EL TAMBO COLORADO

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Era un precario alojamiento para los numerosos comerciantes que venían a vender sus productos en nuestra ciudad. Los hoteles: Universo,  América, Champa, Internacional y otros,  estaban dispuestos para comerciantes al por mayor que podían solventar sus costos muy elevados.

La particularidad de este local era su disposición interna. Posada en un enorme salón interior donde los huéspedes premunidos de sus pertenencias se acomodaban como podían. Había un enorme corral adyacente para guardar sus acémilas de transporte. En el salón que daba a la parte delantera -empalme de la subida de Santa Rosa con la calle del marqués- se dispuso una amplia sala que fue convertida en burdel de ínfima calidad donde recalaban los trabajadores de las minas, comerciantes minoristas, mercachifles, hombres desasidos de la fortuna y muchísimos tarambanas, borrachos y busca líos. Las hetairas o servidoras diligentes eran atractivas mujeres jóvenes venidas de lugares cálidos cercanos a la ciudad y, una que otra cerreña, avenida a esa tarea.

!Ay! rosita, rosa

qué estarás haciendo,

en la noche oscura

con el taita cura.

 

                   Cura durmiendo,

                   sacristán borracho,

                   levanta la sotana….

!Que siga la jarana…!

El animador musical del lenocinio era el ciego Clemente Aramburú, más conocido  por “Aramburucha”, eximio mandolinista que hacía flores con su pequeño instrumento al que cariñosamente llamaba “Mi Sirena”. Conformaba el conjunto, Bernabé Quispe,  “Bernacho”, un arpista notabilísimo que había sido maestro del genial “Tany” Medina. El que se afiataba al conjunto era un guitarrista extraordinario: Selenio Ronquillo, más conocido por “Huallpa pecho” (Pecho de gallina) que con su voz muy hermosa alegraba las reuniones. Finalmente, Liborio Soncco, violinista de hartos merecimientos, conocido por la “Sonso” Liborio. Un conjunto precario pero de altos merecimientos musicales.

Toda la noche sonaban los huaynos y cachuas, alegronas, pícaras y retozonas. Al amanecer la comunitaria “Pirwalla pirwa” huamanguina en la que participaban todos sin ningún tipo de remilgos y,  alternando, la “Relojera cajamarquina” que sorprendía a más de un inadvertido. Alternando con sus viajes a sus aposentos  personales todos gozaban de lo lindo.

 

Por ti, negrita,

pierdo la vida;

ese tu marido

me matará.

 

A un barranco

me echará;

los gavilanes

me comerán.

El lazarillo y acompañante de “Aramburucha” era una hermosa mujer joven, huamanguina como él, que se le había unido enamorada por su arte y conmovida por su invalidez. Durante la jarana, la mujer sincopaba con sus manos la caja del arpa de una manera admirable. “Aramburucha” que era muy celoso, estiraba las polleras de su mujer y se sentaba sobre ellas para que no pudieran sacarla a bailar.

 

A mi me llaman borracho,

a mí me llaman tunante;

así borracho y tunante,

                                      cambio, cambio, cambio mujeres….

 Desde el comienzo de su periplo histórico hasta sus últimos instantes, fue escenario de mil y un avatares que dio mucho que hablar a las gentes del pueblo. Cuando se encontraban los mineros de dos minas rivales –por ejemplo- dirimían a golpes sus diferencias. Una que otra vez, los celos eran las chispas que encendían las peleas.

 

!Ay! chuchulaiqui,

!Ay! chuchulaiqui,

paltas Tarman niraiqui,

paltas Tarman niraiqui.

 

!Ay! siquilaiqui,

!Ay! siquilaiqui,

zapallo huancar

niraiqui.

