LA NEGRA RITA

la-negra-ritaRecuerdo claramente la tarde que llegó al barrio. Rostros curiosos asomaron a las puertas siguiéndola con comentarios mal intencionados y picantes cuando cruzó el puente con paso menudo y cimbreante. Sólo los perros guardaron extraño silencio. El sol iluminaba su fino rostro moreno de ensortijados cabellos negros y cortos -a lo “garzón”–; enormes ojos de carbón, espectaculares labios carnosos y, naricita fina. Caminaba con pasos largos y acompasados según la longitud de sus piernas bien conformadas y su grupa altanera y provocativa. Llevaba dos maletas y una bolsa enorme entre las manos que no obstante su peso no le hacía perder la elegancia de su desplazamiento. Entró en la sala de la Casagrande y luego salió llevando una llave en la mano. Se dirigió a  su “cuarto” y entró en él.

Las chismosas aseguraban que se llamaba Rita, que en su lugar de “trabajo” la llamaban: “La negra Rita” o “La chalaca”. Que era, como los expertos aseguraban en voz asordinada, una experta en las artes del placer. Que a invitación  de don Humberto Galantini -también chalaco-  había ido a vivir al barrio no obstante sus pecaminosos antecedentes. Allí residían chalacos, arequipeños e italianos. Don Guillermo Arauco –dueño del barrio- aceptó con la condición de que en el barrio no ejerciera el meretricio y observara la más absoluta decencia y el pudor necesarios en consideración a las matronas. El trato fue terminante. Por eso vestía discretamente para no incomodar a las otras mujeres. Iba a las tiendas de los extranjeros donde adquiría artículos refinados para lucirlos en sus reuniones con sus clientes especiales. Periódicamente visitaba a los peluqueros franceses que la ponían radiante y hermosa. Eso sí, las visitas las realizaba cuando las damas de la sociedad no estuvieran. Era muy cuidadosa en ese detalle aunque muchas de esas señoras sabían de los devaneos de sus maridos con la negra linda.

Todo el barrio terminó por enterarse de su “profesión” cuando la lenguaraz vieja Emilia comentó en el pilón donde todos se proveían de agua: “¡Ojalá el agua no se pudra cuando la lleve la “putulluna!” (Prostituta, en quechua). Ella, intuición de mujer que no sabía ni un ápice de la lengua nativa adivinó la intención y, sin decir palabra, le pegó una mirada siniestramente torva, que la dejó helada. La arpía calló y nunca más se atrevió a ofenderla. Todos lo comprendieron. La lección había sido para todos. A partir de entonces nadie se atrevió a ofenderla. Llegaron a estar calladas en su presencia, como si no existiera. Ella, herida en su amor propio, correspondió a la general marginación con su indiferencia. Esto duró todo el tiempo que vivió en el barrio. Tres años.

Cumpliendo con el trato no se pintarrajeaba la cara ni usaba ropas provocativas o escandalosas. Lucía una amplia bata limpia semejante a un hábito de monja ocultando turgencias, ampulosidades y curvas en las que era pródiga. Casi no salía de su cuarto observando en todo momento mucho recato. Todo cambiaba por las tardes -especialmente los sábados- cuando vistiendo sus mejores galas, resaltando con afeites sus labios, rostro, y pestañas, largaba a caminar contoneándose, luciendo el furor de su esplendidez anatómica. El único saludo afectuoso y coqueto era para el “Cushuro”, nieto de don Guillermo. Así arrebatadora y deslumbrante cruzaba el puente rumbo a su trabajo. Más tarde se supo iba a una casa de citas donde concurrían personajes “notables” de la ciudad y posiblemente algunos del barrio, deseosos de hacerla suya. Los muchachos intrigados por el saludo cariñoso sólo al crespito, se atrevieron a preguntarle un día

  • ¿Quién es?
  • No la conozco…
  • Parece que fuera tu mamá…
  • ¿Por qué…?
  • Bueno, porque tiene el pelo crespo como el tuyo y sólo a ti sonríe y saluda y, muchas veces, te hace caricias… ¿Por qué?..
  • No sé…
  • ¿Entonces …..?
  • Será tal vez porque que la saludo…..
  • ¡Claro….eres el único que la saluda!.

Un día, Venancio Capcha, minero que vivía en el barrio, convertido en su asiduo cliente y obediente de la tácita ley del silencio,  entró en su cuarto y le pidió que se casara con él. Rita quedó perpleja. No había esperado esto. El único trato que habían cruzado ambos era el normal entre el cliente y la servidora. Estaba anonadada.

–  Lo que me pides es imposible, Venancio…

– ¿Por qué Rita…?

– Tú eres un hombre bueno, todo este tiempo lo he comprobado

– ¿Entonces….?

– Nuestras vidas son diferentes. Tú sabes, yo vivo de los hombres. Ellos me pagan por darles placer. Lo sabes..

– No me importa…

– Tal vez ahora no, pero cuando pasen los años, tú me recordarás a cada momento de lo que hago y, yo…..no podría soportarlo.

– No, Rita, no. No pienses eso.

– Seguramente, llevado por una ilusión pasajera crees que estás enamorado de mí, pero no. Sólo es momentáneo lo que te está pasando. Tienes que pensarlo muy detenidamente. Hazlo. Tómate el tiempo que sea necesario y al final, cuando lo hayas decidido, actúa como tu conciencia te dicte…

– Ya está decidido…

– ¿Cómo puede ser eso….?- Sus ojos se prendieron en la caviloso rostro de su enamorado.

– Desde hace buen tiempo, lo he venido pensando. He comprendido que te necesito y que contigo mi vida ha de ser muy feliz….

