Hipólito Verástegui Cornejo Un paternal amigo extraordinario

La noticia me llegó punzantemente dolorosa a través del hilo telefónico. Lucho Rosazza con un marcado tono pungente en la voz, me dijo: “Te llamo para informarte que esta mañana, de madrugada, ha fallecido el doctor Verástegui”. No dijo más… O si lo dijo, no lo puedo recordar. El caso es que quedé inmóvil; muy conmovido. Un dolor enorme como venido de años me atravesó el corazón.

No era para menos.

Había entre él y yo, no obstante los años que nos diferenciaba, una enorme coincidencia de pareceres y un afecto como de padre a hijo que jamás podré olvidar.

El doctor Hipólito Verástegui Cornejo -“Polo” para familiares y amigos- había nacido el 3 de febrero de 1911, en el Cerro de Pasco. Fueron sus padres, don  Julián Verástegui Flores y doña Herminia Cornejo Agüero. Sus estudios primarios los había realizado en su tierra natal, los secundarios en el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe y los universitarios, primero en La Facultad de Medicina de Guayaquil y luego en la de Quito. Cuando en 1941, se inicia el conflicto que nos enfrentó con aquel país hermano de Ecuador, una beligerancia intolerable se desató contra los peruanos residentes en aquella ciudad. Maltratado y perseguido por ser peruano, tuvo que huir en jornadas penosamente dolorosas para llegar a su patria. Aquí, por disposición especial tuvo que revalidar los cursos llevados en Ecuador, en la facultad de Medicina Humana de San Fernando. Optó el grado de Médico cirujano en 1942. Inmediatamente después llega a ejercer en el Hospital Daniel A. Carrión de su tierra natal, el Cerro de Pasco. Aquí es en donde deja lo mejor de sus esfuerzos y desvelos en el cumplimiento de sus funciones. Comenzó como Jefe de la Asistencia Pública, luego, Jefe de la Cruz Roja Departamental, más tarde Director del Hospital Daniel A. Carrión y, finalmente, Jefe del Área Hospitalaria de Pasco. En todos estos cargos cumplió una labor extraordinaria. Todavía el pueblo cerreño lo recuerda. Especialmente la gente necesitada.

Casado con la señora Elvira Maldonado Balvín –su abnegada e inseparable compañera- tuvo en ella a su más brillante inspiradora de grandes acciones. Sus hijos son, Edith, Sonia, Hipólito Alberto, Juan y Frida.

Fue Presidente de CORPASCO donde efectuó obras de notable magnitud en beneficio del departamento. Desde su retorno a su tierra natal fue destacado miembro de Rotary Internacional.

A poco de asumir la presidencia del “Team Cerro”, club al que le dedicó muchos esfuerzos, se empeñó en adecuar debidamente sus instalaciones, ordenar la membresía, dinamizar sus actividades sociales y devolverle la prestancia que había tenido años anteriores. Lo logró con creces. El “Team” volvió a ser el remanso acogedor en el que los bohemios de aquellos años se reunían para hermosos convivios fraternales. Allí alternaban las humoradas graciosas, la conversación –aquella actividad tan hermosa, hoy día en decadencia-, la diversión de los juegos de salón, la música en la que de tanto en tanto, el legendario trío de guitarras conformado por Villaizán, Russo y Quintana, traían en alas de las melodías, el deleite espiritual que requerían; o en las voces del trío FRI – SO – MOR, conformado por “Chivillo” Frías, Soriano y Morales, los viejos valses de factura argentina, preferidos por los noctívagos de aquellos tramontos. En todas estas reuniones salpimentadas con bebidas de un bar tan nutrido de buena calidad como de variedad notable, reinó siempre la cordialidad fraternal.

Al frente del Rotary Club, su labor fue incansable. Con gran nostalgia recordamos, la navidad del niño cerreño, la semana del niño, las campañas de profilaxis social, los concursos escolares para alentar la formación de nuevos valores en el arte y la literatura.

En cumplimiento de ambas presidencias, consiguió devolvernos la tradición que estábamos a punto de perder. Logró que la compañía norteamericana edificara –contiguo al local institucional- una hermosa plaza de toros donde se realizaron las últimas manifestaciones de la Fiesta Brava a la que todos los cerreños somos aficionados. Despejes con adornados carros alegóricos conduciendo a las luminarias de la belleza local, ataviadas con peinetas, mantones de Manila, abanicos, claveles o sombreros cordobeses de ensueño, dignas de las paletas de Julio Romero de Torres; diestros encumbrados de la torería de entonces, con cuadrillas propias, banderilleros, puntilleros y monosabios.

Esta era la oportunidad en la que el pueblo gozaba de la magnificencia de la fiesta que está sufriendo su más triste ocaso. Las localidades al tope permitía que los fondos obtenidos, conjuntamente con donaciones de instituciones, compañías mineras, y personas notables, se incrementaran para que, víspera de Navidad, los niños pobres del Cerro de Pasco recibieran los más hermosos aguinaldos de manos de los rotarios y sus esposas. “Polo” Verástegui a la cabeza, con su compañera de siempre, doña “Viruca” Maldonado Balbín, entregando los regalos a los niños de los barrios cerreños que se aglutinaban en la plaza de toros. ¡Que inolvidable muestra de amor a los niños! ¡Qué despliegue de trabajo el que efectuaban entonces! ¡Los que presenciamos de cerca estos acontecimientos, jamás podremos olvidarlos! ¡Menos aún a los que, como “Polo” se desvivieron por realizar!

Su sensibilidad siempre a flor de piel, no sólo siguió honrando la tradición de celebrar emotivamente el “Día de la Madre”, sino que, realizando una esforzada campaña que todos apoyaron, hizo construir en el cementerio general, un hermoso mausoleo dedicado a la madre cerreña. ¡Qué sublime realización! A partir de su inauguración –el “Día de la Madre” de 1945- todos los años, religiosamente, se celebraba una misa solemne de réquiem por todas las madres. Ojalá que esta tradición que la mantuvimos mientras ejercimos en la Beneficencia, continúe. Ojalá.

Su entrega en el cumplimiento de las funciones que se le encomendaba, determinó su nombramiento de Presidente del Comité Departamental de Deportes de Pasco, máximo organismo rector del deporte en nuestro ámbito. En él cumplió una brillante actuación. Recordamos que, bajo su mandato, el deporte se encumbró grandemente. El año de 1950, para ser precisos, con motivo de los Primeros Juegos Deportivos Centro Peruanos, realizados en Huancayo, nuestro representativo departamental se trajo el campeonato en fútbol, el subcampeonato en Básquet, tercer lugar en Vóleibol y varias medallas en atletismo, ajedrez y ciclismo. Es decir, una brillante campaña que por mucho tiempo ha quedado en el recuerdo de los aficionados. En su época, controlado personalmente por él, bate el record mundial de permanencia en bicicleta el deportista Raúl Salvatierra. Para ellos, en todo el tiempo que duró la prueba estuvo del lado del sacrificado deportista. En aquellos tiempos logran destacada figuración a nivel nacional los representativos de fútbol de Unión Minas de Colquijirca, Alianza Huarón y otros equipos cerreños. En básquetbol, el Club Sport Peruano.

Extraordinario anfitrión fue con la señora Elvira, su esposa, cuando recibieron delegaciones del mundo entero venidas a participar en el Congreso Médico Internacional que se cumpliera en nuestra ciudad con motivo del cincuentenario del nacimiento de nuestro mártir Daniel Alcides Carrión. (13 de agosto de 1957). Se desvivieron por lograr cómodos alojamientos, adecuada alimentación, movilidad oportuna y rápida, atención médica de primera calidad. Es decir un trabajo de titanes que obtuvo un éxito rotundo. Cuando terminó el Congreso todos estuvieron muy agradecidos a los anfitriones.

En aquella ocasión, las asambleas académicas se efectuaron en el escenario del Cine Teatro Grau transmitidas por Radio Corporación, cuyas grabaciones magnetofónicas, en su totalidad, fueron entregadas a la Asociación Médica Peruana.

Los oradores en la primera sesión del Congreso fueron: el ex Ministro de Salud Pública y Asistencia Social, doctor Jorge Haaker Fort, que a nombre del Supremo Gobierno, declaró inaugurado el certamen. El doctor Arturo Baeza Goñi, por Chile; doctor Numa Pompilio Munguía por Honduras; doctor Jesús Acosta, por Venezuela; doctor Fernando Cordero, por Guatemala; doctor Ernest George Nauck, catedrático de la Universidad de Hamburgo, por Alemania; doctor Dagmar Chávez, por Brasil.  Los días siguientes, veinte distinguidos médicos de diversas nacionalidades por sesión, desfilaron por el escenario del Cine Grau. Aquella memorable oportunidad el Perú estuvo representado por los doctores René Gastelumendi, Luis Amat, Marino Costa, Carlos Rodríguez Larraín y Eduardo Águila Pardo, El Cerro de Pasco, por los doctores Hipólito Verástegui Cornejo, Aurelio Malpartida, Eduardo Ventura Torres, Juan Antonio Paitán, Eduardo Soberón Gutarra, Washington Landa Machuca,

Los médicos y sus esposas fueron homenajeados en los más distinguidos clubes sociales de la localidad y, por atención de las compañías mineras y ganaderas fueron atendidos en sus visitas al, “Bosque de Rocas” de Huayllay, Huariaca, La Quinua, Jumasha, Ninacaca, Chaprín.

En lo que a mí respecta, todavía recuerdo cuando llegué en compañía de don Martín Mendoza Tarazona, a la sede del Club de la Unión. Aquella noche se reunía el Rotary Club en su cena semanal y el invitado era yo. ¡Imagínense! En el primer rellano de la escalera me recibió con una abierta sonrisa entrañablemente amical que me infundió confianza y seguridad.