         De entre los numerosos parroquianos que frecuentaban al Tambo, resaltaba con colores propios un cura italiano, alegre y borrachín, bebedor empedernido del rico aguardiente de caña de Vichaycoto, llamado Renzo Tubino que por el tufo que emanaba quedó con el nombre del “El Cura Tufino”. Expulsado del “Rancho Grande”, mancebía de los poderosos que no querían verlo ni en pintura, menos aún de “Rancho Chico”, recaló con su pesada humanidad en Tambo Colorado donde se conchabó con una cholita huanuqueña y hablantina a la que llamaban “La Socavón” -vaya usted a saber el por qué del apodo-. El caso es que cuando el cura llegaba todo el mundo se aprestaba a verlo bailar porque al hacerlo parecía un trompo, incansable y alegre, no obstante su pesada humanidad. Todos lo festejaban. El cura feliz.  Era muy alegre y manirroto, querido por todos. La última noche que había bebido tanto, su rostro se puso como un globo colorado, a punto de explotar. No hizo caso de las advertencias que le hicieron. Cuando llegó un momento de máxima alegría con una relojera cajamarquina bien tocada, el cura rodó por los suelos al terminar el baile y quedó frío con una mirada enigmática y terrible fija en el infinito. En el hospital de la Providencia el médico que lo examinó solo alcanzó a decir. “Fue una embolia cerebral”. No dijo más y le cubrió la cara.

Yo le pegué a mi cholita

Con un justa razón,

porque le encontré lavando

del Pedro su pantalón.

 A esta desgracia se sumó la pérdida de “Mi sirena”. Una noche, un bromista, aprovechando que Aramburu había ido con su mujer al baño, cubrió la mandolina con un poncho y, el ciego al volver se sentó sobre ella. Al oír el crujido “Aramburucha” pegó el grito al cielo como si lo hubieran apuñalado. Su mandolina se había convertido en astillas. A partir de aquella noche en que lloró hasta conmover a los mineros más recios, se sumió en una tristeza enorme y dejó de ser el artista que tocaba su instrumento para alegrar a los demás.

Por aquello días había un descontento general en el país. Se había declarado ganador de las elecciones generales al mocho Sánchez Cerro. Hasta en el Cerro de Pasco donde se le odiaba como a nadie, había “ganado” al candidato aprista. Nadie quedó conforme y en el pueblo se preparó una asonada de protesta para los primeros días de diciembre de 1931. Lo comandaría el mismo Víctor Raúl Haya de la Torre. Se movilizarían las ciudades más importantes del ámbito nacional oponiéndose a la ascensión del “Mocho” que debía realizarse el 8 de diciembre. El jefe absoluto de este movimiento en nuestra ciudad fue el constitucionalista Pedro Muñiz, ingeniero que había trabajado en nuestras minas por lo que contaba con numerosos amigos. En cumplimiento de lo pactado fue tomada la ciudad minera esperando el apoyo de las otras ciudades apristas del Perú como Huánuco y Huancayo. Fatalmente estos no se manifestaron y, en ese ínterin, llegan tropas de Lima al mando del Comandante Castro León, produciéndose un violento tiroteo en las calles del Cerro de Pasco especialmente en el Tambo Colorado que habían convertido en cuartel general de la insurgencia. Después  de una aparatosa balacera terminaron por debelar el movimiento cerreño. Ese día también murió el Tambo Colorado.

la-columna-pasco-libroLA COLUMNA PASCO es el libro que con ágiles pinceladas describe los arenosos paisajes – asfixiante infierno en el día, páramo helado en la noche- donde se desuellan los pies descalzos y sangran los labios cuarteados de estos andrajosos fantasmas que la improvisación y la incapacidad estaban enviando al cadalso. Es el canto épico a un extraordinario grupo humano que luchó denodadamente contra todos los elementos. Es el recuento del esfuerzo de todo un pueblo para respaldar a sus héroes; de las madres implorantes que al final no pudieron cerrar los ojos de sus hijos ni sepultar sus restos diseminados en los ardientes confines de la patria. En las quinientas páginas de este libro vemos trazados con mano firme los retratos de los héroes de la epopeya, la dimensión de sus sueños, de sus frustraciones y, sobre todo, de la conmovedora renuncia a la vida en la hora suprema del sacrificio. Sin quebrar la línea de equilibrio nos describe con sus virtudes y defectos a estos soldados legendarios que, lógicamente, no son dioses: son hombres; pero, ¡Qué hombres!

Adquiera su ejemplar llamando al teléfono 991467267, de 4.30 a 10.oo pm

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