Hipólito Verástegui Cornejo Un paternal amigo extraordinario

La noticia me llegó punzantemente dolorosa a través del hilo telefónico. Lucho Rosazza con un marcado tono pungente en la voz, me dijo: “Te llamo para informarte que esta mañana, de madrugada, ha fallecido el doctor Verástegui”. No dijo más… O si lo dijo, no lo puedo recordar. El caso es que quedé inmóvil; muy conmovido. Un dolor enorme como venido de años me atravesó el corazón.

No era para menos.

Había entre él y yo, no obstante los años que nos diferenciaba, una enorme coincidencia de pareceres y un afecto como de padre a hijo que jamás podré olvidar.

El doctor Hipólito Verástegui Cornejo -“Polo” para familiares y amigos- había nacido el 3 de febrero de 1911, en el Cerro de Pasco. Fueron sus padres, don  Julián Verástegui Flores y doña Herminia Cornejo Agüero. Sus estudios primarios los había realizado en su tierra natal, los secundarios en el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe y los universitarios, primero en La Facultad de Medicina de Guayaquil y luego en la de Quito. Cuando en 1941, se inicia el conflicto que nos enfrentó con aquel país hermano de Ecuador, una beligerancia intolerable se desató contra los peruanos residentes en aquella ciudad. Maltratado y perseguido por ser peruano, tuvo que huir en jornadas penosamente dolorosas para llegar a su patria. Aquí, por disposición especial tuvo que revalidar los cursos llevados en Ecuador, en la facultad de Medicina Humana de San Fernando. Optó el grado de Médico cirujano en 1942. Inmediatamente después llega a ejercer en el Hospital Daniel A. Carrión de su tierra natal, el Cerro de Pasco. Aquí es en donde deja lo mejor de sus esfuerzos y desvelos en el cumplimiento de sus funciones. Comenzó como Jefe de la Asistencia Pública, luego, Jefe de la Cruz Roja Departamental, más tarde Director del Hospital Daniel A. Carrión y, finalmente, Jefe del Área Hospitalaria de Pasco. En todos estos cargos cumplió una labor extraordinaria. Todavía el pueblo cerreño lo recuerda. Especialmente la gente necesitada.

Casado con la señora Elvira Maldonado Balvín –su abnegada e inseparable compañera- tuvo en ella a su más brillante inspiradora de grandes acciones. Sus hijos son, Edith, Sonia, Hipólito Alberto, Juan y Frida.

Fue Presidente de CORPASCO donde efectuó obras de notable magnitud en beneficio del departamento. Desde su retorno a su tierra natal fue destacado miembro de Rotary Internacional.

A poco de asumir la presidencia del “Team Cerro”, club al que le dedicó muchos esfuerzos, se empeñó en adecuar debidamente sus instalaciones, ordenar la membresía, dinamizar sus actividades sociales y devolverle la prestancia que había tenido años anteriores. Lo logró con creces. El “Team” volvió a ser el remanso acogedor en el que los bohemios de aquellos años se reunían para hermosos convivios fraternales. Allí alternaban las humoradas graciosas, la conversación –aquella actividad tan hermosa, hoy día en decadencia-, la diversión de los juegos de salón, la música en la que de tanto en tanto, el legendario trío de guitarras conformado por Villaizán, Russo y Quintana, traían en alas de las melodías, el deleite espiritual que requerían; o en las voces del trío FRI – SO – MOR, conformado por “Chivillo” Frías, Soriano y Morales, los viejos valses de factura argentina, preferidos por los noctívagos de aquellos tramontos. En todas estas reuniones salpimentadas con bebidas de un bar tan nutrido de buena calidad como de variedad notable, reinó siempre la cordialidad fraternal.

Al frente del Rotary Club, su labor fue incansable. Con gran nostalgia recordamos, la navidad del niño cerreño, la semana del niño, las campañas de profilaxis social, los concursos escolares para alentar la formación de nuevos valores en el arte y la literatura.

En cumplimiento de ambas presidencias, consiguió devolvernos la tradición que estábamos a punto de perder. Logró que la compañía norteamericana edificara –contiguo al local institucional- una hermosa plaza de toros donde se realizaron las últimas manifestaciones de la Fiesta Brava a la que todos los cerreños somos aficionados. Despejes con adornados carros alegóricos conduciendo a las luminarias de la belleza local, ataviadas con peinetas, mantones de Manila, abanicos, claveles o sombreros cordobeses de ensueño, dignas de las paletas de Julio Romero de Torres; diestros encumbrados de la torería de entonces, con cuadrillas propias, banderilleros, puntilleros y monosabios.

Esta era la oportunidad en la que el pueblo gozaba de la magnificencia de la fiesta que está sufriendo su más triste ocaso. Las localidades al tope permitía que los fondos obtenidos, conjuntamente con donaciones de instituciones, compañías mineras, y personas notables, se incrementaran para que, víspera de Navidad, los niños pobres del Cerro de Pasco recibieran los más hermosos aguinaldos de manos de los rotarios y sus esposas. “Polo” Verástegui a la cabeza, con su compañera de siempre, doña “Viruca” Maldonado Balbín, entregando los regalos a los niños de los barrios cerreños que se aglutinaban en la plaza de toros. ¡Que inolvidable muestra de amor a los niños! ¡Qué despliegue de trabajo el que efectuaban entonces! ¡Los que presenciamos de cerca estos acontecimientos, jamás podremos olvidarlos! ¡Menos aún a los que, como “Polo” se desvivieron por realizar!

Su sensibilidad siempre a flor de piel, no sólo siguió honrando la tradición de celebrar emotivamente el “Día de la Madre”, sino que, realizando una esforzada campaña que todos apoyaron, hizo construir en el cementerio general, un hermoso mausoleo dedicado a la madre cerreña. ¡Qué sublime realización! A partir de su inauguración –el “Día de la Madre” de 1945- todos los años, religiosamente, se celebraba una misa solemne de réquiem por todas las madres. Ojalá que esta tradición que la mantuvimos mientras ejercimos en la Beneficencia, continúe. Ojalá.