— ¡Bienvenido –me dijo- Estamos felices de que estés aquí para rendirte nuestro homenaje. Por Martín y los periódicos sabemos que has recibido el Premio de Excelencia en la Escuela. Eso nos llena de enorme satisfacción y orgullo. Inmediatamente fui presentado a los connotados socios rotarios que eran los personajes más notables de la ciudad; superintendentes de compañía mineras, hacendados, comerciantes, profesionales destacados.

Mi timidez se fue desvaneciendo a medida que alternaba con esos señores respetables y más aún cuando “Polo” llevándome a un rincón me dijo: “Tienes que estar tranquilo, no olvides que eres el invitado de honor y tienes que estar a la altura de las circunstancias”. Como por arte de magia me olvidé de mi triste indumentaria compuesta de un “mameluco” azul y camisa blanca. Más tarde, cuando generosamente Polo magnificó mi esfuerzo en la Escuela, todos aplaudieron y me regalaron con la colección de doce tomos de “El Tesoro de la Juventud”. Nunca había recibido un presente de esa calidad.

Años más tarde. Cuando estudiaba en la Universidad Carrión, fui presentado por “Polo” Verástegui para ser miembro activo de Rotary. Él fue mi padrino. En el desempeño de la Secretaría del Club obtuve brillantes experiencias. Muchas veces representé a Rotary en certámenes nacionales e internacionales, pero sobre todo, alimentó mi sensibilidad hacia los más necesitados.

Cuando, pasado el tiempo y ya jubilado, tuvo que partir, todo el pueblo cerreño manifestó abiertamente su dolor. Todos sentimos que una parte importante de nuestra historia partía. Ahora que, definitivamente, ha emprendido el viaje sin regreso, pedimos al Todopoderoso le alcance la felicidad a que tiene derecho. Se lo merece. Que Dios le bendiga.

 

 

 

 

 

 

LA CALLE GAITERAS

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En realidad, esta añorada callecita  era un estrecho pasaje que comunicaba la calle Fernandini con la Plaza del Comercio. En sus inicios, a decir de don Gerardo Patiño López, don Aníbal Gálvez y don Ramiro Ráez Cisneros, fue una “callecita pecaminosa” a la que se la denominó también “La Quita Prosa” y “El Culebrón”; allí estaba ubicado uno de los más connotados burdeles cerreños  con pupilas especialmente españolas de Galicia a las que conocían por “Las Gaiteras”. Alguna vez cuando pregunté por el nombre de la calle a don Alberto Minaya Rolando, más conocido por “Capachón”, me contestó “Aquí las gitanas de “Chupaban” la gaita; por eso, chiquillo. ¿Me entiendes, no?”.

Cuando en 1890, la compañía Azalia – Nation levantó el imponente edificio colindante –el más grande de la Plaza del Comercio- llamada después Centenario, las pelanduscas tuvieron que marcharse con la música a otra parte. La calle se adecentó y allí llegaron a vivir Juan Azalia, Alexander Nation, Mercedes de Gago, el italiano Francisco Puccio y su compatriota RicardoLercari.

Por esas fechas, en la esquina que da a la histórica plaza, fijó su residencia don Ignacio  Llanos, tronco de una respetable familia cerreña. La vez que tuve el honor de visitar aquella casona, me impresionó el amplio ventanal que daba a la plaza Centenario. Sentados en cómodas poltronas con aquel inolvidable anfitrión, don Félix Llanos Alvarado, contemplábamos la histórica plaza que ahora ha desaparecido. Entre trago y trago de sus  inolvidables y riquísimos “Gin con gin”, conversábamos temas relativos a nuestra historia.

Recuerdo que en la parte baja de esta casona residía el temido sargento Corrales, miembro de la policía local. Con él vivía su hija, una chica llamativamente hermosa, de rostro sonrosado, cabello rubio, sonrisa divina y cuerpo escultural. Todos los jóvenes de entonces la mirábamos con disimulada admiración. ¡No sea que su padre –hombre de pocas pulgas- se enterara!

Lo llamativo de esta guapísimo chica no era solamente en su belleza y alegría a flor de piel, no; lo más llamativo en ella era su vestimenta.

En lugar de faldas, usaba pantalones. Imagínense. Si era censurable que las mujeres vistieran pantalones, Amparito –así se llamaba la chica- llegaba a extremos de audacia y desparpajo vistiendo unos pantalones “vaqueros” que se habían puesto de moda. ¡Dios mío! Estoy hablando de la mitad del siglo pasado. En realidad, todos los varones la admiraban por ese hecho. Lo admirable era que sus pantalones eran tan ajustados que daba la impresión de estar desnuda porque la esculpía completamente, sin dejar nada para la imaginación. Cuando pasaba por calles y plazas, los ojos de los hombres, inmediatamente, se volvían para ver aquella preciosa escultura andante. Todos felices con Amparito. Bueno no todos. Las mujeres, especialmente las viejas, le declararon una guerra sin cuartel. Cuando la veían venir se santiguaban compungidas y luego elevaban los ojos al cielo. Amparito jamás les hizo caso. Los comentarios eran activos y muy subidos de tono pero en voz baja; el temor a las represalias del sargento policial siempre estaba amenazantemente vigente. Por eso es que tal vez no se le conoció aventura alguna.

Bueno, transcurrido el tiempo, repentinamente sin que nadie lo supiera, padre e hija desaparecieron del más alto tinglado de la vida. Posiblemente ahora sea una venerable matrona, pero, el recuerdo que dejó en la juventud cerreña de entonces, fue inolvidable. Hasta ahora la recordamos con nostalgia.

la-calle-gaiteras-2Volviendo a la historia de esta desaparecida callecita, en su parte céntrica vivía la familia Solís Echevarría. El tronco familiar era don Domingo Solis Ruso, Secretario del Prefecto del Departamento y activo periodista corresponsal de EL COMERCIO de Lima. Sus hijas, Hilda, Amanda, Maruja y Olivia, notables artistas que han dejado grandes recuerdos en el arte y la  radiotelefonía de nuestra ciudad. En la primera foto que publicamos se ve, al fondo, la oficina del doctor Augusto Parra Solís, notable abogado jaujino que casó con la cerreña Paca Montero con la que tuvo varios hijos. Este respetable amigo hizo una tarea extraordinaria a favor del pueblo que lo acogió. Entre otras cosas -por ejemplo- consiguió la edificación del Colegio María Parado de Bellido en San Juan y la edificación del colegio Daniel A. Carrión en Patarcocha; fue excelente deportista conjuntamente con sus hermanos. Lo que son las cosas. Cuando me enteré que los “cerreños” le habían negado su ingreso en un club, pregunté la razón y me respondieron “No es cerreño, es jaujino”. El que había propiciado este desafuero era un “respetable médico” nacido cerca de la plaza Chaupimarca de nuestra ciudad pero que, en “su perra vida (Como dice kuczynski) nunca hizo nada sin que le pagaran. Es, fue y será un “profesional” negativo que habiendo sido, cerreño, jamás se escuchó que hiciera algo por el pueblo que sí recibió el benemérito trabajo del “jaujino”

Quiero finalizar este relato diciéndoles que, fue en esta calle, ya pasados los años, por 1950 más o menos, la casa de la familia Solis que ya se había retirado de la ciudad, se convirtió en la primera “Boîte” del Cerro de Pasco. Es decir un club nocturno con música moderna, tragos, meseras y toda la parafernalia del caso. Ni bien uno entraba se daba con un sofisticado ambiente de manifiesta oscuridad porque las  velas de cada mesa, eran muy débiles para alumbrar todo el ámbito íntimo.

Los habitantes de Gaiteras, poco a poco fueron dejando la ciudad para enrumbar a San Juan (Nueva ciudad) y la mayoría a otros pueblos.

Esta simpática calleja también ha desapareció tragada por el “Tajo Abierto”. Esto es lo que el Cerro de Pasco está dando por el progreso económico de la nación. ¿Conoce usted otro pueblo que tanto se sacrifique por el Perú?

 

NUESTRA VIEJA TORRE DEL HOSPITAL CARRION

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LA TORRE DEL HOSPITAL CARRIÓN

Hospital Carrión tomada desde el interior del nosocomio, no podemos menos que admirar la visión de sus fundadores al rodearla de árboles nativos como son los “Quinuales”, únicos que se atreven a crecer a más de cuatro mil metros de altura. ¿Qué les pasó a nuestros viejos?  ¿Por qué no hicieron lo propio en otros tantos edificios y lugares de nuestra ciudad? Tuvo que pasar muchos años para que nuestro patriarca, don Gerardo Patiño López, hiciera otro tanto en nuestro cementerio general. Trajo de su fundo San Miguel pequeños arbustos y los plantó a la entrada del camposanto. Hoy día, supérstites –todavía vivos- siguen proclamando la grandiosa intención de nuestro maestro. Cuando estuvimos al frente de la Beneficencia, hice traer pequeños plantones que los sembré en nuestro cementerio. No lo va usted a creer, al día siguiente habían sido arrancados de raíz sin que quedara ninguno. Supe que sujetos venidos de otros lugares los habían arrancado. Hay sujetos que no obstante vivir en nuestro suelo y ganar el sustento en nuestra ciudad, hieren la mano de los que le dan de comer. ¡Lástima!.

Hoy en día, cuando vemos nuevas imágenes de nuestro pueblo, ya podemos alegrarnos de que exista una hermosa arboleda en varios lugares. Tuvo que ser una admirable cerreña, Amanda López Gamarra –entonces alcaldesa de Yanacancha, la que se ocupara de sembrar estos árboles. Claro que para ello tuvo que luchar mucho. Lo sabemos. Ordenó que a estas plantas la resguardaran con alambres de púas contraviniendo las campañas de ciertos periodistas que criticaron su decisión. El resultado es plausible y hermoso. Gracias, Amanda.

