EL PRIMER DESENGAÑO (Primera parte)

Antes de comenzar este relato, hago llegar mi saludo de admiración y afecto a la artista nacional Gabriela Pérez Tasayco –mi nieta querida- que ha realizado este apunte de una fotografía del protagonista cuando éste contaba con ocho años en su lejano Cerro de Pasco. De igual manera hago llegar mi gratitud a los amigos cerreños que el fin de semana llegaron  a visitarme regalándome con placenteros momentos que no olvidaré. Mil gracias.

cushuro

En el inolvidable barrio “Misti” vivió, entre otros niños pequeños,  el “Cushuro”. Cuando la muerte se llevó a sus padres, quedó desamparado. Tenía seis años. En aquel instante, la generosidad de su abuelo materno, un legendario herrero de la “Mining”, lo llevó a vivir a su casa; su abuela en cambio lo recibió a regañadientes. Vio en él una dura carga al que no tardó en demostrarle su mala voluntad y un acérrimo odio vitando que, en todo tiempo, lo puso de manifiesto. En la casa le asignaron un rincón para que durmiera y, desde niño, lo pusieron a trabajar. Para sobrevivir, tuvo que alternar sus estudios con los rudos trabajos que le encomendaban. Tenía la  responsabilidad de  transportar, semanalmente, cincuenta kilos de carbón que la Compañía repartía a cada uno de sus obreros; su abuelo era uno de ellos. Una tarea verdaderamente dura pero pese a sus escasas fuerzas, llenaba el carbón en un costal, lo subía a la balanza para su pesaje y finalmente lo transportaba en enorme carretilla de hierro por una ruta tan escabrosa como difícil. Nunca en su vida tuvo ocupación tan tremenda. La otra era llevar, cada semana, la comida para los cerdos que su abuela criaba en los corrales de la casa. La vieja había establecido que el domingo, a las once de la mañana, hora de misa solemne, tenía que pasar por la iglesia con su carga nada agradable de dos baldes de desperdicios que alimentaban a los chanchos. ¡Cuántos “niños bien”, compañeros de clase, le veían cumplir con aquella humillante tarea! En todos los años de su vida jamás pudo olvidar el enorme infortunio que entonces invadía su espíritu. ¡El mejor alumno de la clase realizando tareas humillantes y desdorosas! Jamás logró superar aquella infamante huella en su alma. Era un niño muy triste. Nunca se le veía sonreír. Sus juegos se limitaban a las correrías por toda la extensión de su barrio. Parecía un animalito silencioso y solitario. Un día, su abuelo le regaló con una pequeña casita tan desvencijada y triste que él adecuó para su “mundo”. Allí, cumplidas sus tareas se encerraba a jugar, pero sobre todo, a leer. Aprendió a estar solo. En completo silencio, temeroso de ser sorprendido por la vieja cruel. En una esquina había adecuado un ambiente con aparatos que encontraba y alucinaba estar en una nave espacial como la de “Flash Gordon” de aquellos tiempos; en otra, “armas”, correas, “monturas” y toda la parafernalia de un rancho tejano del  lejano oeste; en otra, apilando cajas vacías de dinamita, su primigenia biblioteca donde colocaba sus revistas “Billiken”, “Pif – Paf”, “Peneca” y sobre todo, “Leoplán”, en donde leyó las más notables novelas de Dumas, Víctor Hugo, Julio Verne, Emilio Salgari, Jack London, y un libro tan viejo como voluminoso de “Las Mil y una Noches”. El tesoro de esta su biblioteca era la colección de “El Tesoro de la Juventud” que ganó en un concurso del Día de la Madre. Se enfrascaba en sus lecturas para soñar con otros mundos, ajenos al duro y despiadado que estaba viviendo. La otra misión, difícil y riesgosa, era la de ir a las cuatro de cada mañana a la cola de pan y, traer la ración diaria que el Prefecto había ordenado para cada familia. Por la tarde, saliendo de la escuela, la inacabable cola para comprar azúcar. No importaba el tiempo que hiciera. Muchísimas veces, bajo la inclemencia de truenos y rayos, nieves abundosas o diluvios implacables, pasaba horas enteras para lograr la ración cotidiana de cien gramos por familia.  Y, diariamente, antes del almuerzo, el llenado de agua en cubos y bateas para el consumo y el lavado de ropa. Para ello tenía que caminar una distancia considerable hasta el pilón donde, por riguroso turno, debería recibir el agua en sus baldes. Uno de esos días conoció a Julia.