-¿A pesar de….?

-No me importa tu pasado; sólo lo que tendrá que venir y en eso, confío en ti. Cuando seas mi señora, ya solamente serás mía y nadie más interferirá en lo nuestro….

– Pero, ¿… y tu mamá…?.

– Ella me quiere tanto y sé que estará de acuerdo…¿Qué dices, Rita….?.

Ella no supo qué contestar. Estaba alelada. Al verla así, con el fin de animarla, le entregó un hermoso estuche azul en cuyo interior de pana roja halló un hermoso aro de plata con bordes de oro trabajado por el orfebre francés, Boudrí. Emocionada primero, al ver los ojos suplicantes del amante, se deshizo en lágrimas al verlo de rodillas, suplicándole la correspondencia de su amor; completamente asombrada, aceptó. Después de un  beso enorme y extenso quedaron largo tiempo enlazados porque ella también había aprendido a querer a ese minero sencillo.  En ese momento no pensó que tendría que pagar una cuota muy alta por tratar de alcanzar la felicidad a que tenía derecho.

Cuando se irradió la noticia, el barrio se convulsionó. Los comentarios a cuál más ácidos fueron de condena general. Las mujeres fueron las más acérrimas, especialmente de la escuálida y desdentada vieja Emilia, que tomaba extraña fuerza cuando de opinar de la negra se tratara. Sólo los viejos envidiosos de la suerte del consorte, callaban. Venancio amaría en exclusiva a aquella bella mujer cuya llegada los había llenado de inquietudes.

Venancio Capcha era un perforista ejemplar, trabajador como el que más, pero callado en extremo; tanto que secretamente lo llamaban “El Opa Venancio”. Era un ladrillo para el trabajo. Por eso había llegado a ser “marronista”. Es decir uno de aquellos privilegiados que ganaba billetes marrones de cincuenta soles en cantidades impresionantes. Ahorrativo y cariñoso compartía, desde su infancia, un indeclinable amor por su anciana madre que lo acompañaba. No obstante, el amor que le había nacido por la negra espectacular fue  silencioso, secreto, único. Mucho tuvo que luchar con su timidez para poder hablar con aquel sueño de mujer. Una tarde, armado de unos tragos por sus amigos íntimos, entró en su cuarto y sin poder decir ni una palabra la tuvo a su merced. Claro, la negra fue la capitana de aquella navegación por los desconocidos mares del placer. De allí en adelante, todo fue felicidad. Por sus encuentros clandestinos en la casa de cita, llegaron a conocerse completamente. En cuitas íntimas y enternecedoras ambos llegaron a comprender que habían encontrado el verdadero y mutuo amor.

Cuando Venancio le informó a su madre, la viejecita apenas si alcanzó a decirle: “Está bien, hijo. Ya eres mayor y debes tener una compañera. Yo soy muy vieja para atenderte. Ojalá que esta señora te ayude a vivir decentemente. ¡Qué voy hacer! Es el destino. Taita Dios te dé felicidad, hijo”. No dijo más y le besó en la frente y limpió las lágrimas que rodaban por sus mejillas.

La ceremonia de la boda -a pedido de ella- se hizo en privado. De parte de él, sólo sus compañeros de trabajo, sus jefes y su madre, nadie más. De parte de ella, nadie. Ninguna persona del barrio estuvo presente. Nadie perdonó a la pareja su búsqueda de felicidad. Fue una boda muy triste. Después, aprovechando las  vacaciones de él, viajaron a la bella Tarma a pasar su luna de miel.

Todo fue muy bien hasta que cumplieron un año de matrimonio. Venancio comenzó a languidecer ostensiblemente. El doctor Norman Kelly, jefe del hospital americano le dijo que ya la neumoconiosis había avanzado y sus pulmones estaban completamente minados. No dijo más. ¿Para qué? En el pueblo todos saben  el triste desenlace de esta afirmación. Sólo que las mujeres del barrio, escandalizadas por su hospitalización, tejieron atrevidas conjeturas que nada tenían que ver con la verdad. La más aberrante fue la de la vieja Emilia: “Claro. ¡¡¿Qué esperaban?!! La maldita chuchumeca le ha ido chupando su “naturaleza” al pobre muchacho hasta convertirlo en un trapo. ¡Hasta los sesos le ha chupado como sanguijuela!. Claro, si día y noche lo ha tenido “Ocllado” (aprisionado) entre sus piernas, ¡maldita insaciable, perra! ¡¡¡Traga hombres!!”

A partir de entonces Venancio fue consumiéndose en una lenta agonía. Quedó convertido en un cadavérico espectro. Ya no era lo que había sido antes. En todo ese tiempo, con una prolijidad conmovedora, Rita lo fue atendiendo amorosamente. Lo tenía sentado para que pudiera respirar. No se apartaba de su lecho. Como una abnegada madre atendía sus más mínimos requerimientos. Todos los ahorros que había ido acumulando desde su juventud los fue gastando en la atención de su marido.

La agonía duró tres meses. Un día, presintiendo la cercanía del final, se abrazó a su mujer, le besó las manos y, con las últimas fuerzas que le quedaban, arrojó un vómito de sangre con los últimos vestigios de sus pulmones. La hemoptisis se lo llevó. En presencia de la anciana que se deshacía en llanto por el hijo muerto, bañó y amortajó a su marido, le compró un ataúd y lo enterró. Cuando la compañía le entregó su sobre con la indemnización, así íntegro, sin abrirlo, lo depositó en las manos de la anciana. Cogió sus ropas y atravesó el puente para no volver más.

 

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