EL TERREMOTO DE OXAPAMPA (24 de diciembre de 1937)

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“El terremoto que asoló Oxapampa y Chontabamba el 24 de diciembre de 1937, fue uno lo los más estremecedores que se produjo en el Perú. Silgado (1978) indica que además de los numerosos muertos y heridos que dejó en el fundo Victoria, se abrió una grieta gigantesca de donde emanó abundante agua con tal poder que arrasó con corpulentos árboles del entorno. Cerca del convento de Quillazú, emergió un volcán con fumarolas blancas como la nieve y, sus humos cubrieron Palmazú, Chilache, Chaupimonte, Ancahuachanán, Punchau, Chorobamba, Pavopampa, Yanachaga, Grapanazú, Santa Rosa, la Oriental, San Carlos y muchísimos lugares más. Alcanzó nueve grados en la escala de Mercali” Instituto Geofísico del Perú.

En la casa hacienda del fundo “El Oriental”, iluminada por potentes lamparines, la señora Emilia Tábori y sus hijas, Yolanda de dieciocho años y Olga de ocho, comentan animadamente con la abuela doña Elvira Sánchez de Tábori, lo ocurrido el año que termina. Las niñas acaban de llegar Lima para pasar sus vacaciones. Ansiosas aguardan la llegada del jefe de familia, don Adolfo Koch Schumann, alto empleado de las minas de Jumasha,  que ha  prometido estar con ellas para pasar Noche Buena y recibir la Navidad.

  • Ha sido un año tan largo en el que vuestro padre los ha extrañado mucho- dice doña Rebeca.
  • ¡Y nosotros a él y, a usted abuelita!- las niñas emocionadas, responden con presteza.
  • Sin embargo, todo será que las vea y, estoy segura que se va a emocionar. Durante todo el año no ha hablado de otra cosa. Además, tú, Yolanda, te has convertido en una bellísima y completa mujer; otro tanto digo de ti, Olguita; en Lima has pegado un estirón que casi alcanzas a tu madre.
  • ¡Así es abuelita…!
  • El que estén ustedes aquí será un hermoso regalo de Navidad para tu papá; estoy segura. Ya lo verán hijas mías.

Las risas y bromas menudearon en aquellos momentos de gran espera. Al llegar la medianoche se retiraron a sus alcobas a descansar. Al asegurar la puerta doña Elisa, quedó atónita a la puerta, con la lámpara en la mano y una interrogación en los ojos.

— ¡¿Qué es lo que ocurre con estos animales?!… Todos están inquietos. ! Las gallinas no dejan de revolotear cuando debieran estar durmiendo y los caballos se encabritan como si quisieran escapar de una prisión… ¿Qué ocurrirá…?!

Nadie sospechaba la trágica respuesta que la naturaleza les daría aquella noche.

Doña Ubaldina de Ames, propietaria del hermoso fundo “Punchau”, había recibido aquella tarde la visita de Juan Ivancovich, hijo de un próspero comerciante austriaco del Cerro de Pasco, y de Juan Loechle, comerciante lugareño que había recibido a Ivancovich para recibir la Navidad en su fundo de Oxapampa.

— Es muy grato para mí recibir la visita de los hijos mayores de mis mejores amigos. Sean bienvenidos en esta su casa – doña Ubaldina había sacado unas copas de ajenjo con las que brindaba por sus amigos ausentes.

— Gracias, doña Ubaldina. Mi padre me ha informado de la entrañable amistad que los une y, me ha pedido que le haga presente sus recuerdos y sus saludos.

— Bien, joven amigo, ahora que han decidido aposentarse en Oxapampa nuestra amistad seguirá siendo indestructible. Han hecho bien en decidirse a dejar el Cerro de Pasco que, por su altitud, es muy peligroso y por su frío, también…

— Así es, señora…

— Ya felizmente están muy animados, señora Ubaldina. La primera semana de enero estarán definitivamente con nosotros. Juan está yendo a conocer las propiedades que les venderá mi padre- intervino Loechle.

— ¡Salud por esa gran noticia…!!!

Durante el resto de la noche conversaron animadamente sobre los negocios de sus familias y, ya rendidos de cansancio, se retiraron a descansar a sus habitaciones. Al día siguiente seguirían camino a Oxapampa.