 Ella tenía dieciséis años. Era alta, con un cuerpo generoso para su edad y una belleza recatada y muy tierna. Llevaba con donaire sus ropas pobres pero muy limpias. Al sonreír, su rostro trigueño con pronunciadas chapas rosadas, era un homenaje a la vida. Su pelo negro y hermoso, liso y bien peinado, se juntaba en unas trenzas que terminaban en listones rojos. Siempre estaba ocupada. Sus manos no estaban ociosas; unas veces hilando kilométricos hilos de lana en su “Puchka”; otras, tejiendo medias, chompas, chalinas, o gorras, que usaban sus familiares para soportar el frío. Siempre estaba sonriendo. Sus labios carnosos y abiertos dejaban ver unos dientes parejos y muy blancos; ojos intensamente negros, resguardados por prolongadas pestañas; caminar grácil e inquieto, incansable en su servicial comedimiento laborero. Sin duda tenía que afrontar serios problemas, sobre todo económicos, pero nunca los hizo conocer; era hermética y muy recatada. Cuidaba de su padre, un viejo obrero que laboraba en la mina, y de su madre, una anciana que lavaba ropa. Ambos salían a trabajar muy temprano dejándola para que atendiera todos los quehaceres del hogar. En cuanto llegó al barrio se hicieron muy amigos.   

         Al encontrarse en plena tarea del traslado de agua, le llamaba exultante: -“¡Cushurito!, ven aquí. Sírvete!”, y amorosa le alcanzaba unos platillos que guisaba, o dulces que preparaba muy bien. Había que ver el comedimiento y el tierno gesto con el que le alcanzaba su convite que él agradecía muy emocionado. Más tarde él le retribuía con chocolatines “Alí Baba” que tanto le gustaban o con canciones, entonces de moda, que igualmente quería. Otras veces por la tarde, cuando lavaba su frondosa cabellera negra y se soltaba toda la cascada sobre sus hombros, parecía más hermosa; inolvidablemente hermosa, pero más mujer. Él la quedaba mirando extasiado. Para entonces comenzó a sentir por ella  un afecto inédito nunca antes experimentado. No podía apartarla de su mente en ningún momento y, cuando estaba en su compañía, le agradecía la bondad de sus atenciones, la sutil coquetería de sus juegos y, muy pronto, se dio cuenta que cada día necesitaba más de su presencia, de sus palabras, de su calor. Sólo ella, con su plática simple y cariñosa, podía compensar la inmensa soledad que envolvía su vida. Por las noches, cuando la luna estaba fija, allá arriba, y la silenciosa serenidad se prestaba para ello, él interpretaba algunas canciones entonces de moda que las enfermeras del Hospital Americano salían a escucharlas y le regalaban con cariñosos aplausos, al terminarlas. Ella era la más feliz. Le prodigaba una mirada muy significativa, cargada de amor.

 Por qué no han de saber,

que te amo vida mía,

por qué no he de decirlo,

si fundes tu alma, con el alma mía.

 

Qué importa si después,

me ven llorando un día,

si acaso me preguntan,

diré que te quiero, mucho todavía.

 

Se vive solamente una vez,

hay que aprender a querer y a vivir,

hay que saber que la vida,

se aleja y nos deja, llorando quimeras.

 

No quiero arrepentirme después

de lo que pudo haber sido y no fue;

quiero gozar esta vida,

teniéndote cerca de mi hasta que muera.

Continúa……

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