EL PRIMER DESENGAÑO (Segunda parte)

el-primer-desenganoUna tarde, ¡Cómo lo recordó siempre!, le cogió la cabeza y con una delicadeza muy especial, suavemente, con cariño, comenzó a peinarle. “¡Qué lindo cabello tienes; se parecen a los “cushuros” que crecen en el agua!”, le dijo, y para mejor acicalarle, le acercó a su busto generoso. En ese momento experimentó una emoción nunca antes sentida y, sin darse cuenta de lo que hacía, se abrazó a ella. Se abrazó como una hiedra lo hace con el tronco que lo cobija; con la desesperación de quien nunca había sentido una caricia; con el hambre de amor que todos esos años había esperado; y el calor del cuerpo de Julia, joven, bullente y cálido, le transmitió una sensación extraordinaria, vivificante, que lo inundó todo. Cuando un rato después levantó la cara para mirarla, la vio tan cercana, tan lindamente cerca, que cogió su carita chaposa entre sus manos temblorosas y la besó con amor, con mucho amor, con fiebre, con el hambre del afecto que bullía en su sangre. Fue el primer beso de su vida. Ese día cumplía doce años. Un mundo de felicidad inundó su espíritu y, loco como unas pascuas, corrió como un demente por el barrio. Esa noche no jugó con los otros chicos. Se sentó en las gradas de una vieja escalera y se puso a meditar muy serio. Todos se extrañaron. Se sentía feliz, extrañamente feliz. Un  hombre hecho y derecho. No podía creer, a pesar de haberlo vivido, que a él le estuviera ocurriendo semejante milagro.

 Toda una vida, me estaría contigo,

no me importa en qué forma

ni cómo ni dónde, pero junto a ti.

 

Toda una vida, te estaría mimando,

te estaría cuidando, como cuido a mi vida

que la vivo por ti.

 

No me cansaría de decirte siempre

pero siempre, siempre que eres en mi vida,

ansiedad, angustia y desesperación.

 

Toda una vida, me estaría contigo

no me importa en qué forma

ni dónde ni cómo, pero junto a ti. 

         Una noche inmensamente azul, completamente estrellada, tomados de la mano contemplaban en silencio aquel poema sideral de grandeza cuando, como desprendiéndose del cielo donde hasta entonces había estado, un lucero brillante cayó dejando una estela de blancura que pronto desapareció. Rápido, casi atropelladamente, ella le dijo: “¡Pide un deseo, pero no me lo digas a mí, ni a nadie. Que sea para ti solo. Si no, no se cumplirá”. Hubo un prolongado silencio en el que hizo lo que le encargara. “Todos esos luceros, son las almas de los seres que queremos y ahora están en el cielo desde que murieron; ya no están más con nosotros”. “¡¿Sí….?!”. “¡Claro. Yo estoy segura que tu papá y tu mamá están allá arriba, convertidos en luceros. Te están mirando y te están cuidando”. Hubo un largo silencio. Finalmente dijo: “Ya ves, no estás tan solo como crees. Además, me tienes a mí. Yo te quiero mucho”. No dijo más y, se besaron.

 Desde Entonces, todo fue felicidad. Cuando las locomotoras, como gigantescos monstruos anhelantes comenzaban sus resoplidos a las cinco de la mañana, se vestía emocionado e iba a llamarla. Tocaba levemente a su puerta pero ella ya le estaba esperándolo lista para partir. Llevados por la alegría y con el fin de atenuar el frío de la hora iban corriendo a campo traviesa hasta llegar a engrosar la fila para la compra del pan. En su desplazamiento jugaban como locos en el parque infantil que está en el trayecto, columpiaban, alternaban en el sube y baja, subían a los toboganes, una y otra vez, hasta quedar sin resuello; cuando nevaba, armaban gigantescos muñecos de nieve o simplemente  rodaban enormes moles que crecían más y más con el avance. Terminaban arrojándose bolas de nieve en guerra sin cuartel, siempre en alegre jolgorio; después, ya ateridos, se tomaban de las manos y así llegaban a ocupar su emplazamiento en la cola. Ella se ponía detrás y le cubría con su pañolón para abrigarle. Él, en el tiempo que duraba su inamovilidad, le contaba historias que leía continuamente; especialmente las narraciones de Scherezade en “Las mil y una noches” o pasajes de las novelas de “Leoplán”. Otras veces, inventaba historias que ella escuchaba  con mucho amor. Entre tanto, él no sólo experimentaba el calor del cuerpo generoso de su compañera de juegos, sino también una extraña sensación que más tarde, mucho más tarde, logró definir. Eso acontecía diariamente.

 Algunas veces, sin que los muchachos del barrio se enteraran, se citaban al manantial de “Garga” para encontrarse. Éste era un idílico lugar con una verde alfombra de pasto enmarcando el manantial de aguas límpidas que discurrían a las zonas bajas. Allí llegaba ella –como una ayuda para su madre- con enorme carga de frazadas y ropas de lana para lavar. Primero las remojaba y embadurnaba con greda -arcilla arenosa que, como por encanto, sacaba la grasa y suciedad- se quitaba medias y zapatos, remangaba sus polleras dejando al descubierto sus piernas hermosas y bien torneadas procediendo a pisotear las piezas engredadas, como hacen con las uvas en un lagar. Sonriente, le invitaba a participar del rito y, contagiado de su entusiasmo, también hacía lo propio. Después, cogiendo una por una, las introducía en la corriente de agua que arrastraba toda la grasa y suciedad. En la acción podía ver sus brazos y sus senos bajando y subiendo prolijamente, incansables. Después las exprimía con gran esfuerzo, las tendía sobre la hierba y, en dos horas, ya estaban secas. Cuando las doblaba para llevarlas, emitían unos sonidos raros como de algo rompiéndose y, en la oscuridad de la noche, producían sonidos de chispas brillantes que, como por acto de magia, salían de las frazadas de lana.

 Continúa….

 

 

 

 

 

 

 

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