Su entrega en el cumplimiento de las funciones que se le encomendaba, determinó su nombramiento de Presidente del Comité Departamental de Deportes de Pasco, máximo organismo rector del deporte en nuestro ámbito. En él cumplió una brillante actuación. Recordamos que, bajo su mandato, el deporte se encumbró grandemente. El año de 1950, para ser precisos, con motivo de los Primeros Juegos Deportivos Centro Peruanos, realizados en Huancayo, nuestro representativo departamental se trajo el campeonato en fútbol, el subcampeonato en Básquet, tercer lugar en Vóleibol y varias medallas en atletismo, ajedrez y ciclismo. Es decir, una brillante campaña que por mucho tiempo ha quedado en el recuerdo de los aficionados. En su época, controlado personalmente por él, bate el record mundial de permanencia en bicicleta el deportista Raúl Salvatierra. Para ellos, en todo el tiempo que duró la prueba estuvo del lado del sacrificado deportista. En aquellos tiempos logran destacada figuración a nivel nacional los representativos de fútbol de Unión Minas de Colquijirca, Alianza Huarón y otros equipos cerreños. En básquetbol, el Club Sport Peruano.

Extraordinario anfitrión fue con la señora Elvira, su esposa, cuando recibieron delegaciones del mundo entero venidas a participar en el Congreso Médico Internacional que se cumpliera en nuestra ciudad con motivo del cincuentenario del nacimiento de nuestro mártir Daniel Alcides Carrión. (13 de agosto de 1957). Se desvivieron por lograr cómodos alojamientos, adecuada alimentación, movilidad oportuna y rápida, atención médica de primera calidad. Es decir un trabajo de titanes que obtuvo un éxito rotundo. Cuando terminó el Congreso todos estuvieron muy agradecidos a los anfitriones.

En aquella ocasión, las asambleas académicas se efectuaron en el escenario del Cine Teatro Grau transmitidas por Radio Corporación, cuyas grabaciones magnetofónicas, en su totalidad, fueron entregadas a la Asociación Médica Peruana.

Los oradores en la primera sesión del Congreso fueron: el ex Ministro de Salud Pública y Asistencia Social, doctor Jorge Haaker Fort, que a nombre del Supremo Gobierno, declaró inaugurado el certamen. El doctor Arturo Baeza Goñi, por Chile; doctor Numa Pompilio Munguía por Honduras; doctor Jesús Acosta, por Venezuela; doctor Fernando Cordero, por Guatemala; doctor Ernest George Nauck, catedrático de la Universidad de Hamburgo, por Alemania; doctor Dagmar Chávez, por Brasil.  Los días siguientes, veinte distinguidos médicos de diversas nacionalidades por sesión, desfilaron por el escenario del Cine Grau. Aquella memorable oportunidad el Perú estuvo representado por los doctores René Gastelumendi, Luis Amat, Marino Costa, Carlos Rodríguez Larraín y Eduardo Águila Pardo, El Cerro de Pasco, por los doctores Hipólito Verástegui Cornejo, Aurelio Malpartida, Eduardo Ventura Torres, Juan Antonio Paitán, Eduardo Soberón Gutarra, Washington Landa Machuca,

Los médicos y sus esposas fueron homenajeados en los más distinguidos clubes sociales de la localidad y, por atención de las compañías mineras y ganaderas fueron atendidos en sus visitas al, “Bosque de Rocas” de Huayllay, Huariaca, La Quinua, Jumasha, Ninacaca, Chaprín.

En lo que a mí respecta, todavía recuerdo cuando llegué en compañía de don Martín Mendoza Tarazona, a la sede del Club de la Unión. Aquella noche se reunía el Rotary Club en su cena semanal y el invitado era yo. ¡Imagínense! En el primer rellano de la escalera me recibió con una abierta sonrisa entrañablemente amical que me infundió confianza y seguridad.

— ¡Bienvenido –me dijo- Estamos felices de que estés aquí para rendirte nuestro homenaje. Por Martín y los periódicos sabemos que has recibido el Premio de Excelencia en la Escuela. Eso nos llena de enorme satisfacción y orgullo. Inmediatamente fui presentado a los connotados socios rotarios que eran los personajes más notables de la ciudad; superintendentes de compañía mineras, hacendados, comerciantes, profesionales destacados.

Mi timidez se fue desvaneciendo a medida que alternaba con esos señores respetables y más aún cuando “Polo” llevándome a un rincón me dijo: “Tienes que estar tranquilo, no olvides que eres el invitado de honor y tienes que estar a la altura de las circunstancias”. Como por arte de magia me olvidé de mi triste indumentaria compuesta de un “mameluco” azul y camisa blanca. Más tarde, cuando generosamente Polo magnificó mi esfuerzo en la Escuela, todos aplaudieron y me regalaron con la colección de doce tomos de “El Tesoro de la Juventud”. Nunca había recibido un presente de esa calidad.

Años más tarde. Cuando estudiaba en la Universidad Carrión, fui presentado por “Polo” Verástegui para ser miembro activo de Rotary. Él fue mi padrino. En el desempeño de la Secretaría del Club obtuve brillantes experiencias. Muchas veces representé a Rotary en certámenes nacionales e internacionales, pero sobre todo, alimentó mi sensibilidad hacia los más necesitados.

Cuando, pasado el tiempo y ya jubilado, tuvo que partir, todo el pueblo cerreño manifestó abiertamente su dolor. Todos sentimos que una parte importante de nuestra historia partía. Ahora que, definitivamente, ha emprendido el viaje sin regreso, pedimos al Todopoderoso le alcance la felicidad a que tiene derecho. Se lo merece. Que Dios le bendiga.

 

 

 

 

 

 

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LA CALLE GAITERAS

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En realidad, esta añorada callecita  era un estrecho pasaje que comunicaba la calle Fernandini con la Plaza del Comercio. En sus inicios, a decir de don Gerardo Patiño López, don Aníbal Gálvez y don Ramiro Ráez Cisneros, fue una “callecita pecaminosa” a la que se la denominó también “La Quita Prosa” y “El Culebrón”; allí estaba ubicado uno de los más connotados burdeles cerreños  con pupilas especialmente españolas de Galicia a las que conocían por “Las Gaiteras”. Alguna vez cuando pregunté por el nombre de la calle a don Alberto Minaya Rolando, más conocido por “Capachón”, me contestó “Aquí las gitanas de “Chupaban” la gaita; por eso, chiquillo. ¿Me entiendes, no?”.

Cuando en 1890, la compañía Azalia – Nation levantó el imponente edificio colindante –el más grande de la Plaza del Comercio- llamada después Centenario, las pelanduscas tuvieron que marcharse con la música a otra parte. La calle se adecentó y allí llegaron a vivir Juan Azalia, Alexander Nation, Mercedes de Gago, el italiano Francisco Puccio y su compatriota RicardoLercari.

