EL PRIMER DESENGAÑO (Tercera parte)

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El jueves santo de aquel año fueron al campo a recoger flores para la  procesión del día siguiente. Salieron muy temprano llevando sendas talegas para transportarlas, también alimentos, frutas y  refrescos. Tomados de las manos, libres de cualquier atadura, se perdieron por las inmensidades de Yanamate, cantando y conversando alternativamente. En todo ese tiempo abrieron sus  corazones y volcaron, uno a otro, íntimas confesiones que sólo con los que se quiere se puede compartir. En muchos pasajes la vio llorar con mucha tristeza. Sufría por sus padres, por su pobreza, por todas las limitaciones que la acosaban. ¡Cuánto llegaron a conocerse aquel día santo! Después de las cuitas, recogieron  gran cantidad de pequeñas flores llamadas “Para – para huayta” (“Flor de los cerros”) de inmensa variedad de colores. Ella por su parte, utilizando un gancho metálico, sacaba también una buena cantidad de raicillas como diminutas yucas. “Es “cachu – cachu” –le dijo- nuestro chicle”. Juntó la lechecilla hasta conformar una bola y dándole a la boca: “Mastica”, le dijo. Parecía un trozo de jebe, sin sabor alguno porque no tenía nada de azúcar pero, él cayó en la cuenta de que su masticación, mantenía los dientes muy limpios con aliento fresco. Ya con las sombras apoderándose del paisaje, tomados de la mano, retornaron exhaustos por la prolongada caminata.

 Por aquellos días, cuando pasadas las cinco de la tarde, los muchachos  se enfrascaban en disputados partidos de fútbol. Al borde de la cancha veían al joven arquero del “Club Sport Unión Railway”. Alto, joven, bien parecido, con manos gigantescas y notable envergadura; piernas poderosas y, lo más notable en él: sus glúteos  enormes; parecían el doble del tamaño de lo que debieran ser. La chispa e imaginación de los aficionados le clavó un apodo que lo pintaba de cuerpo entero: “Waca siqui” (culo de vaca). Todos los jóvenes contendientes abrigaban la secreta esperanza de que el arquero los observaba para llevarlos a filas del club ferrocarrilero y, sin ninguna restricción, demostraban sus condiciones futbolísticas. “Chalacas” espectaculares, impecables “palomitas”, “wachas” oportunas y atildadas, interminables “cabreos”, “planchas”, “cocos” y vistosos desplazamientos en clara demostración de inacabable “físico”. ¡Qué no hacían! Eso, diariamente. Soñaban con vestir la gloriosa camiseta azul del Railway, cantera prodigiosa de talentos futbolísticos de entonces. Fatalmente, a costa de todos sus sueños, descubrió el error en el que estaba viviendo.

 Una madrugada encontró su puerta tan sólo entornada. Con el fin de sorprenderla empujó y, entró. El chirrido la despertó y sorprendida se sentó;  quedó mirándole, roja de sofocación, despeinada, estupefacta. No podía articular palabra.  Sólo sus ojos, sus enormes ojos, estaban fijos en él. Notó que a su lado, había un bulto inmóvil. Ambos lo miraron. Cuando le preguntó quién era, el bulto descubrió la sábana. Quedó mudo. Era el maldito “Waca siqui”, igualmente despeinado y rendido, que estaba durmiendo al lado de aquella preciosidad que era, no parte, sino toda su vida. En un instante lo comprendió todo. Un remolino de emociones inundó su alma, mezcla de ira, impotencia, desamparo y tristeza. Se sintió como acuchillado en el corazón. Era una emoción que no esperaba recibir. Un llanto convulsivo se apoderó de él y salió corriendo, huyendo, a donde le llevase el destino. Corrió por los campos, camino de cualquier parte, escapándose de aquella negra suerte que se había disfrazado de efímera felicidad. Aquel día no asistió a la escuela, se perdió por esos campos desolados y lloró como nunca porque creía que no tenían derecho a hacerle eso. Se sintió traicionado, incomprendido, solo, desesperadamente solo. Desde entonces, ya no fue el mismo.

 No he tenido en la vida ni un momento de felicidad;

yo he sufrido en la vida lo que nadie ha sufrido jamás.

Para qué hablar de amores, si el amor es un soplo fugaz,

es perfume de flores que como viene se va.

 

Y vivir para qué, cuando ya no hay amor, qué me importa la vida

Y vivir para qué, cuando ya el corazón ha perdido la fe.

No he tenido en la vida,  ni un momento de felicidad,

yo ya estoy convencido que todo es mentira, que nada es verdad.

 Ella –le contaron sus amigos- le buscó para hablar y explicarle lo que había acontecido, pero jamás lo logró. Él la evitó por todos los medios. Prefirió caminar con sus enormes baldes rodeando la  vieja casona por no volver a verla, compró los panes de otro lugar y prefirió pelarse de frío a verla. Un día le contaron que a su “querido” –con el que se había unido- lo habían cambiado de colocación en un pueblo cercano y que ella se había ido con él.

 Cómo sufrió aquellos años. Cuánto daño le había hecho el vivir esperanzado, aferrado a una felicidad que no sólo fue efímera sino muy cruel. El único ser que con él compartía tristezas y alegrías, el amor de su vida, la había traicionado. Sus días se tornaron grises y vacíos. Tardó muchísimo tiempo para acostumbrarse, pero poco a poco, fue olvidándola. Así pasaron los años y, ¡lo que son las cosas!; la volvió a encontrar.

 Aquella tarde de diciembre de 1964, sepultaban a setenta y cuatro mineros muertos en una explosión en la mina de carbón de Goyllarisquizga. En su condición de Presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios, cargaba al primero de la fila, pero, sea por las malas noches continuas, el dolor que experimentaba por la desgracia, por el cansancio, o por lo que fuere, al superar una subida, sintió que el corazón se le encabritaba de angustia y, un dolor parecido a un ahogo, le cerraba el pecho, entonces, encargando a otro colega para que le reemplazara, salió de la fila y llegó a una casa por donde pasaba el entierro. A la puerta, entre la penumbra, vio a una señora y le pidió que le regalara con un vaso con agua. Al momento le sirvió muy comedidamente. Después de tomar unos sorbos sintió un alivio que le permitiría seguir adelante. Agradecido entregó el vaso: “Gracias, señora”. Entonces escuchó  como salida del ayer, la voz de ella: “No tienes por qué, cushurito”- siempre le había llamado así. Sorprendido miró con más atención y entre la penumbra la vio. Estaba muy delgada y avejentada, pero seguía siendo bella. No dijo nada, no podía hablar. Hay heridas que nunca se curan. Se quedaron  mirando un buen rato sin proferir palabra alguna.  En silencio se retiró de aquella casa cuando, enorme y pesaroso, un lagrimón amenazaba rodar por sus  mejillas…

 

Después de tanto soportar la pena se sentir tu olvido,

Después de todo te lo dio mi pobre corazón herido,

has vuelto a verme para que yo sepa de tu desventura,

por la amargura de un amor igual al que me diste tú.

 

Yo no podré ni perdonar ni darte lo que tú me diste,

Has de saber que en un cariño muerto no existe el rencor.

Y si pretendes remover las ruinas que tú misma hiciste,

sólo cenizas hallarás de todo lo que fue mi amor.

 

 

Fin………..

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