CÓMO VIO EL PREFECTO AL CENTRO DE LA CIUDAD

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Kiosko Escardó

Chaupimarca es centro y corazón del Cerro de Pasco; escenario de mil y un avatares del pueblo minero, fue convertida en Plaza Mayor por los primeros españoles. Desde el siglo XVIII, hombres de diversas nacionalidades entraban y salían de los abarrotados comercios citadinos donde todo abundaba. Por sus aceras se cruzaban nobles empingorotados, riquísimos mineros, comerciantes y hacendados con desprotegidos de la fortuna que laboraban en una de las seiscientas minas que circundaban el paisaje cerreño. Los extremos se juntaban. No había término medio. La ostentosa riqueza y la inopia extrema de los que mandaban con los que obedecían.

Aquí edificaron  la iglesia matriz en homenaje a San Miguel Arcángel, patrono de la ciudad; colindante con ella, los edificios del Ayuntamiento, Tribunal Mayor, oficinas gubernamentales y viviendas del Alcalde y mineros principales. Desde aquellos tiempos, el tres de mayo de todos los años, las cofradías barriales convergían en esta plaza llevando en procesión la Santa Cruz que preside la fe de cada capilla: Huancapucro, Uliachín, San Cristóbal, San Atanasio, Curupuquio, Santa Rosa.

La escolta principal estaba formada por bailantes de “chunguinada”, hermosa danza nacida en la ciudad cerreña. A fines del siglo pasado, el cónsul de Francia en el Perú, admirado de la magnificencia de la festividad, pintaba así el acontecimiento:“La iglesia se adorna con sus más ricos ornamentos y las campanas anuncian con gran estrépito, según la costumbre, con la celebración de la Fiesta de las Cruces…Pronto la multitud es más numerosa y compacta. En todas partes se instalan toscas mesas; se vende chupe, charquicán, caldo de mondongo, carne tostada, pan, chicha y sobre todo, aguardiente. De repente, una música alegre da la señal del inicio de la fiesta. Grupos de hombres disfrazados de europeos,  enmascarados y muy alegres atraviesan las calles en danza muy hermosa que recuerda a la de los potentados mineros de antes; están cubiertos con grandes sombreros tachonados de  plumas de vistosos colores, muchas monedas cosidas en los vestidos bordados que resuenan con un ruido argentino en cada uno de sus movimientos. Un elegante cotón de color rojo recargado de vistosos bordados con dos enormes hombreras de plata como sólidas charreteras al hombro. Hombres disfrazados de mujeres, con sombreros de paja y sus niños a las espaldas, elegantemente ataviadas van en pareja por las calles. Más tarde la procesión sale por  fin, escoltada por los danzarines, con la asistencia del pueblo enfervorizado.”.

 Y el 16 de julio la gran celebración a Nuestra Señora del Santo Escapulario del Monte Carmelo: La Virgen del Carmen. Misa con panegírico y extraordinaria procesión el día central y, zarzuela, teatro, retretas, mojigangas, jugadas de gallos y memorables corridas de toros con la participación de notables espadas españoles, mejicanos y peruanos.

Había que ver aquellas corridas de antaño organizadas por el Círculo Taurino Cerreño. Se cerraban calles y callejones arteriales de la plaza con grandes carretones, se construían palcos, graderías y tablados. El Alcalde y sus regidores, los funcionarios, los cónsules extranjeros, el gobernador, los alguaciles, el cura párroco y demás personajes importantes de la ciudad tomaban asiento en los adornados balcones colindantes con la Iglesia; el grueso del pueblo en las improvisadas galerías. Cuando el clarín anunciaba el paseíllo, la Banda de la Beneficencia Española atacaba un postinero pasodoble y los diestros, luciendo llamativos trajes de luces seguido de sus cuadrillas saludaban a las autoridades y público minero, luego arrojaban sus elegantes capotes de paseo para ser lucidos durante la corrida. En los balcones, sonrientes manolas cerreñas de recamadas peinetas, mantones de manila de luengos flecos, pañoletas de ensueño,  y coquetos como inútiles abanicos, vivas estampas de Zurbarán y Julio Romero de Torres, trasplantados a la heroica ciudad de la plata.

Los toreros,  más que por los honorarios, venían  por los regalos que los ricos mineros les tributaban cuando  les brindaban un toro. Devolvían las monteras repletas de monedas de oro y plata. Además, el pueblo, contagiado de tanta prodigalidad, arrojaba monedas al ruedo para que los subalternos, picadores, banderilleros, monosabios y demás ayudantes las recogieran.