Por esas fechas, en la esquina que da a la histórica plaza, fijó su residencia don Ignacio  Llanos, tronco de una respetable familia cerreña. La vez que tuve el honor de visitar aquella casona, me impresionó el amplio ventanal que daba a la plaza Centenario. Sentados en cómodas poltronas con aquel inolvidable anfitrión, don Félix Llanos Alvarado, contemplábamos la histórica plaza que ahora ha desaparecido. Entre trago y trago de sus  inolvidables y riquísimos “Gin con gin”, conversábamos temas relativos a nuestra historia.

Recuerdo que en la parte baja de esta casona residía el temido sargento Corrales, miembro de la policía local. Con él vivía su hija, una chica llamativamente hermosa, de rostro sonrosado, cabello rubio, sonrisa divina y cuerpo escultural. Todos los jóvenes de entonces la mirábamos con disimulada admiración. ¡No sea que su padre –hombre de pocas pulgas- se enterara!

Lo llamativo de esta guapísimo chica no era solamente en su belleza y alegría a flor de piel, no; lo más llamativo en ella era su vestimenta.

En lugar de faldas, usaba pantalones. Imagínense. Si era censurable que las mujeres vistieran pantalones, Amparito –así se llamaba la chica- llegaba a extremos de audacia y desparpajo vistiendo unos pantalones “vaqueros” que se habían puesto de moda. ¡Dios mío! Estoy hablando de la mitad del siglo pasado. En realidad, todos los varones la admiraban por ese hecho. Lo admirable era que sus pantalones eran tan ajustados que daba la impresión de estar desnuda porque la esculpía completamente, sin dejar nada para la imaginación. Cuando pasaba por calles y plazas, los ojos de los hombres, inmediatamente, se volvían para ver aquella preciosa escultura andante. Todos felices con Amparito. Bueno no todos. Las mujeres, especialmente las viejas, le declararon una guerra sin cuartel. Cuando la veían venir se santiguaban compungidas y luego elevaban los ojos al cielo. Amparito jamás les hizo caso. Los comentarios eran activos y muy subidos de tono pero en voz baja; el temor a las represalias del sargento policial siempre estaba amenazantemente vigente. Por eso es que tal vez no se le conoció aventura alguna.

Bueno, transcurrido el tiempo, repentinamente sin que nadie lo supiera, padre e hija desaparecieron del más alto tinglado de la vida. Posiblemente ahora sea una venerable matrona, pero, el recuerdo que dejó en la juventud cerreña de entonces, fue inolvidable. Hasta ahora la recordamos con nostalgia.

la-calle-gaiteras-2Volviendo a la historia de esta desaparecida callecita, en su parte céntrica vivía la familia Solís Echevarría. El tronco familiar era don Domingo Solis Ruso, Secretario del Prefecto del Departamento y activo periodista corresponsal de EL COMERCIO de Lima. Sus hijas, Hilda, Amanda, Maruja y Olivia, notables artistas que han dejado grandes recuerdos en el arte y la  radiotelefonía de nuestra ciudad. En la primera foto que publicamos se ve, al fondo, la oficina del doctor Augusto Parra Solís, notable abogado jaujino que casó con la cerreña Paca Montero con la que tuvo varios hijos. Este respetable amigo hizo una tarea extraordinaria a favor del pueblo que lo acogió. Entre otras cosas -por ejemplo- consiguió la edificación del Colegio María Parado de Bellido en San Juan y la edificación del colegio Daniel A. Carrión en Patarcocha; fue excelente deportista conjuntamente con sus hermanos. Lo que son las cosas. Cuando me enteré que los “cerreños” le habían negado su ingreso en un club, pregunté la razón y me respondieron “No es cerreño, es jaujino”. El que había propiciado este desafuero era un “respetable médico” nacido cerca de la plaza Chaupimarca de nuestra ciudad pero que, en “su perra vida (Como dice kuczynski) nunca hizo nada sin que le pagaran. Es, fue y será un “profesional” negativo que habiendo sido, cerreño, jamás se escuchó que hiciera algo por el pueblo que sí recibió el benemérito trabajo del “jaujino”

Quiero finalizar este relato diciéndoles que, fue en esta calle, ya pasados los años, por 1950 más o menos, la casa de la familia Solis que ya se había retirado de la ciudad, se convirtió en la primera “Boîte” del Cerro de Pasco. Es decir un club nocturno con música moderna, tragos, meseras y toda la parafernalia del caso. Ni bien uno entraba se daba con un sofisticado ambiente de manifiesta oscuridad porque las  velas de cada mesa, eran muy débiles para alumbrar todo el ámbito íntimo.

Los habitantes de Gaiteras, poco a poco fueron dejando la ciudad para enrumbar a San Juan (Nueva ciudad) y la mayoría a otros pueblos.

Esta simpática calleja también ha desapareció tragada por el “Tajo Abierto”. Esto es lo que el Cerro de Pasco está dando por el progreso económico de la nación. ¿Conoce usted otro pueblo que tanto se sacrifique por el Perú?

 

NUESTRA VIEJA TORRE DEL HOSPITAL CARRION

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LA TORRE DEL HOSPITAL CARRIÓN

Hospital Carrión tomada desde el interior del nosocomio, no podemos menos que admirar la visión de sus fundadores al rodearla de árboles nativos como son los “Quinuales”, únicos que se atreven a crecer a más de cuatro mil metros de altura. ¿Qué les pasó a nuestros viejos?  ¿Por qué no hicieron lo propio en otros tantos edificios y lugares de nuestra ciudad? Tuvo que pasar muchos años para que nuestro patriarca, don Gerardo Patiño López, hiciera otro tanto en nuestro cementerio general. Trajo de su fundo San Miguel pequeños arbustos y los plantó a la entrada del camposanto. Hoy día, supérstites –todavía vivos- siguen proclamando la grandiosa intención de nuestro maestro. Cuando estuvimos al frente de la Beneficencia, hice traer pequeños plantones que los sembré en nuestro cementerio. No lo va usted a creer, al día siguiente habían sido arrancados de raíz sin que quedara ninguno. Supe que sujetos venidos de otros lugares los habían arrancado. Hay sujetos que no obstante vivir en nuestro suelo y ganar el sustento en nuestra ciudad, hieren la mano de los que le dan de comer. ¡Lástima!.

Hoy en día, cuando vemos nuevas imágenes de nuestro pueblo, ya podemos alegrarnos de que exista una hermosa arboleda en varios lugares. Tuvo que ser una admirable cerreña, Amanda López Gamarra –entonces alcaldesa de Yanacancha, la que se ocupara de sembrar estos árboles. Claro que para ello tuvo que luchar mucho. Lo sabemos. Ordenó que a estas plantas la resguardaran con alambres de púas contraviniendo las campañas de ciertos periodistas que criticaron su decisión. El resultado es plausible y hermoso. Gracias, Amanda.