Ahora, con todo respeto, hablemos de nuestra torre.

Los mineros de diversas nacionalidades que explotaban nuestras minas determinaron  construir un hospital como un homenaje de gratitud a la ciudad que los cobijaba. Los consulados español, italiano, francés, inglés y austro húngaro, después de ad­quirir el terreno correspondiente, inician su construcción el 1º de enero de 1858 y es inaugurado en 1864, con el nombre de HOSPITAL  LA  PROVIDENCIA, once años antes que el Hospital Dos de Mayo de Lima, inaugurado el 28 de febrero de 1875.

Lo más resaltante del edificio del hospital fue su monumental torre de piedra. Debido a la iniciativa del coronel Bernardo Bermúdez y de don José Malpartida Cuestas, fue levantado piedra sobre piedra por artesanos de entonces. Visible desde todos los puntos de la ciudad, lucía, en la parte alta, un hermo­so reloj armado ex-profeso por el genial Pedro Ruiz Gallo. Este reloj -símbolo del  indomable espíritu cerreño- marcó por muchos años el palpitar del pueblo minero, con sus triunfos y derrotas; con sus tragedias y alegrías.

Como homenaje de recuerdo a Juvenal Augusto Rojas -uno de los más destacados periodistas del Cerro de Pasco-. trascribimos su nota referida a nuestra histórica Torre. Juvenal abogaba para que se construya una réplica que se consiguió años después. Sus palabras fueron escuchadas.

 “No es necesario recontar la historia de esta torre; tampoco es necesario repetir que en nombre del “progreso” las máquinas de Centromín darán cuenta de ella. El conglomerado humano que vive, trabaja y piensa en el Cerro de Pasco y zonas adyacentes, sabe de antemano el próximo final de la torre. Todos los que conocen esta Capital Minera del Perú, guardan en su memoria la preciada imagen de la torre. Ahí está ella, como el rostro inolvidable que de algún amigo se guarda. Ella pertenece a todas las personas sensibles; a todas aquellas que educaron sus espíritus; a quienes hacen cultura. Ellas no conciben Paris sin su Torre Eiffel, ni Londres sin su Big Ben, ni Pisa sin su torre inclinada. Quiten el Centro Cívico o su Feria y dejará de ser Huancayo; destruyan “Calicanto” o su hermosa Plaza de Armas, faltará Huánuco; porque éstos son los entes, las esencias, el  substráctum de aquellos pueblos. Es un delito extirpar estas esencias, por muy nobles que sean los propósitos. Quienes destruyen lo vital de los pueblos son asesinos de la cultura. Están cometiendo delito de lesa cultura. Por supina ignorancia se puede caer en este terreno, pero ahora que lo planificado, panificado está, urge –conscientemente- disminuir el error y la afrenta. Si la torre tiene que caer, que se construya una réplica para mejorar y darle unidad al nuevo Hospital Carrión de San Juan Pampa. ¿Estamos?

(De Pluma Arterial,  publicado en “El Pueblo” Nº 18 de 27 de noviembre de 1978)

¿Sabía usted…?

Que el año de 1957, con motivo de celebrarse el primer centena­rio del nacimiento de nuestro mártir, se remodeló nuestro Nosocomio con setecientos mil soles donados por el Fondo Nacional de Salud y Bienestar Social. También, los hermanos Fernandini Clotet, sucesores de don Eulogio Fernandini, hicieron llegar su donativo consistente en una mesa de operaciones y un equipo completo de anestesia. La Cerro de Pasco Corporation, diez mil soles, la instalación de alumbrado y calefacción en todo el hospital; la Compañía Minera MILPO, un magnifico equipo de “autoclave” para la sala de operaciones; la Cia. Minera Atacocha, una moderna carroza (Al no ser utilizada como tal ya que la tradición del pueblo no lo permitía, tuvieron que convertirla en Ambulancia). Igualmente hubo donativos de los Ingenieros, Edgardo Portaro y Felipe Bautista. Los trabajadores del “Staff” de la Cerro de Pasco Copper Corporation donaron, sábanas, frazadas, ropas para los niños, medicamentos, biberones, pijamas etc. Fuente: (LA ANTORCHA, 8 de febrero de 1960).

Sebastián G. Benavides Huaynate

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Este distinguido hombre de letras, nació en la cálida ciudad de Yanahuanca, el 22 de noviembre de 1898. Fueron sus padres don Julio G. Benavides Avellaneda y doña Marcela Huaynate.

Sus estudios primarios los realizó en el «Liceo Cerreño», dirigido por el eminente pedagogo jaujino, Antonio Martínez, en la vieja ciudad minera del Cerro de Pasco. Los secundarios en el Colegio Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe, de Lima.

Al finalizar la secundaria, ingresa en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y, finalizados los primeros años, aquejado por una dolencia que requería de reposo y calma, retoma a medicinarse a su tierra natal y, ya repuesto, retoma a la capital e ingresa a la Universidad Católica de Lima. Nuevamente el clima húmedo ataca al insigne yanahuanquino por lo que esta vez definitivamente tiene que abandonar los estudios.

Cuando en 1929 ingresa en la política comunal, lo hace con éxito. Es elegido Alcalde de su tierra natal en donde va a desarrollar prolífica labor gubernamental. En aquella ocasión, su entrañable amigo y colega, Ambrosio Casquero Dianderas, poeta y escritor como él, publica en «El Minero» del 5 de abril de 1929 la siguiente nota que titula:

LA PERSONALIDAD DEL ACTUAL ALCALDE DE YANAHUANCA

 Con conocimiento de causa, porque he radicado por algún tiempo en Yanahuanca, esbozaré algunas parrafadas sobre la personalidad del personero comunal actual de aquel pueblo.

 Efectivamente, es Sebastian G. Benavides -sin que la suspicacia de los que me leyeran pueda decir que hay convenio antelado para halagarlo-, libre estoy de ello, es uno de los elementos más representativos de aquel lugar.

 Es decir, tiene todo lo que puede tener un elemento de valía con personalidad propia. Entre otros méritos, sus dotes intelectuales son demasiado conocidas. La camaradería, por otro lado, de su franco corazón sugestionóme siempre, debido a la similitud de temperamentos que piensan del mismo modo. Y una vieja amistad continuamente nos ligó con un fraternal aprecio.

 Asimismo, en otros terrenos, Benavides es suficientemente preparado. La política comunal, no tiene deficiencias de conocimientos para él.  Puede en su próximo curso de servicios en el mundo que le toca seguir, no ser un práctico de una labor impuesta, mas es todo un idealista para mantener el calor de todo progreso general y colectivo.

 Volviendo a lo intelectual, hombre de fácil palabra- cuando habla se expresa bien. No tiene el sentido del amaneramiento ni del decir común-. Escúchesele y siempre dirá algo nuevo en favor y bien al todo.

 En suma, de Benavides en el actual mando del gobierno edilicio, no se esperará mucho, sino lo concreto y correcto para el progreso de Yanahuanca.

 Para terminar, brindo al viejo camarada periodista en estas líneas, como un deber que en mi impera, mi más cálida felicitación por su rotundo triunfo comunal.

 A.W.Casquero.

 Cerro, abril de 1929.

Una de las creaciones de nuestro escritor es este ensayo acerca de la Envidia, publicado en momentos en los que esta lacra hacía estragos entre la comunidad cerreña.

LA ENVIDIA

 Los hombres de espíritu mezquino, que inclinándose siempre a la maledicencia, sufren y jamás gozan con el bien ajeno.

 Lejanos fragores de trueno recuerdan las palabras que fementido pronunció Caín después de victimar a su hermano- dice José Ingenieros al hablar de la envidia y remarca, «el primer asesino de la leyenda bíblica tuvo que ser un envidioso».

 Nuestro medio ambiente cuajado de gentes maldicientes, de espíritus bastardos y almas raquíticas, nos dan a diario patéticos ejemplos de los alcances de esta bastardía moral.

 Difícil sería extirpar del seno de los hombres de cenagosa estructura espiritual los achaques de la envidia que en todo momento la esgrimen como arma de combate y desahogo procaz y, es por esto que el lapidario González Prada, al hablar de tópico semejante, dijo: «Los hombres tienen su baba como el reptil su veneno».

 El espartano Antístenes al saber que le envidiaban contestó – dice Ingenieros- «Peor para ellos; tendrán que sufrir el doble tormento de sus males y de mis bienes». Y el mismo Ingenieros agrega: «Es necesario provocar la envidia, estimularla, acosarla, para tener la dicha de escuchar sus plegarias. No ser envidiado es una cosa muy triste».

 Ser superior para los que nos envidian, para servirles de sombra y férula, es la mejor bofetada moral que podemos darles, como la luna cruza el Zenit mientras los perros ladran.

 Cerro de Pasco, 3 de mayo de 1923.

Otra de sus creaciones, publicada en «El Diario», del Cerro de Pasco en su edición de homenaje a Pasco en mayo de 1928, es la siguiente.

MIENTRAS LA VIDA TRANSCURRA

 Mientras el vértigo del tiempo y la marcha acelerada de los siglos que huyen desgranen segundos y minutos y la vida transcurra; mientras penas y alegrías giren en torno nuestro: el hombre piensa. El cerebro en trabajo constante, hilvanando ideas forja nuevas orientaciones que germinan como la simiente sobre un suelo fecundo para servir de nuevo derrotero a la humanidad.

 Mientras las sonrisas existan en los labios de vírgenes insomnes; mientras el corazón oscile apasionadamente; mientras el pudor de la mujer inviolada escatime caricias; mientras acompañe al hombre la diosa Esperanza, cual una diamantina luz en la diafanidad de un cielo perláceo; mientras exista una inquietud y un rito indescifrable; mientras se piensa en un lisonjero porvenir, el hombre temerá a la muerte.

