La cabeza voladora (Cuento)

la-cabeza-voladora-cuentoAquellos tiempos en que la opulencia del Cerro de Pasco era significativamente turbadora, un riquísimo señorón dueño de las minas más boyantes de la época: De Pariajirca a Quiulacocha, de Cayac Chico a Yanacancha, de Shihuayro a la Docena, de Yurajhuanca a Cruz Verde; decenas de yacimientos generosos que cubrían la extensión de toda la naciente ciudad minera y aledaños.

Este acaudalado minero tenía siete hijos varones que le ayudaban en el trabajo de sus yacimientos y, una sola hija mujer, cuya llegada al mundo le había costado la vida a su esposa. Si los varones eran su orgullo por el generoso brazo que aportaban en la explotación de los filones, era la niña, luz de sus ojos y alegría de su corazón. Intensamente rubia, como si las hebras de su cabello fueran de oro reluciente, su risa argentina tintineaba en la ranchería minera a toda hora. Nunca estaba quieta. Desde las primeras horas del alba sus  pasos menudos resonaban en la estancia en el diario trajín de la labor hogareña. Preparaba reconfortantes desayunos para que su padre y hermanos iniciaran con gran brío la diaria labor minera. Durante el día, en tanto el fogón sazonaba locros sabrosos y frituras crepitantes, ella tejía bufandas, chompas, guantes y medias; lavaba y planchaba la ropa de la familia; limpiaba la casa con una meticulosidad extraordinaria; preparaba riquísimos dulces con frutas y chancacas huanuqueñas; bordaba primorosos manteles que eran impresionante estallido de flores y mariposas multicolores. Lo dicho. Era la reina del hogar y el contento de su padre.

Su ayudante y cuidadora era una vieja mujer, desgarbada y  herméticamente y misteriosa, que la amaba con extraña predilección. Había quedado de niñera de la rubiecita cuando murió la madre.

Las cenas nocturnas presididas por el patriarcal anciano  tenían la virtud de congregar a toda la familia en conmovedora fraternidad hogareña. Cada uno de los siete mozos, todavía con las botas puestas, informaban al viejo de lo ocurrido en la mina; éste escuchaba, y cuando juzgaba necesario, preguntaba. Entretanto, escanciaban la sopera y fuentes de guisos y frituras. La joven, rubia como un sol, los atendía solícita y silenciosamente.

Terminada la limpieza y después de estampar sendos besos en la mejilla de su padre y hermanos, se retiraba al aposento que compartía con su nodriza. Ya en su alcoba, apartada de la vista de los suyos, escuchaba extasiada los cuentos misteriosos y las iniciaciones esotéricas que la vieja le endilgaba por horas enteras. Cansada de tanta plática quedaba profundamente dormida.

Así fueron transcurriendo los inviernos con crueles ramalazos de rayos y truenos; con la silenciosa cobertura de nívea suavidad, con sus chaparrones, granizos y trombas de agua. Pasaron los veranos con los cielos abiertos y enormes en cuyo azul majestuoso  el sol lucía imponente en el día y los luceros parpadeaban luminiscencias extrañas y distantes por las noches; con las minúsculas esquirlas de la escarcha que en un santiamén convertían en carámbanos colgantes las aguas de las goteras; con la amaneciente opacidad de las escarchas.

Un día -pueblo chico infierno grande-, entre aspavientos y ojos abiertos de asombro, un minero reveló el secreto a otro; éste se lo dijo a su mujer que a su vez se lo contó a una comadre; y así lo llegaron a saber las huanquitas aguadoras y el matarife y la moledora de metales y el pallaquero y la comadrona y el sacristán; el rumor incontenible se difundió por todos lados que hasta los pastores de las estancias más lejanas, los arrieros incansables y los viajeros trashumantes, lo llegaron a conocer. La hija del minero ricachón, aquella rubiecita encantadora de sonrisa contagiosa: ¡Era bruja!…

Los cerreños, entre rezos y estremecimientos lo llegaron a saber, menos –cosa extraña- el padre y los hermanos. Hasta que una noche, el hermano mayor, al levantarse de la cama de la mujer con la que tenía amores, fue increpado por ésta.

— ¿Por qué me dejas tan temprano?…- dijo acaramelada.

— No puedo llegar tarde a mi casa. Mi padre se disgustaría. Mañana tengo que trabajar en la mina.