Ahora, con todo respeto, hablemos de nuestra torre.

Los mineros de diversas nacionalidades que explotaban nuestras minas determinaron  construir un hospital como un homenaje de gratitud a la ciudad que los cobijaba. Los consulados español, italiano, francés, inglés y austro húngaro, después de ad­quirir el terreno correspondiente, inician su construcción el 1º de enero de 1858 y es inaugurado en 1864, con el nombre de HOSPITAL  LA  PROVIDENCIA, once años antes que el Hospital Dos de Mayo de Lima, inaugurado el 28 de febrero de 1875.

Lo más resaltante del edificio del hospital fue su monumental torre de piedra. Debido a la iniciativa del coronel Bernardo Bermúdez y de don José Malpartida Cuestas, fue levantado piedra sobre piedra por artesanos de entonces. Visible desde todos los puntos de la ciudad, lucía, en la parte alta, un hermo­so reloj armado ex-profeso por el genial Pedro Ruiz Gallo. Este reloj -símbolo del  indomable espíritu cerreño- marcó por muchos años el palpitar del pueblo minero, con sus triunfos y derrotas; con sus tragedias y alegrías.

Como homenaje de recuerdo a Juvenal Augusto Rojas -uno de los más destacados periodistas del Cerro de Pasco-. trascribimos su nota referida a nuestra histórica Torre. Juvenal abogaba para que se construya una réplica que se consiguió años después. Sus palabras fueron escuchadas.

 “No es necesario recontar la historia de esta torre; tampoco es necesario repetir que en nombre del “progreso” las máquinas de Centromín darán cuenta de ella. El conglomerado humano que vive, trabaja y piensa en el Cerro de Pasco y zonas adyacentes, sabe de antemano el próximo final de la torre. Todos los que conocen esta Capital Minera del Perú, guardan en su memoria la preciada imagen de la torre. Ahí está ella, como el rostro inolvidable que de algún amigo se guarda. Ella pertenece a todas las personas sensibles; a todas aquellas que educaron sus espíritus; a quienes hacen cultura. Ellas no conciben Paris sin su Torre Eiffel, ni Londres sin su Big Ben, ni Pisa sin su torre inclinada. Quiten el Centro Cívico o su Feria y dejará de ser Huancayo; destruyan “Calicanto” o su hermosa Plaza de Armas, faltará Huánuco; porque éstos son los entes, las esencias, el  substráctum de aquellos pueblos. Es un delito extirpar estas esencias, por muy nobles que sean los propósitos. Quienes destruyen lo vital de los pueblos son asesinos de la cultura. Están cometiendo delito de lesa cultura. Por supina ignorancia se puede caer en este terreno, pero ahora que lo planificado, panificado está, urge –conscientemente- disminuir el error y la afrenta. Si la torre tiene que caer, que se construya una réplica para mejorar y darle unidad al nuevo Hospital Carrión de San Juan Pampa. ¿Estamos?

(De Pluma Arterial,  publicado en “El Pueblo” Nº 18 de 27 de noviembre de 1978)

¿Sabía usted…?

Que el año de 1957, con motivo de celebrarse el primer centena­rio del nacimiento de nuestro mártir, se remodeló nuestro Nosocomio con setecientos mil soles donados por el Fondo Nacional de Salud y Bienestar Social. También, los hermanos Fernandini Clotet, sucesores de don Eulogio Fernandini, hicieron llegar su donativo consistente en una mesa de operaciones y un equipo completo de anestesia. La Cerro de Pasco Corporation, diez mil soles, la instalación de alumbrado y calefacción en todo el hospital; la Compañía Minera MILPO, un magnifico equipo de “autoclave” para la sala de operaciones; la Cia. Minera Atacocha, una moderna carroza (Al no ser utilizada como tal ya que la tradición del pueblo no lo permitía, tuvieron que convertirla en Ambulancia). Igualmente hubo donativos de los Ingenieros, Edgardo Portaro y Felipe Bautista. Los trabajadores del “Staff” de la Cerro de Pasco Copper Corporation donaron, sábanas, frazadas, ropas para los niños, medicamentos, biberones, pijamas etc. Fuente: (LA ANTORCHA, 8 de febrero de 1960).

Sebastián G. Benavides Huaynate

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Este distinguido hombre de letras, nació en la cálida ciudad de Yanahuanca, el 22 de noviembre de 1898. Fueron sus padres don Julio G. Benavides Avellaneda y doña Marcela Huaynate.

Sus estudios primarios los realizó en el «Liceo Cerreño», dirigido por el eminente pedagogo jaujino, Antonio Martínez, en la vieja ciudad minera del Cerro de Pasco. Los secundarios en el Colegio Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe, de Lima.

Al finalizar la secundaria, ingresa en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y, finalizados los primeros años, aquejado por una dolencia que requería de reposo y calma, retoma a medicinarse a su tierra natal y, ya repuesto, retoma a la capital e ingresa a la Universidad Católica de Lima. Nuevamente el clima húmedo ataca al insigne yanahuanquino por lo que esta vez definitivamente tiene que abandonar los estudios.

Cuando en 1929 ingresa en la política comunal, lo hace con éxito. Es elegido Alcalde de su tierra natal en donde va a desarrollar prolífica labor gubernamental. En aquella ocasión, su entrañable amigo y colega, Ambrosio Casquero Dianderas, poeta y escritor como él, publica en «El Minero» del 5 de abril de 1929 la siguiente nota que titula:

LA PERSONALIDAD DEL ACTUAL ALCALDE DE YANAHUANCA

 Con conocimiento de causa, porque he radicado por algún tiempo en Yanahuanca, esbozaré algunas parrafadas sobre la personalidad del personero comunal actual de aquel pueblo.

 Efectivamente, es Sebastian G. Benavides -sin que la suspicacia de los que me leyeran pueda decir que hay convenio antelado para halagarlo-, libre estoy de ello, es uno de los elementos más representativos de aquel lugar.

 Es decir, tiene todo lo que puede tener un elemento de valía con personalidad propia. Entre otros méritos, sus dotes intelectuales son demasiado conocidas. La camaradería, por otro lado, de su franco corazón sugestionóme siempre, debido a la similitud de temperamentos que piensan del mismo modo. Y una vieja amistad continuamente nos ligó con un fraternal aprecio.

