida como la hermandad que los unía; enorme como la fe que los hacía esperanzados.

Para  que el símbolo santo fuera obra de todos los mineros,  ordenó que los niños pallaqueros la pintaran de verde (Color de la Santa Inquisición). Ella sería el símbolo de su amor al Divino Redentor. Para completar la obra se talló un redondo disco amarillo sobre el que pintaron una sonriente cara regordeta y colocaron sobre el brazo derecho de la cruz: era el Sol. Sobre el izquierdo una pálida luna en cuarto menguante. Del brazo izquierdo hasta el medio del soporte central la lanza con la que Longinos atravesó el costado derecho del Salvador del Mundo. Simétricamente, del brazo derecho pendía un largo listón circular, en cuyo extremo superior se hallaba la esponja, que mojada en hiel y vinagre, se le acercara al crucificado cuando manifestó tener sed; dos escaleras que sirvieron para descender el bendito cuerpo después de su muerte; las colocaron oblicuamente pendientes de los brazos derecho e izquierdo, hasta el centro del soporte central. Tres sólidas escarpias de acero con los que se fijó el cuerpo; el martillo simbólico con el que se clavó, las tenazas con las que se extrajeron los clavos. Fijaron en el brazo derecho las letras S.P.Q.R.S. que en latín quiere decir: SENATUS POPULUS  QUORUM ROMANUS y en castellano se traduce como: “El Senado y el Pueblo de Roma”. En la parte más alta, se leía la sigla INRI, que como burla sangrienta al hijo de Dios, llamaron el “Rey de los Judíos”. En la cúspide, el gallo, elemento indispensable en las representaciones de la Pasión de Cristo, que simboliza la encarnizada negación de Pedro. En la intersección del cuerpo central el paño de Verónica sobre el que estaba pintado el divino rostro de Cristo doliente. Se trabajó la corona de espinas que fue colocada sobre el lienzo de la Verónica. La túnica que el Salvador vestía en el momento de la crucifixión. Los cinco dados tallados en madera que fueron empleados por los soldados romanos para jugarse las vestiduras. Un largo paño que fue usado por Nicodemo y sus ayudantes para hacer descender el cuerpo. Por último: La trompeta, que representa el juicio final, la balanza en la que se pesará a las almas en el juicio final, el cáliz representando el rito de la última cena y la bolsa conteniendo las treinta monedas, símbolo de la traición de Judas.

La víspera de la partida de Fray Francisco Buenaventura, los humildes laboreros de la mina, sus mujeres y sus hijos, en conmovedora procesión llevaron la cruz al lugar previamente escogido, y a la hora del Angelus, cuando las campanas llamaban a oración, la plantaron fijamente en la parte más alta de aquella zona cerreña, frente a la oficina de los grandes terratenientes y ricos mineros.

Al día siguiente, con los primeros rayos del alba, cuando los mineros entraban en los tétricos socavones, partía acongojado Fray Francisco Buenaventura, para no retornar jamás al Cerro de Pasco. Indignada la superioridad virreinal lo castigó a dura penitencia, cumplida la cual, fue expulsado del país… ¡A perpetuidad!…. Pero allí, donde la había plantado, quedaba la cruz de los mineros.

Los años fueron transcurriendo implacables. Las inclementes lluvias de los inviernos, la nieve, los rayos y truenos, la cellisca, los rigurosos soles y vientos de los meses secos, fueron trabajando sobre aquel monumento a la fe minera. Primeramente fueron desapareciendo el verde brillante de la cruz, haciéndose mustio y sombrío; después, fueron trazándose unas resquebrajaduras agrandando cada vez más sus intersticios. Los años fueron pasando. Los que la hicieron fueron muriendo cumpliendo su destino; los hijos heredaron con fe una tradición que iba haciéndose añosa.

Un día, una mujer desesperada arrancó el sudario de Cristo asegurando que si  envolvía con cruz-verde-1él a su marido que se había descalabrado en la mina, sanaría. Otro día se llevaron la túnica; otro, la corona de espinas; otro el gallo… Así fue perdiéndose cada uno de los símbolos de la cruz que las gentes llevaban como sacros amuletos. Cuando ya no quedaba ninguna réplica, comenzaron a astillar el cuerpo de la cruz. Cada japiri debía tener en su poder, siquiera una astilla. El pedazo de madero lo amparaba de los riesgos de la mina. Todos aseveraban que la cruz los protegía. Que quien tuviera en su poder un pedazo del santo madero, estaba a resguardado por la presencia de Cristo. Testificaban muchos milagros ocurridos en las negras oquedades mineras. Finalmente, quedo convertida en un despojo esquelético y deforme, hasta que la noche aquella fue llevada al cielo en la forma que vimos al comienzo. Ese día acababa de morir en Cuernavaca (México) el misionero Fray Francisco  Buenaventura de Salinas y Córdova.

De aquel hermoso símbolo que la fe minera había mantenido por muchos años, quedaba el nombre, sólo el nombre impregnado en un barrio: CRUZ VERDE. Desde aquellos días, cruces parecidas aparecieron en todos los confines de nuestra patria.

 

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