El dantesco terremoto de 1746

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En esta página rememoramos el más espantoso terremoto que sufrió el Perú con su espantosa secuela de muertes espantosas. Aquella negra fecha, en el Cerro de Pasco, se hundió la “Mina del Rey” con trescientos hombres que jamás fueron rescatados. Sólo cambió el nombre de la mina, a partir de entonces se le llamó “Matagente”.

La noche del 28 de octubre de 1746, reinaron los cuatro minutos de horror del terremoto que destruyó casi en su totalidad la ciudad de Lima. Hasta entonces la capital del Virreinato había sufrido trece terremotos de gran intensidad, pero fue tal la violencia de este último que un erudito limeño contemporáneo al suceso, don José del Llano y Zapata, escribiría años después que no admite paralelo con la destrucción producida por todos los fenómenos anteriores.

Por la época de la tragedia, Lima era una ciudad de tres mil casas distribuidas en 150 manzanas y con una población aproximada de 60.000 habitantes. De ellos, 1.141 murieron y de las casas apenas si quedaron 25 en pie. Pero el Callao llevaría la peor parte: media hora después del terremoto, un tsunami arrasó con nuestro primer puerto.

Al día siguiente del terremoto llegó a la ciudad la noticia que dejó boquiabiertos a todos: la ciudad del Callao había desaparecido por completo, no se distinguía el lugar donde antes estaba; apenas si sobrevivieron menos de cien afortunados chalacos. Murieron ahogadas aproximadamente nueve mil personas; de 22 barcos atracados en la bahía, se hundieron 19 y tres terminaron a más de dos kilómetros tierra adentro. Dos pequeños y desafortunados puertos que existían por aquel entonces, Cavalla y Guañape, desaparecieron para siempre y ahora solo nos queda el recuerdo de su nombre.

El Conde de Superunda

Hasta la fecha el terremoto de 1746 es, tal vez, al que mayor cantidad de estudios y atención le han dedicado los historiadores y especialistas. Pero sobre todo sigue siendo el paradigma del triunfo de la ciudad sobre la destrucción y la muerte. El virrey que gobernaba el Perú en ese entonces, José Antonio Manso de Velasco y Sánchez de Samaniego (1688-1767), decidió vencer la desolación y tomar cartas en el asunto, de tal manera que emprendió la reconstrucción de Lima. Hizo tan magna obra que mereció el reconocimiento de sus habitantes y del propio rey que lo premió con un título nobiliario que lo dice todo y que él mismo eligió: Conde de Superunda, que quiere decir “sobre las olas”.

 

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