Cuando todo se hallaba en aparente tranquilidad con tan sólo el lúgubre aullido de los perros y un sofocante calor que cada vez se acentuaba más, un horroroso y estremecedor estrépito, como si la tierra comenzara a hundirse definitivamente, despertó a los vecinos de los valles de Huancabamba y Oxapampa. Horrorizados abrieron los ojos y se incorporaron sobre sus cobijas. Un trepidante remezón hizo caer muebles y cuadros de las casas. Al ensordecedor rugido de la tierra, siguió su tétrico ronquido y el temblor inmisericorde, en medio de gritos espeluznantes de hombres, mujeres y niños,  se mezclaba con el estrépito de las paredes cayendo y las maderas quebrándose estruendosamente. Era la una de la madrugada del 24 de diciembre de 1937.

En el fundo “La Oriental”, sacudidas por imparable bamboleo, las paredes de la casa hacienda se amontonaron como si se tratara de una castillo de naipes, apagando los estremecedores gritos de sus ocupantes. Un polvo picante y una oscuridad estremecedora hacían más terrible el sordo rugido de la tierra. En escasos segundos, entre un fragor espantoso, toda la familia Koch-Tábori, quedaba completamente sepultada.

En el edénico fundo “Punchau”, en cuanto las vibraciones del terremoto se habían iniciado, los jóvenes Ivancovich y Loechle, salieron despavoridos a ganar la calle y, cuando ya lo habían logrado, escucharon los estremecedores gritos de la señora Ubaldina, que aprisionada entre los maderos de la escalera les llamaba pidiendo auxilio sin poder moverse. Volvieron inmediatamente. A tientas, en una oscuridad cerrada y asfixiante, comenzaron a remover pisos y terrales; fatalmente el movimiento sísmico era tan continuo que, una pared que había quedado suelta sepultó a los jóvenes amigos en contados segundos. Doña Ubaldina trató de incorporarse, pero no pudo. Un enorme tijeral le había aprisionado la pierna derecha, cortando venas y rasgando gran extensión de tejido cutáneo que le originó una hemorragia espantosa.

La tierra seguía temblando con leves intermitencias echando por los suelos las construcciones de adobes y tapia de Palmazú, Chilache, Chaupimonte, Ancahuachanán, Punchau, Chorobamba, Pavopampa, Yanachaga, Grapanazú, Santa Rosa, la Oriental, San Carlos y muchísimos lugares más.

El pánico era aterrador. Los gritos se confundían con el pasmoso ruido subterráneo. En algunos lugares, la gleba se había cuarteado visiblemente y de sus hendiduras, abiertas y profundas, un cáustico gas sulfuroso ahogaba el ambiente en irritantes emanaciones.

En la hacienda Ancahuachanán -tétrica oscuridad- don Aníbal Cárdenas había realizado una heroica actividad de salvamento de familiares y vecinos no obstante tener una pierna seriamente lastimada. Cuando, agobiado, terminaba de sacar al último herido, en medio de espectacular polvareda, se hundió conjuntamente con toda una fila de casas de la hacienda.

El pavoroso desastre de aquella madrugada, comenzaba en la avenida Progreso, a diez kilómetros de Oxapampa y, treinta kilómetros más allá, en Huancabamba, las casas estaban completamente destrozadas.

En Oxapampa, a poca distancia el convento de Quillazú que regentaban las Misioneras Franciscanas de la Divina Pastora, tenían su residencia los socios Fermín Rodés y Antonio Guardiz, dos maduros españoles que después de cimentar su fortuna en las minas el Cerro de Pasco, habían llegado a Oxapampa para dedicarse a la agricultura. La casona donde residían era amplia y sólida; no obstante, al iniciarse los remezones –que en esa parte de la ciudad fueron escalofriantes- se abrió un enorme cráter en el centro de la sala, como si se tratara de una mina profunda y, succionados por el vacío producido fueron a caer al centro del boquete envueltos en un polvo fino y punzante donde encontraron horrible muerte tras larga y dolorosa agonía.

Cerca de allí, la señora Marcelina Miche de Miranda, fue arrojada al piso con sus hijos, Saturno de doce, José de diez e Irene, de seis años. Una pared había caído sobre las escaleras al abrirse la tierra, aprisionándoles medio cuerpo. Imposibilitados de moverse, sufrieron la trituración de los miembros inferiores por el continuo bamboleo de toneladas de tierra sobre ellos. Sus gritos escalofriantes se confundieron con el sordo estrépito de la tierra herida y gimiente. Los relatos de los pocos sobrevivientes fueron verdaderamente conmovedores. Los diarios cerreños recogieron cada uno de ellos conmocionando al pueblo minero que, solidariamente brindó su más amplio apoyo.

