Don Andrés Urbina Acevedo

andres-urbina-acevedo-2Su llegada al mundo fue coincidentemente premonitoria. Nació el 10 de noviembre de 1902, en la calle Parra, frente a la colonial, “Fundición de Barras de Plata del Cerro de Pasco”. ¡Quién lo diría! Andando el tiempo, llegó a convertirse en el más notable orfebre de nuestros sentimientos. No era para menos. La savia de su prolífica inteligencia, la heredó de su padre, don Silverio Urbina; su finísima sensibilidad, de su madre, doña Quintina Acevedo.

Cuando su inédito talento descubre -a sus doce años- el fascinante mundo del periodismo, ya nunca más podrá dejarlo. Llevado de la mano de su padre, el Director del periódico, sus primeros pasos los da en el cálido ambiente de “Los Andes”. Precoz laborero como todos los niños cerreños, no va a elegir como éstos la ruda escogencia de metales en la Picking – Plant de la Compañía. No. Animado por el acompasado traqueteo de las máquinas de prensa, va a crecer en ese mundo de papeles y tintas, de foliadoras y tipos, de rótulas y columnas, de monotipias y moldes. Cumplidos los veinticinco años, es ya Editor- Administrador del periódico que fue su poderosa barricada de lucha por las reivindicaciones ciudadanas. Sus editoriales cargadas de pasión son vívidos testimonios de su entrega a la causa minera reivindicativa. Hay que  leerlos para comprender su talento y aquilatar su grandeza.

Iniciado -por ejemplo- el cierre de las minas y el consecuente despido masivo de obreros a raíz de la quiebra de valores de la bolsa de Nueva York, su voz es enérgica en la protesta. Es lapidaria. A partir de aquel infausto octubre de 1929, sus páginas heroicas -banderas de reivindicación- no tendrán sosiego. Su indignación llega a límites extraordinarios cuando la mañana del domingo 7 de setiembre de 1930, la policía riega de muertos y heridos la subida de Santa Rosa y La Esperanza, tras salvaje masacre contra obreros cerreños; o cuando el 12 de noviembre de aquel año turbio, la homicida represión gubernamental cercena la vida de una treintena de mineros en el Puente de Malpaso.

En la Dirección de “Los Andes”, alienta la creación de los Sindicatos mineros del Cerro de Pasco, Goyllarisquizga, La Oroya, Casapalca, Morococha. Su apostólica pertinacia determina su persecución y la amargura del destierro en aquellos años de oscurantismo y tiranía; época heroica de lucha de sus hermanos de clase como Gamaniel Blanco Murillo, Washington Oviedo, Miguel de la Matta, Augusto Mateu Cueva, Gayoso, Marmanillo y muchos más.

Autodidacta como era, jamás dio tregua a su inquietud de aprender. Para cultivar su alma siempre acuciosa, hizo desfilar ante sus ojos, severos tratados de Gramática, temas periodísticos, doctrinas religiosas, teorías políticas, pero sobre todo, poesía, novela, historia, crítica. Nada dejaba de leer. Era un lector voraz e insatisfecho. Pero lo más saltante de todo es que, a medida que cultivaba su erudición, desarrollaba su sencillez y humildad. Cuanto más grande, más modesto.

Sus ojos pulidos por mil literaturas habían perdido la agudeza visual de los aciertos, y en su miopía cada vez más creciente, conservaba impresas inolvidables imágenes de la vida minera que, aliñado y emotivo, las volcó en los cordajes del pentagrama popular.

Por singular destino pudo formarse con los mejores poetas de su tiempo: Ambrosio Casquero Dianderas, Lorenzo Landauro, Felipe Germán Amézaga, Arturo Mac Donald, Enrique Ferrari, Eugenio Chocano, Oswaldo Robles…con todos ellos se puso a develar los misterios de la literatura. A todos ellos les abrió las puertas de su diario. De todos ellos publicó sus trabajos.

No obstante la fuerza de su carácter, de su indestructible espíritu de lucha, podemos hallar, en sus versos, una delicadeza de sentimientos tiernos y testimoniales.