 Mientras exista el jardín de la quimeras, donde las flores tienen la exótica policromía de las cosas sugestivas y atrayentes; mientras exista un cielo límpido; estriado de largas nubes blancas, donde elevar el espíritu en horas nostálgicas; mientras la mujer ofrezca concesiones nuevas; mientras exista el amor, que es el incentivo de la vida, el que esto escribe seguirá escribiendo…

 Mayo de 1928. S.G. Benavides

¿Sabía usted….?

Que todavía el 5 de junio de 1890, se inaugura solemnemente la Escuela Municipal de la ciudad. Inicialmente tenía dos ramas, una femenina y otra masculina. Funcionaba en los altos de la municipalidad. Allí recibieron sus primeras letras, Evaristo San Cristóval y León, Teodomiro Gutiérrez Cueva, Gamaniel Blanco Murillo, Gerardo Patiño López, Elias Malpartida Franco, y Daniel Alcides Carrión que después fue llevado a Tarma y más tarde a Lima.

 

LA NINFA AMUESHA (Leyenda)

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Cuando se llega a Oxapampa –esmeralda viviente del territorio pasqueño-  uno es recibido por un cálido paisaje maravilloso y edénico. El río que lo riega discurriendo rumoroso y azufrado separa a Oxapampa de  Chontabamba. En estas verdes inmensidades  cubiertas de gigantescos árboles de cedro, pino, nogal, jacarandá, caoba y mohena, se asentó hace centenares de años, el aguerrido pueblo Amuesha.

Cuando el sol, descorriendo las nubes que forman amenazadoras camanchacas ilumina el cielo oxapampino, puede distinguirse recortando el horizonte montañoso, la silueta yaciente de una hermosa mujer dormida. Allí está ella nítidamente tirada cara al cielo. Las suaves curvas de su rostro joven, la agresiva prominencia de sus senos núbiles y erectos, los contornos de sus  muslos y piernas poderosas, conforman el perfil de una atractiva belleza indígena. De ella ha quedado, fresca como el aroma de la orquídea, una leyenda que emocionadas las abuelas cuentan a sus nietos.

Dice que un aguerrido guerrero casado con la más bella mujer de los contornos, esperaba ansioso la llegada del fruto de su amor. Sus sueños se poblaron de esperanzas y augurios. Fantaseaba con tener un hijo tan poderoso que conservara invictas sus inmensas heredades; tan diligente que atesorara feraces esos campos ilimitados; tan bondadoso que se condoliera de sus gentes; pero sobre todo, tan valiente que no se dejara vencer por las adversidades. Por eso fue enorme su alegría cuando sus manos temblorosas sintieron el palpitar de la vida que venía y quiso compartir la buena nueva con el resto del mundo.

Sus sueños fueron tantos y tan desproporcionados que cuando el agudo vagido del recién nacido repercutió en los confines de la jungla, su corazón esperanzado dio un gran salto de alegría. Su júbilo duró poco. Cuando lo tuvo en sus brazos comprobó que no era el poderoso heredero que esperaba. Era una mujer. Junto al llanto de la niña, su corazón comenzó a lamentar sus frustraciones.

Los días transcurrían y la soledad, cada vez más avasalladora, lo iba aislando terriblemente. No tendría, como había soñado, el ayudante que lo acompañara a sus incursiones en el monte para cobrar las piezas de caza y pesca; no contaría con el brazo fuerte que lo ayudara en la chacra; su fatal pesimismo lo hacía ignorar deliberadamente a la niña que conjuntamente con su madre se sentía marginada. Sumido en su pena ni advirtió que los días iban pasando.

Entretanto la niña iba creciendo. Su cuerpo ayer frágil y pequeño, alto y cimbreante, fue tomando dimensiones de mujer. Cuando caminaba, hacía evocar el paso de los felinos; su “cushma” de geométricos garabatos, como una segunda piel, resaltaba la majestad de sus formas. Su rostro, siempre dulce y sonriente, alcanzó una belleza jamás vista por aquellos cálidos parajes.

Pronto había quedado convertida en mujer.

La noticia cundió por aquellos parajes. Todos los mozos del lugar convocados por el llamado del amor la pretendieron. En vano. Una sola vez correspondió con una sonrisa el regalo de un guerrero amuesha. No obstante que el aguerrido enamorado hiciera espectacular demostración de su fuerza y sus habilidades; que la acosara con  la pertinacia de sus ruegos y homenajes, el corazón de la joven quedó invicto. Por fin el guerrero se rindió. Él se fue con el recuerdo de su agradecida sonrisa y ella quedó con un hermoso collar de chaquiras que fue su único adorno. Ella tenía como único afán de su vida, el servir diligentemente a su insatisfecho padre que, después de mucho tiempo, había comprendido que en ella,  tenía un tesoro consigo.

Todo el mundo tenía que admirarla cuando, garbosa y ondulante, caminaba por los verduscos senderos del risueño valle. Los niños la admiraban, los hombres la deseaban, los viejos la respetaban; pero todos la querían. Hombres y mujeres. Ella cumpliendo su misión de servicio a su padre, divertida y alegre, iba al río, a las cochas, a las cascadas, a bañarse nadando juguetona. Esa era su más grande pasión: el agua. Ninfa selvática y hermosa, reina del río y de la lluvia, podía pasarse horas enteras jugueteando ondulante y feliz en las profundidades y la superficie de las cochas. El agua era su elemento. Cuando llovía, era una fiesta para ella; salía a corretear por los campos con el sólo deseo de mojarse. Hasta las gotas de rocío que pródigas bañaban las flores y los campos en las madrugadas, eran recogidas con delectación por sus finas manos, blancas y suaves.

Así fue pasando el tiempo. Un día, sin que nadie lo entendiera, un sol terriblemente abrasador comenzó a marchitar los campos; la camanchaca desapareció, las neblinas se esfumaron y enormes cicatrices polvorientas se formaron por donde antes discurriera el río; el Yanachaga enmudeció el bronco tronar de sus cielos; las “pacchas” y las cochas languidecieron y los animales, esqueléticos y sedientos, fueron muriendo inexorablemente. Aquel año, como es natural, los amueshas no hicieron la fiesta de iniciación de las lluvias donde abundaba el masato embriagante, las danzas y canciones lugareñas; tampoco hubo grandes comilonas. La sequía ahogaba a los campos y la tristeza consumía a hombres y animales hambrientos. Consultado el brujo de la tribu, predijo más hambruna, más desgracias y más muerte si no se ofrecía un sacrificio propiciatorio a los dioses ancestrales, caprichosos y vengativos.

La hija del cacique, ninfa de las aguas ahora ausentes, lo comprendió todo en un instante. Aunque ninguna ley la obligaba, ella, la más amada por su gente, la más hermosa doncella de los contornos, decidió inmolarse por su pueblo moribundo. Estaba segura de que los dioses recibirían su ofrenda como el pago justo y oportuno para liberar a su pueblo de la sequía.

Su decisión estaba tomada. Una mañana, ardiente  como ascua fogosa, salió de su choza como todos los días. Caminaba, esta vez, raramente dubitativa, como si un tremendo peso le agobiara las espaldas; su dulce rostro no tenía la luminosidad de otros días; una sombra imprecisa de dolor le teñía unas ojeras profundas. Esta fue la última vez que la vieron. No más. Alarmados la buscaron todo el día. Recorrieron caminos, divisaron abismos, otearon farallones y nada. Sólo el eco retumbante devolvía las llamadas de angustia; después todo fue silencio. Por la noche, provistos de humeantes teas, anduvieron caminos con gritos que retumbaban en la espesura.

–¡Niche… Niche… Niche… Niche!… – Así se llamaba -. Sólo el eco devolviendo las angustias se escuchaba en la negra oscuridad. A la mañana siguiente, -desesperación en los ojos, sequedad en las bocas-, hallaron las chaquiras que envolvían su cuello junto al lago  Chontabamba. Mal presagio. Entonces  -cuentan los ancianos- como un suspiro, los cielos ayer nomás brillantes, se ensombrecieron de negras cerrazones y en tanto comenzaba a retumbar el Yanachaga, las aguas retornaron pródigas en una lluvia nueva y esperada, pero acompañada de remezones terráqueos, de fumarolas espectaculares, de volcanes ayer dormidos y las aguas azufradas del Oxapampa, bajando impetuoso, retornaba a su cauce. Después de un año de sequía, volvía a llover. Aquella noche, los campos murientes calmaron su sed, los animales supervivientes recobraron la vida. Fue un milagro. Todo en una noche.

Al día siguiente, deshechas ya las nubes, el pueblo amuesha pudo ver estremecido allá en el horizonte, recostado, desnudo y de cara al cielo, el cuerpo de la agraciada criatura. No lo pensaron más. El sacrificio de la Ninfa estaba claro. Ella, bondadosa y noble, se había inmolado para que su pueblo pudiera seguir viviendo.

Pasarán los siglos –dicen los amueshas- pero ella, incólume y hermosa, seguirá recibiendo en su cuerpo desnudo, las aguas vivificantes de la selva que tanto le habían gustado.

 

 

 

 

 

El Padre Salomón Bolo Hidalgo Escrito por El Tío Juan, en EL COMERCIO.

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Imagen del Blog de la PUCP

El padre Bolo fue todo un personaje en nuestra patria. Su arraigo fue de tal magnitud que en nuestro Cerro de Pasco se le puso su nombre a un cantor de responsos que pasó a la posteridad popular por ser protagonista de más de un centenar de anécdotas. Más de una vez, en ese mismo espacio, las hicimos conocer ¿Recuerdan? En el presente caso nos estamos refiriendo al auténtico Bolo que,  de una u otra manera es personaje de nuestra política criolla.

