Atardecer en la tierra cimera del Perú

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Fantasmagórica imagen de los últimos tramos de una ciudad heroica antes de caer derruida por aterradores explosiones y hambrientos buldóceres y cargadores frontales que la han convertido en tétrica sepultura.

Como surgida de un sueño la vemos iluminada con los agonizantes rayos solares de una tarde que muere. Detrás, como fatídico presagio, las nubes que se está ennegreciendo en cerrazones que desatarán una lluvia inmisericorde.

Limitadas por un precario alambrado, límite entre la agonía del pueblo que muere y su sepultura abismal que la está devorando, el supérstite tramo de la vieja calle dos de mayo en la que se ve la vieja peluquería de los Morón, casa de la familia Martel, el callejón que conducía al consulado italiano, muy junto a la residencia de la italiana familia Rosazza, de los Evangelista Rispa, de la familia Canta. En la esquina, la “chingana” del viejito “Incacho” Marcelo, inolvidable huarique de viejos legendarios que en los atardeceres, como se ve en la foto, se reunían para gozar de los postreros rayos del sol. Allí se reunían, don Juanito Arias Franco, don Toribio “Calaver” Díaz, don Pedro Santiváñez, don Víctor Rodríguez Bao, don Ramiro Ráez, Manuel Shiraishi y otros viejos y legendarios contertulios.

Dos casonas más donde funcionaban almacenes y oficinas del Estanco de la Sal; luego está el Hospital Carrión que antes se denominó “Providencia” con su vieja historia y su torre centenaria en donde el reloj armado por  el mismo Pedro Ruiz Gallo, marcó a por muchos años la vida del pueblo. Más allá la casa del señor Quito, sastre de leyenda y, detrás, la casona de don Ciprino Proaño, el patriarca. Nótese que todas estas casonas tenían sus balcones que le daban una hermosa personalidad a nuestra tierra. Ahora ya no están. Toda la grandeza de un pueblo que, a través de cinco siglos, le ha dado la vida a la patria.