Toda su fuerza expresiva radica en la elocuencia de su poder creador; de su experiencia directa en los hechos cotidianos que inspiraron sus composiciones. La poesía de don Andrés, ya contemplativa, ya testimonial, ya premonitoria, ya erótica, ya graciosa o plañidera, es hija legítima de sus más recónditos pensamientos. Como nadie, en sus versos, deja traslucir su preocupación por el destino de la tierra que tanto amó y, sin ser testigo directo de la destrucción que el “Tajo Abierto” ha perpetrado, premonitoriamente escribió sus versos

Es cantor libre y sincero como los pajarillos de nuestros campos serranos. Emite todas las notas del alma, desde la atronadora y rugiente del bardo rebelde, hasta la dulce y suave que vibra en la serenata de una noche de luna.

Había que verlo cuando se inspiraba. Un enigmático silencio lo rodeaba respetuoso, sumergido en ese mundo misterioso de su astro. Los dedos de su mano izquierda -ábaco de vida- contaba los versos de su inspiración en el golpe pendular de las sílabas. La derecha, deslizándose con gracia decoradora, iba dibujando las letras de prolongadas colas y artísticos remates. ¡Caligrafía hermosa! Más tarde, en el pulido final de orfebrería, tarjaría sílabas y frases, mientras sus ojos entreabiertos, buscaba sinónimos sonoros para encuadrar sus rimas. Estaba creando. ¿Por qué la lente  de un Mariño, Hurtado, Ordoñez, León o Lavado, -fotógrafos de entonces- no perennizaron esos momentos?  No lo sé. Tal vez porque era pobre, humilde y humano, es decir: poeta; artífice de la palabra enjoyada, galana y hermosa; acertado pintor de vivencias mineras y, vaticinador de tiempos que se están cumpliendo.

Desde entonces, el tiempo ha transcurrido implacable. Las nieves -albeando los días- han ido sucediéndose. No una sino muchísimas canciones han ido quedando grabadas en el alma minera. Los padres las cantaron y los hijos engolando la voz con orgullo, las entonaron. Es más, ese mismo sentimiento engendrado por su pluma, ha circulado en sus venas, transmitido por la materna leche vivificadora.

No puede ser para menos. En sus versos encontramos los agoreros avatares mineros, en justa medida, fruto de sus personales experiencias; querendonas endechas a la esquiva mujer desdeñosa y cruel; retratos palpitantes de las rúas pueblerinas, de sus encantos, de sus misterios, de su grandeza; acertados vaticinios que predican el final de la querencia; “Hoy en ruinas convertido//mañana nada serás”, saudades encomiásticas de la laguna de Patarcocha, instantáneas precisas de la apremiante convocatoria de los “pilones”, donde las cerreñas chismeaban de lo lindo; alabanza de las chaposas almorceritas que transportaban, en portaviandas el diario yantar de picantes, guisos, locros, chupes rubicundos, para su cholo “japiri”; Cantares que constituyen ecuaciones mineras de trabajo y amor, alegría y tragedia. Nadie como él para cantarle al Cerro de Pasco, tierra minera de su cuna.

Las melodía que vistieron tan hermosos versos fueron trabajadas por el “Chacha” Portillo, Adrián Galarza Gallo, Nicéforo Bravo, Armando Paredes Ugarte, Aurelio Romero Pizarro, Glicerio Galarza, Juan Hinostroza, Darío Yacolca, Adrián Rojas Quiñonez, Jorge Yacolca, Santiago Alvarado, Pancho Azcárate, Bernardino Ramos, “Pico” Romero; pero fue con Jesús Enciso con quien creó las más hermosas joyas de nuestro cantar: ¡Ay mi cholita! y ¡Ay, mi Lourdes!

