LA MURUCATA (Cuento goyllarino)

murucata

Cuando el agua, sempiterna enemiga de los mineros cerreños, fue finalmente vencida gracias a la tenacidad del inglés Richard Trivithick que instaló bombas de vapor en el paraje de Santa Rosa, se hizo apremiante la necesidad de contar con abundante combustible para avivar la fogosidad de los motores.

Se indagó con entereza, se rastreó en todo el territorio pasqueño y de diversos y lejanos confines se trajo la turba necesaria para este cometido; sin embargo, los precarios yacimientos se agotaban con prontitud. Como era natural, la búsqueda de nuevos filones de carbón, se hizo incesante.

En esta época –mediados del siglo XIX– en que los pastores que transitaban con sus rebaños por los territorios yermos, cubiertos de verde pasto natural de Cuyllurishquishga, ocurrió un hecho misterioso.

Una noche clara y hermosa, iluminada por una luna enorme y brillante, los pastores  escucharon –aumentadas por el silencio de la noche- la voz alegre y apremiante de una mujer que entonaba bellas canciones en quechua, y en todas ellas, llamaba insistentemente a los hombres, conminándolos a que la amaran con premura. Tentados de descubrir el prodigio, los pastores acudieron presurosos al lugar donde brotaban las canciones. Con sigilo y cautela fueron acercándose hasta llegar a una elevación desde donde, admirados, pudieron verlo todo.

A la puerta de una profunda caverna una atractiva mujer, cantaba alegremente y con pasos ágiles y felinos, danzaba excitante ante los admirados ojos de los rabadanes.  Ataviada con un atuendo de vivos colores cubiertas de riquísima pedrería, portaba en la mano una pequeña manta de color blanco con pintas negras y azules que, a modo de bandera, lo agitaba por los aires, llevando siempre el compás de su música exquisita. Los pastores estaban mudos e inmóviles. Cuando la alegría había llegado a su clímax, se cubrió las espaldas con su manta negruzca (muru cata) fijándola con un enorme prendedor (tickpe) y cesando sus cánticos, dio vuelta y entró en la caverna.

Al comienzo, los hombres permanecieron anonadados e indecisos sin saber qué hacer, mas luego, repuestos de la sorpresa, temerosos e inquisitivos se acercaron y armándose de valor llamaron a gritos a la beldad. La profundidad de la caverna les devolvió el grito centuplicado por el eco. Llamaron dos veces más, después de esto, oyeron que la mujer les contestaba con atiplada voz.

  • ¡Entren y ámenme! Si me aman, les regalaré con mi murucata y serán muy ricos.

No se escuchó ni una palabra más. Los pastores, acoquinados, no tuvieron el suficiente valor para entrar.

Al día siguiente, muy temprano, dieron la noticia a su amo don Samuel Benavides quien reunió a muchísimos hombres que llevando lámparas y herramientas entraron en la caverna donde al fulgor de los candiles, brillantes reverberos devolvían la luz a través de las múltiples y vidriosas facetas de la lustrosa antracita: habían descubierto una fabulosa veta de carbón.

Emocionados por el hallazgo, denominaron con el nombre de MURUCATA (Manta Negruzca) al riquísimo filón de la bellísima mujer que, se supone, era la dueña de estas espléndidas riquezas.

 

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