La noche del 29 de diciembre, en el tren de pasajeros llegaba al Cerro de Pasco, el postillón de correos del valle de Huancabamba. Visiblemente conmovido con lágrimas rebasándole los ojos, Pablo Ayala, natural de Mallapampa, fue entrevistado por las autoridades y redactores del diario EL MINERO. Esto fue lo que declaró: “Señores, fue terriblemente espantoso lo que vimos el 24, a la una de la mañana. Aquella noche el calor se había sentido más fuerte que nunca. Como si el aire viniera del infierno, y aunque ustedes no me crean, desde el mediodía todos los animales se encabritaban furiosos e intranquilos, como si supieran lo que iba a acontecer. Al producirse el terremoto todos despertamos alarmados. La tierra temblaba como si se tratara de una inmensa zaranda y, de todas partes, el polvo de las casas se elevaba por los aires (bebe agua y se seca las lágrimas). Yo, pudiendo o no pudiendo, salvé a mi mujer y a mis hijos. Aquella noche, por todas partes se escuchaban los gritos de mujeres y de niños, y en ese momento también, un humo como de ají ardiente, se sentía en todas partes (bebe agua). Todos amanecimos aterrorizados y sin saber lo que estaba ocurriendo alrededor de nosotros… El sábado 25, día de Pascua, decidí salir de Huancabamba a pedir auxilio. No era posible que todos nos quedáramos sin hacer nada. Era necesario informar de lo que había ocurrido y conseguir, de esa manera, auxilio generoso para los que estaban sufriendo. Como si todo lo ocurrido fuera poco aconteció algo inesperado. Cuando yo estaba parado en el corredor de la hacienda, esperando las valijas urgentes para transportarlas, alcancé a ver con estupor,  una gran cantidad de humo que no permitía respirar y hacía arder la garganta. Cuando por el aire el humo de disipó en algo, no pude creer lo que estaba viendo. ¡¡¡Un volcán, señores, un volcán!!!. No lo podía creer. ¡Era un volcán en plena erupción cerca del convento de Quillazú!. Hombres y mujeres, deshechos en lágrimas nos arrodillamos para pedir a Dios que aplaque sus iras. La gente estaba deshecha. Todos teníamos a nuestros parientes, amigos y vecinos, heridos o sepultados entre los escombros. Y, aunque ustedes no crean, los movimientos de tierra siguieron hasta el lunes, en que estuve en Huachón. (Bebe agua y limpia sus lágrimas). Yo soy el único hombre que ha podido salir de la montaña. Todos tienen miedo de que en el camino sean muertos por el terremoto. (Bebe una copa de pisco que le han alcanzado). He traído varias cartas de las haciendas “Chaucha” y “Chorobamba”, para los señores Maúrtua, Cárdenas, Rubio y Capdevila, que piden auxilio para sus familiares. (Bebe). El número de muertos es incalculable. La pestilencia de los cuerpos descompuestos ya es horrible. El aire es irrespirable. Nadie sabe de lo ocurrido en Oxapampa, porque se halla completamente aislada. ¡El volcán está echando humo y cenizas. Las cenizas son blancas, como nieve, como la nieve de aquí… El puente de Yanachaga está por caerse. Se mantiene de milagro, pendiente de unos retazos de madera que en algún momento va a ceder. El río Huancabamba está socavando los cimientos de sus muros. ¡Este puente es el único que comunica Huancabamba con Oxapampa…! ¡Yo les pido por amor de Dios que vayan ayudar a los que han sufrido esta desgracia…!.. ¡ Por favor, señores!… ¡ Misericordia!. (Se echa a llorar abiertamente, con una conmovedora desesperación).

El 30 de diciembre de 1937, con la premura del caso, el Presidente de Rotary Club, doctor José G. Cobián, convoca a una sesión de emergencia. Por acuerdo general, atendiendo la urgencia del caso, reúnen de todos los hospitales y postas sanitarias, los medicamentos imprescindibles para atender la emergencia, dejando sólo lo indispensable. Se delega la responsabilidad de auxilio médico a dos jóvenes profesionales que están en la flor de su edad. El médico Alberto Guess, que acababa de llegar a la ciudad y es especialista en enfermedades tropicales y excelente cirujano. Va con él, el excelente enfermero, Pedro Santiváñez Castillo que,  por sus méritos personales, se ha convertido en flamante jefe de enfermeros. Ellos deberán viajar de inmediato por la ruta de Tambo del Sol y Huachón. Estos esforzados y humanitarios servidores de la comunidad partían a las cinco de la madrugada del primero de enero. En Huachón les esperaban cinco hombres y 25 acémilas para el transporte del auxilio médico.