Ameno conversador, disfrutaba del respetuoso cariño de numerosos amigos. Donde fuera en misión periodística, siempre fue bienvenido. Pero era en los salones del Club Juventud Esperanza, a donde llegaba cumplida su misión del día, con el flamante diario en la mano para reunirse con sus más íntimos amigos. Fundado en 1909, en la parte baja del entarimado ferrocarrilero de la Esperanza, el Club que precisamente recibió el nombre de Juventud Esperanza había logrado nuclear a una bullanguera juventud trabajadora. Su prestigio, a fuerza de empeño y coraje, había elevado a la enseña aurinegra, a la cima del éxito. Entre otros, los hombres que cimentaron su fama, estaban don “Pancho” Valdivia, Roberto Arauco, Leoncio Ascencios, “Chino” Campoa, “Togro” Rojas, Manuel Shiraishi, “Patas a la Oreja”, “Rogromanca”, “Agra” Llanos, “Rachi” Casas, “Cura” Suárez, Pablo Inza, “Bacalito” Suárez y tantos otros que dejaron una enorme estela de recuerdos.

Como sede social, el “Club Juventud Esperanza”, había elegido una vieja casona de la calle Dos de Mayo, cuyo amplio balcón daba frente al Concejo Provincial. La umbrosa intimidad del aposento colonial, tenía un encanto muy particular. Accesible por una puerta pequeña, sus escalones erigidos sobre una base de piedras, conducían al segundo piso en una pendiente muy pronunciada, cuyos pasamanos siempre brillantes, descansaban sobre unos sólidos balaustres de pino blanco. Necesariamente había que auxiliarse con esas guarniciones laterales, tanto para subir como para bajar. Llegado al rellano, a la mano izquierda, se penetraba en la primera estancia, amplia y confortable, destinada a la sala de sesiones con numerosas sillas y sillones de Viena; enormes vitrinas donde lucían los trofeos ganados a lo largo de su vida deportiva, de diplomas, reconocimientos, condecoraciones y fotografías históricas. Una segunda estancia, tan amplia como la primera, con sillas muy cómodas y una mesa de billar continuamente en uso por los socios y amigos. En el aposento del fondo, donde funcionaba el amplio y surtido bar, había una estufa de hierro, rodeada de sillas con acogedores cojines y pellejos. En ellas, los viejos contertulios, pasaban sus horas amenas jugando animosos, briscán, rocambor, tresillo, póker o, simplemente conversando, al calor de la estufa siempre fogosa y vigente, constantemente atizada por los socios.

Así llegamos a la aciaga noche del 26 de septiembre de 1947. Noche de su trágica muerte.

Después de haber compartido gratos momentos de comunión espiritual, don Andrés se despidió de sus amigos y, al llegar al rellano,  tropieza y cae aparatosamente hasta el quicio empedrado de la entrada. Cuando los amigos llegaron a la puerta, encontraron su cuerpo encajado entre el umbral y el quicio de la puerta y, mudos de espanto, vieron unos hilillos de sangre que manaba de sus oídos, de su nariz, de su boca. Trasladado a la Asistencia Pública, pese a la desesperada atención de su compadre Pedro Santiváñez, murió sin recobrar el conocimiento.

El pueblo se resistió a creerlo cuando la noticia se expandió como un relámpago por todo el ámbito minero.

Las dos noches de su velorio constituyeron profundas manifestaciones de duelo general. Allí estuvieron todas las autoridades sin excepción, sus colegas periodistas, los músicos, compositores, poetas, delegados de clubes citadinos, los mineros en sus más variados oficios: lamperos, perforistas, timbreros, wincheros, tareadores, capataces, enmaderadores, troleros, wachimanes…todos. No faltaron las humildes y chaposas mujeres del pueblo. No faltaba nadie. El dolor lo había hermanado. Los únicos ausentes fueron los explotadores.

Un río negro de gente contrita acompañaba el féretro el día de los funerales. Mineros, maestros, periodistas, poetas, gente del pueblo se turnaron para llevar el ataúd. En el camposanto las oraciones fueron hermosas y nutridas. Ya cuando estaba anocheciendo fue bajado a su última morada, al corazón de la tierra bendita que tanto había amado. La estela de gratitud que dejó tras de sí, es el perenne y más brillante cirio que arde en su tumba.