 Asimismo, en otros terrenos, Benavides es suficientemente preparado. La política comunal, no tiene deficiencias de conocimientos para él.  Puede en su próximo curso de servicios en el mundo que le toca seguir, no ser un práctico de una labor impuesta, mas es todo un idealista para mantener el calor de todo progreso general y colectivo.

 Volviendo a lo intelectual, hombre de fácil palabra- cuando habla se expresa bien. No tiene el sentido del amaneramiento ni del decir común-. Escúchesele y siempre dirá algo nuevo en favor y bien al todo.

 En suma, de Benavides en el actual mando del gobierno edilicio, no se esperará mucho, sino lo concreto y correcto para el progreso de Yanahuanca.

 Para terminar, brindo al viejo camarada periodista en estas líneas, como un deber que en mi impera, mi más cálida felicitación por su rotundo triunfo comunal.

 A.W.Casquero.

 Cerro, abril de 1929.

Una de las creaciones de nuestro escritor es este ensayo acerca de la Envidia, publicado en momentos en los que esta lacra hacía estragos entre la comunidad cerreña.

LA ENVIDIA

 Los hombres de espíritu mezquino, que inclinándose siempre a la maledicencia, sufren y jamás gozan con el bien ajeno.

 Lejanos fragores de trueno recuerdan las palabras que fementido pronunció Caín después de victimar a su hermano- dice José Ingenieros al hablar de la envidia y remarca, «el primer asesino de la leyenda bíblica tuvo que ser un envidioso».

 Nuestro medio ambiente cuajado de gentes maldicientes, de espíritus bastardos y almas raquíticas, nos dan a diario patéticos ejemplos de los alcances de esta bastardía moral.

 Difícil sería extirpar del seno de los hombres de cenagosa estructura espiritual los achaques de la envidia que en todo momento la esgrimen como arma de combate y desahogo procaz y, es por esto que el lapidario González Prada, al hablar de tópico semejante, dijo: «Los hombres tienen su baba como el reptil su veneno».

 El espartano Antístenes al saber que le envidiaban contestó – dice Ingenieros- «Peor para ellos; tendrán que sufrir el doble tormento de sus males y de mis bienes». Y el mismo Ingenieros agrega: «Es necesario provocar la envidia, estimularla, acosarla, para tener la dicha de escuchar sus plegarias. No ser envidiado es una cosa muy triste».

 Ser superior para los que nos envidian, para servirles de sombra y férula, es la mejor bofetada moral que podemos darles, como la luna cruza el Zenit mientras los perros ladran.

 Cerro de Pasco, 3 de mayo de 1923.

Otra de sus creaciones, publicada en «El Diario», del Cerro de Pasco en su edición de homenaje a Pasco en mayo de 1928, es la siguiente.

MIENTRAS LA VIDA TRANSCURRA

 Mientras el vértigo del tiempo y la marcha acelerada de los siglos que huyen desgranen segundos y minutos y la vida transcurra; mientras penas y alegrías giren en torno nuestro: el hombre piensa. El cerebro en trabajo constante, hilvanando ideas forja nuevas orientaciones que germinan como la simiente sobre un suelo fecundo para servir de nuevo derrotero a la humanidad.

 Mientras las sonrisas existan en los labios de vírgenes insomnes; mientras el corazón oscile apasionadamente; mientras el pudor de la mujer inviolada escatime caricias; mientras acompañe al hombre la diosa Esperanza, cual una diamantina luz en la diafanidad de un cielo perláceo; mientras exista una inquietud y un rito indescifrable; mientras se piensa en un lisonjero porvenir, el hombre temerá a la muerte.

 Mientras exista el jardín de la quimeras, donde las flores tienen la exótica policromía de las cosas sugestivas y atrayentes; mientras exista un cielo límpido; estriado de largas nubes blancas, donde elevar el espíritu en horas nostálgicas; mientras la mujer ofrezca concesiones nuevas; mientras exista el amor, que es el incentivo de la vida, el que esto escribe seguirá escribiendo…

 Mayo de 1928. S.G. Benavides

¿Sabía usted….?

Que todavía el 5 de junio de 1890, se inaugura solemnemente la Escuela Municipal de la ciudad. Inicialmente tenía dos ramas, una femenina y otra masculina. Funcionaba en los altos de la municipalidad. Allí recibieron sus primeras letras, Evaristo San Cristóval y León, Teodomiro Gutiérrez Cueva, Gamaniel Blanco Murillo, Gerardo Patiño López, Elias Malpartida Franco, y Daniel Alcides Carrión que después fue llevado a Tarma y más tarde a Lima.

 

LA NINFA AMUESHA (Leyenda)

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Cuando se llega a Oxapampa –esmeralda viviente del territorio pasqueño-  uno es recibido por un cálido paisaje maravilloso y edénico. El río que lo riega discurriendo rumoroso y azufrado separa a Oxapampa de  Chontabamba. En estas verdes inmensidades  cubiertas de gigantescos árboles de cedro, pino, nogal, jacarandá, caoba y mohena, se asentó hace centenares de años, el aguerrido pueblo Amuesha.

Cuando el sol, descorriendo las nubes que forman amenazadoras camanchacas ilumina el cielo oxapampino, puede distinguirse recortando el horizonte montañoso, la silueta yaciente de una hermosa mujer dormida. Allí está ella nítidamente tirada cara al cielo. Las suaves curvas de su rostro joven, la agresiva prominencia de sus senos núbiles y erectos, los contornos de sus  muslos y piernas poderosas, conforman el perfil de una atractiva belleza indígena. De ella ha quedado, fresca como el aroma de la orquídea, una leyenda que emocionadas las abuelas cuentan a sus nietos.

Dice que un aguerrido guerrero casado con la más bella mujer de los contornos, esperaba ansioso la llegada del fruto de su amor. Sus sueños se poblaron de esperanzas y augurios. Fantaseaba con tener un hijo tan poderoso que conservara invictas sus inmensas heredades; tan diligente que atesorara feraces esos campos ilimitados; tan bondadoso que se condoliera de sus gentes; pero sobre todo, tan valiente que no se dejara vencer por las adversidades. Por eso fue enorme su alegría cuando sus manos temblorosas sintieron el palpitar de la vida que venía y quiso compartir la buena nueva con el resto del mundo.

Sus sueños fueron tantos y tan desproporcionados que cuando el agudo vagido del recién nacido repercutió en los confines de la jungla, su corazón esperanzado dio un gran salto de alegría. Su júbilo duró poco. Cuando lo tuvo en sus brazos comprobó que no era el poderoso heredero que esperaba. Era una mujer. Junto al llanto de la niña, su corazón comenzó a lamentar sus frustraciones.