El padre Salomón Bolo Hidalgo ha muerto arañando los ochenta y su defunción aparece en el diario “El Comercio”, el último lugar en que, estoy seguro, hubiera querido estar un rabioso luchador social como él. Aunque pensándolo bien, su afán de notoriedad (de “peliculina” como decimos a veces) era tal que a lo mejor estás feliz de haber llegado por fin a un periódico que le fue esquivo por tantos años.

Salomón Bolo es el probablemente el último de una estirpe de luchadores sociales de los años 60 que en algún momento atravesaron la línea que divide a los radicales extremos de los anecdóticos y se convirtieron casi en personajes de farándula. No fue así al principio. Era Capellán del Ejército, con el grado de Teniente, cuando abrazó la causa nacionalista ayudando a fundar el “Frente Nacional de Defensa del Petróleo” que encabezaba el general César Pando, otro gran personaje de dramas y anécdotas. Fue expulsado del Ejército y deportado por Odría a la Argentina, donde ya fue recibido apoteósicamente como “cura comunista peruano”.

Al año siguiente el mismo general Pando lo llamó para fundar el “Frente de Liberación Nacional” (FNL) y participaron en las elecciones de 1962 que, recordarán, ganó el APRA por estrecho margen. Ahí estuvo también el humorista Sofocleto en su última actuación como izquierdista en serio.

Los comicios fueron anulados por el golpe militar y al poco tiempo cientos de opositores fueron arrojados a la Colonia Penal El Sepa. Ahí estuvo por supuesto el padre Bolo protestando, vociferando, reclamando justicia social.

Por esos años visitar la Unión Soviética y China era un privilegio para iniciados y allá fue Bolo Hidalgo ¡con sotana! pese a que la jerarquía eclesiástica ya le había suspendido derechos.

Para los duros comunistas soviéticos fue una sorpresa recibir a este presunto cura católico con sotana y todo que predicaba la revolución marxista leninista. Por supuesto, se lo enseñaron al propio Nikita Kruschev.

Igual pasó en China, donde estrechó la mano de Mao Tse Tung. Total, el padre Bolo tenía fotos con el Ché, Fidel Castro, el Amado Líder Kim Il Sung, etc. Estuvo en el cenit de la gloria marxista leninista.

Pero ya en los años 70, cuando la Revolución de la Fuerza Armada pocos lo tomaron en serio aunque le concedieron que había tenido un rol en el Frente petrolero. Pero hasta ahí nomás.

Devino entonces en personaje anecdótico, quejoso y hasta ridículo sumándose al grupo donde también recaló, por ejemplo, el trotskista arrepentido Ismael Frías Torrico. Escribió varios libros como “¡Silencio Mentirosos! La verdad sobre la URSS” con recuerdos de viaje al paraíso comunista. Todos francamente olvidables.

Presumía de periodista y fundó la “Asociación Nacional de la Prensa No Diaria” (Anaprensa) y por esto lo tuve que sufrir en aquella campaña por el decanato del Colegio de Periodistas en 1983. Era un verdadero torturador, por perseguidor y pesado. Cuando apareció Internet encontró el espacio ideal para sus ideas (aunque de cuando en cuando le publicaban algo en la revista “Gente”) y alcanzó todavía a rendir homenaje al procoreano Castro Lavarello, otro luchador de su estirpe.

Francamente, su muerte debía ser anunciada en su amada Plaza Dos de Mayo con una gran pancarta que diga, más o menos “Ha muerto el persistente padre Bolo. Era un luchador”.

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 ¿Sabía usted…?

Que el mes de junio de 1918 muere de una embolia cerebral el ciudadano inglés Henry Stone. Vivió 48 años en nuestra ciudad. Llegó muy joven y fue representante de la Cerro de Pasco Mining, también llegó a ser cónsul de Gran Bretaña, pero sobre todo, fue amigo integérrimo de los cerreños. Bailaba con un arte singular nuestro huaino. Pidió a sus amigos que al morir lo enterraran en nuestra ciudad. Se cumplió su encargo, pero su tumba ubicada en el cementerio de Yancancha (Adyacente a la iglesia), echado por los suelos la iglesia también desaparecieron las tumbas.

 

TAITA CORPUS Y EL OPA (Cuento)

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Hace muchos años, cuando la fe en nuestra religión era muy sólida, hubo una pareja de esposos residentes de una aldehuela de Pasco, con características muy especiales. Ella hacendosa y buena, él aferrado al trabajo como el que más; sólo que tenía un marcado defecto, era opa, es decir, retrasado mental. Amigos desde la infancia habían conservado esa unión en sus juegos y labores. Inseparables, pronto fueron unidos por el amor. Ella, no obstante el defecto de su pareja, lo amaba mucho; él, trataba de compensar a su mujer con su trabajo tenaz y constante. Eso era lo importante para ambos. La que tomaba las decisiones, daba las órdenes y se encargaba de las misiones más difíciles, era ella; el pobre opa era el sólido brazo para el trabajo. Y así vivían felices, aunque –es justo decirlo- muchas veces el opa le proporcionaba serias rabietas a su mujercita, pero ésta, pronto las olvidaba.

Las tierras y animales que habían heredado de sus padres, fructificaron con prodigalidad gracias a las disposiciones de ella y el férreo brazo de él. Tanta fue la bendición caída en su aprisco y en su campo que decidieron dar gracias a Dios como se debe, con una misa solemne y una fiesta en homenaje al patrono del pueblo: Taita Corpus (El Corpus Christi). Así, con un año de anticipación, la mujer iba ahorrando con esmero y con fe, y cada vez que lo hacía, se sentaba sobre el poyo, a la puerta de su casa, para decir en voz alta:

  • Todo este dinero que estamos juntando es para Taita Corpus. Él viene siempre a estos lugares a regalarnos con su bienaventuranza, por eso es que nuestro ganado aumenta y nuestra cosecha es buena. Estamos juntando este dinerito, porque él vendrá con sus barbas largas y su caballo blanco, para obsequiarnos su bendición.

Diciendo esto y contando y recontando su dinero lo llenaba en su “huallqui” mediano de “huayhuash” y lo escondía debajo de la cama, cubriéndolo con las cobijas.

Tanto lo había repetido y con toda fe que su interlocutor, el pobre opa, con su sonrisa abierta y demencial, había grabado estas palabras en su rudimentario cerebro con poderosos signos de fuego. Bueno, el caso es que ya cercana la fiesta anual en homenaje al santo patrono, la buena mujer decidió ir al lejano pueblo minero para contratar al cura, a los cachimbos y a las sahumadoras. Para realizar este viaje, dejó al opa con el encargo de cuidar la casa, ya que ella estaba yendo a preparar la fiesta. “Ya sabes –le decía- Ten mucho cuidado con la casa. Yo estoy yendo al pueblo a contratar la misa con el taita cura para la fiesta de Taita Corpus, Ya se acerca su día y, para cuando venga debemos estar preparados. Todo lo que tenemos, es para él. No lo olvides”. El opa con la mirada perdida aceptó la orden. Con esta disposición la mujer salió de madrugada para retornar por la tarde.

Ya finalizaba el día y en cumplimiento de lo que su mujer le había ordenado, el opa no se movía del quicio de su puerta, vigilante, sentado sobre su poyo. En eso, sus ojos quedaron algo desorbitados al ver que por el camino que pasaba por su puerta se acercaba un jinete sobre un brioso caballo blanco. El opa se puso de pie, admirado, sin dejar de mirar al extraño que se aproximaba. Bajo su amplio chambergo, lucía unas negrísimas y tupidas barbas. ¡Es Taita Corpus! –pensó el opa. Superando su torpeza salió al camino y con su risa abierta y gutural detuvo al jinete preguntando entusiasmado:

  • ¿Tú…tú…tú…eres…Taita Corpus?

El hombre vio tanta candidez en el expresivo rostro del opa que para evitar la interrupción y seguir su camino, casi sin sofrenar su cabalgadura contestó seca y fuertemente:

– Sí, sí, opita. Sí, ¡yo soy Corpus!… ¡Taita Corpus!

La sonrisa en el rostro iluminado del opa se hizo más amplia y expresiva, y en un rapto de entusiasmo, cogió las bridas al caballo y saltando de alegría, le dijo al jinete:

– ¡Espera… taita Corpus… espera! –Diciendo esto, entró en su casa y ágil como un rayo sacó de su escondite el gordo zurroncito de su mujer con los dineros ahorrados para la fiesta y, alegre como un niño se lo entregó al barbudo que asombrado y sonriente recibió el dinero y sin más, picó espuelas.

No había avanzado mucho este barbado personaje que no era otro que un famoso bandolero de la zona, cuando la mujer llegaba rendida. Al ver al opa que saltaba y bailaba de alegría, restregándose las manos, la mujer le inquirió:

– ¿Qué tienes oye?… ¿Por qué estás tan alegre?… ¿Quién es ese cabalgado que te hablaba?

El opa – saltando alegre y señalando al jinete con sus torpes manos –  contestó:

– ¡Taita Corpus!… ¡Taita Corpus!… ¡Taita Corpus!

En un segundo, la mujer entró en sospecha y rápidamente ingresó en su casa y al buscar el fruto de sus ahorros, no halló nada.

-¡Maldito opa! …¿dónde está nuestro dinero? –La mujer gritaba. El opa señalando el camino repetía: Taita Corpus, Taita Corpus. Al instante la mujer lo entendió todo y salió corriendo en persecución del malandrín sin hacer caso de su marido.

Ya había avanzado un considerable trecho y columbraba la ruta que seguía el jinete, cuando vio que allá atrás, a la distancia el opa la llamaba insistentemente señalando algo sobre el suelo, creyendo que tal vez estaría tirada la bolsa conteniendo el dinero, la mujer volvió agitada hasta llegar al lado del opa que, riéndose señalaba el suelo donde estaba diseminado el excremento de un perro.