Unas cuadras más allá, siempre en ascenso al noroeste de la ciudad, orillada por graves casonas: la Plaza del Comercio. En toda su cuadratura se entremezclaban compradores y vendedores de todas las nacionalidades, especialmente europeos y asiáticos: austriacos, franceses, italianos, croatas, japoneses, chinos, que mercaban los más variados productos, especialmente los españoles; de Granada, Prego y Jaén, toda suerte de tejidos finos; de Toledo, medias,  puñales, espadas y dagas; de Segovia, paños y rajas; de Valencia y Murcia, rasos y sedas; de Córdoba, sedas, mantos y otros tejidos; de Madrid, abanicos, estuches, juguetes y curiosidades; de Sevilla, mantos, tejidos y medias; de Vizacaya especialmente hierro; de Portugal, gran variedad de hilos y otros tejidos; de Francia, todos los tejidos, puntas blancas de seda, oro, plata, estameñas, sombreros de castor y toda variedad de lencería; de Flandes, tapicería, espejos, laminados, ricos escritorios, cambrayes, puntas, encajes e indecibles géneros de mercería;  de Holanda, lienzos y paños; de Alemania, todo género de cueros, espadas, y mantelería; de Génova, enorme variedad de papeles de extraordinaria calidad; de Nápoles, medias y tejidos; de Milán, galanas puntas de oro, plata y telas ricas; de Inglaterra, bayetas, casimires, sombreros y toda clase de tejidos de lana; de Venecia, cristalinos vidrios de gran calidad. También   alimentos, ropas, herramientas, licores y vajilla. Surtidos fideos de Génova, salchichas de Bologna, sopas enlatadas de Francia, aceite de oliva y brillantes sardinas españolas, fornidos y variados quesos de Holanda, jamones y embutidos alemanes, bacalao noruego sin espinas, multicolores rollos de fina seda china, pimienta filipina, cerveza de Baviera, esencia de anís español, puros de la Habana, monillos, corsés y chupetines de Paris, zapatitos de cordobán de la Plata, tabaco de mascar de Turquia, fósforos suecos, ipecacuana brasileña, ron de Jamaica, auténtico café moka de Arabia, gran variedad de vinos y champanes franceses, estuches de jabones y perfumes franceses, “Penaud”, “Atkinson” y “Rimmel”. A un extremo de la calle, enormes piaras de mulas traídas por los muleros cerreños y argentinos  de los campos de Córdova, Tucumán, Salta, Jujuy, Santiago de Estero…

La calle Parra donde se aposentaba El Banco del Perú y Londres que el siglo pasado solventara jugosas transacciones mineras en oro y plata. Colindante con ella, el añoso Consulado de Su Majestad Británica en cuyo mástil flameó por muchos años, la bandera inglesa. Tras la fundación del Banco de Perú y Londres el 2 de abril de 1872, se recibió la primera oleada de ingleses, luego otro numeroso grupo de jóvenes que se destinó a trabajar en las minas, especialmente en la New Chuquitambo Gold Mines, que se dedicaba a la extracción del oro en la Quinua. Aunque resultaba chocante el que estos jóvenes altos, rubios, de ojos claros, alternaran con los japiris cerreños en las profundidades de los socavones, muchos adinerados dueños de minas, casaron a estos gringos con nativas beldades familiares con el fin de “mejorar la raza”. Así ha quedado descendencia de los Woolcott, Steel, Ferguson, Slee, Taylor, Stone, Wilson, Mac Donald, Thompson, Mac Evoy, Coleridge, Mac Lennan, Mac Intosh, Brown, Cronswell, Campbell, Blair, Trocedie, Lees, Borondige, Mac Leod, Mac Carthy, Mac Kensie, Foster, Cronswell, Royton, Sutton, Flemmeing, Duffy, Winder, Yantscha…Pero fue en 1889 en que la oleada inglesa fue más nutrida. Debido al éxito alcanzado con el primer ferrocarril de la costa en 1851, el Gremio de Mineros cerreños, encarga a Henry Mieggs, la construcción de un ferrocarril que partiendo de la Estación cerreña de la Esperanza, transportara los minerales  a las 120 haciendas metalúrgicas que estaban ubicadas al oeste de la ciudad en campos de Ocoroyocc, Quiulacocha, Tambillo y Sacra familia. La obra fue encomendada a los ingleses Wayman y Harriman a quienes Meiggs delegó su realización. Fue inaugurada el 1º de junio de 1869. Todos o casi todos  los trabajadores de este ferrocarril, desde los ingenieros, proyectistas, geólogos, dibujantes, y técnicos hasta los jefes de obra, eran ciudadanos ingleses. Solamente los braceros eran cerreños.

Junto al bagaje de conocimientos técnicos trajeron consigo la práctica del fútbol, deporte que acababa de adquirir personería definitiva en la  Universidad de Cambridge, en octubre de 1863. Toda la parvada de ingleses realizaba sus encuentros en los campos de Ocoroyocc ante la atenta mirada de los jóvenes cerreños que asimilaron las técnicas de este deporte. Andando los años se realizaron reñidos encuentros de fútbol entre equipos locales frente a ingleses. Estos disputados encuentros trascendieron nuestras fronteras locales; tan es así que enterados en Lima de la capacidad de nuestros hombres, son invitados para contender con combinados y seleccionados de Lima y Callao. Los periódicos de la época registran memorables triunfos de nuestros hombres desde 1909 hasta 1914 inclusive, en dos fechas anuales claves: Fiestas patrias y Fundación de Lima (18 de enero). El Cerro de Pasco al que nunca pudo vencer el seleccionado peruano de fútbol, es el primer pueblo provinciano que practica este deporte con gran éxito en el Perú.

En un altozano hallaron los numerosos ambientes de la  Diputación de Minería, Supremo Tribunal que regulaba el metalífero mercado en la colonia. Más allá, la extensión de un barrio muy querido que guarda una conmovedora historia: Cruz Verde. De este barrio hablaremos en otra ocasión.