— No seas malo pues… ven – suplicaba la mujer.

— ¡No!- la respuesta fue tan rotunda y tajante que ofendió a la mujer.

— ¡Oye! –Dijo con ira la querida desairada- ¡Tu padre de quien debe preocuparse, no es de ti, sino de tu hermana….!

—  ¡¿…Qué?!… ¡¿De mi hermana?…!

—  ¡Claro… de esa bruja!

— ¡¿Qué estás diciendo, maldita?…!- y un sonoro bofetón convirtió la boca de la querida en una rosa sangrante de imprecaciones mortales.

— ¡Tu hermana es una vil y maldita bruja!… Y para que lo sepas… a esta hora seguramente ni ha llegado a tu casa… ¡Imbécil…!

El hombre castigó con saña a la querida hasta dejarla inconsciente, pero sus palabras, quedaron prendidas en su conciencia como dardos venenosos. Como un sonámbulo llegó a su casa y luego de despertarlos  contó a sus hermanos lo que le había ocurrido. Ninguno creyó ni un ápice de la tenebrosa historia. Nadie podía dar cabida en su mente ni en su corazón la monstruosa versión. Entonces, urgidos por el mayor, espiaron silenciosamente a su hermana durante algunas noches hasta que un viernes de luminoso plenilunio -justo a la medianoche- vieron abrirse la ventana de su alcoba de donde, como un ave misteriosa, salía una cabeza de pródiga cabellera blonda desplazándose ingrávida por los aires como si se tratara de un globo caprichoso y juguetón. Acompañándola, una escuálida perra amarilla, ladrando, jugueteando misteriosamente con ella, tratando de guiarla. Después de un buen rato de juego, cabeza y perra, desaparecieron por los aires. Estremecidos, los hermanos decidieron perseguir aquellas fantásticas  apariciones.

Entretanto, el viejo minero, alarmado por el ruido originado, salió al patio y llamó a grandes voces. Nadie contestó. Temeroso de que pudiera sucederle alguna desgracia a su engreída, subió a grandes trancos las escaleras que conducían a su alcoba; llamó con los nudillos, después a grandes voces y al no encontrar respuesta alguna, echó la puerta abajo. Lo que vieron sus ojos lo dejaron petrificado. Incapaz de hilvanar sus ideas sólo atinó a contemplar el macabro espectáculo. ¡Su hija estaba sin cabeza! Más allá, sobre su cama, la vieja mujer yacía como muerta. Un grito de horror retumbó en la estancia y el añoso minero rodó inconsciente por los suelos.

En todo ese tiempo, jadeantes y sudorosos los jóvenes seguían a la cabeza rubia que se desplazaba rauda por los aires guiada por la escuálida perra amarilla; los ojos brillantes como ascuas,  los pelos al aire como diabólicos flecos; el rostro desencajado y las fauces abiertas y babeantes donde se le habían pronunciado dos filosos caninos; sus mandíbulas -satánicas bisagras- se abrían y cerraban con una continuidad espantosa de ruidosas y espectrales tijeras.

— ¡Tac!… ¡Tac!… ¡Tac! -sus dientes producían metálicos sonidos que estremecían la noche cerreña.

La cabeza infernal, desde considerable altura iba de un lado a otro como si buscara algo; desde allí miraba a la perra amarilla que, incansable y juguetona, le señalaba el itinerario a seguir. Desde su escondite los hermanos contemplaban, sin ser vistos, los destellos que emitía la rubia cabeza de cabellos flotantes iluminada por la luna. Llegando al Misti se detuvo en la laguna de Lilicocha donde, coqueta, se regodeaba contemplando su rostro espectral en la superficie de las aguas; de allí, como un cernícalo hambriento, fue a posarse sobre el castillo de la mina Excelsior. Los canes del barrio se alocaban alargándose en lúgubres aullidos como denunciando, incansables, la presencia de la muerte.

Cuando la cabeza voladora llegó a la plaza Chaupimarca, temerosa de la casa de Dios, se alejó por la calle Grau, por la del hospital y luego Amazonas hasta el Tajo Shihuayro en cuya lumbrera, con los pelos sueltos al viento, los ojos relampagueantes y las mandíbulas sonantes como hambrientas tijeras, oteaba de un lado a otro…

— ¿Qué hace, Dios mío? – Preguntó el hermano menor.