– ¡Mira!…¡mira!…¡caya…caya…caya!….La mujer indignada le propinó un cachetadón al opa y roja de cólera cogiendo por las solapas al opa le gritó:

– ¡Maldito opa…bueno para nada!… ¿qué haces detrás de mí? No dejes la puerta de la casa. ¿Me entiendes?  ¡No dejes la puerta de la casa!- diciendo esto, después de propinarle un sonoro coscorrón, siguió tras el ladrón.

La pobre mujer jadeante y casi sin aliento, llegó a unos inmensos roquedales donde había visto desaparecer al jinete y, venciendo toda la dificultosa peñolería, comenzó a buscar en silencio, con mucho tino, hasta que pudo descubrir a la entrada de una cueva gigantesca,  algunas huellas y  mucho estiércol de caballo. Entró sigilosamente sin ser vista y pudo oír grandes voces y risotadas de varios hombres en el interior. Pensó que le era imposible y riesgoso tratar de recuperar el dinero en esas circunstancias y que lo más conveniente sería aguardar a que se durmieran pues la noche acababa de cerrarse. Salió en silencio y fue a ubicarse en la parte alta de la entrada de la caverna a la espera de que los hombres se durmieran. Así estuvo un buen rato cuando le pareció oír un ruido sordo que se arrastraba. Aguzó el oído y sintió que el ruido era cada vez más perceptible. Cuando miró inmóvil vio que el ruido los producía el opa de su marido que llegaba hasta ella con la sólida puerta de su casa a sus espaldas. ¡Claro!, ella le había dicho que no dejara la puerta de su casa.

La mujer furiosa y zamaqueándolo desató la soga y confiando en que el opa recibiría la puerta, la dejó libre, pero el opa, torpe y asustado, la dejó caer desde lo alto. Al caer en su rodada la puerta iba haciendo un ruido infernal que el eco de aquellas cavernas rocosas devolvía centuplicado. Ante este estruendo colosal; los ladrones montaron sobre sus caballos y huyeron despavoridos al grito de su jefe:

TFGP.

-¡Es el fin del mundo!…… ¡Sálvese quien pueda!…

El opa y su mujer sorprendidos, al ver la huida de los facinerosos, bajaron de su escondite y entraron en la cueva donde se durmieron rendidos de cansancio.

Al día siguiente, con las primeras claridades del alba, juntaron todas las riquezas que los malhechores habían reunido en joyas, dinero, ropa, vajillas, adornos y alimentos y cargando con todo en seis acémilas que allí habían quedado, se llevaron a su casa, alegres y contentos.

Aquel año, la fiesta del Corpus Christi fue la más sonada. Se comió y se bebió a más no poder. En la misa solemne del día central  y a la puerta de la iglesia, podía verse a los esposos radiantes de felicidad. Ella comprensiva y cariñosa,  había puesto –en retribución a tanto samaqueo y coscorrón- la capa y la banda de la mayordomía al opa de su marido, que feliz como un niño, con su terno nuevo, su sonrisa abierta y los ojos muy húmedos, saludaba a todas las gentes del pueblo.

 

LA TRAGEDIA MINERA DE “PIQUE CHICO” (23 de enero de 1910)

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La aciaga mañana del domingo 23 de enero de 1910 amaneció completamente nublada. Las cerrazones que cubrían los cielos, como negro presagio, parecían haber hecho descender los nubarrones  que podían tocarse con las manos. Era domingo y no obstante ser día de guardar sus gentes iban y venían concentradas en sus inquietudes y ansiedades. Para este poblado minero no hay tregua posible. No puede guardar ni un domingo. La avidez de la compañía no lo permite. El activo poblado minero de Goyllarisquizga  -“Donde cayó una estrella”- ofreciéndoles el riesgoso trabajo en  sus negras galerías, ha aglutinado a innumerables hombres venidos de diferentes lugares. En sus  socavones seguirán como obsesos la veta carbonífera del yacimiento.

Son las seis con treinta minutos de la mañana y da la impresión de que el resto del día transcurrirá con el acostumbrado ritmo cotidiano cuando, un remezón  sordo, como producido por el más terrorífico terremoto, hace temblar las casas desde sus cimientos. Alarmadas las gentes ganan las calles y mudas de espanto se interrogan con las miradas. De la parte donde se aposenta la mina se eleva un humo negro, denso y acérrimo, que empieza a envolverlo todo. Una vieja mujer desquiciada y pálida, figura de negra profecía, grita: !!!La mina…!!!!

Y las madres y las esposas y las hermanas y los hijos y las hijas corren desaforados a la puerta del socavón dejando un reguero de gritos y lamentos. La carrera calle abajo es desesperadamente  angustiosa. En el trayecto se encuentran con un hombre que desencajado, con los ojos desmesuradamente abiertos de terror, tartajea en los umbrales de la inconsciencia… -¡¡¡El…pique..chico..de la mina..¡¡¡Se ha hundido!!! -Y suelta el dique de su emoción en un llanto irrefrenable.

La desesperación se apodera de todos. Algunos hombres con fuerte presencia de ánimo impiden que las mujeres entren en la mina. Están como locas.  Han llegado más hombres que cubriéndose las narices con unos simples pañuelos ingresan en el socavón a salvar a sus compañeros. Muchos de estos abnegados valientes no volverán a salir. El gas grisú en toda su mortal intensidad sigue cobrando más vidas. Pasado un tiempo llegan el superintendente Cowans y el comisario Gabriel Saco  que disponen -con el poco y deficiente equipo con que cuentan- la conformación de brigadas de rescate. El trabajo de estos hombres debidamente preparados para casos como éste  es arduo y arriesgado. Imbuidos de amor fraternal suplen las deficiencias materiales con el calor humano del esfuerzo.

Tres horas después en tren expreso llega desde el Cerro de Pasco el médico de la Compañía doctor Arthur Shaw y veinte policías al mando del inspector Enrique Sánchez Burgos. Transportan  numerosos  ataúdes.

La labor de rescate es cada vez más dura y desesperante. Entre un humo asfixiante que nubla todo el trayecto de las labores se oyen órdenes, gritos, lamentos, llantos y quejidos desesperados. Los hombres que han entrado -ojos llorosos y temblor en los pulsos- sacan cadáveres mutilados, sin cabeza, sin brazos, sin piernas, y los amontonan a la puerta de la galería. Los heridos, exangües y jadeantes, soportan estoicamente hasta el límite de lo humano el tremendo dolor de sus heridas.

Los voluntarios del rescate ya están agotados; sin embargo, para insuflarles ánimos les dan colmados pocillos de aguardiente a cada uno de ellos. Desatinada disposición que va a originar un amago de linchamiento del Superintendente y el Staff que lo acompaña. Felizmente la enérgica acción de la policía evita que ocurra semejante desenlace. No es para menos. Todos están angustiados, desesperados, impotentes; sintiéndose solidarios con las víctimas y sus familiares. Es más. Cuando después del desastre los obreros presentaron su reclamo, el Superintendente les informó que no se angustiaran, que la Compañía indemnizaría a los familiares con “cincuenta soles por cada muerto”. La reacción no se hizo esperar y -como dijimos- de no contarse con la fuerza del orden, se habría tenido que lamentar una sangrienta asonada.

Así, en un ambiente de fuerte tensión anímica y un humo asfixiante que cubría todo el poblado, a las tres de la tarde se dio por finalizado la tarea de rescate. En el pequeño hospital e improvisadas instalaciones adyacentes, 56 heridos graves se debatían entre la vida y la muerte. En el corredor quedaban apilados 29 cadáveres, mutilados e irreconocibles,  resultado del doloroso holocausto minero.

Aquella mañana, faltando treinta minutos para la salidade su labores, el italiano Pietro Gava, capitán de minas, había ordenado encender los tiros del nivel “G” de Pique Chico. Quería dejar expedito el trabajo a los obreros que debían reemplazarlos en el turno de las siete. Los hombres que lo acompañaban -alrededor de cien- habían trabajado intensamente esa noche y la orden de cargar los tiros de dinamita se supone que lo habían efectuado con cisco de carbón húmedo y no con la arcilla reglamentaria. Este desatinado reemplazo es lo que  originó tan cruenta explosión. La chispa que ocasionó el ensordecedor estallido de grisú, recorrió la galería más de 1,400 pies, destrozando las instalaciones de alumbrado eléctrico y la línea Decauwille. A lo largo de la siniestra galería quedaban regados los cuerpos mutilados de los mineros.

Recién entonces la prensa peruana reparó en el significado de la horrible tragedia. Todas las organizaciones gremiales, culturales y sociales, se solidarizaron con los familiares de los caídos. El Gobierno tomó en serio el control de las compañías mineras de entonces a fin de que cumplan con las leyes vigentes de seguridad. La primera medida adoptada fue la de suspender el trabajo en las minas de Goyllar hasta el nueve de agosto de 1919. En siete meses quedaría expedito un sistema de seguridad que garantizara la vida de los mineros. Así lo hicieron saber al organismo rector que, previa revisión –después de los siete meses-  autorizó para que continuaran los trabajos.

Lo que son las cosas.

Al día siguiente en cumplimiento de la ordenanza -10 de agosto de 1,910- se reiniciaban las labores. Había plena confianza en todas partes por las medidas de seguridad adoptadas. Sin embargo, siendo las cinco menos cinco de la tarde, en el nivel “F”,  se produjo una segunda horrible explosión, más dantesca que la primera. Esta vez con 310 hombres dentro, al mando del capitán Carlos Valle. Después de las sacrificadas tareas de salvamento, fueron contabilizados: 72 muertos y 60 heridos. Del resto – 168 hombres- nunca más se supo nada.

