Don Elías Malpartida Franco

don-elias-malpartida-francoEl 8 de agosto de 1922, fue una fecha de profundo dolor para nuestro pueblo. Ese día fallecía en Lima nuestro preclaro ciudadano don Elías Malpartida Franco, cuando ejercía la Senaduría por el Departamento de Junín. Las autoridades, como es natural, decretaron al día siguiente –fecha de sus exequias-  duelo general en la ciudad. Como un homenaje a la personalidad del más grande político que dio nuestra tierra, nos es grato hacer conocer su biografía.

Nació en el Cerro de Pasco el 21 de julio de 1844. Sus padres fueron el acaudalado minero don José Malpartida Cuestas y doña Romualda Franco. Ambos descendientes de notables mineros y comerciantes españoles. Realizó  sus estudios primarios en su tierra natal y los secundarios en el Convictorio de San Carlos de Lima, finalizados éstos, viaja a Bruselas en cuya prestigiosa universidad recibe el título de Doctor en Ciencias Políticas y Administrativas. Al recibir este alto título académico, por breve tiempo, fija su residencia en París. En la Ciudad Luz -a pedido de los sudamericanos residentes- funda el periódico AMÉRICA LATINA, en el que hace conocer los valores materiales y humanos de nuestra América joven.

De regreso a su patria, ingresa en el mundo de la política nacional durante el gobierno de Manuel Pardo. Fue elegido diputado por el Cerro de Pasco (1874 – 1879) después de reñidas elecciones frente al candidato oficialista Dámaso Tello. Su desempeño en este cargo fue brillante y aleccionador. Tribuno combativo, polemista y probo, alcanza una inusual plataforma de popularidad que se vio abonado por el respeto de propios y extraños que ven en él al parlamentario sagaz y extraordinario que con una oratoria enjundiosa y convincente, combativa y racional, consigue  sus más sonados triunfos. En las tribunas parlamentarias primero y en los ámbitos políticos y culturales después, se le denomina con un  mote que fue producto de la admiración general: PICO DE ORO.

Al iniciarse la guerra que Chile, en ejercicio del cargo de Prefecto de Puno, organizó un cuerpo del ejército y al frente de él marchó a Mollendo para oponerse al desembarco de las fuerzas enemigas.

Su desempeño ejemplar en el manejo de las finanzas del Parlamento Nacional, determinan que el general Miguel Iglesias, lo invite a formar parte del gabinete ministerial al frente de la cartera de Hacienda (15 de setiembre de 1883). Acepta la invitación y frente al  cargo lucha por la realización de las elecciones generales en el país con el fin de que los peruanos cumplieran con el supremo derecho de elegir a sus mandatarios. Al no conseguir este democrático cometido, renuncia irrevocablemente al cargo que le habían conferido.

Desempeñando el cargo de prefecto de Lima,  brinda su más amplio apoyo a la realización de la campaña de “La Breña”. Luego integró la Asamblea Constituyente de 1884 que tenía como objetivo principal el aprobar el llamado “Tratado de Ancón”. Nombrado jefe por la minoría por consenso general y como apóstol de la oposición, libra una dura batalla oponiéndose a la determinación entreguista de la mayoría “porque era  reconocer esta paz como  una paz implorada de rodillas”. Las razones que sostenían estos incomprendidos patricios eran las siguientes: Chile consiguió más de lo que se propuso al desatar la guerra; y en el Tratado de Ancón se evidenciaron claramente los intereses económicos que motivaron a su clase dominante, instrumento a su vez del imperialismo británico. “Una lectura detenida del tratado no puede mover sino la indignación y vergüenza; y han faltado a la verdad, o, por decir lo menos, pecado de conmiseración para con Iglesias, quienes han señalado que nada mejor pudo obtenerse “dadas las circunstancias”.

“No hay atenuantes que puedan justificar”, o “hacer comprensible”, lo que hicieron Iglesias y los derrotistas de espaldas al Perú, arrogándose indebidamente la representatividad de toda la nación, precisamente cuando Cáceres había levantado un nuevo Ejército en la sierra y en el sur existía todavía intacto otro ejército peruano. Era ostensible que en toda la extensión del territorio nacional ganaba cada vez más adeptos la causa de la resistencia armada a efecto de aminorar las exigencias militares humillantes del enemigo. Los que estaban de acuerdo con firmar el malhadado tratado, declararon que el Perú estaba vencido, por lo que suscribieron el tratado entreguista que es la peor mancha de oprobio en nuestra historia republicana.

Para la resistencia patriota, el tratado de Ancón habría de resultar funesto, por múltiples razones. Secuela inmediata del mismo sería la defección en Arequipa y la dispersión total de nuestro Ejército del sur, sin haber enfrentado a los chilenos. Cáceres perdía así uno de los soportes con que contaba para continuar la lucha, pese a la vacilante actitud de Montero. La caída de este jefe motivó indirectamente el cambio de posición en Bolivia, donde los jefes patriotas se verían pronto rebasados por la corriente derrotista. De otro lado, la firma del Tratado de Ancón y la entronización de Iglesias como gobierno reconocido a nivel internacional, no dejó de provocar confusión y desmoralización en algunos pueblos patriotas, como Ica, donde el comandante guerrillero Julio S. Salcedo sería uno de los primeros en aceptar la desgracia como un hecho consumado; aunque a su tiempo, Ica, como Cañete, volvería a alzarse con Cáceres, para derribar al gobierno chilenófilo.