Cuando, tras sortear los peligros de abismos y farallones que circundan la arriesgada ruta, el médico y el enfermero, llegaron al cruento escenario del terremoto, sufrieron una horrorosa impresión a la sola vista del escenario dantesco. “El olor a muerte y tragedia inundaba toda la localidad – nos contaba don Pedro en un reportaje que le hicimos, años más tarde- Tuve que arengar al doctor Guess con palabras muy duras para que salga del shock que acababa de sufrir. Él era muy joven y se encontraba muy conmocionado”. Ya repuestos, emprendieron un trabajo verdaderamente agotador. Contando con algunos sobrevivientes que milagrosamente se encontraban indemnes y, con la ayuda de algunos sacerdotes franciscanos, emprendieron la dura tarea de rescate y transporte de víctimas al improvisado hospital que levantaron.

Primeramente, hicieron todo lo posible para salvarle la vida a doña Ubaldina Ames que acababa de ser rescatada de los escombros de su casa. Tenía las piernas prácticamente seccionadas, con una hinchazón cada vez más espectacular, debido a la gangrena que ya se habían apoderado de sus carnes. La profusa hemorragia la había debilitado tanto, que apenas pudo resistir la curación tras una inyección de morfina; luego de narrar lo acontecido en su casa, e implorando perdón a Dios por sus pecados, obtuvo la absolución de los sacerdotes y, cerró sus ojos para siempre.

Aquella mañana, con el rostro desencajado, los ojos abiertos en inmensa interrogante y las ropas destrozadas -como un espectro- llegaba al escenario de la tragedia, don Adolfo Koch Schumann. Había caminado cinco días y cinco noches, por abismos y cerros, por cañadas y llanos; había cruzado caudalosos y amenazantes ríos, empujado por una angustia mortal y una encendida esperanza en un rincón del corazón. Todo fue en vano. Cuando vio el montón de escombros donde antes se levantaba su casa, pálido en extremos de agonía, se arrodilló a llorar la impotencia de su desgracia. Con los ojos incrédulos vio lo que todos habían visto antes. Era imposible que alguien hubiera podido escapar con vida  de aquel infierno. Entre paredes destrozadas, maderos quebrados y hierros retorcidos, yacía sepultada toda su familia: Su esposa, sus hijas, su suegra. Todo lo que tenía en la vida. Fue verdaderamente dramático el rescate de las víctimas. A partir de ese momento, el hombre se convirtió en un muerto en vida, un enajenado que ya actuaba mecánicamente.

Aquel mismo día, el comandante Jesús Villanueva de la Base Aérea de San Ramón, salió pilotando un avión de reconocimiento para observar el estado en el que habían quedado los caseríos del valle de Huancabamba. Vio que todo era escombros, sólo escombros. Buscó por todos los medios posibles, un lugar plano donde pudiera aterrizar, pero nada le ofrecía aquella perspectiva. Todo estaba deshecho, como tras un bombardeo. Tuvo que informar que nada quedaba en pie y no había un solo lugar donde la máquina pudiera posarse.

Muchos casos dramáticamente conmovedores se relataron después del trágico acontecimiento. Por ejemplo, cuando removieron las toneladas de tierra que cubrían una  casa, un espectáculo desgarrador se ofreció a los ojos de los rescatadores. Una madre de 35 años, tenía cogidos de las manos a sus dos hijos, de 6 y 10 años, y prendido de sus faldas, su hijo mayor de doce años; y a pesar de que tenían los cuerpos destrozados, la muerte no los había separado; sólo una niña recién nacida, milagrosa e increíblemente, era la sobreviviente del cataclismo.

Alfredo Grey, vecino de Huancabamba, aseguraba que el terremoto tenía origen volcánico, pues horas antes del cataclismo, se habían oído fuertes ruidos, a manera de explosiones, que había alarmado a la población. Se hallaban comentando el extraño fenómeno cuando comenzó a llover  lava hirviente y trozos de piedra como si fuerzas desconocidas las arrojaran sobre la ciudad que acababa de ser arrasada. En la quebrada de Chontabamba aseguraban haber encontrado un cráter. Muy cerca del Convento de Quillazú, tuvieron que cavar mucho para rescatar los desgarrados despojos de Fermín Radés y Antonio Guardiz, los españoles. Extrañamente, sus cuerpos habían sido succionados a una increíble profundidad en el centro de la casa que habitaban.