La prensa nacional que ya había tomado conciencia del significado de ambos holocaustos acaecidos en Goyllar, publicaron el testimonio de un testigo de excepción que había visto todo lo ocurrido después de la segunda explosión. Este testimonio se sintetiza así:

 “Muchos muertos fueron arrojados a los pesebres, de donde los hizo extraer el Prefecto, tan pronto como se dio cuenta de ello, por la  protesta de los deudos y demás operarios”.

 “inmediatamente, la empresa mandó fabricar cajones cuadrilongos en los que se depositaron los cadáveres y miembros aislados que se encontraron junto al punto crítico de la explosión. Entre los sucumbidos había un padre que abrazaba a su hijo de quince años de edad. Los cadáveres horriblemente mutilados, se velaron en las habitaciones de los obreros que son unos cuartuchos estrechos de 2 y medio varas de fondo por dos de ancho. Allí permanecieron 48 horas despidiendo hedores insoportables. Al entierro de las víctimas no asistió nadie de la empresa. Ni la presencia del dolor fue capaz de despertar en el corazón de los capitalistas un impulso de fraternidad hacia el pobre siervo indígena”.

 “Los muertos y heridos fueron sacados en hombros, por falta de toda clase de medios. Al hecho de no estar a la mano los elementos necesarios, de debe la pérdida de muchas vidas. Los norteamericanos aplicaban a los asfixiados, ácido acético diluido en agua, y amoníaco líquido. Uno de los titulados médicos de la empresa diagnosticó como embriaguez un caso de asfixia, ejemplo en el cual se funda la comisión oficial para opinar que el gobierno deniegue la reconsideración pedida por la Compañía del Decreto que ordena que los médicos empleados en los hospitales de las empresas mineras, sean profesionales recibidos, conforme a las leyes del país”.

 “El llamado Hospital de Goyllarisquizga no es sino un lugar para atender casos urgentes en materia de accidentes, y, el Prefecto se vio precisado a llevarse consigo al Cerro de Pasco, a los heridos para que allí fueran debidamente atendidos”.

La prensa peruana siguió preguntándose: ¿Cabe mayor desprecio hacia la humanidad que este abandono en que dejaba la compañía millonaria del Cerro de Pasco a sus operarios?

 “En cuanto a las indemnizaciones, la compañía hizo todos los  gastos del funeral quedando acordado con ella el inmediato abono de los saldos acreedores a los deudos y cancelación de las cuentas a su cargo y a favor de la empresa. Por su parte, el Prefecto de Junín entregó a cada familiar una libra peruana obsequiada por el Supremo Gobierno”.

 “Como advertirán nuestros lectores -sigue diciendo el periodista- la catástrofe ocurrió con anterioridad a la promulgación de la ley del 20 de enero de 1911, de manera que las demandas de indemnización quedaban sujetas a lo dispuesto en el artículo 12 del reglamento de locación de servicios mineros. Respecto a los braceros provenientes de Jauja que conforman la gran mayoría de las víctimas, ellos habían acordado, con el enganchador Castro, la suma de 20 libras peruanas como indemnización por accidente, cantidad que la empresa convino con la Comisión Oficial en abonar en Jauja a los deudos, en presencia del delegado de minería para mayor seguridad de la entrega. Sin embargo la Compañía burló este acuerdo, despachando un tren a Jauja con los deudos, que eran amontonados en coches jaula como si fueran ganado sin esperar al delegado que tenía que llegar al Cerro de Pasco”.

 “La curación de los heridos, que fueron bien atendidos en el Cerro de Pasco bajo la vigilancia del Prefecto corrió, como es natural, a cargo de la Compañía que se comprometió a considerar devengadas en el jornal íntegro de cada uno de ellos hasta su completo restablecimiento, y en el caso de quedar alguno imposibilitado, total o parcialmente, entregarle una indemnización cuyo monto estará reglado por la Delegación de Minería”.

 Esto es lo que aconteció aquel imborrable 10 de enero de 1910. Si ustedes quisieran saber todo lo acontecido, deberían leer mi libro PUEBLO MARTIR, donde se narra detalladamente todos estos  pasajes, pero -usted no lo va a creer- ya me he cansado de mendigar a los que manejan los dineros del estado para que lo publiquen. Supliqué a los “Truenos” Rivera, a los “Bobby” Charlton Espinoza, últimamente a los “Chiri Gallos” y demás fauna inconsciente. Después de asegurarme que “no había plata para eso” prefirieron devolver al estado los dineros y no editar mi libro. De los alcaldes ni qué hablar. Uno, en tiempos pasados, dijo que el Concejo no tenía plata, pero ese mismo año, gastó más de cien mil soles trayendo a los “Reyes del ritmo” “Flor de los Andes”, “Principe Acollino” etc. y se negó a publicar mis trabajos. Sólo, en su oportunidad, Eduardo Carhuaricra, publicó algunos tomos. Como sé que ya pronto habré de irme, quisiera ver publicado mi libro que habrá de servir a los niños y jóvenes cerreños. Hay veinte volúmenes de quinientas páginas (500) cada uno.  Ya completamente descorazonado, esperaré a que ocurra un milagro.

Gracias

 

LA PALLAQUERA (Cuento)

la-pallaquera-4Cuando se enteró que en las minas cerreñas podía ganarse buenas monedas, se apresuró a viajar para enrolarse en el contingente de obreros. Le habían dicho que trabajo era muy duro para una mujer, pero no se acobardó. Era muy joven y la naturaleza le había dotado de dos cualidades extraordinarias: una fortaleza asombrosa y una belleza perturbadora. Su vigoroso cuerpo juvenil cubría con  numerosas polleras de colores festivos; su corpiño, ciñendo su busto turbulento estaba a punto de reventar y su cata de colores cubriéndole los hombros la hacían parecer una reina. Rostro sonrosado y hermoso de piel fina y suave; cabellera profundamente negra untadas en dos trenzas acicaladas con cintas de color rojo; labios carnosos guareciendo dientes perladamente nacarados y fuertes; ojos intensamente negros con un extraño fulgor que daba miedo mirarle. Los mineros que la vieron llegar se impresionaron de su belleza magistral pero, cuando la miraban a los ojos, quedaban extrañamente perturbados. No se explicaban por qué.

Todos pensaron que en poco tiempo abandonaría el trabajo pero se equivocaron. A la puerta de la mina, con una pesada comba como la más experimentada pallaquera, trituraba los metales que los capacheros sacaban de las profundidades. La tarea la efectuaba sin sentarse. Se inclinaba sobre los minerales y los molía a golpes. Esta tarea era contemplada por el “tareador” y el vigilante que arma en mano controlaba el trabajo. Al ver esas ancas poderosas, meciéndose  hacia un lado y hacia el otro, les hacía tejer sueños de posesión y lujuria. Ella lo sabía muy bien, pero no les hacía caso. Sus compañeras –otras moledoras que cumplían igual tarea- se sorprendían de su fortaleza. En el poco tiempo que tenían de descanso, conversaban y le hacían conocer los pormenores del trabajo. Así se enteró que dentro de la mina se ganaba tres veces más, pero para ellas era imposible. Jamás dejarían entrar a una mujer en las galerías. Estaba  prohibido. Ella no desesperó. En sus momentos de soledad se dedicó a urdir mil planes y sueños.

Un día, la noticia que llegó a sus oídos le alegró sobremanera. En la Mina de Rey –la más pródiga de la zona- se había descubierto una “bolsonada” asombrosa de “pacos” y “pavonadas” de plata de alta ley. Inmediatamente, sin mayor trámite, comenzaron a recibir “barreteros”, “pallaqueros”, “moledoras” y “japiris”.  Ella, poniendo en juego su inventiva y audacia, se disfrazó de hombre con todos los aditamentos mineros de la época, ciñó fuertemente sus senos, se tiznó la cara y apretujando sus trenzas se caló un “lapichuco” (sombrero viejo) amplio. Listo. Nadie podría pensar que era una mujer. Sin más trámite la enrolaron en aquel ejército de trabajadores de las  profundidades.

Dentro de la mina se las arregló para ir a laborar en la profundidad de los frontones. No quería que nadie la descubriera. Por la dedicación y pujanza de su trabajo, cualquiera habría pensado que era un hombre.

Un día que se hallaba atareada entre los mineros que como luciérnagas hacían titilar sus velas de sebo en la oscuridad, unos ojos brillantes y escrutadores la descubrieron.

  • ¡Hola…!!! – Ella quedó perpleja. Cuando bajó la vista vio a un hombre diminuto pero recio que sonriente la miraba.
  • ¡¿Quién eres…?!- preguntó.
  • Soy el muki. El dueño y rey de las minas –El brillo de sus dientes y el fulgor de sus ojos juguetones la contemplaban extasiado…
  • ¿Qué quieres de mí…? –preguntó ella armándose de valor.
  • Quiero que hablemos porque tengo una propuesta que hacerte. Sólo que tendremos que esperar a que todos se vayan para poder “chacchapar”. Tomaremos unos tragos mientras hablamos… ¿Qué dices…?
  • ¡Bueno!.- Aceptó ella.

Cuando todos se fueron la mina quedó completamente a oscuras. Ellos aprovecharon para reunirse como lo habían acordado. Sólo la lámpara del muki alumbraba a los dos confidentes. El misterioso gnomo de la mina estaba intrigado. La pallaquera no daba ninguna muestra de miedo ni de inquietud, cosa rara en una mujer.

  • ¿No me tienes miedo….? – preguntó el muki
  • No…
  • Tienes mucho valor y eso es muy valioso para una mujer…
  • ¿Cómo sabes que soy mujer….?
  • Las ancas que tienes no pueden ser de un hombre. No eres una yegua, por lo tanto, eres una mujer…
  • No me delates porque está prohibido que una mujer entre en la mina. Si llegaran a saberlo me castigarían…
  • No temas. No te delataré. Aquí nada puede ocurrir si yo no lo ordeno.- La pallaquera contemplaba cómo, con sus manos regordetas, el muki abría el “huallqui” y sacaba abundantes hojas de coca, un “poro” con cal, una pequeña botella de contenido misterioso, y otra, con aguardiente de caña.- Sírvete- invitó extendiendo las verdes hojas de coca sobre un mantel. Ella sin mostrar temor alguno cogió su porción y se puso a masticar..