Incomprensiblemente, nuestra historiografía ha hecho poco caso del protocolo complementario del Pacto de Lima, no obstante sus graves implicancias. Hay razones para pensar que hasta fue solicitado por Iglesias, al no sentirse seguro en el puesto que había usurpado con ayuda del ejército extranjero. En virtud de ese protocolo se le autorizó a Chile ejercer una suerte de protectorado en el Perú. Otra cosa no se significaba la permanencia del ejército de ocupación, que se prolongaría hasta mediados de 1884. Es que Chile supo cuidarse de que el pacto no fuera anulado con la caída de Iglesias, que entendía inminente ya que todo el Perú lo rechazaba; por eso continuaría aún en el Perú, sosteniendo a Iglesias hasta que Cáceres reconociera de alguna forma el pacto. Luego, apenas retirado, caería el títere del que se valieron para lograr sus propósitos de conquista.

Verdaderamente insultantes las cláusulas del Tratado, entre otras cosas porque el gobierno derrotista se comprometió en mantener al ejército de ocupación con 300, 000 pesos de plata mensuales, suma extraordinaria si se considera el estado calamitoso de la Hacienda Pública, con el agravante de que ellos se descontarían, “en primer término” de las rentas nacionales. La utilización libre de pagos de las líneas férreas y telegráficas de los hospitales de Lima sólo podían hacer pensar que Chile consideraba la guerra, y que en cualquier momento se vería en la necesidad el ejército de movilizar sus tropas y que Iglesias, seguro de que Cáceres no dejaría la lid, proyectaba utilizar a los chilenos como aliados de guerra civil que ya se había iniciado. Como resultado de esta titánica lucha en la que sólo la respaldaron los representantes Benjamín Sánchez; Jesús Sánchez Gutiérrez, Eusebio González, Federico Moscoso y Modesto Basadre, Elías Malpartida, fue deportado a Guayaquil.

A su retorno, decide afincarse en la tierra que lo viera nacer con el fin de trabajar con integridad y dinamismo en las minas de su propiedad. En el Cerro de Pasco ejerce numerosos cargos administrativos siendo muy notable su desempeño como Director de la Beneficencia Pública.

Político activo, en el año de 1894, interviene decididamente en la revolución de Nicolás de Piérola y una vez triunfante, no acepta cargo alguno y, desde el llano, se contenta con ejercer el cargo de asesor principal.

En 1895, recibe el encargo de ejercer el Ministerio de Hacienda formando parte el gobierno de don Manuel Candamo, creada como resultado de la revolución encabezada por Nicolás de Piérola. El objetivo principal era preparar el restablecimiento de la institucionalidad del país. En ese período, el 22 de mayo de 1896, se crea la Sociedad Nacional de Minería. El Acta de Constitución la firmaron una veintena de hombres ilustres entre mineros independientes y representantes de compañías. Al convocarse a elecciones, es elegido representante de los mineros del Cerro de Pasco. Ni bien se instaló la junta directiva, recibió el encargo de elaborar el primer proyecto de código de minería. Rápidamente, el texto fue presentado en enero de 1897. En 1899, deja el cargo con un buen saldo de trabajos exitosos.

Al comenzar el nuevo siglo, apoyó la formación del Partido Liberal y, creado éste, decide retirarse y regresar a su tierra. En 1910, cansado de una proficua labor, decide vender sus propiedades a la Cerro de Pasco Mining.

Al asumir el mando de la nación don Augusto Bernardino Leguía, nuevamente desempeña importantes cargos gubernativos.

Durante el gobierno de Guillermo Billinghurst, desempeña el cargo de Ministro de Gobierno y Presidente del Consejo de Ministros (24 –IX- a 23 XII 1912). En esa época consigue la creación del Departamento de Madre de Dios y ordena que se impulse el itsmo de Fizcarrald y la navegación a vapor por los ríos adyacentes y la construcción del camino carretero de Puerto Maldonado a Iñapari, capital de Tahuamanu. Su interés por el desarrollo del país lo llevó a promover la creación de algunas provincias como el caso de Ambo, en el departamento de Huánuco.

Desempeñó la Alcaldía de Lima con mucho éxito durante el año de 1914. En pleno desempeño de Senador de la República por el departamento de Junín, fallece en la capital a la edad de 78 años, el 10 de agosto de 1922.

La vida de este brillante y ejemplar cerreño, dos veces vicepresidente del Perú, varias veces Premier y Presidente del Concejo de Ministros; Senador, Prefecto, Alcalde de Lima, Diputado, Director de la Beneficencia Pública, transcurrió intensamente dedicada a servicio de su patria.

Que esta sea la oportunidad, aunque tardía, de que una de las calles d nuestro pueblo lleve el nombre de su más eminente político. Por ejemplo en lugar de Botafogo, calle Cobre, etc.

 

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