— Parece que busca una víctima para matarla –contestó el mayor, acezante por la correría nocturna.

Pasado un buen rato sin que ningún mortal apareciera, la cabeza volvió a elevarse atravesando los andurriales de Gayachacuna y cruzando las calles de la Chancayana y Digo-Digo terminó posándose en las alturas de Mesapata; desde allí, sin que sus hermanos se dejaran ver, continuó atareada en su busca de gente para matarla. Al ver que la cabeza infernal volaba cada vez más rauda y que sería muy difícil alcanzarla, decidieron regresar a la casa paterna con el fin de preparar una trampa para cazarla.

Al llegar a la casa, apoyados por peones de la mina, reanimaron al padre y armados de fuertes reatas, sogas, costales y zumbadores, tendieron un cerco para aprisionar a los espectros nocturnos.

No tuvieron que esperar mucho. Cuando vieron a la perra amarilla pugnando por entrar en la casa, todos a una cayeron sorpresivamente sobre ella  que se defendía con terribles dentelladas en tanto la voz gangosa –voz de la criada- maldecía como una condenada. Mientras la lucha con la perra continuaba afuera, la cabeza voladora, como impulsada por una fuerza maligna, entró por la ventana abierta del dormitorio y fue a pegarse aparatosamente, emitiendo un chasquido infernal, al cuerpo yaciente de la joven.

Alborotados por el escándalo que hacía la perra cautiva, hombres y mujeres del pueblo, convergieron con en la casa del viejo millonario. Paralelamente, un grupo de piadosas mujeres fue a la iglesia de Santa Rosa para informar a Fray Sancho de Córdova que, provisto de agua bendita, crucifijo, cáliz, hostias, breviarios, incienso, un maletín y un hermético libro negro, llegó al lugar del acontecimiento.

Ante la expectante curiosidad de la muchedumbre cada vez más numerosa se puso el alba sobre el hábito fijándola con el cíngulo, cogió un enorme crucifijo de plata y se acercó a la joven a quien, después de decir unas oraciones, comenzó a interrogar.

— Niña… ¿Crees en Dios?…

— ¡Sí, padre; sí!…

— ¿Sabes que estabas al servicio del demonio?…

— ¡No, padre, no!… – Se alarmó la joven.

— ¿No sabes que tu cabeza, separada de tu cuerpo, deambulaba por las noches volando por los aires?…

— No, padre;  ¡No lo sé!…- Sus ojos claros denotaron terrible sorpresa.

— ¿Qué es para ti la mujer que te cuida?…

— Ella es mi acompañante, padre…

— ¿Nunca te habló del demonio?…

— No, padre, del demonio, no; sólo me ha referido la existencia de un ser extraordinario de grandísimo poder al que ella llama: El Príncipe de las Tinieblas…

— ¡Es el demonio!…

— ¡Padre!… -Estuvo a punto de gritar aterrorizada la joven.

— No te alarmes, hija; sólo quiero que me digas lo que hacías con ella en las noches de los viernes en tu alcoba.

— Bueno, padre… Mi nodriza me untaba la cara con una extraña pomada asegurándome que con ella me pondría bonita…

— ¿Qué más?…

— Mientras iba frotándome la cara, pronunciaba extrañas palabras en un idioma que desconozco…

— ¿Qué más?…

— ¡Nada… nada más!… Yo me quedaba dormida mientras ella hablaba.

— ¿No recuerdas nada más?…

— ¡Nada, padre, nada! – Comenzó a sollozar asustada.

— ¡Claro!…¡La maldita hechicera te dormía y te utilizaba para servir al demonio!…

Después de escuchar la confesión de la joven, rezó complicada y extensa oración en latín, después la absolvió.

Un grupo de ancianas piadosas oraba de rodillas respaldando las maniobras de fray Sancho en tanto el resto –turba encolerizada- aprisionaba fuertemente a la esquelética perra  que, por extraños misterios, hacía gala de una fuerza extraordinaria. En un instante, ante el estupor del gentío, la vieja nodriza volvió en sí. Al verla consciente, el cura, leyó en voz alta una extraña oración del gigantesco libro negro y encarando a la mujer comenzó a interpelarla.

— ¡Te conmino en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, a que nos digas tus pecados en confesión que te librará del Maligno!…

— Sí, padre –respondió la mujer aparentando humildad.

— ¡¿Cuándo te iniciaste en el ejercicio de la brujería?…!