Largo rato estuvieron en silencio, sumidos en aquel ejercicio de franca amistad, alternando el “chacchapeo” con buenos tragos de caña. Intrigada la pallaquera soltó la interrogante que la había conminado a aceptar la cita con el muki… ¿Qué es lo que querías decirme, Muki…?.

  • Es necesario que sepas que desde que entraste aquí a mis dominios, tu belleza perturbadora me ha seducido. Me ha bastado mirarte para comprender que eres la compañera ideal para compartir mi vida. ¡Quédate conmigo y comparte mis tesoros y mi ostracismo!.
  • ¡Aquí…?!…. ¡¡¡¿En este silencio oscuro y misterioso…?! – preguntó ella tratando de disimular su alarma.
  • ¡Claro que sí! ¡Aquí! Tú sabes que por mi naturaleza no puedo abandonar mi encierro. Estoy condenado a vivir eternamente entre los minerales. Este es mi reino. De aquí no puedo salir. Lo único que necesitaba era la buena compañía de una mujer. ¡¡¡ Tú ¡!! –Te invito para que compartas mi reino viviendo conmigo. Nada te faltará. Al comienzo, claro, extrañarás el mundo que conoces, pero pasado el tiempo te acostumbrarás a la soledad y al silencio; pero, claro, no estarás sola. Yo estaré siempre contigo… ¿Qué dices….?

La propuesta tomó por sorpresa a la pallaquera. Un sinfín de interrogantes inquietaron su mente. Su aguda intuición femenina  le decía que todo lo que el muki le aseguraba, era verdad. En medio de una prolongada oscuridad silenciosa, pasó un buen rato. Calculadora como nadie, la pallaquera, le extendió un reto.

  • Si es cierto lo que dices Muki, tendrías que darme unas pruebas…
  • ¿Cuáles…?! – interrogó el gnomo.
  • Si eres tan poderoso como dices, nada te costaría ayudarme en mi trabajo. Quiero que me facilites mi tarea de sacar buenos minerales dándome un tiempo prudencial para reunir la mayor cantidad de dinero. Quiero ser rica…
  • ¡Trato hecho!. Tendrás toda mi ayuda en tus trabajos y te daré un plazo de tres meses. No más. Cumplido ese plazo serás enteramente mía; solamente mía. Nada podrá oponerse a que se cumpla el pacto.
  • ¡Bueno…!- aceptó la bella mujer.- El muki, muy emocionado se inclinó para coger los senos de la joven mujer, pero ésta se lo impidió – ¡Cuándo se cumplan los tres meses, no antes!- sentenció.
  • Bien está –dijo el muki- entonces para sellar nuestro acuerdo, te beberás este licor especial que sellará nuestro trato- Le alcanzó una botella pequeña para que beba. Cuando por desconfianza quedó en dubitativo silencio, juntó sus manos a las de la mujer y la obligó a beber el licor blanquecino y pegajoso. Cuando terminó de beber un sorbo – Ahora sí, ya es suficiente le dijo. Ahora sé que cumplirás el trato

No hablaron más. Fue suficiente. El pacto estaba hecho.

Desde aquel día, la pallaquera comandó un laborioso equipo de hombres que trabajaba exitosamente en las galerías. En el lugar que ésta señalaba, las ricas vetas se hacían completamente suaves, como si fueran pan de maíz. Era el fruto del encantamiento. Los hombres trabajaban a sus órdenes con un contento especial. En poco tiempo atiborraran innumerables “cajones” de plata de alta ley. Ante la admiración de los mineros cerreños, la pallaquera le llenó de dinero ganándose el respeto de los que trabajaban en su cuadrilla. Lo que nunca le dijo a nadie, porque era uno de sus más grandes secretos, es que pensaba engañar al muki. Jamás podría amar a un hombre diminuto y casi maltrecho, de edad indefinible y de apariencia nada atractiva. Lo que le quedaba era engañarlo. Sería fácil. Como éste no puede salir de la mina, jamás podría encontrarla. Así reunió muy buena cantidad de dinero y muy cercana la fecha del cumplimiento del pacto  partió a su tierra a gozar de sus riquezas. No cumplió con el trato. Quería, sobre la base de sus caudales, derrochar lujo y ostentación, vengándose de los que mal la habían tratado en su pueblo.

Lo que la pallaquera no sabía era que el muki, haciendo uso de sus poderes misteriosos había descubierto sus intenciones nada santas. El día que chacchaparon en la intimidad del socavón, él, previsor como todos los gnomos, le había robado parte de su alma al darle a beber aquel líquido misterioso que con sus artes mágicas, descubría sus más oscuros planes.

Una neblinosa madrugada –ella- hizo cargar sus numerosos bultos de ropas, muebles, adornos y una serie de cajones de plata nativa sobre el carro del viejo Nájera. No permitió que nadie más compartiera el viaje. Ella pagó enteramente todo y, prácticamente, el “mixto” era suyo. Feliz como nunca se subió al carro y partió. Su rostro hermoso iluminado por una amplia sonrisa se recreaba pensando en la cara que pondría el muki al enterarse de que había sido engañado. Lo que ella no sabía era que el gnomo, dueño de las minas, le había robado el alma el día que entablaron el pacto que ella había firmado al beber el semen del hombrecito.

La alegría le duró muy poco a la pallaquera. Al dar vuelta en la fatídica curva de “Atoj Huarco” –camino a Huánuco- el carro se despistó y con todo su cargamento fue a dar a las aguas del torrentoso Huallaga, río que por ahí pasa. La gente que acudió a auxiliar a las víctimas de la volcadura, sólo salvaron al chofer y las cargas que pronto se repartieron. El cuerpo de la pallaquera jamás fue encontrado. La buscaron por muchos días, hasta que abandonaron su búsqueda cansados de rastrear toda la ribera.

Cuentan que cuando la pallaquera abrió los ojos, se encontró en el recinto oscuro de las oquedades misteriosas de la mina. Completamente empapada trató de moverse y alcanzó a ver al muki sonriente, que le cogía de las manos y muy tierno le decía:

  • Tú habías intentado engañarme. A mí, nadie puede engañarme. Aceptaste el trato y olvidaste cumplirlo. A partir de ahora serás mía y ya nadie nos separará nunca.

Los mineros cuentan que la pallaquera, desde entonces, es la mujer del muki. Cuando hacen el amor lo hacen como dos bestias apocalípticas en celo. Desenfrenadamente. Hasta la tierra tiembla con estertores de agonía y hay muchos accidentes. Por eso -aseguran los mineros- no deben entrar las mujeres en la mina.

LA CASA VEGAS

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Esta es una hermosa fotografía tomada el domingo 2 de abril de 1902 cuando nuestra Compañía de Bomberos Salvadora Cosmopolita nº 1, estrenaba sus uniformes. Pantalones blancos, casaca roja en casimir inglés, con dos hileras verticales de botones dorados en el pecho en cuya parte central se veía una S metálica dorada; borceguí negro de cuero, kepís rojo con franja dorada (Gorra militar cilíndrica y con visera) y cinturón de cuero. Como puede verse, la concurrencia fue apoteósicamente general.

Al fondo se ve, estrechamente colindante con la sacristía de nuestro templo de Chaupimarca, dos edificaciones idénticas, separadas por un zaguán (Pasadizo), entre una y otra. La de la izquierda pertenecía al ciudadano francés don Teodoro Lagravere, dueño de una mina en Yanacancha y, el de la derecha al comerciante y ciudadano catalán (español) Antonio Xammar. Dos años más tarde, don Vicente Vegas (Español) compra ambas propiedades y decide unirlas haciendo desaparecer el zaguán para formar un edificio único. A partir de ese momento  se convierte en el almacén más amplio y mejor acondicionado para el negocio del dueño. En el extenso balcón se leía: Mayor –VICENTE VEGAS – Menor. Cuando estaba por cumplir un siglo de servicio comercial, por muerte de su propietario, la compañía norteamericana que la había comprado, cedió el local al Club Unión Copper que tuvo que abandonar el edificio que ocupaba en la calle Parra y que, el siglo pasado, fuera cede del Banco del Perú y Londres. Años recientes, fue cede del Club Unión Minas que, por este motivo vino a jugar en la liga de Chaupimarca porque comenzó en Rancas. Andando los años fue cedido a la Comisaría del distrito que funcionaba en la calle Parra.

Tengo conocimiento por informes de “Chelelo y Borolas” que actualmente presta servicios cívicos y ha quedado con el nombre de “La Casa Vegas”. Muy bien.

Nos permitimos sugerir al alcalde provincial que haga lo propio con La Casa Merino que está a un costado. Repárenla y entréguenla para la Casa de la Cultura antes que extraños “propietarios” aparezcan por ahí como ha ocurrido con “El Railway”, “Centro Tarmeño” “Billinghurst” “Club Carnavalesco Apolo”, Club “Alfonso Ugarte”, Club “Unión Esperanza” y otros. En Huancapucro también está abandonada la Casa de los Cárdenas que la ocuparon mientras estuvieron en la ciudad; ahora está abandonada. Su ubicación permitiría a nuestra municipalidad edificar un edificio para instituciones como “Cobrizo Minero” o, en todo caso, sería cede de una institución cultural. Estoy plenamente seguro que, por ser de utilidad pública y sin propietario a la vista, la Municipalidad está en capacidad de ocuparla. No permitamos que seudos propietarios salidos de la nada se aprovechen de esos bienes que pertenecen a nuestro pueblo.

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