Los días transcurrían y la soledad, cada vez más avasalladora, lo iba aislando terriblemente. No tendría, como había soñado, el ayudante que lo acompañara a sus incursiones en el monte para cobrar las piezas de caza y pesca; no contaría con el brazo fuerte que lo ayudara en la chacra; su fatal pesimismo lo hacía ignorar deliberadamente a la niña que conjuntamente con su madre se sentía marginada. Sumido en su pena ni advirtió que los días iban pasando.

Entretanto la niña iba creciendo. Su cuerpo ayer frágil y pequeño, alto y cimbreante, fue tomando dimensiones de mujer. Cuando caminaba, hacía evocar el paso de los felinos; su “cushma” de geométricos garabatos, como una segunda piel, resaltaba la majestad de sus formas. Su rostro, siempre dulce y sonriente, alcanzó una belleza jamás vista por aquellos cálidos parajes.

Pronto había quedado convertida en mujer.

La noticia cundió por aquellos parajes. Todos los mozos del lugar convocados por el llamado del amor la pretendieron. En vano. Una sola vez correspondió con una sonrisa el regalo de un guerrero amuesha. No obstante que el aguerrido enamorado hiciera espectacular demostración de su fuerza y sus habilidades; que la acosara con  la pertinacia de sus ruegos y homenajes, el corazón de la joven quedó invicto. Por fin el guerrero se rindió. Él se fue con el recuerdo de su agradecida sonrisa y ella quedó con un hermoso collar de chaquiras que fue su único adorno. Ella tenía como único afán de su vida, el servir diligentemente a su insatisfecho padre que, después de mucho tiempo, había comprendido que en ella,  tenía un tesoro consigo.

Todo el mundo tenía que admirarla cuando, garbosa y ondulante, caminaba por los verduscos senderos del risueño valle. Los niños la admiraban, los hombres la deseaban, los viejos la respetaban; pero todos la querían. Hombres y mujeres. Ella cumpliendo su misión de servicio a su padre, divertida y alegre, iba al río, a las cochas, a las cascadas, a bañarse nadando juguetona. Esa era su más grande pasión: el agua. Ninfa selvática y hermosa, reina del río y de la lluvia, podía pasarse horas enteras jugueteando ondulante y feliz en las profundidades y la superficie de las cochas. El agua era su elemento. Cuando llovía, era una fiesta para ella; salía a corretear por los campos con el sólo deseo de mojarse. Hasta las gotas de rocío que pródigas bañaban las flores y los campos en las madrugadas, eran recogidas con delectación por sus finas manos, blancas y suaves.

Así fue pasando el tiempo. Un día, sin que nadie lo entendiera, un sol terriblemente abrasador comenzó a marchitar los campos; la camanchaca desapareció, las neblinas se esfumaron y enormes cicatrices polvorientas se formaron por donde antes discurriera el río; el Yanachaga enmudeció el bronco tronar de sus cielos; las “pacchas” y las cochas languidecieron y los animales, esqueléticos y sedientos, fueron muriendo inexorablemente. Aquel año, como es natural, los amueshas no hicieron la fiesta de iniciación de las lluvias donde abundaba el masato embriagante, las danzas y canciones lugareñas; tampoco hubo grandes comilonas. La sequía ahogaba a los campos y la tristeza consumía a hombres y animales hambrientos. Consultado el brujo de la tribu, predijo más hambruna, más desgracias y más muerte si no se ofrecía un sacrificio propiciatorio a los dioses ancestrales, caprichosos y vengativos.

La hija del cacique, ninfa de las aguas ahora ausentes, lo comprendió todo en un instante. Aunque ninguna ley la obligaba, ella, la más amada por su gente, la más hermosa doncella de los contornos, decidió inmolarse por su pueblo moribundo. Estaba segura de que los dioses recibirían su ofrenda como el pago justo y oportuno para liberar a su pueblo de la sequía.

Su decisión estaba tomada. Una mañana, ardiente  como ascua fogosa, salió de su choza como todos los días. Caminaba, esta vez, raramente dubitativa, como si un tremendo peso le agobiara las espaldas; su dulce rostro no tenía la luminosidad de otros días; una sombra imprecisa de dolor le teñía unas ojeras profundas. Esta fue la última vez que la vieron. No más. Alarmados la buscaron todo el día. Recorrieron caminos, divisaron abismos, otearon farallones y nada. Sólo el eco retumbante devolvía las llamadas de angustia; después todo fue silencio. Por la noche, provistos de humeantes teas, anduvieron caminos con gritos que retumbaban en la espesura.

–¡Niche… Niche… Niche… Niche!… – Así se llamaba -. Sólo el eco devolviendo las angustias se escuchaba en la negra oscuridad. A la mañana siguiente, -desesperación en los ojos, sequedad en las bocas-, hallaron las chaquiras que envolvían su cuello junto al lago  Chontabamba. Mal presagio. Entonces  -cuentan los ancianos- como un suspiro, los cielos ayer nomás brillantes, se ensombrecieron de negras cerrazones y en tanto comenzaba a retumbar el Yanachaga, las aguas retornaron pródigas en una lluvia nueva y esperada, pero acompañada de remezones terráqueos, de fumarolas espectaculares, de volcanes ayer dormidos y las aguas azufradas del Oxapampa, bajando impetuoso, retornaba a su cauce. Después de un año de sequía, volvía a llover. Aquella noche, los campos murientes calmaron su sed, los animales supervivientes recobraron la vida. Fue un milagro. Todo en una noche.

Al día siguiente, deshechas ya las nubes, el pueblo amuesha pudo ver estremecido allá en el horizonte, recostado, desnudo y de cara al cielo, el cuerpo de la agraciada criatura. No lo pensaron más. El sacrificio de la Ninfa estaba claro. Ella, bondadosa y noble, se había inmolado para que su pueblo pudiera seguir viviendo.

Pasarán los siglos –dicen los amueshas- pero ella, incólume y hermosa, seguirá recibiendo en su cuerpo desnudo, las aguas vivificantes de la selva que tanto le habían gustado.

 

 

 

 

 

El Padre Salomón Bolo Hidalgo Escrito por El Tío Juan, en EL COMERCIO.

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Imagen del Blog de la PUCP

El padre Bolo fue todo un personaje en nuestra patria. Su arraigo fue de tal magnitud que en nuestro Cerro de Pasco se le puso su nombre a un cantor de responsos que pasó a la posteridad popular por ser protagonista de más de un centenar de anécdotas. Más de una vez, en ese mismo espacio, las hicimos conocer ¿Recuerdan? En el presente caso nos estamos refiriendo al auténtico Bolo que,  de una u otra manera es personaje de nuestra política criolla.