— Muy joven, padre. Fueron unas mujeres de mi pueblo las que me iniciaron para que en una misa negra nos convirtiéramos en esposas de él.

— ¡¿De quién?…!

— De Lucifer, padre…

— ¡Del demonio!…

— Sí, sí; padre!…

— ¿Por qué?…!

— Caímos en su poder!…

— ¿Cuántas son ustedes?…

— Siete…

— ¿Dónde están las otras?…

— En distintos lugares. Nos reunimos cada año a la primera luna nueva…

— ¡¿Cómo le sirves a Satanás?…!

— Primero convertida en cabeza voladora y dando muerte a los hombres y mujeres cuyas almas son para mi amo.

— ¿Eso es lo que querías hacer con tu niña rubia?…!

— Sí….

— ¿Lo lograste?…

— No. Ella es demasiado pura y buena. Dios la está protegiendo…

— ¿Y cómo utilizabas su cabeza?…

— Yo ya no tengo fuerzas. Quería que ella me reemplazara. La hipnoticé y la hice seguirme en sueños…

— ¿Cómo la hacías dormir?…

— Con la oración especial y con el ungüento mágico para frotarle la cara, que me dio mi amo…

— ¡¿De qué está hecho ese menjunje..?!

— De hierba mora adormecedora…

— ¡¿Qué más?…!

— Belladona… ruda…

— ¡¿Con todo eso hacen la pomada?…!

— Si, padre… Utilizamos como base la sangre y la grasa de los niños recién nacidos, sin bautizo…

— ¡¿Con eso untabas a la niña que tenías que cuidar….?!

— ¡…Sí!…

—  ¿Te arrepientes?…

— Sí, padre…

— Habiendo escuchado tus pecados de los que te arrepientes, te purificaré con leche y manteca, que es lo más apropiado en este caso, conjurando a Satanás para que abandone tu cuerpo –simultáneamente, mientras rezaba, iba untando el cuerpo de la bruja.

— Toma manteca traída de un redil santo, leche traída de un establo casto. Sobre la manteca inmaculada del redil deshaz el encantamiento. Embadurna a la enferma, hija de Dios verdadero a fin de que sea pura como la manteca, para que sea limpia como la leche.

— ¡Que su piel brille como plata pulida!…

— ¡Que sea clara como el cobre brillante!….

Tras haberle embadurnado la cara, las manos, los pies y el pecho a la posesa, tratando de purificarla, el sacerdote procedió a trazar el círculo mágico con yeso, alrededor,  guiado por el libro de los exorcismos. Su voz retumbó en el ámbito cuando dijo:

— ¡Cierra a esta mujer en el círculo, en el gran círculo de yeso. La puerta con cierre a la derecha y a la izquierda… ¡Ciérrala!.. ¡Las malas artes sean conjuradas con todo lo que haya de mal!…

En ese instante la mujer profirió un grito horripilante que hizo estremecer a todos los presentes. Era una voz cavernosa y profunda y bronca, no de la vieja mujer… ¡Era el demonio.!…

— ¡ Noooo!

Poseída por Satanás, el cuerpo de la mujer comenzó a convulsionarse aparatosamente, cubriéndose de copiosas transpiraciones y fétidas excreciones. Sus labios proferían horrendas palabras en latín. Todo era que fray Sancho le acercara la cruz a la cara y la posesa gritaba con la voz del Demonio. Por su parte, sudoroso el sacerdote, tratando de hacer escuchar sus fórmulas eclesiales, gritaba también…

— ¡¡¡Vade retro, Satanás !!!…. ¡¡¡Vade retro.!!!…

En esa lucha interminable estuvieron enfrascados muchísimo tiempo, hasta que cercana la medianoche –rendido y acongojado- el santo fraile dijo que el demonio no quería abandonar el cuerpo de su servidora. Al escuchar esta noticia, hombres y mujeres ataron fuertemente el cuerpo de la hechicera y lo condujeron al cerro de Gayachacuna para colocarla sobre una pira ex profesamente levantada. A poco de arder alimentado por abundantes leños traídos por las mujeres, el cuerpo de la mujer explotó aparatosamente inundando los aires de un hedor insoportable con fuertes emanaciones de azufre.

Sólo así el pueblo minero pudo librarse del anticristo que finalmente pudo llevarse el cuerpo de su sirvienta a las sombras del infierno.

 

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