LA PESTE (Leyenda)

la-peste-2Lo que aconteció entonces fue tan dantesco que, no obstante el tiempo transcurrido, el pueblo no ha olvidado. Los abuelos, al calor de la estufa familiar, relatan a sus nietos lo ocurrido entonces. Se estaba viviendo -bien entrado el siglo XVIII- el pasaje más espeluznante que trajo consigo la minería. Los nobles lucraban con las riquezas que los hombres del pueblo extraían de las oquedades siniestras.

Torvos aventureros venidos de pueblos distantes, atraídos por la abundancia de los filones, se afincaron en nuestros predios. Sea por la urgencia de tomar posesión de terrenos plagados de gordas vetas argentíferas o por la dramática urgencia que significaba la dura competencia por habitar tan inhóspitos parajes, el ámbito minero de pobló de numerosos viajeros, principalmente hombres. Nueve de cada diez, lo eran.

Fieros aventureros de armas tomar: truhanes, tahúres, golfos, criminales, malvivientes en general, hombres de horca y cuchillo, se mezclaron con alucinados gambusinos deseosos de enriquecerse con los ocultos tesoros de la tierra. A todos estos aventureros los emparejaba una común y urgente necesidad: las mujeres. Las pocas  del pueblo, esposas, ancianas y hasta niñas, eran deseadas con voraz apetito lascivo. Los hombres realizaron sangrantes atropellos cuyo común denominador era la violación. Para atenuar esta plaga imparable, las autoridades abrieron la ciudad de par en par que en poco tiempo se pobló de busconas, meretrices y chuchumecas que establecieron sus lupanares en estratégicos puntos de la ciudad.

Amarillentos papeles de la época, cargados de referencias eclesiales, nos relatan casos puntuales del tipo de abusos que los invasores cometían con los aborígenes. El más común consistía en el robo de las esposas e hijas para convertirlas en sus barraganas. Muchos de los que reclamaron fueron muertos instantánea, alevosa e impunemente.  Los dramas luctuosos de abuso y lascivia se propagaron de tal manera que no había día sin que hubiera muertos y heridos, generalmente autóctonos. Así las cosas, ocurrió un caso que alarmó a los pobladores.

Un anciano curaca, padre de dos atractivas doncellas codiciadas por su belleza y honestidad, recibió la visita de dos hermanos españoles que, jactanciosos y abusivos, le solicitaron que las chicas fueran a servir a su casa. El cacique –fiel creyente de los preceptos religiosos que le habían inculcado- en la seguridad de que las convertirían en sus concubinas, con el mayor de los comedimientos les contestó que no podía aceptar ese pedido y que más bien les procuraría un par de señoras mayores para que los atendieran. Todo fue escuchar la respuesta y enceguecidos de ira atacaron salvajemente al anciano. Estaban a punto de matarlo cuando el grito desgarrado de las chicas invocando la ayuda de Dios produjo  un milagro. Los abusivos, como movidos por fuerza extraña, rodaron por los suelos víctimas de convulsiones espectaculares, arrojando espuma sanguinolenta por la boca abierta en sardónica mueca. Los curiosos que llegaron vieron que el ataque se complicaba con una mayúscula hinchazón que empezando en los pies subía por piernas y muslos hasta llegar al vientre que terminaba inflándose como un globo. Convertidos en odres monstruosos de aterrorizados ojos abiertos vieron explotar sus entrañas en medio de hedionda fetidez. Los atónitos presentes nada pudieron hacer por evitar el desagradable espectáculo. Los cuerpos desgarrados estuvieron buen rato revolcándose sobre su miseria excrementicia para  quedar fríos e inmóviles reducidos a  carroña repugnante.