El padre Salomón Bolo Hidalgo ha muerto arañando los ochenta y su defunción aparece en el diario “El Comercio”, el último lugar en que, estoy seguro, hubiera querido estar un rabioso luchador social como él. Aunque pensándolo bien, su afán de notoriedad (de “peliculina” como decimos a veces) era tal que a lo mejor estás feliz de haber llegado por fin a un periódico que le fue esquivo por tantos años.

Salomón Bolo es el probablemente el último de una estirpe de luchadores sociales de los años 60 que en algún momento atravesaron la línea que divide a los radicales extremos de los anecdóticos y se convirtieron casi en personajes de farándula. No fue así al principio. Era Capellán del Ejército, con el grado de Teniente, cuando abrazó la causa nacionalista ayudando a fundar el “Frente Nacional de Defensa del Petróleo” que encabezaba el general César Pando, otro gran personaje de dramas y anécdotas. Fue expulsado del Ejército y deportado por Odría a la Argentina, donde ya fue recibido apoteósicamente como “cura comunista peruano”.

Al año siguiente el mismo general Pando lo llamó para fundar el “Frente de Liberación Nacional” (FNL) y participaron en las elecciones de 1962 que, recordarán, ganó el APRA por estrecho margen. Ahí estuvo también el humorista Sofocleto en su última actuación como izquierdista en serio.

Los comicios fueron anulados por el golpe militar y al poco tiempo cientos de opositores fueron arrojados a la Colonia Penal El Sepa. Ahí estuvo por supuesto el padre Bolo protestando, vociferando, reclamando justicia social.

Por esos años visitar la Unión Soviética y China era un privilegio para iniciados y allá fue Bolo Hidalgo ¡con sotana! pese a que la jerarquía eclesiástica ya le había suspendido derechos.

Para los duros comunistas soviéticos fue una sorpresa recibir a este presunto cura católico con sotana y todo que predicaba la revolución marxista leninista. Por supuesto, se lo enseñaron al propio Nikita Kruschev.

Igual pasó en China, donde estrechó la mano de Mao Tse Tung. Total, el padre Bolo tenía fotos con el Ché, Fidel Castro, el Amado Líder Kim Il Sung, etc. Estuvo en el cenit de la gloria marxista leninista.

Pero ya en los años 70, cuando la Revolución de la Fuerza Armada pocos lo tomaron en serio aunque le concedieron que había tenido un rol en el Frente petrolero. Pero hasta ahí nomás.

Devino entonces en personaje anecdótico, quejoso y hasta ridículo sumándose al grupo donde también recaló, por ejemplo, el trotskista arrepentido Ismael Frías Torrico. Escribió varios libros como “¡Silencio Mentirosos! La verdad sobre la URSS” con recuerdos de viaje al paraíso comunista. Todos francamente olvidables.

Presumía de periodista y fundó la “Asociación Nacional de la Prensa No Diaria” (Anaprensa) y por esto lo tuve que sufrir en aquella campaña por el decanato del Colegio de Periodistas en 1983. Era un verdadero torturador, por perseguidor y pesado. Cuando apareció Internet encontró el espacio ideal para sus ideas (aunque de cuando en cuando le publicaban algo en la revista “Gente”) y alcanzó todavía a rendir homenaje al procoreano Castro Lavarello, otro luchador de su estirpe.

Francamente, su muerte debía ser anunciada en su amada Plaza Dos de Mayo con una gran pancarta que diga, más o menos “Ha muerto el persistente padre Bolo. Era un luchador”.

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 ¿Sabía usted…?

Que el mes de junio de 1918 muere de una embolia cerebral el ciudadano inglés Henry Stone. Vivió 48 años en nuestra ciudad. Llegó muy joven y fue representante de la Cerro de Pasco Mining, también llegó a ser cónsul de Gran Bretaña, pero sobre todo, fue amigo integérrimo de los cerreños. Bailaba con un arte singular nuestro huaino. Pidió a sus amigos que al morir lo enterraran en nuestra ciudad. Se cumplió su encargo, pero su tumba ubicada en el cementerio de Yancancha (Adyacente a la iglesia), echado por los suelos la iglesia también desaparecieron las tumbas.

 

TAITA CORPUS Y EL OPA (Cuento)

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Hace muchos años, cuando la fe en nuestra religión era muy sólida, hubo una pareja de esposos residentes de una aldehuela de Pasco, con características muy especiales. Ella hacendosa y buena, él aferrado al trabajo como el que más; sólo que tenía un marcado defecto, era opa, es decir, retrasado mental. Amigos desde la infancia habían conservado esa unión en sus juegos y labores. Inseparables, pronto fueron unidos por el amor. Ella, no obstante el defecto de su pareja, lo amaba mucho; él, trataba de compensar a su mujer con su trabajo tenaz y constante. Eso era lo importante para ambos. La que tomaba las decisiones, daba las órdenes y se encargaba de las misiones más difíciles, era ella; el pobre opa era el sólido brazo para el trabajo. Y así vivían felices, aunque –es justo decirlo- muchas veces el opa le proporcionaba serias rabietas a su mujercita, pero ésta, pronto las olvidaba.

Las tierras y animales que habían heredado de sus padres, fructificaron con prodigalidad gracias a las disposiciones de ella y el férreo brazo de él. Tanta fue la bendición caída en su aprisco y en su campo que decidieron dar gracias a Dios como se debe, con una misa solemne y una fiesta en homenaje al patrono del pueblo: Taita Corpus (El Corpus Christi). Así, con un año de anticipación, la mujer iba ahorrando con esmero y con fe, y cada vez que lo hacía, se sentaba sobre el poyo, a la puerta de su casa, para decir en voz alta:

  • Todo este dinero que estamos juntando es para Taita Corpus. Él viene siempre a estos lugares a regalarnos con su bienaventuranza, por eso es que nuestro ganado aumenta y nuestra cosecha es buena. Estamos juntando este dinerito, porque él vendrá con sus barbas largas y su caballo blanco, para obsequiarnos su bendición.

Diciendo esto y contando y recontando su dinero lo llenaba en su “huallqui” mediano de “huayhuash” y lo escondía debajo de la cama, cubriéndolo con las cobijas.

