Luciano Remuzgo Kesovia

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Luciano –me aseguraba don Julio Patiño León, músico como él- era hijo de dos jóvenes croatas que nacidos de Dubrovnick, consolidaron su amor en nuestra tierra.

Luciano tenía el perfil de un asceta. Perfil afilado de un conocido caballero castellano; huesudo y enjuto como el de un personaje de “El Greco”. Sus largos brazos se prolongaban en dedos finos y enormes que con gran maestría hacían cantar a las sonrientes teclas del piano o del acordeón. Dedos tan finos que en el delgado diapasón del violín, hacían gemir a las cuerdas en misteriosos trémolos y agudas vibraciones. Me parece verlo en un umbroso rincón de la Iglesia Chaupimarca, inclinado sobre la desvencijada partitura del “Ave María” de Schubert, acompañando al argentado saxofón de otro gran cerreño: don Armando Paredes Ugarte.

Los invitados circunspectos enmarcaban una boda. En esa ocasión tan especial, el violín de Luciano Remuzgo Kesovia –con viejas reminiscencias de Stradivarius- le daba el toque majestuoso y tierno a los esponsales cerreños. La vetusta nave de la iglesia se remecía con el acompasado dúo cuando concluido el desposorio, la “Marcha Nupcial” se convertía en aleluya para los recién casados, parientes y amigos.

Pero esta no era la única faceta de Luciano, no. Había un trastoque enorme entre este personaje serio y acicalado de negro que, cual Paganini, estremecía los corazones con viejos y queridos compases, y el otro, el popular, el alegre y vivaracho violinista de nuestra música. Ya en el terreno profano, ubérrimo y alegre, sus huaynos y cachuas, sus mulizas y chimaychas; sus valses y polkas, sus marineras y resbalosas llevaban su sello personal. Por más que los numerosos instrumentos de viento trataran de apoderarse del ámbito fiestero, surgía invicto el tono armonioso de su violín siempre sonoro, siempre magistral.

Han transcurrido muchos años de su partida y creo que en las claras noches de luna cerreña, su alargada y quijotesca figura –violín en ristre-  deambulará por el íntimo salón de baile del C.J.C; por el amplio confín del viejo Copper; por el estrecho y amical escenario del “Team Cerro”; por el espacio lleno de columnas del viejo “Alfonso Ugarte” y, tal vez cuando el sueño cierra nuestros párpados y la prieta oscuridad cubra a nuestra vieja tierra minera, por sus calles macilentas y arruinadas; por las callejas umbrosas y desiertas, por sus vericuetos despedazados y muertos; montado en su fantasmal jamelgo, con sus desmedidas piernas irá con su séquito de músicos nuestros a cantarle un responso a nuestra tierra. Es posible. Es muy posible, porque creo que así como los hombres tienen espíritu que vagan y se adueñan de la noche, así también, llorosas y emocionadas, las almas de nuestras calles musitarán una plegaria de lacerante agonía al oír el mágico violín de Luciano

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