Como es fácil suponer, irradiado por los aterrorizados testigos, el caso fue conocido en la ciudad. Cayeron en la cuenta que los casos de los dos abusivos no eran los únicos; muchos otros se descubrieron después. A la mañana siguiente el hacendado, Pedro Ludeña y Ramírez, mientras vigilaba el trabajo de sus hombres en el ingenio de su propiedad sintió que sus piernas comenzaban a asfixiarse en el estrecho encierro de sus botas de cuero; quitadas éstas, la tumescencia siguió subiendo en medio de  arrebatada fiebre. En pocas horas ésta llegó al vientre y tras exhalar lastimeros gemidos quedó rígido con una mueca macabra en la boca y los ojos abiertos de terror. Antes que la noticia se terminara de conocer, otros chapetones habían sido fulminados por la peste que volaba con alas invisibles por todos los confines mineros. En pocas horas se fueron también campanudos propietarios como el azoguero, Pedro Bernedo y Patiño; el propietario de la mina, ” Vizcaya”, Nicolás Pedro Ponce Mondragón; dueño de la mina “Encantada”, Bartolomé de Dueñas y Mesía; el jefe de arrieros, Juan José Bernaola y Elcolobarrutia; el comerciantes Domingo Millán de Acha y así, muchos empingorotados más. Lo llamativo del caso es que se descubrió que el extraño mal sólo atacaba a los extranjeros. Los indios laboreros y familiares así como los numerosos negros permanecieron invictos, indemnes. Pronto la extraña dolencia se convirtió en peste incontrolable. Las víctimas, todas europeas, comenzaban a hincharse por los pies y, en tanto la tumescencia subía por muslos y piernas,  agudos dolores y  fiebre torturante los iba convirtiendo en guiñapos; cuando llegaba al vientre  terminaba explotando como un globo hediondo. La epidemia era tan rápida que lo más que duraban las víctimas era de dos a siete horas. Los médicos no daban con el mal que atacaba sólo a españoles. Fueron inútiles las sangrías, ventosas, lavativas y aplicación del tártaro hermético, con todo lo cual se aceleraba el fin del paciente.

A todas horas se escuchaba el claveteo de negros ataúdes. El hedor a muerte había invadido el ambiente minero. A la vuelta de cada esquina aparecía un entierro; en las iglesias de Chaupimarca y Yanacancha no se cantaba sino misas de difuntos. Las extremaunciones llegaban tarde en auxilio de los agónicos. El único cura de la ciudad minera tuvo que abreviar los latines para poder cumplir con todos los enlutados feligreses.

Las víctimas de la peste fueron tan numerosas que determinó que partieran delegaciones a diversas partes de nuestro territorio en busca de un misionero que mediante invocaciones eclesiales pudiera hallar cura al mal que los médicos no habían conseguido. Sin duda era un caso de cólera divina. Cuando trajeron a un peregrino de la orden seráfica franciscana que deambulaba por la zona, todos se reunieron en derredor de él con el fin de alcanzar el conjuro de la peste. Cuentan que, el fraile, después de sopesar el caso les habló a los presentes de esta suerte: “Esta es sin duda, obra de San Miguel Arcángel, que ha bajado a la tierra para hacer cumplir con los designios de Dios Todopoderoso, Padre y Señor nuestro; que como lo hacen San Gabriel y San Rafael, arcángeles como él -el arcángel es más que un simple ángel- ha venido a hacer justicia y volvernos al recto camino del amor a Dios y al prójimo. Por lo que sé, la lujuria pecaminosa se ha apoderado de esta ciudad y sus practicantes convertidos en esclavos serviciales del demonio, han hecho tanto mal, especialmente entre la gente nativa recién convertida, que ha originado la cólera de Dios, Creador del mundo. Él ha enviado a su más notable servidor que siempre está al servicio de los desvalidos y esta vez, así como venció al dragón del mal y, guerrero de alas brillantes, con labrada armadura y su lanza prodigiosa, ha vuelto a vencer al diablo del maleficio y la perversidad. Por tanto, el mal que les aquejaba ha quedado proscrito con la advertencia de que no deben reincidir. Caso contrario, el castigo será mucho más cruel”.  Tras la misa solemne y la comunión general de los españoles arrepentidos, el mal terminó misteriosamente como había llegado. Reconfortados los fieles, en respetuoso consenso, advocaron a nuestra ciudad bajo el cuidado del Arcángel San Miguel y, por unánime acuerdo, levantaron su templo en la plaza mayor de la ciudad minera y, cada 29 de octubre se le rendía pleitesía y acatamiento. Estábamos a la mitad del siglo XVIII.

 

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