Tanto lo había repetido y con toda fe que su interlocutor, el pobre opa, con su sonrisa abierta y demencial, había grabado estas palabras en su rudimentario cerebro con poderosos signos de fuego. Bueno, el caso es que ya cercana la fiesta anual en homenaje al santo patrono, la buena mujer decidió ir al lejano pueblo minero para contratar al cura, a los cachimbos y a las sahumadoras. Para realizar este viaje, dejó al opa con el encargo de cuidar la casa, ya que ella estaba yendo a preparar la fiesta. “Ya sabes –le decía- Ten mucho cuidado con la casa. Yo estoy yendo al pueblo a contratar la misa con el taita cura para la fiesta de Taita Corpus, Ya se acerca su día y, para cuando venga debemos estar preparados. Todo lo que tenemos, es para él. No lo olvides”. El opa con la mirada perdida aceptó la orden. Con esta disposición la mujer salió de madrugada para retornar por la tarde.

Ya finalizaba el día y en cumplimiento de lo que su mujer le había ordenado, el opa no se movía del quicio de su puerta, vigilante, sentado sobre su poyo. En eso, sus ojos quedaron algo desorbitados al ver que por el camino que pasaba por su puerta se acercaba un jinete sobre un brioso caballo blanco. El opa se puso de pie, admirado, sin dejar de mirar al extraño que se aproximaba. Bajo su amplio chambergo, lucía unas negrísimas y tupidas barbas. ¡Es Taita Corpus! –pensó el opa. Superando su torpeza salió al camino y con su risa abierta y gutural detuvo al jinete preguntando entusiasmado:

  • ¿Tú…tú…tú…eres…Taita Corpus?

El hombre vio tanta candidez en el expresivo rostro del opa que para evitar la interrupción y seguir su camino, casi sin sofrenar su cabalgadura contestó seca y fuertemente:

– Sí, sí, opita. Sí, ¡yo soy Corpus!… ¡Taita Corpus!

La sonrisa en el rostro iluminado del opa se hizo más amplia y expresiva, y en un rapto de entusiasmo, cogió las bridas al caballo y saltando de alegría, le dijo al jinete:

– ¡Espera… taita Corpus… espera! –Diciendo esto, entró en su casa y ágil como un rayo sacó de su escondite el gordo zurroncito de su mujer con los dineros ahorrados para la fiesta y, alegre como un niño se lo entregó al barbudo que asombrado y sonriente recibió el dinero y sin más, picó espuelas.

No había avanzado mucho este barbado personaje que no era otro que un famoso bandolero de la zona, cuando la mujer llegaba rendida. Al ver al opa que saltaba y bailaba de alegría, restregándose las manos, la mujer le inquirió:

– ¿Qué tienes oye?… ¿Por qué estás tan alegre?… ¿Quién es ese cabalgado que te hablaba?

El opa – saltando alegre y señalando al jinete con sus torpes manos –  contestó:

– ¡Taita Corpus!… ¡Taita Corpus!… ¡Taita Corpus!

En un segundo, la mujer entró en sospecha y rápidamente ingresó en su casa y al buscar el fruto de sus ahorros, no halló nada.

-¡Maldito opa! …¿dónde está nuestro dinero? –La mujer gritaba. El opa señalando el camino repetía: Taita Corpus, Taita Corpus. Al instante la mujer lo entendió todo y salió corriendo en persecución del malandrín sin hacer caso de su marido.

Ya había avanzado un considerable trecho y columbraba la ruta que seguía el jinete, cuando vio que allá atrás, a la distancia el opa la llamaba insistentemente señalando algo sobre el suelo, creyendo que tal vez estaría tirada la bolsa conteniendo el dinero, la mujer volvió agitada hasta llegar al lado del opa que, riéndose señalaba el suelo donde estaba diseminado el excremento de un perro.

– ¡Mira!…¡mira!…¡caya…caya…caya!….La mujer indignada le propinó un cachetadón al opa y roja de cólera cogiendo por las solapas al opa le gritó:

– ¡Maldito opa…bueno para nada!… ¿qué haces detrás de mí? No dejes la puerta de la casa. ¿Me entiendes?  ¡No dejes la puerta de la casa!- diciendo esto, después de propinarle un sonoro coscorrón, siguió tras el ladrón.

La pobre mujer jadeante y casi sin aliento, llegó a unos inmensos roquedales donde había visto desaparecer al jinete y, venciendo toda la dificultosa peñolería, comenzó a buscar en silencio, con mucho tino, hasta que pudo descubrir a la entrada de una cueva gigantesca,  algunas huellas y  mucho estiércol de caballo. Entró sigilosamente sin ser vista y pudo oír grandes voces y risotadas de varios hombres en el interior. Pensó que le era imposible y riesgoso tratar de recuperar el dinero en esas circunstancias y que lo más conveniente sería aguardar a que se durmieran pues la noche acababa de cerrarse. Salió en silencio y fue a ubicarse en la parte alta de la entrada de la caverna a la espera de que los hombres se durmieran. Así estuvo un buen rato cuando le pareció oír un ruido sordo que se arrastraba. Aguzó el oído y sintió que el ruido era cada vez más perceptible. Cuando miró inmóvil vio que el ruido los producía el opa de su marido que llegaba hasta ella con la sólida puerta de su casa a sus espaldas. ¡Claro!, ella le había dicho que no dejara la puerta de su casa.

La mujer furiosa y zamaqueándolo desató la soga y confiando en que el opa recibiría la puerta, la dejó libre, pero el opa, torpe y asustado, la dejó caer desde lo alto. Al caer en su rodada la puerta iba haciendo un ruido infernal que el eco de aquellas cavernas rocosas devolvía centuplicado. Ante este estruendo colosal; los ladrones montaron sobre sus caballos y huyeron despavoridos al grito de su jefe:

TFGP.

-¡Es el fin del mundo!…… ¡Sálvese quien pueda!…

El opa y su mujer sorprendidos, al ver la huida de los facinerosos, bajaron de su escondite y entraron en la cueva donde se durmieron rendidos de cansancio.

Al día siguiente, con las primeras claridades del alba, juntaron todas las riquezas que los malhechores habían reunido en joyas, dinero, ropa, vajillas, adornos y alimentos y cargando con todo en seis acémilas que allí habían quedado, se llevaron a su casa, alegres y contentos.

Aquel año, la fiesta del Corpus Christi fue la más sonada. Se comió y se bebió a más no poder. En la misa solemne del día central  y a la puerta de la iglesia, podía verse a los esposos radiantes de felicidad. Ella comprensiva y cariñosa,  había puesto –en retribución a tanto samaqueo y coscorrón- la capa y la banda de la mayordomía al opa de su marido, que feliz como un niño, con su terno nuevo, su sonrisa abierta y los ojos muy húmedos, saludaba a todas las gentes del pueblo.