EL MISTERIO DEL FERROCARRIL (Segunda parte)

gatos-entierroNo es para creer, pero es muy cierto. Al cumplirse las veinticuatro horas del día siguiente, dos hombres que en todo ese tiempo habían estado transpirando de fiebre en medio de estremecedoras alucinaciones, murieron de pulmonía.

Fue suficiente.

Después de realizar el entierro muchos ataron bártulos y partieron a sus pagos en distintas direcciones. La empresa se alarmó. La noticia esparcida por todos los ámbitos los había asustado. Ya nadie quería integrar aquella fatídica cuadrilla. Cuando los jefes del tramo evaluaron las serias dificultades del terreno y la negativa de los aterrorizados braceros a seguir adelante, presentaron un proyecto para cambiar la dirección de la ruta, pero el directorio les negó rotundamente esa costosa posibilidad. Había que seguir el trazo inicial aprobado. No había escapatoria.

Ante tamaña emergencia los jefes se reunieron con los pocos hombres que todavía quedaban en las filas. Querían solucionar el serio problema. Aquella vez los operarios manifestaron que todo lo que estaba ocurriendo en aquel lugar era obra del demonio y que para conjurar el maleficio debía convocarse a un afamado brujo. Él –decían- con sus poderes mágicos podría neutralizar la nefasta acción de Satanás. “No hay otra salida” afirmaron categóricos.

Como es de suponerse, los ingenieros no creyeron nada de lo que se había dicho, pero con el fin de no ahuyentar a los pocos trabajadores que quedaban, ordenaron que se hablara con un brujo que conocieran.

Contrataron a un famoso brujo de Margos y lo hicieron venir para conjurar la maléfica obra del diablo. Llegado al campamento, el hechicero margosino habló con todos.

  • Lo primero que tengo que hacer es conversar con el cerro… ¿Cómo se llama?.
  • “Mishihuaganan”, taita –contestó un obrero.
  • Conversaré con el cerro “Mishihuaganan” y le preguntaré por qué está poniendo estas inconveniencias en el trabajo y por qué está matando mucha gente.
  • Bien, taita.
  • De acuerdo a lo que me informe, procederé.
  • ¿Cuándo será eso, taita?. –preguntó otro.
  • Esta misma noche hablaré con él. Hoy es viernes, día propicio. Para despenar el cerro tendrán que pasar algunos días.
  • ¿Qué es lo que necesita y cuántos le acompañaremos? –Preguntó el contratante.
  • Compañía, no necesito. Debo ir solo. El cerro es chúcaro y no lo conozco. No es conveniente que me vea con extraños.
  • ¿Qué le prepararemos?
  • ¡Coca, cigarros, aguardiente y cuatro cirios de muerto!….
  • ¿Eso es todo?.
  • Para mi vuelta debe estar hirviendo un espeso caldo de gallina negra.
  • Así lo haremos, taita.

Aquel mismo viernes, cubierto con abrigadora indumentaria negra del sombrero a los zapatos, cerca de la medianoche, el margosino en su ascenso al fatídico cerro se perdió en la oscuridad de la noche,

De lo que el brujo hizo aquella noche, jamás nadie supo nada.

Cuando las primeras claridades del alba del día siguiente asomaban por oriente bajó el margosino con los ojos tumefactos y los carrillos hinchados de coca. Hizo una señal a todos para que se congregaran en derredor. Cuando todos estuvieron silenciosos y expectantes, dijo:

  • Anoche hablé con los gentiles que moran en el cerro. Ellos están muy irritados y no ven con agrado el tendido de estos caminos de hierro. Afirman que además de alarmar a los espíritus lugareños van a traer muchas desgracias a las gentes de estos sitios; por él –dicen- traficarán con el sudor de los campesinos que se convertirán en esclavos para extraer las riquezas que otros se llevarán. Habrá muchos abusos, mucho dolor y gran cantidad de muertos.
  • ¿Por qué dicen eso?… ¿Será cierto?. –preguntó alguien.
  • Ellos lo saben todo. Son eternos y conocen el pasado y vislumbran el futuro. Nada les es desconocido.
  • ¿Sí, taita?.
  • ¡Sí, hijo! Ellos saben que han fallecido de mala muerte dos hombres que trabajan en el camino de Unish baleados por los policías y que sus compañeros han sido castigados muy injustamente. Eso ha pesado para que impidan la construcción del camino. Están muy indignados por los atropellos cometidos. Sólo cuando las almas de esos hombres lleguen al cielo, dejarán de causar problemas. Eso es lo que me han dicho…
  • Entonces, ¿qué haremos, taita?…
  • En la misma cumbre del cerro, debe hacerse una misa a la virgen del buen morir para alcanzar la paz de los dos hombres que han finado…
  • ¿Cuál es esa virgen, taita?… ¡no la conocemos!.
  • Esa virgen ha sido traída hace muchos años por los extranjeros que llegaron a las minas del Cerro; ella es la Virgen del Tránsito. Sólo así –como les digo- se encontrará la paz en este lugar; caso contrario, nunca terminarán los problemas.
  • ¡Así se hará, taita! –Dijeron los braceros.
  • Bien, ahora que lo saben todo, espero que cumpla al pie de la letra mi encargo para bien de todos. Yo ya cumplí mi misión y me retiro.

Tal como lo había sugerido el margosino, así se hizo.

Aquella mañana, la naciente plaza de Smelter bullía de gente fiestera venida de todos los lugares aledaños: Vicco, Colquijirca, Ninagaga, Villa de Pasco, Alto Perú,  Sacra Familia, Tambo del Sol, Rancas y el Cerro de Pasco. De la ciudad minera habían asistido todas las congregaciones religiosas portando sus lábaros y pendones distintivos. Allí estaban “Las Hijas de María”, “La Hermandad del Perpetuo Socorro”, “La Hermandad del Niño Jesús de Praga”, “La Hermandad de la Virgen del Carmen”, “La Hermandad del Señor de los Milagros”, “La Hermandad de la Virgen de Fátima”, “La Hermandad Terciaria Franciscana”, y los miembros de la Beneficencia Austro – Húngara en pleno, portando el magnífico cuadro de la Virgen del Tránsito. La Madre de Dios, enmarcada en un hermoso cuadro de pan de oro, con sus cabellos rubios y sueltos en su ascensión a la gloria por hialinos cielos, ojos claros y manos abiertas en su sacra subida, rodeada de célicos arcángeles, ángeles, serafines y querubines.

Detrás del cuadro de la Virgen, iba el párroco con capa pluvial, predicando sus contristados paramentos y melancólicas salmodias. Siguiéndolo, un diácono portando una enorme cruz de plata, rodeada por seis monaguillos que blandían sendos incensarios que inundaban el ambiente de penetrante olor místico. A continuación venían las congregaciones religiosas seguidas de la plana directiva de la Railway; cerrando filas, los abnegados obreros carrilanos de la ruta, las gentes del pueblo y la banda de música de la Beneficencia Austro – Húngara.

Llegados a la cima del cerro, donde se había improvisado un hermoso altar, el párroco celebró una misa de campaña. Ya alto el mediodía, invitados por los concesionarios del ferrocarril, todos los peregrinos se acercaron al humeante asador de aromatizadas carnes tiernas y al enorme perol de espeso locro cerreño.

¡Santo Remedio!.

A partir de entonces desaparecieron los gatos y las tremendas dificultades anteriores; tanto es así que, a las doce del día 28 de julio de 1904, la locomotora número cien, halando adornados coches con las banderas peruana y norteamericana, entraba triunfalmente en la estación de la Esperanza inaugurando el tramo ferroviario la Oroya – Cerro de Pasco.

 

 

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