Juan Machiavelo, recaudador de Huancabamba, el más diligente de los auxiliares de los sanitarios, aseguraba que después del terremoto, 45 réplicas -las había contado todas- seguían samaqueando la tierra. Las gentes -temerosas de que el terremoto volviera a repetirse- tuvieron que dormir en carpas improvisadas.

Durante cinco días, y casi sin dormir ni alimentarse debidamente, con el solo deseo de atenuar los dolores, el médico y el enfermero, trabajaron tan denodadamente suturando heridas; entablillando y enyesando fracturas; haciendo transfusiones rápidas; vacunando contra tétanos y otras enfermedades que pudieran presentarse; inclusive, algunas operaciones quirúrgicas de emergencia, generalmente amputaciones. En esta ocasión dispusieron la inmediata sepultura de los cadáveres rescatados porque se encontraban en avanzado estado de descomposición. Al final, la lista de baja y heridos graves, fue la siguiente:

MUERTOS

  1. Emilia Tábori de Koch, de 40 años.
  2. Yolanda Koch Tábori, de 18 años
  3. Olga Koch Tábori, de 8 años
  4. Evarista Herrera, de 60 años.
  5. Domitila Casimiro, de 7 años.
  6. Marcelina Miche, de 35 años.
  7. Saturno Miranda, de 12 años.
  8. José Miranda de, 10 años
  9. Irene Miranda de, 6 años.
  10. Fermín Rodés , de 45 años
  11. Antonio Guardix, de 47 años
  12. Domitila Nano, de 16 años
  13. Julia Chávez , de 5 años
  14. Ubaldina Ames, de 45 años
  15. Juan Loechle, de 25 años
  16. Juan Ivancovich, de 24 años
  17. Luis Macury, de 9 años
  18. Victoria Villegas, de 36 años y en días de dar a luz

  HERIDOS DE GRAVEDAD

  1. Nícida Rowe
  2. Lastenia Beltrán
  3. César Mácury
  4. Hilda Mácury
  5. Cristina Vda. de

CASAS COMPLETAMENTE DESTROZADAS

En el Valle de Chontabamba, 34 casas

En el Progreso, 23 casas

En Huancabamba, 28 casas

En San Daniel, 10 casas

En Oxapampa, 10 casas

El implacable derrumbe de los cerros había cubierto numerosos tramos de la Vía Sotil; igualmente el camino que conduce al valle de Pusagno. En la ruta a Huancabamba se notaban numerosas grietas y deslizamientos. El puente que unía a Oxapamapa con Chontabamba había desaparecido. Dos puentes que ligaban a dos sectores importantes entre Oxapampa y el Valle de Progreso también se habían perdido. Los puentes que unían a Chanchamayo y Carhuamayo, o sea Llamaquizú y Yanachaga, habían sufrido daños considerables en sus bases. En el fundo San Martín, se había volteado –como si alguien lo hubiera hecho con las manos- un depósito de aguardiente. En este mismo lugar, en el epicentro del terremoto, las papas que estaban florecidas dentro de la tierra, salieron despedidas hacia arriba como impulsadas por misteriosas y subterráneas catapultas. En el fundo victoria, en terreno llano, se abrió un enorme boquete del que manó un volumen considerable de agua que arrastró corpulentos árboles, aumentando el caudal del río Chorobamba. Los cerros boscosos de los ríos Chontabamba y Chorobamba, sufrieron enormes deslizamientos y derrumbes, que llegaron a abarcar una considerable extensión de más de diez leguas.

Desde el amanecer del 24 hasta el 5 de enero, se habían registrado en la zona, 600 temblores de regular intensidad.

Cuando comenzaron a llegar los médicos, enfermeras, policías, periodistas, familiares de Tarma, La Merced, Chanchamayo, La Oroya, Lima y otros lugares, el doctor Alberto Gues y el Enfermero Pedro Santiváñez, decidieron regresar al Cerro de Pasco. Hambrientos y casi sin dormir, habían cumplido una hermosa y heroica misión. Cuando salieron de Huancabamba, traían en sus retinas y en el alma, dantescos cuadros de conmovedoras escenas que les había tocado vivir. Allá quedaba en la memoria y en el corazón, una herida que no han olvidado.

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